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Entradas con etiqueta ‘Capello’

Pulgada a pulgada

Mircoles, 29 Junio 2016

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“Las ideas a veces ganan al talento”. Antonio Conte repitió una frase de Fabio Capello, patentada la noche que el Milan humilló al Barcelona en Atenas, y que Guardiola no olvidará jamás. El ex entrenador madridista suele confesar que aquella goleada comenzó con una presión asfixiante sobre Pep que cortocircuitó el primer toque de Cruyff. La batalla del centro del campo fue crucial para que Romario y Stoichkov se quedaran aislados en un islote perdido en el océano. Y Capello reconoce que Desailly se dedicó a un “trabajo oscuro” que nunca fue reconocido por la opinión pública. Ese 4-0 mortal para el Dream Team supuso una de las mayores lecciones tácticas del fútbol contemporáneo. Cada España-Italia guarda una imagen que lo inmortaliza: el codazo de Tassoti (1994), la tanda de penaltis de Casillas (2008), la apología del tiqui-taca (2012) y, desde esta Eurocopa, la pizarra perfecta de Conte. La prensa italiana le declara ganador absoluto del combate por KO; no en vano, el Corriere della Sera le ha comparado con Alejandro Mago en el arte de preparar una guerra.

Las tertulias previas a grandes partidos conllevan fuertes dosis de verborrea barata. Normalmente, los periodistas analistas (o los que presumen de ello) describen tácticas en el imaginario que luego saltan por los aires. Quizá por eso no todo el mundo aspire a entrenador profesional, aunque nos guste jugar a serlo. Conte ha guionizado a su equipo desde que tomó una selección devastada en el Mundial de Brasil; le ha dado forma como un jarrón y sin arcilla de primera calidad. Suena a Rafa Benitez y su “yo esperaba un sofá y me trajeron una lámpara”. Desde luego, no se ha complicado en su reducido reclutamiento: si la Juventus domina el país, la fundición la deben construir sus obreros. Empezando por esa cuchilla de tres hojas que forman Chiellini, Barzagli y, el mejor, Bonucci. Cuando Iniesta o Silva esquivaban a uno, todavía les quedaba un bosque de piernas demasiado frondoso. Los centrales de la Juve son espartanos que darían la vida por cada uno de sus hermanos de sangre. Es la mentalidad azzurra, en la que Leónidas, o sea Conte, morirá al lado de sus compatriotas. O todos o ninguno.

Del Bosque cayó en el jaque desde que anunció una alineación sin cambios. Las pistas de Italia en la primera fase avisaron de una cruenta pelea por el centro del campo. El movimiento más lógico en la partida de ajedrez suponía quitar a Nolito y poblar la medular con Koke, más siderurgia, o Thiago para descerrajar el telón de acero italiano. El seleccionador español no lo creyó oportuno y, de repente, se quedó pasmado viendo cómo Conte defendía en bloque y pisaba el área de De Gea con ¡cuatro!, los delanteros y los carrileros. Italia entendió el carismático discurso de Al Pacino de “pulgada a pulgada” como nunca antes en el deporte moderno. Bueno, sí, Chile también lo aplico letra a letra en la pasada final contra Argentina. A Del Bosque nadie le va a enseñar integridad: murió con sus principios, tocando el balón hasta el fin del mundo. Lícito pero poco inteligente, porque hasta los más grandes estrategas han tolerado jugar al suicidio, por lo civil o lo criminal: lo hizo Cruyff con Alexanco o el mismo Guardiola con Piqué. A veces tienes potra y otras no, pero que no te acusen de no haberlo intentado.

Zidane, gestor de egos

Lunes, 30 Mayo 2016

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“Asegúrate que el Real Madrid esté bien metido en el ataúd con los clavos bien clavados. Y, después, húndelo en el fondo del mar rodeado de una cadena con varios candados, porque si no….”. No es poesía de Manuel Jabois o David Gistau, dos de las plumas más brillantes del cáustico panorama periodístico, sino de Emilio Butragueño, cuyo arte de soltar párrafos cuadriculados y de manual a veces es rompedor. Por supuesto, no lo dijo delante de ninguna cámara, era el sentimiento unánime en el aeropuerto de Milán de los madridistas de pura cepa, los que vivieron un tiempo en el que el Atleti tenía instinto depredador. Recuerdo que durante mi primer año de universidad, en pleno éxtasis merengue en Europa (‘Octava’ y ‘Novena’), el maestro Santi Segurola sugirió una frase inmortal: “Gane o pierda, el Madrid maneja como nadie los tempos de la Champions”. Y salvo la época ominosa de la crucifixión en octavos, Segurola no mintió. Es el torneo que redime cualquier pecado, y el Madrid suele cometer un buen puñado cada temporada; es las sala previa a la morgue o la salida del hospital. El Elíseo o el Apocalipsis, sin término medio.

El Madrid disfruta jugándosela sin red, asomado a un precipicio del que siempre sabe recomponerse. Y la abismal diferencia entre dos años en blanco y dos Champions en tres temporadas sólo sucede en el club más ajusticiado de la historia. La lectura más merengona de este lunes es que llevan las mismas Champions que el Barça en su ciclo más triunfal, el que empezó con el Dream Team de Cruyff. Las odiosas comparaciones son el único barómetro que tiene el fútbol para aplaudir o atizar a alguien. Por ejemplo, a Zinedine Zidane, al que su presidente rescató de un insípido empate en La Roda con el Castilla para sofocar el conato de rebeldía contra Rafa Benítez. Decían en Valdebebas que el francés no era buen estratega, que no tenía suficientes cicatrices de guerra para dirigir el Acorazado Potemkin de Mister Rafa; los buenos en La Fábrica se llamaban Luis Miguel Ramis y Santi Solari. Quizá sí delante de una pizarra, pero Fabio Capello, un sabio, descubrió la esencia del banquillo más parecido a la silla eléctrica: “Entrenar al Madrid es gestionar a sus estrellas. Es lo primero y casi único”. Y eso que el italiano domaba los egos aplicando tácticas siderúrgicas en las que un destello improvisado causaba una bronca de proporciones bíblicas. El caso más laxo siempre ha sido el de Vicente Del Bosque, quien olvidaba la mano dura y las peroratas al son de ‘A jugar como vosotros sabéis’. Zidane se ha movido por instinto, pero no olvida sus influencias de Turín. Es el único argumento que explica su acertadísima predilección por Casemiro y la arriesgada decisión de retrasar líneas el pasado sábado, cuando pudo reventar la final antes del descanso.

Zidane merece su continuidad porque la plantilla todavía le ve en un póster voleando la ‘Novena’ de Glasgow. Y porque a Cristiano le trata como un divo, a Bale le permite sentirse velocista de 100 metros, y Benzema es el alumno aventajado que Aristóteles vio siempre en Alejandro Magno. Ni una rajada en la sala de prensa, ni un incendio gratuito; Zizou no suelta carnaza a la prensa porque no le interesa ni tampoco sabe ejercer como el personaje más teatral de Mourinho. No obstante, le recomendaron esbozar media sonrisa y enterrar el gesto arisco con el que hacía roulettes en el césped y hablaba fuera del campo. Ahora es un tipo simpático que no se altera, ni siquiera cuando Piqué cabecea a la basura otra Liga para el Madrid. En enero reseteó el vestuario y preparó una pretemporada de invierno para desentumecer músculos, como las que acostumbran los equipos nórdicos y rusos en La Manga. Fue el físico lo que mantuvo con vida al Madrid en San Siro, ese último reprís que acobardó a Simeone en la prórroga. Bale se había exprimido como nunca; Modric acabó jadeando como un maratoniano en meta y Casemiro todavía buscaba más tralla, ¡qué proeza de la genética! Queda Zidane para rato porque no molesta en la planta noble, ni sufre ataques de entrenador. Pero, sobre todo, el entrenador sigue siendo el galáctico del presidente que escribió ‘Sí, quiero’ en una servilleta.

Plan Renove

Lunes, 29 Febrero 2016

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Plan renove. Fue la expresión que utilizó Lorenzo Sanz cuando le preguntaron por la caótica temporada que borró de un plumazo a la pareja Valdano&Cappa. Aquel Real Madrid necesitaba fumigar el vestuario y nombrar a un general con puño de hierro. El elegido fue Fabio Capello, que entonces exigió sus fichajes uno por uno y, de paso, cobrar una peseta más que el futbolista mejor pagado de la plantilla. A Florentino Pérez no le gusta ser tan contundente delante de las cámaras porque, como presidente de una multinacional del Ibex 35, conoce el terremoto que origina cualquier decisión drástica. Mejor actuar entre bambalinas, preparando la lista negra mientras el Kalashnikov de Zidane guarda la última bala en la recamara: un disparo sólo apto para el mejor de los francotiradores. Y no parece que Zizou esté bien adiestrado para la misión. Varios ex jugadores merengues suelen comentar las lagunas tácticas del entrenador y deslizan en los cenáculos periodísticos vía Mesón Txistu y Asador Donostiarra que ahora mismo el técnico con más vocación es Luis Miguel Ramis, sucesor de Zidane en el Castilla.  Pero tampoco tiene experiencia, ni siquiera un nombre marketiniano que ayude a vender portadas. Su única oportunidad de entrenar al primer equipo empieza y acaba por ser un mero apagafuegos, como un desconocido llamado Vicente Del Bosque, coordinador de la cantera de la Ciudad Deportiva de La Castellana, durante la década de los noventa.

El club más rico de la lista Forbes ejecuta un plan económico anual digno de estudio en universidades como Harvard o Stanford, y toma decisiones deportivas como si las charlara en una barra de bar. Zidane no estaba preparado antes de Navidades, pero el hartazgo del vestuario con Rafa Benítez precipitó su ascenso. Él, por supuesto, anunció que estaba preparado; el gremio de entrenadores todavía le veía en un póster voleando el gol de la Novena. Y ha sido Simeone el que ha acabado por incendiar las discusiones de salita y redes sociales. De repente, el equipo siderúrgico de estilo plomizo maniató al fino estilista hasta ponerle una camisa de fuerza. Acorralado en un callejón sin salida, sin intercambio de posiciones o cambio de pizarra, el Zidane más impulsivo confió en Borja Mayoral para conjurar la primera gran noche de Raúl González o, a escala inferior, de aquel José Luis Morales que levantó al Bernabéu en un derbi. Cualquier acto de fe que comulgara con la grada. La conclusión es que este Madrid presume de una  alfombra roja de Hollywood en la que los actores se quieren lucir en su photocall más personal. Manolo Sanchís resumió el debate futbolístico en una declaración: “El equipo que más media puntas tiene no juega con ningún media punta”. Isco y, sobre todo, James quedaron señalados porque, hablando en plata, es complicado jugar andando. No hay más preguntas, señoría.

El Bernabéu se cansó de buscar muñecos de pim, pam y pum, y se giró al palco. Ya no había un Ancelotti o Benítez de turno en los que descargar la bilis, y Zidane tampoco merece la guillotina en tan poco tiempo. El presidente ha repetido innumerables veces que sólo convocará elecciones si los socios se lo reclaman; la advertencia en el derbi fue el primer aviso. Con o sin elecciones,  y con o sin otros candidatos. la reestructuración se intuye absoluta. Por ejemplo, una dirección deportiva que detecte por qué no hay un lateral izquierdo que sustituya a Marcelo; o un delantero centro a la vieja usanza que resuelva un plan ‘B’ o ‘C’. Sin profesionales que se dediquen a rastrear el mercado y olfatear futuras promesas, no suena tan descabellado que Cristiano Ronaldo pegue esos fogonazos de proporciones bíblicas. No le falta razón en lo políticamente incorrecto: “Faltan los mejores y la pretemporada está mal planificada”. Radiografía perfecta de un enfermo. El Madrid, no Cristiano.

La guillotina

Jueves, 24 Diciembre 2015

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El casting ha empezado y en la trastienda de la planta noble del Bernabéu el presidente ha desenrollado la alfombra roja. En su permanente crisis, el Real Madrid es como un niño que toquetea todas las teclas en su primera clase de piano: quizá dé con alguna melodía medianamente audible dentro del estridente batiburrillo. O quizá el estropicio alcance proporciones bíblicas. Florentino Pérez no ha echado a Rafa Benítez porque se desprendería de su muñeco de pim, pam, pum. Los silbidos todavía revientan los tímpanos del entrenador cada vez que el speaker se come el marrón de anunciar su nombre. Sin embargo, un cabreo más acelerará la muerte anunciada. La directiva se prepara para otro entierro multitudinario en el que la tradición norteamericana exige un convite en casa del difunto. Todos contentos y a la espera de otro jacobino guillotinado. Benítez entiende su juego como el PC Fútbol que condensaba un millón de estadísticas para construir equipos. Por eso, el juego del perro y el gato con James obedece a su silueta ensanchada y, por eso, ha purgado la inspiración de Isco por su escaso bagaje en asistencias. Un mundo lleno de números,  a veces lógicos y otras inconexos, que sólo entendía la mente maravillosa de John Nash. Así acabará en unas semanas Mister Rafa, sumido en un papeleo de informes sin que a nadie le interesa el esfuerzo prestado.

En el Madrid o ganas o fracasas. Lo dijeron muchos entrenadores, entre ellos Fabio Capello, cuya candidatura a puesto interino ha cogido cuerpo. La urgencia de rascar en la costra del Barcelona es tan agobiante, que el presidente es capaz de marginar su manoseada excelencia por un fútbol ladrillo y pestilente que saque resultados. Cualquier solución para no alargar demasiado el fantasma de Ancelotti. La antípoda de Capello golpearía con puño de hierro un vestuario que se había acostumbrado al colegueo de Carletto. De repente, Clint Eastwood entraría como el sargento de hierro en el barracón. Y sin tonterías, obvio. El italiano siempre ha exigido cobrar un euro más que la estrella del equipo: se lo hizo saber a Lorenzo Sanz (1996) y, por supuesto,  a Ramón Calderón (2006). Sin duda, tiempos muy remotos en los que las marcas de calzoncillos y el twitter no contemplaban al futbolista como hombre anuncio.

El presidente no quiere quemar tan rápido a Zidane, de quien augura ínfulas ‘guardiolistas’. Es la razón por la que se le ha dado el Castilla, un fogueo ¿necesario? antes de vestir su traje de Mango (del que es imagen) en el Bernabéu. Entonces, ¿quién aceptará intentar solucionar un apaño y cobrar un finiquito exprés? Desde luego que Mourinho no. Su sola presencia causaría una guerra civil interna contra sus proscritos (Ramos, Cristiano y Pepe). Por descarte, Víctor Fernández se podría colar por la rendija. Sin ruido, si líos, intentando cumplir expediente y vuelta a Valdebebas (o no). Una ex leyenda del club esgrimió esta posibilidad en los días previos del fatídico Madrid 0-Barça 4. Víctor sonó dos veces para el banquillo blanco en plena efervescencia celeste. cuando de la nada inventó un Celta muy juguetón, como el de esta Liga. En la calle suena a apuesta suicida, pero a la directiva le contentaría un currículum tan pulcro hasta junio.  Será entonces cuando entre en liza el enésimo proyecto con Zizou.  Un tiro al aire para saber si suena la flauta, salvo que le permitan margen de error. O dicho con chabacanería, cagarla sin miedo a perder la cabeza.

Capello style

Domingo, 29 Noviembre 2015

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El Madrid todavía no se ha levantado del diván del psicólogo. Le cuenta sus penas obsesionado con la pesadilla del clásico, estresado por el ruido exterior e inseguro de sí mismo incluso en trámites que suenan a goleada. El de Ucrania fue un mal entrenamiento, el de Eibar un marrón de tres puntos. En otra galaxia levita un Barça que pelea por un hueco en su leyenda desde que anestesió a su némesis: la cuestión nacional (la pregunta que se hace todo el mundo, como diría Manolo Lama) es saber qué Madrid despertará cuando regresen los duelos del Lejano Oeste. La cuesta hasta Navidad va rodada con equipos de otra liga; espera en enero un Valencia enrabietado cada vez que huele madridismo. Ni el aficionado más merengón agobiaría a Rafa Benítez con un rato de buen fútbol; ganar sí es suficiente para que el escarnio no se agigante. Ése fue el talante en la cajita de Ipurúa, donde las dimensiones del campo obligan a un fútbol siderúrgico antes que el delicatessen: el fútbol que le gusta al técnico, hablando en plata.

En una profesión cada vez más informatizada, Benítez se guía de las estadísticas. Sus respuestas son numéricas, de ahí que La Sexta anunciase el pasado viernes que, según el cuerpo técnico merengue, James Rodríguez es de los que menos trabajan en entrenamientos y partidos. Datos irrefutables para Mister Rafa. Sin embargo, el fútbol también se mueve por instinto o sensaciones, y el empeño en pegar con espátula a Gareth Bale de media punta centrado sólo lo entiende el entrenador. Ni siquiera una cifra podrá interpretar que el galés es práctico en una posición amorfa para él. Su galopada por la banda izquierda en la Champions recordó al olor añejo de Roberto Carlos. Precisamente, Ipurúa habría sido la pista de pruebas perfecta para dejar a Bale toda la autovía, del lateral al extremo. Bendita locura. No obstante, su gol de cabeza quizá alimente un debate interno: delantero centro. ¿Por qué no? A Cristiano Ronaldo le da mil patadas que le obliguen a colocarse en el punto de penalti como un boya de waterpolo. Todos quieren construir, como si fueran especialistas en mecano; hasta Benzema, socio único e intransferible de CR7 (la BBC sólo es una coartada de la prensa para darle la misma importancia al fichaje de los 91 millones o 100 según el Tottenham).

Ganar y punto. Es el único método para levantar a las masas. “A la caza del líder”, que fue el santo y seña de Fabio Capello en el vestuario la temporada del milagro. Entonces, reaparecerán las cofradías del clavo ardiendo y cualquier victoria pírrica, cualquier pestiño infumable valdrá su peso en oro. Así pensaba Capello y así vuelve a pensar este Madrid. La grandeza se reduce a los títulos. La bisutería de frivolite no tiene cabida en el Bernabéu.

Mejor la locura

Martes, 10 Noviembre 2015

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“Es curioso que el portero sea el mejor en cada partido”. Fabio Capello lanzó el dardo en El Partido de las 12 con su habitual socarronería italiana. Estaba escrito que Keylor Navas aguantaría el castillo de naipes hasta que cayera la primera carta por una cantada o, simplemente, una lesión. Sucedió lo segundo y los balones imposibles (quizá el primero no tanto) acabaron en la red. Veinticuatro horas después de su primera derrota, MARCA atinó en su portada de ayer: sí, Se veía venir porque el milagro de los panes y los peces (PSG) sólo podía ocurrir una vez. Y sin entrar en modo apocalíptico como pinta la mitad del país, nunca una derrota había dejado sensaciones tan preocupantes, que no catastróficas. Las barras de bar siguen discutiendo si Cristiano está en el limbo y por qué razón alienígena James Rodríguez no pertenece a la guardia pretoriana de Rafa Benítez. Un puñado minutos confirmaron la prueba del algodón: la zurda colombiana es el arma destructora de este Madrid, algo así como el Increible Hulk para Los Vengadores. Porque CR7 de momento es Cris para los amigos, como Mcmanaman fue el bonachón Steve hasta que empezó a jugar algo en el Bernabéu.

La paradoja táctica de Rafa Benítez, el entrenador que informatiza todo el fútbol, desconcierta al vestuario. Menos Keylor, Varane y Casemiro, el resto no tiene claro su propósito. Toni Kroos arrastra la fatiga de la pasada temporada, y eso que el marrón defensivo se lo come Casemiro; Modric es la CPU del equipo, pero en Sevilla se cortocircuitó por el barullo de arriba. Y ahí es donde Bale y Cristiano han revelado el secreto de la Coca Cola: no Benzema, no party. La BBC salta por los aires. El caso de Cristiano trasciende de una mala racha. Toda la intención que debería poner sobre el tapete la malgasta flirteando con su futuro en los medios. Benítez se agarrada a la coartada de un picapleitos de causas imposibles: así es la vida. Punto. Pero la mente de la estrella portuguesa es una coctelera en la que se mezcla su futuro parisino, el alarmante bajonazo físico en un tris y sin reprís,  y el ostracismo que sufre de delantero improvisado. Al final, resultará cierto que su mejor socio es Benzema, como Guti lo fue para Ronaldo Nazario (confesado por el brasileño).

A bote pronto, cualquier Madrid desde Mourinho suena melódico al contraataque. Y aunque al sector folclórico del madridismo le gustaría presumir de fútbol hegemónico, los grandes partidos se han resuelto con un equipo mortífero en el pim, pam, pum. Bale y Cristiano no saben regatear en una cabina de teléfono como Messi (Valdano dixit) porque son velociraptores que necesitan pradera libre. Habría que preguntar al entrenador si Isco es tan prescindible porque ralentiza ese ritmo vertiginoso; de ahí la importancia capital de Di María en el año de La Décima. El ansiado equilibrio de Benítez pega más en las tesis ‘guardiolistas’: el Madrid se desenvuelve mejor en la locura. Así disfruta el Bernabéu. El próximo duelo al sol sí puede ser letal. El Barça de Neymar llegará con Messi arreglado; será el momento de averiguar si el casting de entrenadores en la casa blanca vuelve a salir a escena.

 

La ropa sucia del vestuario

Mircoles, 7 Octubre 2015

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“Me criticaban por no lavar la ropa sucia dentro del vestuario, pero es que llevaba tres meses lavándola y no se secaba nunca”. Ninguna frase describe mejor los eternos incendios de vestuario del Real Madrid como la del ocurrente John Benjamin Toshack. El galés convenció al presidente Ramón Mendoza de que su autoridad de hierro se impondría sobre el vedettismo de algunas estrellas, Hugo Sánchez por delante de todos. Más sonoro fue el caso de Guti, quien se atrevió a decir a la cara de otro presidente, Ramón Calderón, que ya bastaba de “soltar mierda por esa boquita”. Calderón había celebrado una ponencia días antes en la Universidad Villanueva de Madrid  y soltó lindezas como que el propio Guti seguía siendo una “promesa” con 30 años, que Beckham quería ser “actor de Hollywood”, y puso la guinda criticando que los futbolistas no pagasen ni cenas ni coches. Años después, la ropa sigue sin lavarse, manchada por la permanente pelea de egos, en salsa rosa o clave puramente táctica, como en el último affaire Benítez-Ramos.

La génesis del desencuentro viene del verano, con varios futbolistas merengues rebrincados por el despido de Carlo Ancelotti. Al fin y al cabo, Fabio Capello siempre tuvo razón: “La clave del Madrid no es ser buen entrenador, sino buen gestor de vestuario”. Y él, en su papel de Clint Eastwood en El Sargento de Hierro, construyó un barracón en Valdebebas, pero supo transigir cuando los capitanes le pidieron a gritos el regreso del defenestrado Beckham. Caso special one fue Mourinho, quien no dudó en sentar a Cristiano Ronaldo tras una rajada táctica y a Casillas por no compartir su exagerado maniqueísmo. El único que puede alardear de haber regateado al mourinhismo fue Lassana Diarra, a quien su técnico pidió que renovara ante la negativa continua del francés. Rafa Benítez escudriña hasta la última estadística que ignoraría la NASA; observa el fútbol como un algoritmo en el que resultado final no es lo único crucial. “¿’Amarrategui’? La gente no sabe que casi toda la primera parte la jugamos en la mitad de campo del Atleti”, justificó en El Partido de las 12. Sus contestaciones vienen guionizadas con dígitos; cualquier otra respuesta no sería suya. Y como bien matizó, a la prensa española nos gusta discutir si el apretón de manos fue firme o flojo, si Cristiano es el mejor jugador que ha entrenado, aunque Mister Rafa haya presenciado a otros prodigios de la genética.

Benítez abandonó la vieja Ciudad Deportiva de La Castellana en el periodo cretácico. Entonces, apenas un puñado de reporteros cubrían los entrenamientos sin la trabas de los departamentos de prensa; entonces, internet sólo era un proyecto gestado en Silicon Valley; entonces, el Real Madrid era el de las 6 Copas de Europa en blanco y negro. Décadas después, el nuevo look de Gareth Bale se difunde a la velocidad de la luz de Madrid a Alaska, pasando por Nueva Zelanda. Por eso, Benítez ha entendido en pocas horas que mentar a un futbolista para un cariñoso capón didáctico puede convulsionar al madridismo. Aunque muchas veces nos encarguemos de eso los ‘juntaletras’ (perdón). El entrenador no tuvo mala voluntad, pero ya sabe que delante de un micro no se pueden contar esos chascarrillos que se murmuran entre mano y mano de una partida de mus. Sin embargo, la ecuación no ha podido acabar de manera más incorrecta. A Sergio Ramos le ha superado la capitanía, no la veteranía. Como líder del equipo debió rebotar la pregunta capciosa, no devolverla frontalmente con un obús. Más carnaza para nosotros. Montada la telenovela, sólo había una solución: el apretón de manos. ¿Fuerte o flojo? Quizá sea lo que más interese a la gente, ¿no, Rafa?

 

 

 

 

Neymar: ¿por qué yo?

Domingo, 12 Abril 2015

Davor Suker acabó hartándose del descarado ninguneo. Fabio Capello cumplía escrupulosamente su rito favorito casi por inercia: minuto 75, ganase o perdiese el Madrid, Suker se iba a la ducha. Y en su arte del despiste, el técnico italiano sabía interpretar el cambio en cada ocasión: si marcaba un hat trick, salía del campo para recibir la ovación; si debía amarrar el resultado (su táctica fetiche), Suker era el elegido; y si tocaba remontaba, la ruleta rusa también apuntaba al delantero. El fatídico minuto 75 irritó tanto a Suker que, después de un entrenamiento en la vieja ciudad deportiva de La Castellana, se dirigió al sargento Capello y le pidió explicaciones. La conversación textual nunca fue desvelada por el croata, pero Suker siempre se quitaba el muerto aludiendo a “cuestiones tácticas”. Tarde o temprano, Neymar pedirá audiencia con un Luis Enrique que anoche elevó las sospechas al cuadrado. Preguntado por el sorprendente cambio, el técnico retó a la prensa por enésima vez y escurrió el bulto con una simplona “chuminada”. Suker se atrevió a replicar las férreas decisiones de Capello, pero Neymar rellena la hoja de reclamaciones torciendo el gesto. Cualquier palabra vale la de un mudo.

Los periodistas de la sala de prensa del Pizjuán no insistieron demasiado. Luis Enrique había dado carpetazo la “tontería”. Si hubo explicaciones de pizarra, sólo míster y vestuario lo supieron. El resto del planeta Tierra sólo entenderá que a Neymar le cortaron las alas en pleno apogeo: autopases imposibles, quiebros de ballet y un golazo lanzado en una falta simplemente por probar. El brasileño se asoma como futuro Balón de Oro, pero de momento es un astro con ínfulas ‘maradonianas’ o, más actualizadas, de Messi. Su estatus todavía no se acerca al del argentino, aunque desde la planta noble del Camp Nou le estén macerando en oro líquido. Con Luis Enrique los conatos de rebeldía pasan factura y el mismo Neymar que levitó sobre el césped de Sevilla, se había movido como los “pollos sin cabeza” de J.B. Toshack entre bajones físicos y el cumpleaños de la hermana. Suerte que no apareció un Kevin Roldán de testigo indiscreto. Conociendo la fachada del técnico azulgrana, no será la última vez que Neymar sufra la maldición del minuto 75 (en su caso, el 73).

Habemus Liga y la prensa del Barça que cubre al equipo sin fanatismos (¿la hay?), si tiene ganas, jugará a Carl Bernstein y Bob Woodward. Investigar por qué Luis Enrique saca del campo a Neymar con la misma facilidad que Messi golea implica dos esfuerzos: preguntarle, recibir el tortazo a modo de ironía (muy del gusto del entrenador) y repreguntar por esa “cuestión táctica” que nunca ha confesado Suker. Si Neymar quiere sentirse importante en este Barça, la gente necesita saber qué chirría en el minuto 75. Porque, al final, el jugador acabará rajando en una entrevista furtiva de su país. Cuanto más lejos la onda expansiva, mejor. Siempre sucede lo mismo.

  

Porteros como antioxidantes

Mircoles, 1 Octubre 2014

“Siempre he creído que Claudio Bravo era el titular”. Palabra de un Hristo Stoichkov que siempre ha desconfiado de las rotaciones. La nueva moda de la portería traicionó al atlético Oblak, cuyo P.V.P de 16 millones le perseguirá en vida, y anoche dejó a Ter Stegen a la altura del betún. Las referencias del alemán eran casi exquisitas: dominio aéreo, aceptable juego de pies y, ante todo, la sobriedad del portero alemán. Sin embargo, sus credenciales se borraron de un plumazo por una salida a por uvas. Stoichkov se preguntaba en COPE por qué cambiar la portería; Diego López y Casillas tampoco lo entendieron la temporada pasada. Aquella decisión poco ortodoxa de Ancelotti ha sido copiada por Simeone y Luis Enrique, aunque dos noches aciagas de Champions han podido dar carpetazo al lío. Queda un Madrid mentiroso, en el que su entrenador aseguró en verano que Iker para Liga y Champions, y Keylor para la Copa. Éste ya se ha fogueado en el Bernabéu a la espera de que a un Segunda ‘B’ le toque el gordo por adelantado o que el capitán nunca más vuelva a recuperar el ‘santo’.

“El Barça se confundió fichando a dos porteros de nivel”. Obviamente, no lo dijo Zubizarreta, responsable de sus fichajes y que vivió una época dorada donde la Copa era el único premio del suplente. En su caso, su sustituto del Dream Team fue el extravagante Carles Busquets, más parecido a un David Barrufet de balonmano que a la sombra del peor Urruticoechea, si es que lo hubo. El testimonio es de Vitor Baia, paradójicamente estrella en su tiempo pero que acabó engullido por sus propios errores en el Camp Nou. Baia recuerda que lo jugó todo durante el año de Bobby Robson, apenas dejando minutos al propio Busquets: “En equipos grandes, el portero necesita partidos para hacerse al equipo. Pero si juegas dos veces y fallas, entonces no vales”. El legendario guardameta portugués tiene claro cómo funciona el negocio de las porterías de élite. Por eso, chirría que Simeone relevara a Moyá después de una exhibición colosal en el Bernabéu y, más desconcertante aún, que Claudio Bravo calentara banquillo sin haber encajado ni un solo gol. “Me hace gracia esta moda porque un portero puede jugar uno, dos o tres partidos por semana”. Conciso y claro, César Sánchez se delata también como cancerbero de otro tiempo. En el Valladolid fue héroe local hasta que el Real Madrid le llamó, pero se encontró la eclosión de un jovencísimo Casillas, que viajaba en cercanías a la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana.

César saltó al césped del Bernabéu en el momento que Del Bosque decidió reemplazar a Casillas. Hasta entonces, la Copa le había dado media vida. Bueno, más bien al contrario porque el ‘Centenariazo’ del Depor y el ‘Galacticidio’ de Montjuic ante el Zaragoza se los comió él. Fabio Capello siempre ha sido un entrenador de ideas clásicas e innegociables: le gustan los porteros únicos, y si son altos y de buena envergadura, mejor. Llegó al Madrid por primera vez (1996) con dos  titulares en horas bajas, Buyo y Cañizares; tras unos entrenamientos y unos cuantos vídeos, exigió el fichaje de Bodo Illgner. Por supuesto, el alemán sólo alternó en amistosos. Una década después, Capello estuvo tentando de fichar a Buffon pero no se atrevió a tocar a un Casillas que sostenía medio Madrid.

La rotación de porteros choca con esa folclore que técnicos como Guardiola o Mourinho aún respetan. Pep exprimió al mejor Valdés en las competiciones que le importaban, y Pinto, motivador de vestuario y amigo de Messi, se ganó sus renovaciones tomándose muy en serio la Copa. El portugués siempre fue amante de un solo portero. “En las finales tienes que sacar a tu mejor portero”, respondió Mourinho cuando la prensa madrileña le preguntó si Adán tenía posibilidades de jugar la final de Copa de 2011, tal como iba a hacer Guardiola con Pinto. El puesto de portero, maldito y gratificante a la vez, necesita más rodaje que ninguno. No en vano, siempre es el primero que sale a calentar porque necesita tensar músculos en caso de un acto reflejo o un vuelo puntual de poste a poste. Antes creíamos que un cancerbero que jugaba veinte partidos la había cagado a media temporada, ahora se les intercambia como antioxidantes, o para satisfacer a la secretaria técnica o la grada. Las normas de siempre corrompidas, ¡qué pena!

Consuelos para Ancelotti

Jueves, 17 Octubre 2013

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Ancelotti no se ha metido en una casa cualquiera. A su antecesor le llovieron las críticas en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo que tardó el equipo en aburrir a la grada. Sin embargo, Mourinho pidió un margen de confianza: “Mis segundas temporadas mejoran a las primeras, y la tercera, sin duda, es la mejor”. La profecía se cumplió a medias. Quizá por ello, Carletto reclama un balón de oxígeno en el Corriere della Sera. “No se puede jugar peor”, el titular es demoledor. Revisando hemerotecas, hacía muchos años que un entrenador del Madrid no hacía un examen de conciencia tan crudo y sensato. Precisamente, el último fue un compatriota, Fabio Capello, quien en las páginas de la Gazzetta dello Sport soltó la misma declaración una semana después de que el Recreativo de Huelva golease 0-3 en el Bernabeu en la temporada del milagro. Entonces, afición y periodistas no entendían qué atractivo tenían Emerson, Diarra, Gago o el postrero Cassano; con Ancelotti es diferente porque el club le ha construido una plantilla para jugar en dos pizarras: la del contraataque que tanto encandila a l vestuario, y ese fútbol control que susurra el entrenador por miedo a decirlo muy alto.

El consuelo más simplista apunta a que Pep Guardiola también fue silbado antes de erigirse en el semidios que es ahora en Can Barça. Su era vivió un par de convulsiones, exactamente los dos primeros partidos de la primera Liga: derrota en Soria y empata contra el Racing en el Camp Nou. Y entre medias, una derrota contra el Sant Andreu en la Copa Catalunya con un once de segunda fila. Todo influía y Laporta empezó a sospechar hasta que el Barça encadenó nueve victorias consecutivas metiendo media docena a Atlético, Sporting y Valladolid, y una manita al Almería. A partir de la duodécima jornada, aquellos dos pinchazos sólo eran sombra y cenizas: Guardiola había recuperado la esencia del extinguido Dream Team. La comparación suena escandalosa, un disparate en sí, pero a Florentino Pérez apenas le queda la baza de su nuevo técnico; no en vano, otro revés en la Champions pinta terrorífico. El tópico de que no ganar en el Madrid es fracasar vuelve a airearse, porque sólo los blancos y el Barça contemporáneo, no el victimista que acabó con Cruyff, caminan con esa maldición que a la vez les ha regalado su grandeza.

También hay otra tendencia escapista para comentarla en la barra del bar: la ‘Séptima’, ‘Octava’ y ‘Novena’ también comenzaron con demasiadas dudas. En la primera, el Madrid de Jupp Heynckes se conjuró para conquistar Europa descuidando la Liga desde el principio. Las estadísticas fueron palmarias: el equipo sólo logró seis victorias en las primeras diez jornadas. El año de la Champions de París fue un auténtico thriller: el equipo pasó la primera liguilla de grupos con velocidad de crucero, pero Toshack fue fulminado con dos victorias en trece partidos ligueros y el ilusionismo de ver un cerdo volando sobre el Bernabéu. Y, paradojas del fútbol, la ‘Novena’ de Zidane se fraguó bajo el plebiscito público de su gran estrella: tres victorias en diez jornadas auspiciaron el debate de si el Madrid jugaba mejor sin Zidane que con él. La volea del astro francés enterró para siempre aquella estúpida discusión.

El Madrid de Ancelotti marca las mismas trazas que los antecesores campeones. El clásico de la próxima semana decidirá si los blancos retoman la candidatura liguera o si es mejor involucrarse de lleno en la Champions. El entrenador es experto en manejar los tempos del torneo por antonomasia; los campeonatos domésticos tampoco le han importado demasiado (un Calcio en ocho años), a pesar de haber ganado casi en tantos país como Mourinho. ¿El año de la Décima? Mejor no insistir en ello, como aconsejó el madridista confeso Rafa Nadal. Sin embargo, a la autocrítica se le llama un buen principio.