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Piquenbauer

Lunes, 23 Marzo 2015

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Él es ‘Piquenbauer’. El mismo que juega al póker disfrazado; que se distrae con su vida de papel cuché y que se atreve a juguetear con su teléfono móvil en un banquillo. Le cayeron palos por tierra, mar y aire sin entrar al trapo; entrenaba y, gracias a esa inspiración divina llamada Carles Puyol, se reencontró con su mejor versión, aquella que durante la era Guardiola le metió de golpe en el club de los más grandes: Beckenbauer, Hierro, Baresi, etc. Piqué estuvo descomunal y evitó que el Madrid destripara su defensa de arriba abajo; colocado como un mariscal de campo, su cuerpo fue un muro de contención que rebotó cualquier balón. Si su cabeza está centrada, Luis Enrique sólo tendrá que preocuparse por rotar a Mascherano y Mathieu. Del resto ya se ocupa Messi, quien sin explosividad se pone el casco de capataz para dirigir al equipo como un arquitecto. Así desquició al Madrid, repartiendo cloroformo a los madridistas desde que Luis Suárez reivindicó que su Bota de Oro no cayó del cielo. Cuando el Madrid cocía el clásico a fuego lento, el uruguayo se desmarcó de la espalda de Sergio Ramos, pinchó un centro largo de Dani Alves, ¡sorpresa!, y cruzó el balón a un Casillas que cayó a plomo. “Por eso pagamos lo que pagamos por Luis Suárez”, justificó Luis Enrique cuando le preguntaron por la actuación sublime de su goleador.

El Barça se asegura media Liga porque puede pinchar dos veces en diez partidos. Y quizá suceda, pero en estos momentos los azulgranas siempre serán más fiable que un Madrid valiente y generoso en el esfuerzo. Los blancos tardaron en soltar el primer directo, pero desde que Cristiano reventó el larguero de Bravo, atacó como una víbora que observa a su presa hasta que lanza el mordisco. Le faltó veneno, el recurso habitual que soluciona la mayoría de sus partidos, Y es muy raro que el Madrid no sepulte a un rival cuando le tiene grogui entre las cuerdas, pero los puñetazos no fueron certeros y la moraleja del fútbol nunca falla en estos casos. Suárez mandó al Madrid al diván del psicólogo y parece que Ancelotti no sabe gestionar las semanas largas. Cristiano comentó una vez en una entrevista que necesita jugar cincuenta partidos por temporada para mantener los músculos tensos; el técnico italiano no sólo desperdicia el fondo de armario sino que tiene a los jugadores fatigados, arrastrándose en las segundas partes con grilletes en los pies. Es el caso de Isco, una liebre de lujo para desfondar contrarios en los primeros minutos, pero que transcurrido un rato se convierte en historia dramática.

Paradojas de este deporte, el casi adiós a la Liga descubre a Ancelotti una lectura demasiado evidente. Su Madrid se gustó cuando jugó en efecto acordeón, atacando y defendiendo en bloque, con Gareth Bale remangándose la impoluta camisa en marrones defensivos. El Bale centrocampista da empaque al equipo, el Bale delantero descuajeringa toda la pizarra táctica. A Carletto le susurran al oído la idea del 4-4-2, extravagante en el club porque el galés no puede ir al banquillo y Benzema no lo merece, menos anoche. Pero el italiano porfía en mantener ese 4-3-3 que se inmoló con estrépito en Mestalla, Vicente Calderón, San Mamés…casi nada. Y un dato espeluznante para Ancelotti: en dos campeonatos sólo ha conseguido una victoria y un empate en todos sus derbis contra Barça y Atlético de Madrid. La ‘Decima’ le salvó de un verano convulso y sólo la ‘Undécima’ le puede mantener en el cargo. La imagen del Camp Nou fue atrevida pero las derrotas pesan demasiado en Chamartín. No le queda otra que apelar a la historia reciente y fiarlo todo a una carta, la Champions. Su preferida. Y cuando se trata de situaciones al borde del abismo, el Madrid camina por el cable como el más experto funambulista. Ocurrió con la ‘Séptima’, la ‘Octava’, la ‘Novena’ y nunca falló. ¿Por qué debe ser diferente este año? La primera parte invita a pensar que no. 

El Madrid evita el DEFCON 2

Lunes, 16 Marzo 2015

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El Bernabéu esperaba al otro Real Madrid. Al Mike Tyson que salía en ciclón a tumbar rivales; al Roger Federer que limpiaba las líneas con una batería de puntos ganadores. Cualquier motivo que olvidase la abulia contra el Schalke y, más importante, el cabreo de la grada que había alcanzado proporciones bíblicas. El vestuario se había enterado de las críticas (siempre lo hace), leídas directamente o comentados por terceros, pero, al fin y al cabo, un runrún de sospecha de pasotismo. El dato del miércoles fue demoledor: los blancos habían corrido casi diez kilómetros menos que el Schalke. Traicionando la filosofía Simeone, en el Madrid el esfuerzo sí se negoció. Y no una vez, porque San Mamés evidenció que el equipo no se había tomado tan en serio al Athletic. Pero estaba escrito que el Levante no podía dar la campanada; otro batacazo habría alarmado al Madrid a nivel DEFCON 2, en un estado de neurosis demencial. Afortunadamente para el universo merengue, el Levante juega otra liga y a Barral no le llegaron los balones como a Huntelaar. Fueron veinte minutos del ansiado vendaval y, después, una bajada de tensión preocupante. Más que nada, porque el Madrid pudo haberse vaciado sin reservas, con una semana completa para preparar el clásico.

Sin jugadas potables salvo la espuela estratosférica de Benzema (da gusto cuando el francés intenta las diabluras que practicaba de pequeño en su arrabal de Lyon), el partido fue la contradicción de la ‘BBC’. La cara amable, por fin, la de un Gareth Bale que reactivó su instinto goleador porque él se siente delantero de pura cepa a pesar de haber evolucionado desde el lateral izquierdo en el fútbol inglés. No obstante, Ancelotti podría aumentar exponencialmente su protagonismo si le colocara en la banda izquierda; en la contraria sigue dando la sensación que regatea y central forzado: Bale no sabe dibujar esa filigrana tan característica de Arjen Robben a banda cambiada. Sus goles dan para un par de minutos de resúmenes televisivos, la celebración del primer gol estirará como un chicle las tertulias nocturnas. Enfadado con el mundo, el tímido Gareth (así le definió Pepe en El partido de las 12) sacó su rabia y pateó un córner. Algún compañero o su representante, Jonathan Barnett, han debido comentarle a esta hora que Florentino Pérez ofreció una comparecencia pública para defender en el fondo a su último galáctico. Una inversión de noventa millones (100 según el Tottenham) debe examinarse con lupa para evitar debates mediáticos. No vaya a ser que la multinacional de turno, en este caso el Real Madrid, no explote su P.V.P.

La versión grisácea de la ‘BBC’ la ofreció Cristiano Ronaldo. Le hierve la sangre porque su insondable voracidad le está dando la espalda. Necesita goles para volver a sentirse líder de este Madrid, pero en sus horas más bajas tampoco le está ayudando su comportamiento ni su nula efectividad en las faltas. Su careto en el primer gol de Bale delató rápidamente que le molestó no haber marcado él su golito. Un comportamiento de guardería que recuerda al Cristiano de los dos primeros años. El portugués corre a por la presa pero no la alcanza; por eso, el Barça-Madrid pinta trascendental para los intereses del equipo y su pelea eterna con Leo Messi. Preocupado por el particular duelo de titanes que acapara cualquier previa de clásico, ahora Cristiano tiene que alzar la cabeza en la tabla del pichichi y esa irritación insoportable sólo la puede remediar con goles. O calmando al Camp Nou por segunda vez. Será entonces cuando el Madrid recupere a su Cristiano de siempre, no éste triste y amargado.

 

La advertencia de Mickey Goldmill

Sbado, 24 Enero 2015

Real Madrid 2-1 Córdoba: Cristiano se arrepiente y pide perdón a Edimar 

Al valencianista  Rodrigo de Paul le cayeron cuatro partidos por dar un puñetazo en el pómulo a Aleix Vidal en el Sevilla-Valencia de la primera jornada. Entonces, el acta arbitral contempló el cruce de cables del argentino como una agresión. Cristiano Ronaldo podrá agradecer al colegiado Hernández Hernández que haya omitido su agresión aludiendo a una simple “patada”. Ese pequeño matiz supone que la sanción al portugués sea más morbosa que los cuartos de Copa. Si le caen dos partidos, Real Sociedad y Sevilla, la maquinaria mediática antimadridista se activará para recordar en fascículos diarios las bulas papales que el Comité de Competición ha dispensado al Real Madrid a lo largo de la historia; pero si el Comité considera que la reacción de Cristiano fue infantiloide (no admite duda), el paquete puede llegar a cuatro partidos, incluido el derbi del Calderón. Será entonces cuando la caverna (Laporta dixit) repita la palabra ‘villarato’ como un loco atado con un chaleco de fuerza y que habla solo en un manicomio. Y, por supuesto, el Madrid pondrá en liza su lobby institucional para evitar daños y perjurios que pueda devolver en efecto bumerán al son de ‘con el Madrid no se mete nadie’.

Cristiano se desquició así mismo por desquiciamiento colectivo, valga la redundancia. De repente, sus misiles tomahawk se han averiado y su zancada no anda. “Las mujeres debilitan las piernas”, advierte Mickey Goldmill a su púpilo Rocky Balboa en la obra maestra de Stallone. Lo mismo le sucede a CR7 a modo de aduladores, premios y el ‘Sálvame Deluxe’’ que va a inundar su vida a raíz de su reciente ruptura sentimental. Da la sensación que Cristiano, lejos de reposar su cuerpo hercúleo, necesita caña para no cortocircuitarse. Su desborde ha perdido el reprís que hacía volar por los aires cualquier defensa acorazada. Pero no es un diagnóstico aislado: el rock and roll del equipo ha desaparecido de las guitarras eléctricas; más bien son acordes de música clásica, previsibles, relajados, sin poder de intimidación. Las jugadas han perdido su ritmo vertiginoso y las combinaciones perfectas de la ‘BBC’ que antes destripaban a los contrarios apenas alcanzan el balcón del área. Vale, no jugó Isco y el Madrid estuvo a punto de chocar con el iceberg. Pero ésa es la historieta que se contarán los niños en el recreo el lunes. Quién lo diría en verano, cuando en la planta noble del Bernabéu temían que el malagueño repitiera otro caso Özil.

Las crónicas sobarán en el Córdoba el tópico de jugaron como nunca y perdieron como siempre. Ocurre cuando el equipo liliputiense tiene que tirar de la palanca de la guillotina; el miedo a perderle el respeto al señor feudal les mata. Claro que todo habría acabado en palabrería si Bebé, ese émulo de Ronaldo Nazario, hubiera culminado su jugada de sello ‘maradoniano’. Bebé y el larguero que evidencia que Casillas tiene más flor que la selva amazónica fueron el preámbulo de la estocada merengue. Un penalti claro que Bale cocinó y se comió para mantener a raya a un meteórico Barcelona. El fútbol marchito del Madrid es inversamente proporcional a los bailes de Fred Astaire reencarnados por Messi y Neymar, los Balones de Oro del hoy y del mañana. Pero, como dice Manolo Sanchís, los equipos “obedecen a picos de rendimiento” y el de los blancos casi ha tocado el suelo. Al final, uno no sabe si es mejor descansar durante la semana o darse de bofetadas en otra competición, como están haciendo Barça y Atleti. 

 

Alma de chupón

Domingo, 11 Enero 2015

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“Maldito rumano de los demonios”. Fue el grito de desesperación de Fernando Hierro cada vez que se refería a su compañero Gica Hagi. Su individualismo llegó a exasperar a toda la plantilla, hasta el punto que el holandés Leo Beenhakker, entrenador del Real Madrid en la temporada 91-92, amenazó a Hagi en el vestuario de Mestalla con quitarle la titularidad los siguientes partidos por un egoísmo de proporciones bíblicas. Genio y figura, el ‘Maradona de los Cárpatos’ era un futbolista demasiado especial: “no había término medio: o le aceptabas con todas las consecuencias o mejor mandarle a freír espárragos”, comentó Míchel en una entrevista a la desaparecida revista Don Balón. El colmo del cabreo de Hierro sucedió la noche de la vuelta de cuartos coperos en Mestalla; el Madrid había ganado 2-1 en su casa y el Valencia salió en tromba a por un solo gol que le clasificara. El malagueño, entonces centrocampista goleador aún no reconvertido en central, compartía palmos de césped con Hagi cuando a éste no se le cruzaban los claves y probaba un disparo de cuarenta metros o sobaba el balón en toda su superficie con compañeros desmarcados por todos lados. Hagi quería demostrar que podía ser la estrella de un Madrid que, a esas alturas, combatía en la temporada contra el naciente Dream Team de Johan Cruyff. “El Real fue el escaparate que me dio la fama”, suele comentar Hagi cuando le preguntan por su etapa merengue. Y, claro, no podía menospreciar el apodo que le habían acuñado sus compatriotas sintiéndose un amago de Maradona o, por lo menos, jugar con esas ínfulas.

Hierro nunca lo tomó como un asunto personal: la advertencia de Beenhakker a Hagi delante de sus compañeros continuó con unas declaraciones lapidarias del presidente Ramón Mendoza, “el equipo juega con un balón y Hagi, que es muy bueno, necesita otro para él solo”. Decenas de veces, Butragueño arqueó los brazos en señal de desaprobación a Hagi. Sus golazos de falta solventaban partidos, pero su talento chupón también estropeó algunos, como la decisiva derrota liguera en Oviedo por culpa de un control estúpido e innecesario. Ayer Cristiano sacó toda la rabia contenida justo en el dramático momento en que Bale decidió jugársela a jugarla. La ocasión delante de Kiko Casilla era propicia para el segundo gol del galés, pero CR7 se había pegado un sprint de treinta metros para sólo tener que empujar un envío que nunca llegó. Ejerciendo por un momento de abogado del diablo, quizás este mano a mano del galés era más fácil que el de Mestalla, pero tanto Benzema allí como el portugués en el Bernabéu habían preparado el gatillo para dos goles demasiado placenteros. Bale ha recibido muchos palos y ninguna zanahoria tras la derrota de Mestalla; “si se la llega dejar a Benzema, hubiéramos ganado a Valencia”, dijo un peso pesado del vestuario. Tal fue su egoísmo que incluso un defensor acérrimo del galés como J.B. Toshack analiza su golazo en la última final de Mestalla y suspira de alivio. “Menos mal que batió a Pinto porque también podía haberla pasado….”.

La grada se mosqueó con Bale no por mandarla fuera de la portería sino por los aspavientos de Cristiano. El galés viene acostumbrado de la Premier a golopar con el balón y su punto máximo de velocidad es inalcanzable para el resto del mundo. “Él fabrica jugadas y él las ejecuta”, fue el mensaje que difundió el representante de Bale, Jonathan Barnett, entre los periodistas el día que el Madrid anunció su fichaje. Ayer fue héroe y villano, capaz de calibrar dos centros perfectos de banda a banda (el primero a CR7 acabó en gol de James) y también de fallar un gol imposible. El propio Cristiano fue generoso cediéndole una falta al borde del área que acabó en un trallazo a la red, pero Bale necesita más; primero, para reivindicar su P.V.P. de 100 millones (o 91 según a quien se pregunte) y, segundo, porque inventando goles con ínfulas ‘maradonianas’, como Gica Hagi, quizás él también pueda competir en el futuro por algún Balón de Oro. Y no se trata de un conflicto de egos porque Cristiano y Bale se han hecho amigos. La invitación personal del portugués a su fiesta privada del pasado Balón de Oro es la prueba del algodón. Pero es evidente que en la cabeza de Bale está controlar esa relación o no deteriorarla con su alma de chupón.

 

 

El esfuerzo no se negocia

Domingo, 4 Enero 2015

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El valencianismo más cachondo pidió por redes sociales a Peter Lim una invitación permanente al Coritiba para el Trofeo Naranja. El club brasileño mantiene a salvo el récord histórico de victorias consecutivas porque el Real Madrid no supo meter mano a un partido ‘canchero’, el que propuso Nuno Espirito Santo y que recordó a Mestalla los tiempos gloriosos de Rafa Benítez. Quizá la efervescencia del Mundialito de clubes y la pachanga de Dubai despistaron demasiado a un Madrid falto de intensidad, la única herramienta válida para desatornillar a este Valencia. Desde el estropicio de Anoeta, los blancos no habían jugado tan cegados, sin mando en plaza a causa del fallón Kroos y con la pólvora mojada, tanto la del inoperante Cristiano como la de Gareth Bale que, viendo el caótico panorama, decidió lanzarse al abismo con galopadas suicidas. Cuando los blancos no salen a arrasar como El increíble Hulk, necesitan la picada letal que les dé la victoria. Bale falló un mano a mano claro y Benzema se asomó a aquella versión (en pasado) de Monsieur l’empané.

No fue la derrota del Madrid sino la remontada de un Valencia generoso en el compromiso. Ésa es la esencia en una plantilla que, copiando la fórmula de moda de Simeone (el esfuerzo no se negocia), juega quien pelea a tumba abierta. Por ejemplo, José Luis Gayá, otro correcaminos de la factoría ché. Primero fue Jordi Alba, luego Bernat; parece que el club les fabrica de serie con el mismo molde. Gayá descosió a Carvajal al tiempo que Barragán y Parejo se deshacían de Marcelo por el ala derecha. La arriesgada decisión de jugar con tres centrales encumbra a Nuno y demuestra que su equipo puede cambiar el dibujo táctico con una facilidad pasmosa. Hay muchas similitudes entre el Valencia de Lim y el que hace años se inventó de la nada Benítez. Entonces, las diferencias con los dos poderosos no eran tan abismales en tesorería, aunque la esencia es la misma. Otamendi revivió aquellos misiles que el ratón Ayala conectaba con la cabeza en el área. Centrales poco altos para su posición pero con una potencia de salto al estilo de Iván Zamorano o José Mari Baquero. Poco pudo hacer Casillas ante el tomahawk que se le vino encima; precisamente, Ayala marcó un cabezazo calcado en el Bernabéu la noche del Ushiro Nage.

Pero al Madrid nunca se le puede mandar a la morgue antes del pitido final. Como dijo muy acertadamente Iñako Díaz-Guerra, cronista del diario AS, en twitter, “al Madrid hay que reconocerle que como villano es terrorífico: pierde 2-1 en el minuto 90 y todos los que quieren que pierda, firmarían sin dudar el empate”. Sergio Ramos pudo revivir el milagro de Lisboa pero el balón no vio portería, mientras que Isco metió la cabeza pero mandó el balón al muñeco, es decir, a Diego Alves. Precisamente, Isco se echó todo el Madrid a su espalda durante el rato que le duró la gasolina; el resto fueron seres inertes que no entendieron el duelo como mejor lo hacía la Quinta del Buitre en las históricas noches del Bernabéu: con dos…

De paseo con el lamborghini

Domingo, 21 Septiembre 2014

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Volvió Ivan Drago al cuadrilátero de Riazor. En un campo maldito hace unas épocas, cuando los derechos de televisión aún no habían triturado para siempre la Liga, el Madrid se puso los guantes del gigante ruso y masacró a golpes a un esparring de peso supermosca, ni siquiera welter. Si los blancos se toman en serio estos entrenamientos, se pueden pegar un buen puñado de orgías en este campeonato. Al fin y al cabo, se trata de que el Madrid se tome en serio a sí mismo. “Cuando nos tocan los…, respondemos a bofetones”, es la reflexión vehemente de una figura de la ‘Quinta del Buitre’ y no es Manolo Sanchís, tan protocolario siempre en sus formas. Es el sentimiento del aficionado merengue, harto de que a su equipo le sacudan más que una esterilla desde la prensa. Una derrota más en Coruña habría desatado la temida palabra crisis que tanto gusta a los periodistas y que tanto vende desde el morbo. Pero el Madrid ya se encuentra en defcon 2 y cualquier resbalón supone medio título para ese Barça de Luis Enrique más abonado a resultados prácticos que a intentar dibujar cuadros del Prado. Otra temporada jugando a remolque, limpiándose esbirros a patadas y puñetazos hasta llegar al jefe de la organización.

La eterna historia del gigante contra los liliputienses no exige sesudas partidas de ajedrez. Apenas importa que el Madrid reconozca un estilo o, al menos, un esqueleto táctico, basta con que Cristiano inaugure la bacanal romana para que el resto se ponga las botas. Todos se apuntan a la fiesta hasta el punto que llegará una goleada en la que Arbeloa pida chutar un penalti para no quedar en mal lugar. Y como hay jugadores con tratamiento de estrella, aunque se les diferencie por los ceros del contrato, quitando al ‘Bicho’ portugués, Bale es quien debe remar a toda pastilla. Solemos contar que CR7 sujeta a la mole blanca sobre su espalda, pero va siendo hora que el portugués dosifique y reparta peso con el galés. La sensación con Bale es la misma de su primer año: un lamborghini recién salido del concesionario que no conviene pisar a fondo. Bale se pone de cero a cien en centésimas de segundo y sólo en contadas ocasiones. Es el capricho del ricachón que lo saca de paseo los domingos soleados.

Más allá del potenciómetro de Bale, el Depor indirectamente descubrió la paradoja de este Madrid: el ‘nueve’ que juega mejor de cualquier número menos de nueve. Ancelotti debería confesar en una rueda de prensa que no necesita ‘nueves’. Del Bosque, Carletto…todos acaban contagiados por el fenómeno Guardiola. Y no es que los blancos jueguen con ‘falso nueve’, es que el suyo, lejos de golear, actúa de samaritano. Así es Benzema cuando no está en el limbo: un futbolista fantástico que se aburre (o no sabe) pegarse con los defensas en el punto de penalti; prefiere salirse del área, pedir el balón y construir la jugada como si fuese un quarterback. Esto funciona si de vez en cuando marca algún gol, porque al fin y al cabo las masas aplauden o critican a los delanteros por una estadística sencilla a la vez que maldita. Casi nadie se acuerda de cuántas asistencias da Benzema cada temporada. 

Pero volvamos a lo de jugar a remolque en la clasificación. Ese jefe de la organización se presume el Barça y no el vigente campeón. Por mucho que Simeone sólo acepte gladiadores en su escuela, tanto cambio se acaba notando. Las estrategias siguen siendo cuasi-perfectas pero de eso no puede vivir. Y eso que el ‘Cholo’ tiene razón: anoche jugaron el mejor partido de las últimas semanas, incluido el plan maestro del Bernabéu. No ganó porque el portero de Celta sacó tentáculos imposibles y Griezmann se fue a la caseta antes que Raúl Jiménez, el mexicano de la discordia. La gente no le conocía cuando le ficharon y ahora que le han podido examinar, las sospechas se agigantan. Huele a uno de esos fichajes pufos de la era Gil, la auténtica. Sin embargo, mientras Godín siga rematando en los córners hasta un microondas, los cronistas no serán malvados. Es increíble la sensación de terror que infunde el Atleti en cada saque de esquina, la misma que sufre Federer cada vez que Nadal está a punto de hacerle un passing.  

Un Iron Man en construcción

Mircoles, 13 Agosto 2014

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Carlo Ancelotti confesó en una entrevista para Fiebre Maldini que la mejor plantilla que entrenó en su vida fue el Milan que sucumbió al milagro de Rafa Benítez y su Liverpool en la final de Estambul. “Kaká, Seedorf, Maldini, Shevchenko, Cafú…nunca tuve a gente tan buena”, comentó el técnico italiano al referirse a aquella Champions. Año y medio después de la entrevista, habría que compararle ese Milan con el Real Madrid que le ha construido el club. Del Madrid galáctico al de hoy, con cromos distintos pero no menos icónicos, porque si el Bernabéu rendía pleitesía a Zidane, Cristiano merece estatuas esculpidas en cada vomitorio del estadio; si Ronaldo volvía a correr como esa “manada de búfalos” que describió Valdano, Gareth Bale prefiere los acelerones de un fórmula uno; donde Beckham ponía camisetas, primero, y después balones al pie, Toni Kroos prefiere el arte de la escuadra y el cartabón sobre el césped, y cuando Figo lucía la chapa de galáctico I de Florentino, James Rodríguez ha exprimido un Mundial para convertirse en el chico de oro de los 80 millones de euros. El periodismo se alimenta de comparaciones odiosas pero inevitables, y las menciones entre la flor y nata de hace una década y la de esta temporada van a chorrear tinta. Y con un pequeño matiz: el Madrid estelar de Carlos Queiroz sólo tenía dos camisas de recambio: Solari y Guti, mientras con el banquillo de anoche se podía armar un equipo Champions. Con tanta opulencia, el entrenador se permitió el lujo de no convocar a un campeón mundialista como Khedira, cuya misión destructora apenas sabe ejercerla él.

El Madrid ha extendido la alfombra roja a los pies de Ancelotti para que vaya gestionando el orden del desfile. La Supercopa de anoche es una muestra insignificante de la mole que ha construido Florentino Pérez tirando de su mejor recurso: dinero. Eso y el ojo clínico de fichar al repudiado Kroos que, inexplicablemente, no tenía hueco garantizado en el galimatías táctico de Guardiola. Al alemán le bastó un puñado de minutos para reivindicar la nueva hoja de ruta de Carletto: fútbol control y, por si acaso, el contraataque como arma de destrucción masiva. Kroos juega como Xabi Alonso en su mejor versión: templa la pelota, la aguanta con pases cortos y tira diagonales cuando los velociraptores arrancan en carrera. Ésa es la opción con Cristiano y Bale, la otra es coquetear con Benzema, tan discutido por su apatía delante de la portería como aplaudido por su sentido de la creatividad. La prueba del algodón no engaña: el delantero del presidente insiste en que él no es delantero centro rematador, le gusta provocar las jugadas liando a defensas y quien se ponga por medio. Su movimiento sin balón en el segundo gol de CR7 es una acción para enseñar en el curso avanzado de entrenadores.

A James Rodríguez todavía le queda un rato para calibrar su zurda. Tiene pinta de ser el jugador tapado que irá agigantándose durante el transcurso de la temporada. Cubrir la banda de Cristiano tiene sus inconvenientes, por eso, no será extraño que su entrenador le alterne en ambos lados. Como debería hacer Bale, mucho mejor en su flanco natural por la facilidad con la que centra al milímetro. En definitiva, un sinfín de recursos que suponen que este flamante Madrid parezca de momento un Iron Man cargado al cincuenta por ciento. Imagíneselo en su pleno apogeo. Sin embargo, hasta que termine su acople, todavía tenderá a partirse en dos. El Sevilla sólo inquietó la vez que el taciturno Iker volvió a ser el convincente Casillas, pero quizá otro equipo con más empaque y veneno en la delantera habría traído de cabeza a la zaga blanca. Kroos es un pulmón en defensa, pero su talento ayuda más arriba que abajo. De ahí que el club no deba tensar tanto la cuerda con Khedira; vamos, para evitar otro caso Makelele. Con Di María y él, hacía demasiado tiempo en Chamartín que no se intuía no un equipazo, sino una plantilla faraónica, en la que hay muchas estrellas de rock pero el mismo jefe de siempre con licencia para perforar porterías.

“Si ganas vales y si no eres una mierda”

Jueves, 17 Abril 2014

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Vicente Del Bosque podría replantearse la fórmula de la Coca-cola de la selección española. Mestalla vio perecer un tiqui-taca demasiado manoseado y pizarras tácticas como la de Ancelotti o el estilo pétreo de Simeone también podrían conducir a Maracaná. Futbolistas hay para cualquier recurso. La Roja respira según las constantes vitales del Barcelona y, a dos meses vista del Mundial, el equipo que más nutre al combinado nacional es un enfermo que necesita un electroshock. El fin de ciclo vociferado por Frederic Hermel se ha infectado hasta el tuétano del club y, a la espera de que FIFA le permita o no fichar, urge una catarsis interna por mucho que ídolos de la Masía como Xavi todavía confíen en un equipo moribundo. Esta Copa dejó de ser un título menor por el cataclismo que se asomaba en Can Barça: ganar le habría dado cuartelillo ante un barcelonismo que anhela la era ‘guardiolista’ porque, siguiendo la reflexión de Dani Alves, “en el fútbol si ganas vales y si no eres una mierda”. Suena maniqueo pero Barça y Madrid o tocan el cielo o muerden el polvo. No existe termino medio.

Ganó quien lo buscó y peleó. Ancelotti, lejos de sufrir un ataque de entrenador italianizando al equipo, dio galones a Isco y le recomendó usar el balón para atacar. Así de simple. El Madrid no necesita marear la pelota para aclararse a sí mismo, le basta un puñado de pases rápidos y precisos para descerrajar defensas. Y la del Barça estuve verdaderamente horrorosa para regocijo orgiástico de Gareth Bale. Una sola cabalgada le bastó para guardar bajo llave los vídeos del Tottenham con los que había presumido de credenciales. El pobre Bartra, improvisado goleador y central rapidísimo al corte, vio pasar ante sí a un híbrido de Usain Bolt, Yohan Bake y Maurice Green. Da la sensación que al galés se le quedan pequeñas las dimensiones del campo porque su aceleración de cero a cien en escasos segundos se produce en el último tramo de la carrera. El Bernabéu merece un espectáculo de cuadrigas entre Bale y Cristiano Ronaldo al estilo de Ben Hur, sólo que los caballos son ellos mismos.

Si el Barça se jugaba quemar las últimas fichas acumuladas en años, los blancos querían evitar una pesadilla antes del terrorífico Bayern de Munich. Las casas de apuestas se habían inclinado levemente por los azulgranas, quizá porque el factor Cristiano pesaba toneladas de pesimismo, Por eso, el triunfo del Madrid ha cogido una trascendencia histórica; el portugués es medio equipo, pero la otra mitad también ha demostrado que sabe apañárselas sin su Terminator enchufado. Florentino Pérez sabe desde anoche que ha comprado un arma de destrucción masiva por valor de 100 millones que, aunque son 91, suena más ‘marketiniano’. Bale es el super héroe de la noche, con permiso de un generoso Di María, y parece que no le afecta la kryptonita de Messi. Ni siquiera Neymar, con quien le hemos comparado desde la prensa por haber compartido prime time de telediarios el pasado verano. El contraste fue simplemente brutal: Bale se montó en un cohete para llevar el balón hasta las redes de Pinto y Neymar se volvió loco delante de Pepe y Coentrao, los pájaros disparando a las escopetas.

El desquiciamiento de Neymar y la apatía de Messi, quien todavía no ha bajado de ese extraño limbo, son indicios inequívocos de la flagelación del Barça. La planta noble del Camp Nou espera que termine rápido la Liga para despedir a Martino por la puerta de atrás con un pasaje a Buenos Aires y encender otra vez la máquina de la ilusión. Sin embargo, esta vez no importa tanto La Masía como un personaje que venda periódicos. Y ése se llama Jürgen Klopp, devoto confeso del contraataque, por cierto. O sea, más entusiasta del ‘’corre, corre que te pillo’ del Madrid que del fuego lento que cocina el Barça. Porque no sólo de tiqui-taca azulgrana vive el fútbol. Que se lo pregunten a Ancelotti o, más complicado, que intenten convencer a Simeone. Al fin y al cabo, se trata de ganar y que no te recuerden como una “mierda”.  

 

   

Gareth Bale, superhéroe a examen

Sbado, 5 Abril 2014

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Cristiano Ronaldo solía eclipsar al resto incluso cuando no jugaba. Su Balón de Oro pesa tantos quilates que hasta una plantilla millonaria como la suya le echa de menos en cualquier palmo del césped. CR7 es un gigante entre liliputienses y poco importa que enfrente pelee un peso welter como la Real Sociedad o el superpesado por excelencia, el Barça: la sensación de nostalgia permanece. Eso costaba digerirlo hasta que un solo futbolista agitó el mercado con su P.V.P. infinito. Los 91 millones de Gareth Bale (sí, 91 confirmados por la Bolsa de Londres) no los forzó él pero, aún siendo injusto, le obligan a actuar a veces de Luke Skywalker, devolviendo el equilibrio a la galaxia blanca en ausencia del líder espiritual. Precisamente, equilibrio fue el eslogan táctica de Ancelotti cuando presentó sus credenciales, pero en los momentos cruciales ese concepto se desvanecía apenas susurrarlo. Sucedió en el clásico y en Sevilla, los cadalsos que han hecho perder al Madrid media Liga. Ambos sopapos le hicieron reflexionar de cara a Anoeta: “¿Por qué un Doctor Jekyll en San Sebastián y un Mister Hyde en Sevilla?” Es la pregunta que se hace el viejo J.B. Toshack y medio madridismo. En este campeonato de ricos y pobres, cualquier resultado que no sea ganar fuera de la liguilla entre Atlético, Barça y Real es un fracaso casi fatídico.

Así como Steve Mcmanaman era llamado Steve en sus inicios en el Madrid por su carácter cándido y bonachón dentro y fuera del campo, Bale ha sido Gareth durante un puñado de meses. Sin embargo, Steve acabó complaciendo al Bernabéu hasta retomar el nombre y talento de Mcmanaman o ‘Macca’ y el muchacho galés Gareth está siendo el torpedo Bale que puso patas arriba White Hart Lane. El último galáctico blanco ha tardado en florecer y todavía está a tiempo de salvar su buena, que no notable, temporada. Le ocurre como a Will Smith en su papel del superhéroe Hancock: derrocha sus superpoderes sin nadie que se los corrija. Últimamente, Bale ha controlado su hipervelocidad, esprintado sin salirse por la línea de fondo y, también, le ha pillado el tacto a la pelota de la Liga dándole la fuerza y precisión necesaria. Y aunque sus números corroboran su genio, 18 goles y 18 asistencias, aún le falta un momento antológico que le reserve un sitio en la hemeroteca madridista: una volea de Zidane, una jugada de varios quiebros al estilo Raúl contra el Atleti o un taconazo de Redondo como el de Old Trafford.  Llegará el día que Bale se quite su propia coraza, será entonces cuando el Madrid arrase como un ciclón al valiente que ose ponerse delante. Y junto a Cristiano, causarán tal terror que Florentino Pérez, en su interior, se dirá así mismo que por fin habrá merecido la pena poner tantos ceros en dos cheques diferentes. Por el momento, cada partido es una examen de reválida para Bale.

Y hablando de precios astronómicos, Pepe costó treinta y tantos millones (nunca se ha publicado la cifra real por miedo de todos y cada uno de los intermediarios que trincaron del fichaje) y, en perspectiva, ha quedado en una bicoca. Sin sus idas de olla la opinión pública hablaría del digno sucesor de Fernando Hierro. La pesadilla de los centrales comenzó cuando a este último le invitaron a irse del club y Pepe pareció el remedio necesario. Pero su actitud descerebrada contra Casquero y sus broncas macarras en los clásicos de Mourinho levantaron sospechas hasta en el ala más fanática del club. No obstante, Pepe sabe jugar de central, tiene su librillo de maestro y cortando balones en carrera es único en su especie. Cuando está centrado, su portero respira porque el portugués saca el coche-escoba a pasear, haya por delante balones o piernas. Recuerdo que el Atlético de Madrid fichó a un central paraguayo llamado Gamarra que se jactaba de no haber sido expulsado nunca. Y aún tengo en la memoria una frase antológica de Ronald Koeman: “Un central necesito su bautismo de fuego con una buena tarjeta roja”. Gamarra no lo vio antes de ser rojiblanco y el Calderón le recuerda como un pufo más de su larga lista. Pepe pega cuando debe, y no debe, y dirige a su defensa como un mariscal del campo. Éste sí que es el Pepe que olvidará a Hierro.

 

 

 

 

 

Dos abuelas con la Playstation

Lunes, 24 Marzo 2014

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El Madrid-Barça se resume con la metáfora de Paco González: “Es como si a dos abuelas les das una Playstation y se ponen a jugar al FIFA”. Disparate tras disparate, el clásico resquebrajó las pizarras de los entrenadores. Si hay un tipo cuyo cabreo alcanza proporciones bíblicas no debería ser Ramos, ni Cristiano (los rajadores de anoche), sino Ancelotti. Su rostro se descomponía con cada cagada defensiva y el consecuente gol azulgrana. El primero, despiste de Carvajal a su espalda; el segundo, error de niños en un patio de colegio; el tercero, gracias a la versión más oscura de Ramos y el decisivo por una zancadilla sin sentido de Xabi Alonso. El técnico italiano se desgañitaba desde la banda sin llegar a comprender cómo se puede alocar tanto ese fútbol que él tanto ama. Para un obseso del rigor táctico, tener que morderse la lengua ante una defensa verbenera es un marrón de muy mal gusto. Ayer, Carlo fue Carlo y no el Carletto que le dan ataques de entrenador: alineó a los mejores, que hicieron lo que el Barça les permitió y, desgraciadamente, no supo reaccionar a tiempo. Cuando el Madrid se quedaba sin aliento y pedía a gritos el empaque de Illarra, el míster dejó que Di María se desfondase hasta quedarse sin reprís.

Tampoco el ‘Tata’ habría quedado satisfecho si la película hubiese acabado con empate a tres: Mascherano y Dani Alves parecían Pepe Gotera y Otilio haciendo una chapuza detrás de otra. Cualquiera que viese la primera parte se daría cuenta que era un partido para que el mítico Santillana se hubiera puesto las botas con balones templados al área. El Barça era un alma cándida en defensa pero Benzema, aún con sus dos goles, no taladró hasta el fondo. De haberlo hecho, la sangría habría sido considerable. Ancelotti cazó con su gato y Martino fió su reputación al ingenio de Iniesta. Recuerdo una tarde en la redacción de Cope Deportes en la que discutimos quién era mejor: Zidane o Iniesta. La votación fue muy justa y ganó el astro francés. Pero quitando el efecto marketiniano y el impacto del que entonces fue el fichaje más caro de Florentino Pérez, el manchego no tiene nada que envidiar a ‘Zizou’. El azulgrana advirtió a su entrenador de que nunca se le puede sacrificar en el banquillo por mucho que a veces no mueva el balón como si fuera un malabarista Se doctoró cum laude en el Bernabeu sin necesitarlo y casi eclipsó a Leo Messi, cuyo hat trick dará la vuelta al mundo en contraste con la impotencia de su némesis portuguesa.

Pero para impotentes, los cromos de los cien millones. Gareth Bale se salió de campo varias veces emulando a Forrest Gump en sus partidos de fútbol americano. El galés comprime tanta potencia que le resulta dificilísimo controlarla. Y eso al Madrid le debilita porque, con Cristiano desaparecido en combate, Bale tiene que hacer honor a su PVP. También Neymar, a quien la prensa debería dejarle este año de excedencia; al menos, siempre podrá excusarse en la coartada del penalti de Ramos. No obstante, lejos de dar la matraca en las portadas deportivas, Neymar y Bale ni siquiera merecen ser actores de reparto. Hay varios compañeros en sus equipos que cuajan mejor. Pero en el caso del brasileño y toda la operación maquiavélica de su fichaje, es entendible que Messi, o su famoso entorno, se enojen con el club: merece ser el mejor pagado por delante de Iniesta y a una distancia sideral del resto que tampoco encabezaría Neymar. Aunque ya se sabe: los brasileños aprendieron bien de los argentinos en el arte de vender jugadores con ínfulas ‘maradonianas’. O en el caso de Neymar, su incomprensible comparación con O Rei Pele. ¡Qué daño han hecho al fútbol las comisiones!