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“El primero en romper el muro siempre sangra…”

Mircoles, 8 Julio 2015

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Veinticinco años de servicio al club. Las credenciales de Iker Casillas sobran con este dato. Su destino a Oporto es inminente, le separan 7 millones que el Real Madrid no quiere pagarle. Y aunque la directiva esté filtrando una adiós homenajeado, el capitán sabe que se irá a Portugal por la puerta del trastero. Allí, donde se acumulan reliquias como Manolo Sanchís, Fernando Hierro, Raúl (a quien costó años en ofrecerle el Bernabéu como despedida) y en cuestión de horas su último mito. El dinero está retrasando la salida; por supuesto, el club no tiene por qué cubrir su ficha entera si el Oporto sólo le ofrece un tercio de contrato, pero el madridismo también debe saber que, después de Cristiano Ronaldo, es Iker Casillas quien más genera ingresos por publicidad (50% para el futbolista, 50% para el Madrid). La imagen del portero está resquebrajada y ni siquiera juntando al equipo de las 6 Copas de Europa, al ‘yé-yé’, a la ‘Quinta del Buitre’ y a los ‘Galácticos en un emotiva despedida, se podrá restañar el daño. El yerno de España (así le consideraron las encuestas después del Mundial de Sudáfrica) es hoy un padre escéptico, harto de las charlas de barras de bar que airean su nombre con el primer y segundo café de la mañana. Ha aguantado desde ese runrún molesto de la grada hasta pitos e insultos descarados. Ha salido del estado varias veces con la cabeza gacha, sin encontrar razón a tanto rencor. La misma chavalería que se compraba su camiseta del ‘1’, escupía insultos como un papagayo. Por suerte, es una minoría.

“Sé que allí te están dando duro pero el primero en romper el muro siempre sangra… ¡Siempre!”. Sabia cita del dueño de los Red Sox de Boston al vanguardista Billy Bean (Brad Pitt) en Moneyball.  Él, Iker, fue el primero en desafiar el maniqueísmo de Mourinho: conmigo o contra mí, sin término medio. Ésa fue la génesis del ciclón que temporada a temporada ha ido ennegreciendo la leyenda de ‘El Santo’. Y no queriendo pecar de egoísmo, sin ganas de montar en cólera y crear una guerra de trincheras, nunca celebró una rueda de prensa para poner las cartas encima de la mesa. Quizá fue un error no salir delante de las cámaras para frenar los arrebatos de Mourinho; pero así lo creyó y a lo hecho, pecho. Sin duda, ahora tendrá su despedida impostada, con el estadio coreando su nombre y la troika en el palco (Florentino Pérez, José Ángel Sánchez y la sombra fantasmagórica de Mou)  aplaudiendo a radiar. Sin embargo, Casillas se ha construido un carácter en el que la argamasa es su cabezonería, y cuando el presidente, o Butragueño, le sugieran una última visita a su casa de siempre, no esgrimirá un ‘sí’ rotundo; al menos lo meditará un instante. Aunque sabe que la afición le merece por tantos años de servicio, por tantas paradas imposibles, por tantos ¡uys! taquicárdicos.

Iker siempre podrá aceptar una despedida sin fastos faraónicos, como la de Sanchís en 2001. El futbolista que más partidos de Liga había disputado hasta entonces, con casi veinte años de militancia merengue, no quiso las llaves del Bernabéu. Florentino cumplía su primer año de mandato y pidió a Butragueño que convenciese a su amigo para un adiós de gran capitán. Sanchís, poco amigo del jaleo público, se negó varias veces y acabó aceptando un homenaje de andar por casa. Sucedió después del último partido contra el Valladolid en junio de 2001: el estadio, todavía abarrotado, se oscureció y brindó al central una fiesta exprés en el centro del campo delante de toda la plantilla. Casillas también ha oteado su adiós desde hace meses (su interés por jugar en otro club no es repentino), pero su entorno se había obsesionado en un gesto, sólo uno: una rueda de prensa convocada por el presidente en la que se fundiera en un fuerte abrazo con Iker Casillas. Que fuera o no fingido sería interpretado por la opinión pública. Nada más.