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Isco rebate a Iniesta

Lunes, 23 Febrero 2015

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Michael Laudrup salió ovacionado de San Mamés en la noche que Raúl agradeció a Valdano la oportunidad de su vida. El danés resolvió dos mano a mano y puso otro par de esas asistencias sin mirar a Zamorano y al entonces joven canterano. El 0-5 provocó en la grada un cabreo monumental que mutó en aplausos justo en el minuto que Laudrup fue sustituido por Juan Eduardo Esnáider. Las hostilidades históricas del Athletic fueron ignoradas por un público que reconoció la delicatessen danesa con un estruendoso aplauso. Menos imponente pero sí más impactante (de hecho dio la vuelta al mundo) fue ver cómo el Santiago Bernabéu hincaba la rodilla ante la genialidad de Ronaldinho. Él solo empequeñeció al Real Madrid como un gigante entre liliputienses, y aquel socio con bigote canoso y su hijo no tuvieron ningún reparo en aplaudir de pie al astro brasileño. Andrés Iniesta también recibió interminables tributos por su gol eterno en Sudáfrica y, por qué no reconocerlo,  por su plasticidad exclusiva. Si algún aficionado piensa en un jugador español parecido a Oliver y Benji, desde que luego que siempre sale Iniesta. O salía, porque le ha surgido un competidor demasiado precoz para ganarse el favor de aficiones ajenas.

La grada del Martínez Valero estaba esperando su cambio. La compilación de fintas, regates, amagos y pases versión Laudrup que dejó a modo de greatest hits se habría vendido en Elche tanto como el partido del ascenso a Primera del equipo ilicitano. Isco calentó demasiado banquillo la temporada pasada porque “su cabeza no estaba bien amueblada”, o eso dicen desde la planta noble del Bernabéu. Necesitaba macerar su talento, dejarlo campar a sus anchas sin soltarle la correa. Y parece que la tutela de Ancelotti ha funcionado. El malagueño dejó de ser banquillero de lujo la semana que Modric se rompió durante un Italia-Croacia. Pero lejos de recrear un panorama tremendista, Carletto charló con Isco y le sugirió que perdiese el miedo escénico, que se imaginara flirteando con el balón delante de varios anfiteatros como lo hacía en los arrabales de Benalmádena, su municipio natal. Isco entendió que el Bernabéu no aplaudía a los tímidos; al revés, les incordiaba con su murmullo característico. Fue entonces cuando tomó la decisión de separar el grano de la paja, de ser simple y llanamente útil, pero con arte, claro.

Fernando Hierro, asistente de Ancelotti, le ha servido de improvisado consigliere: “A veces dos regates salen mejor que tres y una bicicleta resuelve la jugada mejor que dos”. El madridista sigue siendo una esponja en plena absorción, aprobando doctorados cada domingo y cursando un máster acelerado detrás de otro. El equipo se ha tomado tan en serio su papel de niño prodigio, que apenas le importa lo que se dice en las barras de los bares: el Madrid divierte (y se divierte) con Isco sobre el tapete. Cualquier otra lectura sería mentir al aficionado. “Será el jugador más importante de España”. Palabra de su capitán, Iker Casillas, al que no le cuesta reconocer una realidad cada vez más indiscutible. Con Iniesta en horas bajas, el casting de ilusionistas lo domina el Isco que buscaba Florentino Pérez. En su ansia por comprar Balones de Oro, el presidente, aconsejado por la dirección deportiva, decidió darse un antojo: un talento español que, con la presión adecuada, podría rebatir a sus admirados Iniesta y Xavi Hernández en algunas discusiones. Y lo está consiguiendo. 

¿Síntomas de ‘galacticidio’?

Domingo, 15 Febrero 2015

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Arjen Robben suele arrancar desde la banda derecha y tiende a driblar hacia dentro, paralelo a la portería, hasta encontrar el ángulo perfecto para su rosca característica. A Leo Messi le gusta regatear piernas en el balcón del área y soltar un putt preciso al lado de la cepa del poste. Isco también ha aprendido a fotocopiar sus goles pero él prefiere pegarse la pelota con pegamento desde el vértice izquierdo del área, amagar cuantas veces requiera el defensa y conectar un disparo curvo a media altura. Y no suele fallar en su ejecución porque, como mínimo, el balón se estampa contra el palo. Ayer repitió ese latigazo liftado para sacar al Madrid de un serio apuro; la pelota cogió altura y sólo bajo para besar la red. El Bernabéu suspiró aliviado con su nuevo ídolo de masas porque el sopor que brindan los merengues promete las mismas sensaciones que jugar a la ruleta rusa. La probabilidad es que el Madrid gane casi siempre, pero ahora mismo le puede salir el partido tonto en cualquier momento. Mientras Cristiano Ronaldo actúe como el nuevo monsieur l’empané, Isco tendrá que muscular la espalda para aguantar el peso de un transatlántico de 500 millones.

Los plebiscitos del coliseo blanco dieron tanto morbo al partido, que este domingo los pseudo-informativos de deportes se han viciado a meter audímetros de las pitadas. Cualquier otra afición se habría conjurado en un estruendoso aplauso antes del pitido inicial, pero el Bernabéu (como el Camp Nou) es el tendido ‘siete’ de Las Ventas y no soporta ridículos históricos (derbi) ni carnaza periodística regada con salsa rosa (cumpleaños de Cristiano).  En el ojo del huracán Casillas, Ronaldo y Ancelotti. La letanía con el portero vuelve a debate: en cualquier otro país el respeto a los ídolos es innegociable, en España lo único innegociable es el rencor. De algunos, sin generalizar. Por si acaso y para redimirse del gol de Tiago, el capitán sacó un balón en pose argentina y otro en acto reflejo. Con Cristiano el murmullo aumentó demasiado los decibelios: sigue siendo el líder en horas bajas, aunque su exagerada ambición tiene la oportunidad de resarcirse porque casi ha tocado fondo. Y a Ancelotti le suplican a gritos la fórmula Luis Enrique, tan abominable a principio de temporada como aplaudida en estos momentos: rotaciones. Paco González no lo pudo expresar mejor en Tiempo de Juego: “Bale y Kroos beben agua como si fueran Lawrence de Arabia. Parecen muertos”. Ser agorero huele a ventajista, pero sólo hace falta echar un vistazo a las redes sociales para encontrar el término ‘galacticidio’ con una facilidad pasmosa. El Madrid sobrado de Carletto, el galáctico de Queiroz, ¿se acuerdan?

En aquella época megalomaniaca del Madrid, Zidane confesó a Ludovic Giuly, entonces jugador del Monaco, que estaban literalmente “agotados” durante el descanso que precedió a la catástrofe merengue en los cuartos de final de Champions en el estadio Luis II. La plantilla de pasarela Cibeles resultó ser los mismos “once cabrones de siempre” (copyright de JB Toshack) más Santi Solari, el banquillero de lujo. Ancelotti mira de reojo a su banquillo de circunstancias y sólo encuentra potable a Jesé. No habría sido mal día sacarle ayer para dejar al potro galés en la cuadra. El fútbol anterior a Navidad se ha ralentizado tanto como el Ferrari que no puede adelantar al Mercedes en recta ni con el DRS enchufado. Y la mejor noticia es que fue el Depor quien pisó el Bernabéu, la suerte del bombo europeo no ha querido meter por medio al Paris Saint Germain o la Juve. Ibrahimovic o Pogba no iban a ser tan condescendientes. 

A la morgue sin pegas

Lunes, 9 Febrero 2015

La camiseta del Madrid se puede manchar de sudor y barro, pero nunca de vergüenza”. Palabra de Don Santiago Bernabéu. A Raúl González se lo recordó un periodista español en la zona mixta de Anfield instantes después de que su equipo deshonrara el escudo. La noche de los cuchillos largos de Liverpool fue una de las motivaciones para que Florentino Pérez volviese a escena en medio de la decadencia presidencial. La Champions contempló el ridículo histórico de un Madrid que saltó al césped intimidado por el atronador You’ll never walk alone. La competición fetiche de la historia merengue pedía a gritos un cambio, porque aquel 4-0 no fue la enésima maldición de los octavos (la siguiente temporada sucedería la del Olympique de Lyon) sino la defunción definitiva de un equipo que, lejos de pelearle al Liverpool, se fue directo a la morgue sin poner pegas.

“El 4-0 del Atleti da más vergüenza que el 5-0 de Mourinho en el Camp Nou”. Lo dicen los pesos pesados del vestuario blanco. Al fin y al cabo, aquel Madrid salió con un plan que, aunque mal ejecutado, Mourinho practicó durante la semana previa. Se trataba de la curiosa teoría del ‘triángulo de presión alta’ o, dicho coloquialmente, el ‘trivote’ que tanto gustaba al portugués y que reventó con dos goles rápidos del Barça. El derbi del sábado murió para el Madrid en el cambiador, cuando ningún futbolista titular intuía que el Atleti saldría como un rottweiler a morder la yugular desde el primer segundo. Un equipo que se estiraba y replegaba como un acordeón contra una banda convencida de que la estadística reciente no podía ser tan fatalista. La línea entre la gana y la desgana la trazó Godín, quien se negó a salir del campo con la nariz fracturada: “sólo me voy del campo si me matan”, dijo el ‘mariscal’ uruguayo a sus médicos mientras le colocaban el aparatoso vendaje. Con tal pasión, y con el resquemor causado por esa extraña corriente de opinión que define al Atleti como equipo macarra, peleón (en el sentido despectivo) y, en definitiva, violento, los rojiblancos partieron por la mitad la pizarra de Ancelotti jugando un fútbol más reserva que crianza. Ellos no tienen ‘BBC’ ni tridentes de exposición como el de Messi, Neymar y Suárez, pero atacan y defienden como una falange espartana. Un pequeño resquicio entre los escudos y el resultado puede ser nefasto.  Simeone convertido en el rey Leónidas sin miedo a morir contra un imperio persa descabezado, que se mueve torpemente como un cíclope, y que choca brutalmente contra los espartanos en el angosto desfiladero de las Termópilas. Así se siente el Real Madrid en la nueva era de los derbis.

Martí Perarnau cuenta en su libro Herr Pep que Guardiola conoció y compartió cenas en Nueva York con el mítico Gary Kasparov durante su año sabático. Y en una de esas veladas, Kasparov confiesa al actual entrenador del Bayern que le sería imposible ganar al jovencísimo campeón mundial Magnus Carlsen. La reflexión impresiona tanto a Guardiola que le pregunta por qué, a lo que el genio ruso replica sin argumento “porque es imposible”. Ancelotti tampoco encuentra explicación a su fobia patológica. El Atlético ha pasado de ser el hermano pequeño del Madrid que se llevaba todas las collejas a un tipo hecho y derecho, que no sólo ha madurado sino que supera a su hermano mayor en físico (en cualquier línea del campo) e intelecto (la batalla del centro del campo fue crucial). Y eso que el Madrid andaba lisiado con tantas lesiones, aunque poco habría importado: el ‘Cholo’ le ha puesto a su vecino la camisa de fuerza y está a punto de ingresarlo en el manicomio. La coartada merengue sigue siendo aquel minuto 93 de Lisboa, pero los últimos acontecimientos invitan a pensar que la cabecita de Ramos sólo se cree como un milagro de Fátima.

Isco o James, debate inminente

Domingo, 1 Febrero 2015

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Ancelotti hincó la rodilla y aparcó su cabezonería. Sin Cristiano Ronaldo para armar a la ‘BBC’, la pizarra  del mister ensanchó su cintura con cuatro centrocampistas, y de veras le funcionó. El Madrid ha encontrado la solución universal en caso de que alguno de sus cracks falte a la cita: Toni Kroos de maestro de ceremonias, Modric como enganche cuando se recupere, Isco y James. Cuanto más empaque tenga la medular, mayores son las posibilidades de desplegar la alfombra mágica de regates, paredes y cualquier combinación imaginable. Sin embargo, a Modric le falta un mes para regresar de cabeza al once titular y, si la ‘BBC’ no sufre fisuras, surgirá un debate incipiente: Isco o James Rodríguez. Hoy juegan de la mano, mañana se venderán a Carletto en pos de un hueco.

El inversor millonario John W. Henry compró los Red Sox de Boston, histórica franquicia de béisbol, en 2002 con el único objetivo de volver a ganar las Series Mundiales que se le resistían desde 1918. Su proyecto fue claro: lejos de comprar a los grandes jugadores del mercado, su secreto sería copiar al milímetro el método de Billi Beane, el gerente de los modestos Oaklands Athletics, interpretado por Brad Pitt en la fantástica película Moneyball.  “No me interesan lo que me digan los entendidos. De béisbol habla todo el mundo. Beane ha demostrado que las estadísticas están ahí por algo y hay que saber leerlas”. La fe ciega del dueño de los Red Sox por este sistema revolucionario dio resultado porque en 2004 consiguieron el título. Sucede lo mismo con el fútbol, porque siempre se ha dicho que España tiene tantos entrenadores como aficionados, cada uno opinando y defendiendo su alineación favorita. Y entre Isco o James, quien apueste por James levantará sospechas entre el resto, salvo para un Ancelotti que siente más predilección por los datos que las sensaciones. Mientras Isco levanta al Bernabéu con un quiebro de Circo del Sol, James da la razón a los amantes de las estadísticas. Sin duda, el método Moneyball no le sentaría en el banquillo. Y los entrenadores se fían mucho de los números y no tanto del runrún popular.

Los datos están ahí: Isco ha marcado dos goles y el colombiano siete. En asistencias también gana James, siete por cuatro. Y en recuperaciones de balón (quizá la cifra que más aprecia Ancelotti por su vena italiana), James también resulta ganador: 67 por 59. Son números de Liga, porque en Champions Isco tampoco le iguala. “La prensa deportiva pesa mucho, no porque influyan en las decisiones de un club, sino porque incordian demasiado”. John Henry sabía que se enemistaba con la prensa de los Red Sox desde que ignorara al primero de sus clásicos ojeadores. Sea cual sea la elección de Ancelotti, tampoco le faltarán críticas: si pone a James, la grada más pasional le pondrá de vuelta y media. No en vano, en los últimas semanas ha surgido otra discusión que alimenta las barras de bar de todo el país: ¿quién es mejor ahora: Isco o Iniesta?

Pero si Isco no pierde la titularidad, más de un directivo de la planta noble jurará en arameo: ¡qué habrá hecho mal el fichaje de los 80 millones con esos números tan evidentes! Al menos, Carletto siempre tendrá la coartada del Moneyball. Las cifras nunca fallan.  

El Monte Rushmore

Domingo, 21 Diciembre 2014

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Iker Casillas advirtió en una entrevista con Cuatro en Marruecos que debían “mantener los pies en el suelo por miedo a volver estamparse como en 2004”. El capitán todavía recuerda aquella caída libre que provocó el llamado ‘galacticidio’ y, por eso, sospecha de tanta adulación. Hace una década la puesta en escena era parecida: un equipo construido, entonces mediante la filosofía de ‘zidanes y pavones’, para barrer en todas las competiciones. Y, desde luego, las intenciones no podían ser más prometedoras: líderes en la Liga sin nadie que les tosiera, y aspirantes casi exclusivos en Champions y Copa. Precisamente, la final de Montjuic contra el Zaragoza fue sólo la punta del iceberg que comenzó a resquebrajar el Titanic de Florentino Pérez. Semanas más tardes, Zidane susurró al oído de Ludovic Giuly en el descalabro de Mónaco que estaban literalmente “agotados”. Dicho y hecho. El Madrid más mediático de la historia devorado por sí mismo en apenas un puñado de partidos.

El Madrid de Ancelotti colecciona títulos a un ritmo vertiginoso porque se contempla a sí mismo como un gigante entre liliputienses. Y la realidad momentánea no le engaña: jugando al tran tran, ha levantado el Mundial de clubes con las pantunflas puestas. Es cierto que la competición no le ha exigido esfuerzos hercúleos porque el Cruz Azul hizo honor a su fatídica historia doméstica (18 años sin ganar la liga mexicana) y San Lorenzo de Almagro demostró media ración de agresividad y nada más. Con el trofeo en el zurrón, los merengues cierran un año de festín y afrontar el 2015 con un reto aún más ambicioso: meter mano de alguna manera al inolvidable Barcelona de Guardiola. A diferencia de 2004, la plantilla sí tiene esta vez suficiente fondo de armario: Isco dejó de ser banquillero de lujo para convertirse en un titular casi imprescindible con la lesión de Modric. Y Khedira ahora sí quiere renovar, a la vista de que un campeón mundial como él no quiere quedarse fuera de una foto que puede ser, sencillamente, bestial.

Casillas rebajó la efervescencia del momento, consciente de la cuesta de enero que se avecina. Arrigo Sacchi comentó el sábado en Italia que ve a un Madrid “poco fresco”. Y la vuelta de vacaciones no tiene falso llano: para empezar un regalo envenenado en Mestalla y días después las batallas coperas: primero, los derbis madrileños y, en caso de supervivencia, la madre de todos los partidos. Ahí es donde Ancelotti tendrá que impartir otro máster de gestión de equipo: repartir minutos a Jesé, Varane e Illarramendi; dar descanso a Benzema y Kroos; y convencer a Cristiano de que no podrá alinearse por capricho porque la primavera lo decide todo. Y repetir Champions es el sueño platónico dentro del vestuario (esto es información y no opinión).

Desde la temporada 2003/2004 el madridismo no había estado tan ilusionado. Aquella instantánea con Ronaldo, Zidane, Figo, Beckham y Raúl en la gira asiática quedó inmortalizada como el mayor casting de estrellas jamás reunido. Pero en todo este tiempo, el monte Rushmore ha cambiado de rostros, como no podía ser de otra manera. Cuando parecía que Cristiano no admitía personajes tan influyentes como él, ha aparecido Sergio Ramos, cuyo ascenso meteórico desde la “clase media” (¿recuerdan a Helguera, Makelele, Míchel Salgado?) al salón de los VIP se intuía fácil. En las nuevas caras también se puede esculpir la de Casillas, pero ya saben: él no es galáctico, sino de Móstoles. Lo dijo entonces y lo sigue pensando ahora.

 

Jesé, a ritmo de Flow

Mircoles, 3 Diciembre 2014

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“Jesé no saldrá del Real Madrid por recomendación de los técnicos de la casa. Es un chico especial al que hay que cuidar y tenerle controlado”. Fue el discurso que solía contar Florentino Pérez a modo de disco rayado en reuniones privadas. Casi nueve meses después el club ha esperado a Jesé porque cree que sigue siendo el último producto perfecto de La Fábrica. Butragueño recuperó la mística de la cantera blanca, Raúl la encumbró y Casillas ha sido el último testigo de una de las escuelas de fútbol más exigentes desde siempre. Las expectativas con Jesé son tan altas que el club, incluso,  cuida sus declaraciones públicas. Ya no es aquel chico díscolo e impulsivo que ponía en jaque al Madrid con rajadas como la que brindó al MARCA preguntándose por qué no le deban una oportunidad en el primer equipo. Su actitud de rebelde con causa hizo actuar al mismo Florentino, quien habló con él garantizándole su apoyo total con la condición de que terminase de reventar en el Castilla hace dos años. Y así lo hizo, a pesar de la ceguera de Mourinho. El portugués apenas le brindó un puñado de minutos en su última gira veraniega de Estados Unidos; después, durante la temporada, le ignoró incluso en el momento más explosivo del

Nunca ha dejado de ser el canterano de moda, ni siquiera tumbado en una camilla o recuperándose con esas largas y tediosas sesiones en la playa. Ancelotti le mima con tal cariño, que ha entendido a la perfección el mensaje del presidente. Jesé ha cursado un máster acelerado del buen madridista: pelea y busca goles como un rottweiller y si el balón no entra, aprieta los dientes y a currarse otra jugada.  Como buen goleador, no necesita ubicar la portería, tiene las medidas bien aprendidas. Y como buen fajador, le da igual romper bloques de hormigón, como el del Atleti, o defensas de cartón piedra, que las hay y muchas en esta Liga. Quizá aún sea pronto insinuarlo, pero Jesé es de los que se encienden con el “¡Illa, illa, illa, Juanito, maravilla!”, y eso excita al Bernabéu. Pero la sensación que más regusto da al público merengue es que siempre puede pasar algo en las botas del canario: un regate, un pase de gol o la pelota dentro de la red. Sea o no titular, Jesé lo tiene claro: juega tan rápido como cantaba en su grupo de rap-reggaeton, Big Flow (ahora quiere hacer sus pinitos musicales en solitario). Le va la marcha y en el vestuario blanco saben y quieren proteger a la gente valiente. Su rentrée así lo demuestra.

El juego del Stratego

Domingo, 26 Octubre 2014

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La última vez que el Bernabéu coreó ‘olés’ en un clásico el Madrid había ganado la Liga más fácil de los últimos tiempos ante un Barça desintegrado, que cumplió con resignación el tradicional pasillo al campeón. Fue el último derbi de Frank Rijkaard, quizá el más humillante de toda su era. Es lo que pensaron Eto’o, Ronaldinho y Deco, que ni siquiera viajaron a Madrid a presentar sus respetos. Quien sí aplaudió a cada futbolista blanco, colocado a un lado del pasillo, fue Leo Messi, entonces un pipiolo que ya advertía un futuro descomunal. Aquella goleada también fue el último gran clásico de Raúl González, que ayer cogió un avión desde Qatar para recibir en su estadio otro baño de masas. Seguro que ni el propio Raúl habría imaginado a un Madrid tan descarado con el balón y osado para pagarle al Barça con su misma moneda. La batalla de estilos fue demoledora porque Ancelotti demostró al Bernabéu que su equipo maneja todas las velocidades, aunque Xavi Hernández no quiera reconocerlo públicamente: reposa la pelota cuando necesitan un respiro y sale en estampida para pegar directos como Tyson. Este Madrid lo tiene todo y la presunta grave baja de Di María la están subsanando James e Isco corriendo de arriba a abajo a pecho descubierto.

Ni siquiera el tempranero gol de Neymar desquició a los blancos. Al contrario, espabilaron con el sopapo del brasileño y da la sensación que ese grado de masoquismo sigue sobreexcitando al Madrid. Pasan las temporadas pero el gigante anestesiado reacciona furibundo a la mínima que le incordian. Casi habría sido más oportuno para el Barça tantear el resultado hasta los momentos decisivos. Pero ni en esas habría aparecido Messi, el gran ausente del clásico; en un puñado de minutos Luis Suárez demostró estar más enchufado que ninguno de sus compañeros. Parecía que se movía con una pila duracell de un lado a otro con el fin de que Messi le pusiera un balón para engatillar a Casillas. “La clave ha sido la parada a Messi”, dijo un Piqué fallón en Canal Plus a pie de campo. Bajo esa lupa de mil lentes que le observan cada partido, el capitán volvió a encontrarse a sí mismo, primero con una parada imposible ante el argentino y, segundo, volando para despejar un misil tierra aire de Mathieu. Aquellos silbidos del derbi madrileño fueron reprimidos anoche con ese ‘¡Iker, Iker!’ que tantas ganas de desempolvar tenía la mayoría del estadio. Lástima que aún haya sectores cafres que juren odio eterno.

Cristiano Ronaldo se cabreó con razón en la zona mixta de Anfield: no era un duelo contra Messi, sino un Madrid-Barça. Y se cumplió literal. Ninguno de los dos salió como un coloso del clásico; fueron los actores de reparto quienes decidieron el resultado. Por delante de todos, monsieur Karim Benzema, al que nadie se atreverá a soltarse eso de ‘empané’. Ancelotti dio en el clavo: “Benzema no necesita marcar muchos goles”. Cierto, para eso está CR7. En este equipo, el ‘nueve’ tiene que saber hacer de ‘nueve’, ‘diez’ y cualquier número próximo. Ésa es la esencia del delantero francés porque participa en cada jugada y, sólo de vez en cuando, pisa el punto de área para poner la guinda del pastel. Si el Madrid jugara con el típico delantero centro, su estilo se haría demasiado telegráfico. Por eso, ni Falcao, ni Luis Suárez, el más apto para este equipo es  Benzema, que además sabe disparar, ¡qué cosas!

El primer gran examen del año se lo llevó el Madrid porque estudió más y mejor que el Barça. Como en el juego del Stratego, Ancelotti supo colocar más soldados que Luis Enrique en cada palmo del campo. La batalla del centro del campo fue decisiva porque el eje blanco no sólo consistía en Kroos-Modric-Isco; eran ellos más James y a veces Benzema. En cambio, el tridente Busquets-Xavi-Iniesta evidenció que es una reliquia del pasado ‘guardiolista’. ¿Qué había hecho mal Rakitic para chupar banquillo? Absolutamente nada. Y mientras Busquets no esté fino y a Iniesta le cueste sacar conejos de la chistera, Rakitic se antoja imprescindible para no sufrir migrañas. A la espera de que el nuevo Barcelona se aclare, el madridismo puede leer con placer los periódicos de hoy: seis años después, su equipo volvió a aplastar al eterno rival jugando al fútbol. Simple de decir y complicadísimo de hacer si a un entrenador le ciega la tozudez. No es el caso de Carletto.

Un Madrid de rock and roll

Sbado, 18 Octubre 2014

Isco

“El Madrid es rock and roll y el Bayern es más como el jazz”. Con su exquisito tacto, Xabi Alonso es la primera voz autorizada que describe de un plumazo el estilo merengue. Cuestión de gustos, claro; sin embargo, hay una palabra innegociable para su ex equipo: ‘rodillo’. En esta enésima ‘liga de mierda’ (Del Nido dixit) el Madrid gana por aplastamiento a la mayoría, noquea al rival y lo remata moribundo sobre la lona. En la época de Mourinho la artillería pesada salía al contraataque; con Ancelotti lo mismo saca el cuchillo a la carrera que golea con todo el equipo metido en campo contrario. El mayor respeto que puede expresar el Madrid por estos campos es acribillar sin piedad, sin amagos de vacilar o chulear. Y la sensación es que, tarde o temprano, brindará a su público una docena de una sola tacada. Ancelotti presumió en verano de disponer de la mejor plantilla de su carrera; son palabras mayores de quien ha entrenado a astros como Zidane o Ibrahimovic. La más completa de la historia del club ya es más debatible. No obstante, hace dos meses (antes de la ‘minicrisis’ de Anoeta y el derbi) este Madrid tenía la pinta de un Iron Man al cincuenta por ciento de su energía. Pero después de un puñado de correctivos severos, el señor Toni Stark (o sea, Carletto) ha probado el traje a su máxima potencia. De momento, los rivales apenas han sido esbirros de poca monta, porque en el primer combate de superhéroes falló (Atlético) y el próximo sábado llega su mayor villano.

De Cristiano Ronaldo está todo escrito, salvó quién es su acompañante ideal, su Robin de batallas. El año pasado llegó a formar tormentas perfectas con Bale y durante esta temporada se están reivindicando otros aspirantes. Su preferido, Benzema, no jugó en el Ciudad de Valencia, pero sí James Rodríguez, que se está olvidando del lastre de su P.V.P (80 millones) y saca a pasear la zurda con mucho descaro. Los chismorreos de los cenáculos madridistas apuntan que Florentino Pérez quedó prendado de James por su golazo a Uruguay en el Mundial; incluso, le criticamos en sus inicios que no mejoraba su versión discreta del Mónaco. Quizás por eso, James se ha desinhibido como lo hace con la selección cafetera; el guante de su pierna recuerda a los mejores tiempos de Davor Suker. Sin ocupar la misma posición, le faltan los latigazos del croata. A Guardiola le gustaría un tipo como James por su continua movilidad, ya que tan pronto calibra un centro desde la banda derecha como se desliza entre las líneas del media punta. Y ahora el morbo: James no es Di María, vale. Pero Di María nunca llegó a su plenitud en su primera liga. Sin quererlo, su némesis va a seguir siendo el argentino hasta que levante títulos. Las comparaciones son odiosas pero son las mueven las críticas o los ejercicios de onanismo.

Ancelotti se mojó en El partido de las 12  y analizó a James como un sustituto de Di María de “diez kilos más de peso y motor diesel para todo el partido”. Para chispazos eléctricos ya están Cristiano y Bale, el colombiano prefiere levantar la cabeza y mirar a sus compañeros antes de emprender la galopada. Diferentes, pero igual de útiles para ese rock and roll del que habla Xabi Alonso. Por supuesto que Isco también sabe tocar la guitarra eléctrica, pero le sucede como a Benzema: necesita pensar menos en el limbo y centrarse más en el día a día. El francés lo ha superado, el malagueño está en camino. Un talento tan descomunal como el suyo necesita un educador como Ancelotti que le premie en pequeñas dosis. Sólo de ese modo, Isco se entrenará rabioso y a pecho descubierto, capaz de dejarse la vida por cada titularidad. Da gusto ver sus quiebros, amagos de balón y, sobre todo, el toque final de chef que pone de vez en cuando al borde del área. Él había asumido el rol de desatascador para los minutos decisivos y ha acabado entendiéndose a sí mismo: por fin se ha dado cuenta que también puede aparecer en primera plana. Al fin y al cabo, gente como Isco o Benzema espabilan con una buena colleja. La que sabe dar el técnico italiano, pero no delante de los focos sino en el vestuario, a puerta cerrada.

El Madrid boxea como Ivan Drago

Mircoles, 17 Septiembre 2014

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Sí pero no. Al Madrid le gusta la música heavy, cuanto más mamporrera mejor. El legado bueno de Mourinho dejó un equipo acostumbrado al fútbol espídico, a un intercambio de puñetazos en el que casi siempre acababa noqueando. Y Ancelotti, a pesar de sus esfuerzos por esa utopía llamada “espectacularidad” (lo anunció a bombo y platilla en su presentación), se ha acabado resignando a ese toma y daca vertiginoso. En modo nostálgico, el Bernabéu no echó de menos a Di María durante la orgía goleadora pero sí a un Von Karajan que pusiera orden y concierto a la sinfonía; parece que la sombra de Xabi Alonso es demasiado alargada. Quizás si el rival no hubiese tenido la ternura del Basilea, más de un jugador estaría sufriendo una lapidación pública. El Madrid golea pero permite que le puedan golear; la defensa es un coladero porque, simplemente, defienden cuatro y algún centrocampista que le da por correr marcha atrás. Seguro que si la ‘BBC’ jugase en el Atlético, Simeone se habría hartado a pegar broncas. Porque los blancos siguen imitando a los equipos de fútbol americano: ataca un bloque y defiende otro compartimento totalmente estanco. De momento, el centro del campo es un oasis por donde no rueda el balón.

En estos partidos donde el equipo apenas importa, es tiempo para el desmelene. Por ejemplo, James Rodríguez, que defendió su precio de mercado y acertó con un taconazo made in Guti (y eso son palabras mayores). Al colombiano se le exige la visión de rayos X que tenía Özil pero con grandes dosis de orgullo personal. Su zurda depurada gustó a una grada que sospecha de su tratamiento galáctico, que no de su coraje. Precisamente, James y Kroos, los nuevos, fueron los que más kilómetros recorrieron según estadísticas UEFA: el primero porque alguien le ha recomendado que correr por todo el campo sobreexcita al Bernabéu; el alemán por necesidad, la de coger la pelota desde atrás y subírsela a los tres cracks que sólo bajaran al barro si hay un Mourinho delante. Y no es por sacar entrelíneas una lectura apocalíptica, pero si Ancelotti no da un puñetazo en la mesa, el transatlántico puede partirse por la mitad como el Titanic. Sólo es cuestión de tiempo encontrar el iceberg si el Madrid no protege sus costillas. Lo comenté en un artículo anterior, este Madrid tiene la pinta de Ivan Drago, el púgil ruso que mató con dos directos a Apollo Creed en Rocky IV pero que sucumbió ante Balboa por falta de fuelle. Conociendo a Ancelotti y su vena italiana, Khedira tiene el camino expedito a la titularidad cuando se recupere de su lesión.

Y, por último, un juego de pizarras. ¿Por qué el técnico no ignora por un día su cargante 4-3-3 y se atreve con tres centrales? Sin riesgo no hay diversión, como dijo Ayrton Senna el año de su fatídico accidente. Ancelotti ha comprobado de mil y una maneras que Bale es un cuchillo en su banda natural y deja de ser cortante en la derecha, donde sus cualidades se deforman. Ésta es la banda de Carvajal, al que le falta pista para subir y bajar en plan Dani Alves en sus mejores tiempos. Los tres centrales evitarían más dolores de cabeza en las jugadas aéreas y marcarían territorio palmo a palmo: Ramos, Pepe y Varane son un experimento de ingeniería futbolística todavía por descubrir. Hace quince años Del Bosque probó con Helguera, Iván Campo y Karanka en una final de Champions y el Madrid ganó la Octava. Tampoco sería un suicidio.

 

 

Una bendita decisión

Jueves, 11 Septiembre 2014

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Diciembre de 1994. Míchel se rompe los ligamentos en Anoeta y al entonces técnico merengue, Jorge Valdano, se le desmonta el puzle táctico. El equipo se queda el resto de la temporada sin los centros del mítico ‘8’ y al presidente, Ramón Mendoza, le entra el enésimo tembleque: sabe que otra Liga más sin premio pondría demasiado nervioso al madridismo. La solución de cajón es cubrir el puesto de Míchel con Rafa Vázquez y el de éste en la izquierda con Amavisca; moviendo estas piezas, la ecuación acabaría con un novato llamado Raúl González Blanco en la delantera junto a Zamorano. Sin embargo, Mendoza fichó a Valdano para aplacar al Dream Team de Cruyff con dosis de buen juego (al menos, más divertido que el estilo lento y telegrafiado de Benito Floro) y, sobre todo, tomar decisiones arriesgadas. Cuatro días después, el entrenador activa el primer plan pos Míchel en el Bernabéu contra el desconocido Odense danés.

El Bernabéu se impacienta porque el Madrid no es capaz de matar la eliminatoria contra un equipo plagado de futbolistas semiprofesionales con oficios de mecánicos y panaderos. Martín Vázquez apenas desdobla por la banda derecha y la grada sospecha que la lesión de Míchel ha maldecido la banda derecha. De repente, un error de Alkorta; a continuación, otro de Nando y el Odense revienta todas las quinielas imaginables. Las reacciones pasionales de Mendoza eran bien conocidas en el mundillo: la prensa empieza a barruntar una posible destitución de Valdano. El Madrid es líder en la Liga empatado a puntos con Deportivo y Zaragoza, pero en el vestuario cala la honda sensación de que la sombra de Míchel es demasiado alargada. Esa misma semana el Madrid vence a un insípido Oviedo pero Martín Vázquez tampoco cuaja. Días después, Valdano habla con Luis Enrique a solas durante un entrenamiento sin aclarar en público el contenido de la conversación. Y el argentino, consciente de que la siguiente alineación contra el Valladolid es la comidilla de los reporteros en la vieja Ciudad Deportiva, prefiere no ensayar con el once titular.

El Madrid viaja a Zorrilla y los periódicos colocan en sus previas a Martín Vázquez en la banda maldita. Es entonces cuando el equipo salta al césped y Luis Enrique se aproxima a la línea de cal…¡de la derecha! Sorpresa a la vista: de lateral izquierdo a extremo derecho. Luis Enrique coge un balón, sortea a un defensa y 0-1. El asturiano desangra a la zaga vallisoletana todo el partido y la herida acaba con un contundente 0-5. Exactamente el mismo resultado que en el clásico del Bernabéu posterior a Navidades. Preguntado en rueda de prensa en pleno fervor por la manita conseguida, Valdano justifica la elección de Luis Enrique como una “bendita decisión. Casi lo mejor que hemos hecho desde que llegamos al club”.

Sami Khedira ha trastocado los planes de Ancelotti hasta un límite insospechado. El que marca la fatalidad de haber perdido a Xabi Alonso en un pispás; de volver a ver a Khedira postrado en una camilla y, sobre todo, de sospechar de Illarramendi, todavía hecho un flan para partidos de alta alcurnia como el derbi del sábado. Durante estos días han salido alternativas estrambóticas: Varane en una especie de ‘trivote’, Bale en el centro del campo con Modric y Kroos…todo un mar de dudas que convierten a la que hace dos semanas era la plantilla más compensada de la historia en un once dibujado con mil garabatos. En estos momentos el técnico blanco todavía estará meditando su decisión bendita. La lógica apunta a Illarramendi, el miedo a Varane y el riesgo a Bale. Valdano también se devanó los sesos y acabó acertando con la suya.