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Porteros como antioxidantes

Mircoles, 1 Octubre 2014

“Siempre he creído que Claudio Bravo era el titular”. Palabra de un Hristo Stoichkov que siempre ha desconfiado de las rotaciones. La nueva moda de la portería traicionó al atlético Oblak, cuyo P.V.P de 16 millones le perseguirá en vida, y anoche dejó a Ter Stegen a la altura del betún. Las referencias del alemán eran casi exquisitas: dominio aéreo, aceptable juego de pies y, ante todo, la sobriedad del portero alemán. Sin embargo, sus credenciales se borraron de un plumazo por una salida a por uvas. Stoichkov se preguntaba en COPE por qué cambiar la portería; Diego López y Casillas tampoco lo entendieron la temporada pasada. Aquella decisión poco ortodoxa de Ancelotti ha sido copiada por Simeone y Luis Enrique, aunque dos noches aciagas de Champions han podido dar carpetazo al lío. Queda un Madrid mentiroso, en el que su entrenador aseguró en verano que Iker para Liga y Champions, y Keylor para la Copa. Éste ya se ha fogueado en el Bernabéu a la espera de que a un Segunda ‘B’ le toque el gordo por adelantado o que el capitán nunca más vuelva a recuperar el ‘santo’.

“El Barça se confundió fichando a dos porteros de nivel”. Obviamente, no lo dijo Zubizarreta, responsable de sus fichajes y que vivió una época dorada donde la Copa era el único premio del suplente. En su caso, su sustituto del Dream Team fue el extravagante Carles Busquets, más parecido a un David Barrufet de balonmano que a la sombra del peor Urruticoechea, si es que lo hubo. El testimonio es de Vitor Baia, paradójicamente estrella en su tiempo pero que acabó engullido por sus propios errores en el Camp Nou. Baia recuerda que lo jugó todo durante el año de Bobby Robson, apenas dejando minutos al propio Busquets: “En equipos grandes, el portero necesita partidos para hacerse al equipo. Pero si juegas dos veces y fallas, entonces no vales”. El legendario guardameta portugués tiene claro cómo funciona el negocio de las porterías de élite. Por eso, chirría que Simeone relevara a Moyá después de una exhibición colosal en el Bernabéu y, más desconcertante aún, que Claudio Bravo calentara banquillo sin haber encajado ni un solo gol. “Me hace gracia esta moda porque un portero puede jugar uno, dos o tres partidos por semana”. Conciso y claro, César Sánchez se delata también como cancerbero de otro tiempo. En el Valladolid fue héroe local hasta que el Real Madrid le llamó, pero se encontró la eclosión de un jovencísimo Casillas, que viajaba en cercanías a la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana.

César saltó al césped del Bernabéu en el momento que Del Bosque decidió reemplazar a Casillas. Hasta entonces, la Copa le había dado media vida. Bueno, más bien al contrario porque el ‘Centenariazo’ del Depor y el ‘Galacticidio’ de Montjuic ante el Zaragoza se los comió él. Fabio Capello siempre ha sido un entrenador de ideas clásicas e innegociables: le gustan los porteros únicos, y si son altos y de buena envergadura, mejor. Llegó al Madrid por primera vez (1996) con dos  titulares en horas bajas, Buyo y Cañizares; tras unos entrenamientos y unos cuantos vídeos, exigió el fichaje de Bodo Illgner. Por supuesto, el alemán sólo alternó en amistosos. Una década después, Capello estuvo tentando de fichar a Buffon pero no se atrevió a tocar a un Casillas que sostenía medio Madrid.

La rotación de porteros choca con esa folclore que técnicos como Guardiola o Mourinho aún respetan. Pep exprimió al mejor Valdés en las competiciones que le importaban, y Pinto, motivador de vestuario y amigo de Messi, se ganó sus renovaciones tomándose muy en serio la Copa. El portugués siempre fue amante de un solo portero. “En las finales tienes que sacar a tu mejor portero”, respondió Mourinho cuando la prensa madrileña le preguntó si Adán tenía posibilidades de jugar la final de Copa de 2011, tal como iba a hacer Guardiola con Pinto. El puesto de portero, maldito y gratificante a la vez, necesita más rodaje que ninguno. No en vano, siempre es el primero que sale a calentar porque necesita tensar músculos en caso de un acto reflejo o un vuelo puntual de poste a poste. Antes creíamos que un cancerbero que jugaba veinte partidos la había cagado a media temporada, ahora se les intercambia como antioxidantes, o para satisfacer a la secretaria técnica o la grada. Las normas de siempre corrompidas, ¡qué pena!

Aquellos clásicos sin Iker

Mircoles, 30 Enero 2013

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César Sánchez no tardó en ponerse los guantes para el primer clásico de su vida. Había fichado en el año de la alta traición de Figo (2000) y justo antes de la primavera del 2002, el de la Décima, Del Bosque tomó una de las decisiones más controvertidas de su vida: sentar en el banquillo al canterano con mejores expectativas de la Ciudad Deportiva de La Castellana y apostar por la experiencia de César. Cierto es que Casillas no había cuajado su mejor temporada dentro del máster acelerado de responsabilidades que el encasquetó John Benjamin Toshack, pero aquel Madrid no sólo fallaba en la portería o, al menos, el revulsivo no debía estar debajo de los tres palos. Sin embargo, el actual seleccionador nacional cambió de guardameta y César se plantó en el Camp Nou con la garantía más válida de entonces: la confianza de Raúl y Hierro, los pesos pesados del vestuario de la época.

El clásico del Camp Nou no fue el mejor escaparate para que César reivindicase su nuevo patrimonio. El Madrid había controlado el partido en una exhibición portentosa de Zidane y había hecho internacional al meta Bonano mandando varias ocasiones al garete. Entonces, sucedió el peor de los fatalismos para un portero: fallo estrepitoso en la primera jugada seria. Al rato de la segunda parte, el Barcelona no pillaba a la zaga blanca en ningún renuncio, así que Xavi probó suerte desde lejos y su disparo raso se lo tragó César. Precisamente, el capitán Hierro había repetido hasta la saciedad que el Madrid necesitaba portero con sólo una credencial: parar lo poco que le tirasen. Y César no había dado la talla. Casillas desde el banquillo nunca entendió el porqué del cambio y después de la cantada de su compañero asimiló que su suplencia no era un castigo: César también jugaría los clásicos de la semifinal de Champions.

Si el gol de Xavi fue la noticia más repetida en los telediarios, la primorosa actuación de César sólo un mes después y también en el Camp Nou alivió a Del Bosque. El Madrid reventó la semifinal de Champions en Barcelona merced a una vaselina de Zidane y un contraataque ejecutado con profesionalidad por el risueño Steve Mcmanaman; pero, por encima de todos, emergió la figura de un César omnipotente para sacarle a Kulivert un puñado de goles cantados, neutralizar a Saviola en los mano a mano y anular el juego áereo de Abelardo y Cocu.  La memorable actuación de César bien valía jugar la final de Glasgow, aunque todavía quedase el partido del Bernabeu.

Más de una década después, y con treinta y tantos clásicos jugados, los blancos no podrán ceder el balón a Casillas. Si entonces Del Bosque tuvo claro que César ocuparía la portería del Camp Nou, todavía José Mourinho no ha aclarado un dilema peligroso: Adan es su portero desde que cometió el sacrilegio de sentar al capitán en Málaga por cuestiones de forma física. El portugués persuadió al eterno suplente para que no buscase otras aventuras porque le consideraba el sustituto adecuado de Casillas. Esta noche averiguaremos si Adan ha sido condenado por errores inoportunos (la expulsión ante la Real Sociedad o el gol de Mestalla) o Mou confía en él, tal como Del Bosque creyó en César después de su pifia del Camp Nou. No obstante, llega Diego López, portero de envergadura simplemente perfecta..para el técnico, claro. Entre las muchas exigencias que puso Fabio Capello para entrenar al Madrid en su primera etapa, una de las más cruciales fue fichar a un portero alto para dominar el juego aéreo; Cañizares y Buyo no le convencieron y, por eso, vino Bodo Illgner. Desde entonces, el Madrid no ha tenido ningún bigardo en la portería; así que Mourinho tiene que elegir entre el predilecto de Silvino Louro o el fichaje exprés que han traído a su medida.