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Ryan leyenda Giggs

Mircoles, 7 Mayo 2014

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‘’La derrota de hoy ha sido una lección de aprendizaje para esta temporada. Intentaremos ganarles el próximo año’’. Acababan de perder la final de la Champions y en medio de la amalgama de abatimiento, desconsuelo y cierta resignación, Ryan Joseph Willson Giggs espetó lo que a nadie se le pasaba por la cabeza en ese preciso momento. La fotografía era brutal : Rooney pululaba cabizbajo, el coreano Park casi se ahogaba en su propia llorera y Cristiano Ronaldo oteaba la grada quizá en busca de respuestas a la mala noche. El Barça había tumbado al estratega Ferguson con un jaque mate intachable y de ello se percató el gran capitán. Todavía ahí, plantado en el césped a la espera del galardón de subcampeón, Giggs se exigía un reto para un tío de mentalidad pétrea: replicar al campeón. El mensaje no sorprendió a un hombre, precisamente su tutor, el entrenador que le había dado rienda suelta para que escupiese su desparpajo por la banda izquierda dieciocho años antes.

Sir Alex Ferguson se enteró que el Manchester City tenía un extremo ‘rara avis’ de catorce añitos para el fútbol británico,  ya que Giggs presentaba un currículum cuyas credenciales de cabecera eran  rapidez y gusto por el balón.  Le llegó su oportunidad el día que cumplió diecisiete, allá por 1990, y en la siguiente temporada su físico atlético, derivado de entrenamientos extenuantes, le mantuvo de titular para toda una época. Había desbancado a Lee Sharpe, hasta entonces dueño del ala izquierda, pero al que unas cuantas lesiones y una meningitis le apartarían de tal demarcación para siempre. Inopinadamente, Ferguson había concedido a Old Trafford un regateador cumplidor que siempre dejaba sorpresas descritas en formas de quiebros, fintas, autopases y centros milimétricos. Giggs reunía las condiciones perfectas para hacer funambulismos en la línea de cal y ésa ha sido su virtud más reconocida hasta el día de ayer. Lástima que el entonces seleccionador sub’21 de Inglaterra, Lawrie Mcmenemy, no pudiera persuadirle para renunciar a su querido Gales. Todo lo contrario.

Fue Giggs quien no quiso jugar con Inglaterra. De pequeño vivió en Gales (de allí es su familia materna) hasta que su padre, un jugador de rugby de origen africano, fichó por un equipo de Manchester. Su vida en Inglaterra no fue fácil porque sus compañeros de colegio no aceptaron a un niño casi mulato y con acento galés. Además, la separación de sus padres hizo que Ryan se enfadara con su padre, hasta el punto que renunció a su apellido y tomó el de su madre. Eso le impulsó a jugar con la selección galesa, la de su madre.

Empezó una carrera meteórica cuajada en el inolvidable Manchester de la década de los noventa. Por supuesto fue decisivo en la primera etapa esplendorosa (1993-96) en la que le tocó lidiar en un vestuario muy temperamental con Cantona y Roy Keane de maestros de ceremonia. El propio galés reconoce que ese grupo triunfó por compromiso y que los desmanes del genio francés de solapas levantadas nunca le fueron reprochados, al menos de su parte. Fiel a su carácter prudente y a los exigentes desafíos deportivos, Giggs se centró en lo suyo : agrietar defensas y poner pases de gol a los arietes de turno que le brindó Ferguson. Una buena ristra de goleadores pueden jactarse de haber recogido sus geniales asistencias: desde su compatriota Mark Hugues, pasando por Andy Cole, Dwight Yorke,Teddy Sheringham o el oportunista Solskjaer, hasta Van Nistelrooy, Rooney o el mismo Cristiano Ronaldo. Pero su excelencia en el campo también caló en chavales de la cantera que deseaban emularle: es el caso de Beckham, quien siendo sólo dos años más joven, siempre ha venerado la virtud aristotélica de su ex compañero. Es una pena que el ‘Chicharito’ Hernández se subiese tarde al carro. La edad ha envejecido las cualidades que distinguieron a Giggs y, por eso, Ferguson en los últimos tiempos y David Moyes esta temporada,  le aprovecharon de centrocampista más reservado. Y al igual que le sucedió a Raúl en el Schalke, la astucia del galés ha sido su arma más preciada. Más de novecientos partidos y vivencias infinitas lo corroboran.

Ryan nunca ha traicionado el sentido del United, ni con caprichos de futbolista endiosado o irreverente, ni ambiciones allende el Reino Unido, que podrían ser entendibles. Desde que conoció a Ferguson, entendió  la solemnidad del fútbol inglés y se amoldó a ella. Ha ganado todo lo inimaginable y también ha perdido títulos, como la Champions de Roma contra el Barça. Y ya veis en qué quedó su reflexión: ningún lamento, todo susceptible de ser mejorado. Por eso, a nadie le ha sorprendido que haya dado guerra hasta los cuarenta años….¡si hasta aparecía en los primeros PC Fútbol!