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¿A qué juega el Madrid?

Domingo, 6 Noviembre 2016

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Ramón Mendoza despidió a su entrenador Radomir Antic porque “el Bernabéu se aburría cada domingo, incluso en las goleadas”.  La prensa no entendió por qué el equipo que lideraba la Liga agitaba el banquillo sin crisis por medio ni rebeldías de vestuario, pero el entonces presidente creyó que si el Dream Team de Cruyff se parecía al Circo del Sol, su Madrid merecía por lo menos la misma distinción. Mendoza fulminó a Antic y puso a Leo Beenhakker, cuyo funesto epílogo acabó en la primera Liga de Tenerife. Perdieron el campeonato en 45 minutos, pero una encuesta elaborada por la revista Don Balón entre los entrenadores de Primera concluyó que el Barça fue el justo campeón. ¿A qué juega el Madrid? Suele ser debate de barra de bar. Cualquier aficionado merengue espera que el club más mastodóntico de España divierta delante del televisor; quizá, no que juegue como el último Barcelona de Guardiola, pero sí que dé la impresión de rodillo, de sensación de acordeón que se pliega y despliega con estilo. En nuestro periodismo deportivo, cada vez más degradado, opinar del Madrid significa atacarle: porque uno puede decir que el aburrimiento es el patrón de juego y por inercia moral se moviliza una marabunta de tuiteros y/o haters restregándote que Zidane está invicto. Si osas escribir que Cristiano Ronaldo se tiene que desoxidar, de repente te avasallan con infinitas estadísticas de sus infinitos goles. Es la guerra mediática Madrid-Barça que ha cavado dos trincheras en las que no hay sitio en tierra de nadie; bueno, sí, quedarse callado. Opinar de ambos para bien o para mal es vivir una batalla entre jedis y siths, o estás conmigo o contra mí. Si hablas del mal de los blancos, aunque sólo de lo que suceda en el campo, prepárate para el pelotón de fusilamiento.

Una crónica poco marciana sería que un resumen televisivo de 1 minuto explica de sobra por qué el Madrid salió a contemplar cómo el Leganés se dejaba engullir por el “miedo escénico”. Hay jugadores cuyo P.V.P rondan los cien millones porque con apenas dos amagos sentencian un partido. Es el caso de Gareth Bale, en un estado de gracia que está salvando la marca BBC. Ajeno a cualquier odiosa comparación con Ronaldo, Florentino le fichó de número dos y su representante, Jonathan Barnett, le aconseja calma: el protagonismo absoluto estará a tiro en unos años. Su carácter hermético, demasiado anglosajón fuera de las Islas, impide que la prensa le dediquemos más tinta con esas chorradas que tanto nos gustan. Por ejemplo, los movimientos de CR7 sobre el césped no importan, sí su cabreo volcánico en la jugada que termina fallando Bale. Así es el negocio: o lo tomas o lo dejas. Por eso, se agradece que algún protagonista se harte y escupa un titular. Morata salió delante de las cámaras y ante la pregunta de su desafío con Benzema, no especuló: “Estoy cansado de lo de revulsivo”. Gran respuesta. Morata es el delantero centro que Cristiano no quiere ser y él  se aprovecha de esas ‘migajas’. Y mientras Benzema continúe en el limbo,  el canterano seguirá agradeciendo ese máster acelerado que le regaló la Juventus.

Sí, el Madrid ni pierde ni enamora. Quizá sea la poca motivación que supone reventar el cuento de hadas del Leganés, pero la grada merece cierta gratitud. Y la mejor forma de respetar al fútbol es intentar golear sin piedad a cualquiera, como en la noche de la Cultural. Viendo la primera media hora de partido, un ‘entrenador’ aficionado, o sea todos nosotros, pensaríamos que este Madrid se aburre atacando como si fuera un equipo de balonmano. Iniesta y Xavi Hernández podían sobar el balón hasta desgastar el cuero; en este equipo hasta Toni Kroos, pelotero por excelencia, recibe y suelta el balón en décimas de segundo. La leyenda de la posesión se va reduciendo a una mentira popular porque no es superior quien más pelota toca. Recuerdo una goleada del Barça al Rayo de Paco Jémez en la que los vallecanos sólo ganaron esa estadística, y parecía una gesta homérica. Zidane ha entendido que tiene una plantilla ergonómica para salir en estampida desde su propio campo; ¿qué el Madrid no puede jugar así? Pues con Mourinho marcaron 120 goles durante una temporada. La anarquía de los blancos está inspirada en los Harlem GlobeTrotters: el talento de cada crack cubrirá las lagunas tácticas del equipo hasta que Zizou inspire al vestuario con el emocionante discurso de Al Pacino en Un domingo cualquiera: “O nos curamos ahora como equipo o moriremos como individuos”. Sólo así es posible.

Uno de los nuestros

Lunes, 24 Octubre 2016

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“No me enfado por no ser titular. A mí me gusta jugar, pero firmaría jugar menos y ganar siempre”. El madridismo se acordaría de Álvaro Arbeloa  de no ser porque otro Álvaro tampoco ha escondido nunca su religión. Hombre de club, uno de los nuestros (como diría Mourinho), a Morata le toca resolver marrones a contrarreloj. Con el agua al cuello y ese runrún permanente de que apenas golea, volvió a solucionar el galimatías táctico de Zidane. Es el único delantero clásico del equipo, el que remata hasta un microondas si hiciese falta.  A diferencia de Benzema, Morata dispara, primero, y luego pregunta. La presión del Bernabéu es un juego de niños que aprendió en la Juventus: “yo ya superé la ansiedad”, dijo después del partido. Ahora le toca pelear a tumba abierta y demostrar a Zizou no que tiene el mejor fondo de armario, sino que lo mejor del armario es el fondo. O sea, él; o sea, Lucas Vázquez. La clase media que ve en un puñado de minutos la oportunidad de su vida. La BBC innegociable está bajo sospecha porque la grada no ve en ellos un Circo del Sol con el que quedarse alelado. Y la corriente más corrosiva del antimadridismo seguirá anunciando a un equipo en permanente Apocalipsis. Un amago de galaticidio en el que los P.V.P pesan demasiado.

Los pura sangres reniegan de cualquier crisis de juego. Su explicación es lógica porque el Madrid quizá sea el único equipo conocido que jugando mal, rematadamente mal y soberanamente mal, gana. El Athletic fue la prueba de que el algodón no engaña: en medio de la espesura y acostumbrados a caminar sobre el alambre por encima del abismo, los blancos regalaron al público el habitual minuto de éxtasis. Y si es de fabricación casera, mil veces mejor. El héroe local fue Morata unos pasos por delante de Iñaki Williams, que a lo Salinas, falló para varias noches de pesadilla. El Athletic no salió goleado porque la cabeza de Cristiano está en un desierto sin oasis. El estado físico no falla, sí su mentalidad ciclónica que arrasa cualquier récord que se propone. Cuatro partidos ciegos en casa le ponen en el disparadero de quien sólo contempla al CR7 Terminator, que si baja de la barrera de cuarenta o cincuenta goles, todo huele a basura. Ni siquiera piensan por un segundo que es el jugador más importante de la historia merengue con permiso de Di Stefano. Mala racha de un Cristiano que aceleró su pretemporada para no descabalgar al equipo y que ha ganado puntos fundamentales para no plantear esta Champions a vida o muerte.

En esa disección de la BBC, Benzema bajó del limbo por un rato pero sigue siendo monsieur empané; de repente, aparece en la línea de cal sin sentido, con ese ansia de construir jugadas como si fueran mecanos, y el ataque se diluye. En cambio, con Gareth Bale es fácil ser más paciente: no existe durante un rato y en un abrir y cerrar de ojos se marca un Usain Bolt para dinamitar defensas. El galés es el “atleta” de Guardiola necesario en cualquier equipo, incluido en el de Pep. Su potenciómetro va aumentando a medida que se acercan los fastos gordos. Así que no es prescindible en este momento; de lo contrario, hagan una encuesta en la calle sobre la BBC. Y llévense las manos a la cabeza. 

El delantero quarterback

Martes, 24 Mayo 2016

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Hugo Sánchez, Butragueño, Bam Bam Zamorano, Suker, Ronaldo, Van Nistelrooy…el Bernabéu siempre ha rendido pleitesía a sus delanteros centros; desde las tijeretas del ‘Matador’ hasta las estampidas de Ronaldo, con permiso de las pícaras genialidades del ‘Buitre’. La grada blanca llevaba décadas acostumbrada a los nueve goleadores hasta que Benzema ha cambiado el compás. Después de aguantar varios años de sospechas, su afición le ha entendido definitivamente porque,  lejos de presumir de estadística, el francés se gusta a sí mismo cuando inventa su jugada. Benzema es el socio perfecto de Cristiano Ronaldo, el primero de su guardia pretoriana. Mimado por Florentino Pérez, quien fue a buscarle a su barriada de Lyon, nunca ha aceptado ser el enésimo killer del Bernabéu; él prefiere salirse del área y construir el gol como si fuera un mecano de múltiples piezas, empezar la jugada como si fuera un quarterback. De lo contrario, se desubica dentro del área y se ensimisma en el limbo. Sin duda, el Madrid necesita en Milan la mejor versión del francés, la del año II de Mourinho que frenó la oleada de críticas que le dejaron a la altura del betún cuando la prensa sacaba a la palestra a todos esos goleadores de leyenda.

“Es el mejor delantero de la Liga”, dijo Cristiano sobre su amigo Benzema en una entrevista a Canal Plus hace unos meses. Señal de gratitud y una indirecta a “los que critican y no son profesionales del fútbol”. Desde luego,  la ‘BBC’ sube el caché de su marca con el mismo futbolista que no hace mucho tiempo fue apodado monsieur l´empané. Por desgracia, en las charlas de barra de bar a Benzema sólo se le contempla por el tamaño de su…saco de goles, al fin y al cabo es el baremo para medir si un delantero vale o no. Sin embargo, el Bernabéu lleva tiempo experimentando una nueva sensación: la del delantero que mejora a sus compañeros. La artillería pesada funciona porque el Madrid tiene un depredador cuya voracidad intimida a cualquier mito blanco. De Cristiano está todo escrito, salvo que supo reconducir su egoísmo a favor del equipo. Dulce transición entre obsesionarse por rematar hasta un microondas en el hasta encontrar ratos de generosidad para complacer a sus colegas de balón: Karim, el primero. Hace años al ‘Kun’ Agüero le dijeron que era medio Atleti o, mejor dicho, el Atlético entero; quizá si un periodista extranjero entrevistase a Cristiano con los números delante, le soltaría el mismo piropo, que en el caso del portugués huele a cumplido. Pero Benzema, y el Gareth Bale de esta temporada han derribado la leyenda popular. Sí, Cristiano es medio Madrid, pero sin Karim…

Los puñetazos de Tyson

Mircoles, 13 Abril 2016

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Con la pegada de ‘El Terror del Garden’, el Madrid se metió en semifinales. No baila al blues del Barcelona ni presume del bloque granítico del Atlético de Madrid, pero los puñetazos de Tyson sólo se ven en el Bernabéu. A falta de jugadas de videoteca, al equipo le basta con una ráfaga de metralla, un pim, pam, pum para noquear al esparrin que suba al ring. Zumbar al Wolfsburgo era una obligación, pero cualquier otro semifinalista exige picar en la mina. Hablando en plata, que Bale y Cristiano (sí, el ‘Bicho’), no se queden pasmados arriba cuando el resto sufre con el agua al cuello. Dicen que es una remontada histórica porque los últimos intentos habían frustrado el espíritu de Juanito; en ese caso, aceptamos pulpo como animal de compañía. Fue la comunión del semidios del madridismo con la grada; del sospechoso runrún a la ovación más atronadora; del hay que  venderle por una pasta gansa a CR7 forever.  Y aunque la odiosa comparación con Messi le hierva la sangre, el portugués arrasó el debate de la calle, si es que aún lo había: sí, es el mejor futbolista de la historia del club, que no significa que sea el más importante. Porque ahí entran los folclóricos con Di Stéfano y los puristas de Raúl González.

A Cristiano le preguntaron en zona mixta por qué nunca descansa. “Estoy bien, no hay motivo para parar”. Lo dice el mejor profesional de su oficio; entregado al culto de su cuerpo mañana, tarde y noche; obsesionado con romper la barrera del sonido y sacudirse las habladurías de segundón. Un ex peso pesado del vestuario cuenta que durante las dos primeras temporadas de Mourinho, su fijación con ser el número uno llegaba a límites insospechados. Por ejemplo, estar cenando durante una concentración viendo al Barça en televisión, y tirar la servilleta al suelo instantes después de un gol de Messi. Y aunque su egolatría le ha causado odios por muchos campos, ese ansia de superación mantiene su voracidad de tiburón blanco, sin que ningún Jefe Brody lo arpone. Hace dos semanas encasquilló demasiados fusiles en el Camp Nou, anoche le demostró a Florentino Pérez una teoría peligrosa para un club de casi 600 millones: el Madrid es Cristiano por tierra, mar y aire. Y sin él, se asoma al Apocalipsis. Aunque lo misma dirán los merengues del Barça sin Messi. Sólo la estrella lusa podía evitar el cataclismo del club y las supuestas terribles consecuencias en la planta noble del Bernabéu.

Por cierto, partido horrible del Madrid que le vale para tumbar al Wolfsburgo que todos querían. Suena de chiste que la ida acabase en zozobra con una defensa que, lejos de tener fiabilidad alemana, se parece al cartón piedra. Demuestra que la psicología de los blancos necesita un buen rato de consulta en un diván. Cuando quiere y no se distrae, pasa por encima como una apisonadora, pero de repente viene el Málaga y le hace un brete. Lo decía el mítico Raúl en una entrevista con Jorge Valdano, “no sé por qué, pero la Champions nos evadía de todo. Y eso era muy peligroso”. Al fin y al cabo, desde que se extinguió la ‘Quinta del Buitre’ y su récord de cinco Ligas, el Madrid se ha acostumbrado a jugar a la ruleta rusa: o Champions o hecatombe. Sin término medio. Pero se divierte como nadie jugando a ser funambulista sobre el alambre.

Ese “grupo de atletas”

Domingo, 3 Abril 2016

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Primero empezó con el centenario del Barcelona (1998). Aquel inolvidable canto a capela de Joan Manuel Serrat con el Camp Nou oscurecido acabó en tragedia por un gol del colchonero Jugovic. En 2002 el Real Madrid cuadró sus cien años en el Bernabéu con la final de Copa y, además, pidió a la FIFA que ese día, 06 de marzo, no se celebrase ningún partido oficial en todo el mundo. El ‘Centenariazo’ pertenece a la antología de descalabros madridistas. En 2003, el Atlético de Madrid quiso brinda al Calderón un homenaje familiar, sólo apto para sufridores, y acabó en el túnel del terror en el que le metió Osasuna. Johan Cruyff merecía un homenaje en vida, tal como se quejó Dani Alves el sábado, aunque fue Pep Guardiola quien se lo brindó durante un puñado de años. Las casas de apuestas aumentaron con descaro la distancia entre Barça y Madrid, planteando como un suicidio la victoria merengue. La prensa culé se había preocupado más por el grado de emotividad de los fastos a Johan; al fin y al cabo, la sombra del Madrid ya no era demasiado alargada. Un ex peso pesado del Dream Team de Cruyff insistió en días pasados que no quería ver a los blancos “ni en pintura” en la Champions. Con los vídeos en mano, cualquier Real Madrid jugó mejor los clásicos del Camp Nou que del Bernabéu en la última época; quizá por aquella exhibición de Ronaldinho, o el cataclismo del 2-6. Mourinho debutó con un guantazo literal y aprendió de sus errores.

Zidane prestó atención a ese 5-0 porque entendió que a este Barça se le gana en velocidad. Necesitaba al “grupo de atletas” (Guardiola dixit) que arrasó en la semifinal de Munich o la versión más discutida de Rafa Benítez. Habría sido el partido perfecto para Mister Rafa. No en vano, él jamás habría quitado a Casemiro del once si la presión popular o, mejor dicho, de la planta noble no hubiese sido tan intensa en la ida. Ha nacido un nuevo Makelele, pero con más estilo; especialista en marrones, se especializa en fontanería soldando averías. Y no le quema el balón en los pies, como al gran Claude, quien reventaba jugadas a la espalda del propio Zidane. Case (así le apoda el vestuario) es la prueba de que el algodón no engaña: ni siquiera el Barça se puede permitir el lujo de bailar claqué sin un rottweiler. Pero Busquets sólo hay uno en el fútbol, Casemiro tiene todo el futuro por delante y no lejos de Chamartín, precisamente. De repente, las críticas al ‘Cholo’ Simeone y su fútbol siderúrgico se esfumaron: Zinedine Zidane, cuyo póster voleando la ‘Novena’ aún está colgado en muchas habitaciones, planteó una hormigonera en campo propio. La primera conclusión a vuelapluma fue intuir que el cemento armado era para impedir un resultado obsceno; el cansancio y la posesión oxidada del Barça dedujeron que era una estrategia. Suicida, pero meditada.

El Madrid ganó el debate de la calle: sí, hay que tenerle en cuenta para la Champions. Necesitaba una demostración mundial en el Circo del Sol del fútbol, delante de Leo Messi y una MSN agotada por las convocatorias internacionales. La trinchera merengue le brindaba a Bale una autopista hasta Claudio Bravo. Y en el duelo de correcaminos, la zancada del galés superó al molinillo de Jordi Alba. A Bale le sucede como al mejor Cristiano (me temo que ya no le veremos): es peligroso sin correa, sin el corsé que le ponía Benítez. Desde anoche, tiene licencia para matar por donde él quiera. Cristiano también, por supuesto, pero Zidane se ganaría el favor de los puristas si le reduce el radio de explosión. Ya no es el velocista que adelanta defensas, ahora se fía de su olfato de Van Nistelrooy. El problema, o capricho, sigue siendo que CR7 no quiere jugar de delantero centro, a pesar de que remataría cualquier microondas que le llegue. Decían las lenguas viperinas que el Espanyol siempre había sido la vaselina de Cristiano. Su enésimo gol decisivo callará a los rajadores: quince tantos a los ‘pericos’ y dieciséis al Barça. Aunque pensándolo bien, no cambiará nada: seguirán despellejándole.

“¿Me buscabais?”

Jueves, 18 Febrero 2016

De repente el Madrid volvió al spa que más le relaja. Si a las 20.30  el Barça engullía la Liga en busca de la madre de cualquier récord, quince minutos después Zidane empezaba otra ‘liga’ que decidirá si nació o no para entrenar al Real Madrid. El Olímpico proponía un partido arisco, de mucho barro y pocas viguerías made in MSN (marca patentada en Can Barça); y la primera parte no defraudó en racanería italiana: cero disparos  y millones de bostezos. Los blancos no convencían porque tácticamente falta demasiado trabajo artesanal. Y como los periodistas tan sólo podemos intuir cómo entrenan detrás de la persiana que bunkeriza Valdebebas, son estos partidos los que delatan que James aún no ha encontrado a Rodríguez en aquel media punta escurridizo que soltaba el látigo. El colombiano ha perdido su ‘mojo’, como diría Austin Powers, y entre salidas nocturnas y carreras de Fast and Furious la figura de los ochenta millones se ha difuminado. No sucede lo mismo con Isco, que decidió moverse de una banda a otra para intentar romper la carcasa romana. Son esos gestos los que agradece Zizou, poco dado a la mano de hierro y más entregado a las artes plásticas. Es decir, que si Isco se inventa una de esas “croquetas” de las que habló Iván Helguera en su rajadora entrevista en El País, Zidane no le abroncará

Cristiano largó en la rueda de prensa y en el campo. Su gol era una deuda con el madridismo más abrasivo que le acusaba de no dar la talla en grandes veladas, y con el resto de los mortales que le reclamaba un plan adelantado de jubilación. El regata a su espalda aplaca el estúpido murmullo de que ya no regatea ni a una farola, el cañonazo es la garantía de que venderle a cualquier ricachón que pueda comprar los cheques que su ego extiende suena obsceno. Y aunque delante de las cámaras muestre su pose más hierática, él se siente villano en la eterna comparación con Messi. “Estoy feliz, juego siempre y a veces marco goles”, soltó con toda la retranca del mundo en sala de prensa. Palabra a palabra, da la sensación de que CR7 es otra víctima del ambiente conspiranoico que envuelve al Madrid y que sólo ve enemigos en todas partes. Desde eso preciso momento, supo que había comprometido el partido: jugar mal y hundirse en el más hondo ostracismo, o lanzar un tomahawk y preguntar “¿Me buscabais?”. El Barça puede escoger ametralladora, lanzallamas o misil para acabar el trabajo; en cambio, Cristiano es toda la artillería pesada del Real Madrid, Cualquier contratiempo del portugués atraería a los jinetes del Apocalipsis. Y no es una exageración.

El gol en carrera de Cristiano sugiere por una vez un debate sano dentro del club, lejos de toda la hojarasca institucional que eclipsa las típicas charlas de barra de bar. ¿Un Madrid al trote o al galope? CR7 y Bale son el ejemplo de que este equipo muerde con velociraptores; Benzema, Modric e Isco prefieren rodar el balón antes que las piernas. Quizá Zidane también porque va en su adn. No obstante, el Madrid de los últimos tiempos es un híbrido entre la exageración vertical de Mourinho y el reposo de Ancelotti. Comentaba David Gistau en COPE que nota demasiada filigrana en el equipo de Zidane, como si Marcelo o el propio Isco quisieran acabar las jugadas al estilo fútbol-sala. Y, en parte, tiene razón porque en el Madrid la lista de francotiradores da la vuelta a la esquina: Cristiano, Bale, Modric, James…Incluso, el Barcelona de Luis Enrique ha dejado de sobar el balón hasta los límites insospechados de Guardiola. Sin tiempo para experimentos de laboratorio, Zizou debe elegir su fórmula, y la pista que dio Pep con aquel “Madrid de atletas” no esta mal tirada. Pero nada mal. 

Capello style

Domingo, 29 Noviembre 2015

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El Madrid todavía no se ha levantado del diván del psicólogo. Le cuenta sus penas obsesionado con la pesadilla del clásico, estresado por el ruido exterior e inseguro de sí mismo incluso en trámites que suenan a goleada. El de Ucrania fue un mal entrenamiento, el de Eibar un marrón de tres puntos. En otra galaxia levita un Barça que pelea por un hueco en su leyenda desde que anestesió a su némesis: la cuestión nacional (la pregunta que se hace todo el mundo, como diría Manolo Lama) es saber qué Madrid despertará cuando regresen los duelos del Lejano Oeste. La cuesta hasta Navidad va rodada con equipos de otra liga; espera en enero un Valencia enrabietado cada vez que huele madridismo. Ni el aficionado más merengón agobiaría a Rafa Benítez con un rato de buen fútbol; ganar sí es suficiente para que el escarnio no se agigante. Ése fue el talante en la cajita de Ipurúa, donde las dimensiones del campo obligan a un fútbol siderúrgico antes que el delicatessen: el fútbol que le gusta al técnico, hablando en plata.

En una profesión cada vez más informatizada, Benítez se guía de las estadísticas. Sus respuestas son numéricas, de ahí que La Sexta anunciase el pasado viernes que, según el cuerpo técnico merengue, James Rodríguez es de los que menos trabajan en entrenamientos y partidos. Datos irrefutables para Mister Rafa. Sin embargo, el fútbol también se mueve por instinto o sensaciones, y el empeño en pegar con espátula a Gareth Bale de media punta centrado sólo lo entiende el entrenador. Ni siquiera una cifra podrá interpretar que el galés es práctico en una posición amorfa para él. Su galopada por la banda izquierda en la Champions recordó al olor añejo de Roberto Carlos. Precisamente, Ipurúa habría sido la pista de pruebas perfecta para dejar a Bale toda la autovía, del lateral al extremo. Bendita locura. No obstante, su gol de cabeza quizá alimente un debate interno: delantero centro. ¿Por qué no? A Cristiano Ronaldo le da mil patadas que le obliguen a colocarse en el punto de penalti como un boya de waterpolo. Todos quieren construir, como si fueran especialistas en mecano; hasta Benzema, socio único e intransferible de CR7 (la BBC sólo es una coartada de la prensa para darle la misma importancia al fichaje de los 91 millones o 100 según el Tottenham).

Ganar y punto. Es el único método para levantar a las masas. “A la caza del líder”, que fue el santo y seña de Fabio Capello en el vestuario la temporada del milagro. Entonces, reaparecerán las cofradías del clavo ardiendo y cualquier victoria pírrica, cualquier pestiño infumable valdrá su peso en oro. Así pensaba Capello y así vuelve a pensar este Madrid. La grandeza se reduce a los títulos. La bisutería de frivolite no tiene cabida en el Bernabéu.

Mejor la locura

Martes, 10 Noviembre 2015

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“Es curioso que el portero sea el mejor en cada partido”. Fabio Capello lanzó el dardo en El Partido de las 12 con su habitual socarronería italiana. Estaba escrito que Keylor Navas aguantaría el castillo de naipes hasta que cayera la primera carta por una cantada o, simplemente, una lesión. Sucedió lo segundo y los balones imposibles (quizá el primero no tanto) acabaron en la red. Veinticuatro horas después de su primera derrota, MARCA atinó en su portada de ayer: sí, Se veía venir porque el milagro de los panes y los peces (PSG) sólo podía ocurrir una vez. Y sin entrar en modo apocalíptico como pinta la mitad del país, nunca una derrota había dejado sensaciones tan preocupantes, que no catastróficas. Las barras de bar siguen discutiendo si Cristiano está en el limbo y por qué razón alienígena James Rodríguez no pertenece a la guardia pretoriana de Rafa Benítez. Un puñado minutos confirmaron la prueba del algodón: la zurda colombiana es el arma destructora de este Madrid, algo así como el Increible Hulk para Los Vengadores. Porque CR7 de momento es Cris para los amigos, como Mcmanaman fue el bonachón Steve hasta que empezó a jugar algo en el Bernabéu.

La paradoja táctica de Rafa Benítez, el entrenador que informatiza todo el fútbol, desconcierta al vestuario. Menos Keylor, Varane y Casemiro, el resto no tiene claro su propósito. Toni Kroos arrastra la fatiga de la pasada temporada, y eso que el marrón defensivo se lo come Casemiro; Modric es la CPU del equipo, pero en Sevilla se cortocircuitó por el barullo de arriba. Y ahí es donde Bale y Cristiano han revelado el secreto de la Coca Cola: no Benzema, no party. La BBC salta por los aires. El caso de Cristiano trasciende de una mala racha. Toda la intención que debería poner sobre el tapete la malgasta flirteando con su futuro en los medios. Benítez se agarrada a la coartada de un picapleitos de causas imposibles: así es la vida. Punto. Pero la mente de la estrella portuguesa es una coctelera en la que se mezcla su futuro parisino, el alarmante bajonazo físico en un tris y sin reprís,  y el ostracismo que sufre de delantero improvisado. Al final, resultará cierto que su mejor socio es Benzema, como Guti lo fue para Ronaldo Nazario (confesado por el brasileño).

A bote pronto, cualquier Madrid desde Mourinho suena melódico al contraataque. Y aunque al sector folclórico del madridismo le gustaría presumir de fútbol hegemónico, los grandes partidos se han resuelto con un equipo mortífero en el pim, pam, pum. Bale y Cristiano no saben regatear en una cabina de teléfono como Messi (Valdano dixit) porque son velociraptores que necesitan pradera libre. Habría que preguntar al entrenador si Isco es tan prescindible porque ralentiza ese ritmo vertiginoso; de ahí la importancia capital de Di María en el año de La Décima. El ansiado equilibrio de Benítez pega más en las tesis ‘guardiolistas’: el Madrid se desenvuelve mejor en la locura. Así disfruta el Bernabéu. El próximo duelo al sol sí puede ser letal. El Barça de Neymar llegará con Messi arreglado; será el momento de averiguar si el casting de entrenadores en la casa blanca vuelve a salir a escena.

 

Pegada, siempre la pegada

Domingo, 27 Septiembre 2015

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La nulidad del Real Madrid delante de Kameni recordó la famosa escena de Pulp Fiction en la que sólo una “intervención divina” salva a John Travolta y Samuel L.Jackson de un tiroteo a quemarropa. Por tierra, mar y aire, el pupilo de Tommy N’Kono desquició a Cristiano Ronaldo hasta el punto de palmear un balón decisivo que Varane pudo haber aprovechado. “Partidos así sólo suceden una vez”, se justificó Marcelo después del partido. De repente, el Bernabéu es un templo presumible de ser profanado: el Granada estuvo a punto de reventar la fiesta y el Málaga, lejos de blindar su Fort Knox, intentó morder la yugular a la zaga. Sin una idea nítida, y con Modric y Kroos estorbándose en un galimatías táctico (razón: Rafa Benítez), el Madrid es un funambulista que busca el equilibrio entre la inspiración desesperada de Isco&Benzema y los balones a la cazuela que tanto pregonaba Javier Clemente. Treinta disparos sin pólvora no son un domingo cualquiera, tampoco lo es que CR7 calibre mal su Kalashnikov. Y el pícaro Kameni, que de parar a Messi sabe un rato, acabó consolando al portugués, obsesionado con el récord de Raúl y, sobre todo, consigo mismo. De su afán de superación depende el destino de esta temporada. Suena exageradamente crudo, pero se reduce a eso.

“De 1000 partidos, el Madrid habría ganado 999”. Es la tranquilidad de un directivo de la planta noble. Que no hayan ganado en dos jornadas, sólo preocupa a los estadistas que profetizan otra liga de cien puntos. De Ancelotti a Benítez ya ha transcurrido un verano y dos contrastes: el equipo se ha tomado en serio defender con hormigón, pero el ataque ya no es esa juerga alocada que tanto gustaba a la grada. El empate de anoche deja a los blancos sin margen de error en el próximo derbi: tumbar a Simeone es la coartada perfecta que necesita Mister Rafa para aplacar a la prensa carnívora; cualquier otro resultado arrojaría demasiada carnaza. Las rotaciones están espabilando a todo el vestuario, incluido Toni Kroos, al que se le critica un presunto agotamiento y, sin embargo, ayer corrió casi doce kilómetros. Y no se trata de la distancia sino de que su entrenador le ordena que defienda por detrás de Modric y le priva de soltar pases milimetrados o putts como el que se inventó el año pasado en su gol contra el Rayo.

Criticar por criticar es malgastar papel. Si el Madrid no ganó al Sporting y Málaga fue porque le traicionó ese punch de peso pesado que tantos puntos le ha dado durante décadas. No importaba que racanease de fútbol, “el concepto era el concepto”, en Airbag y en el Bernabéu, en Liga o en Champions, con o sin delantero centro. El hombre que sabía demasiado de eso era Hugo Sánchez, quien resumió sus 38 goles a un solo toque en un titular mítico: “Pegada, siempre la pegada”.

 

Messi: “Quién soy yo para felicitar a Maradona”

Domingo, 13 Septiembre 2015

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Fue un 30 de octubre, cumpleaños de Diego Armando Maradona. El Barça había jugado ese fin de semana y Leo Messi todavía no era titular en el once de Frank Rijkaard. En la entrevista posterior en Barça TV le preguntaron si había felicitado al ‘Pelusa’ y su respuesta titubeante, al cuello de su camiseta, fue: “No, me da vergüenza”. Los periodistas del canal azulgrana se rieron por la timidez de un juvenil al que los focos de las cámaras le intimidaban. Su cara tradujo lo que nunca se atrevió a decir: “Quién soy yo para felicitar a Maradona por su cumpleaños”. Ni su padre, Jorge, ni Josep María Minguella, responsable de traerle desde Rosario a La Masía, habrían inventado una película de Spielberg en la que Messi llegara a ser el epicentro del fanatismo argentino. Y con el mismo ruido mediático y popular que Maradona. Uno es el mítico 10 que detuvo el mundo durante los 10 segundos más bestiales que recuerda la historia de los mundiales, y él es D10S en el cielo y en la tierra. Cada día más arriba que abajo.

“Lo sabemos tú, yo y el vecino: Messi es el mejor del mundo”. Ivan Rakitic tardó media temporada en hincar la rodilla ante la evidencia. Quizá demasiado tiempo si aún tenía sospechas. Saltó al césped del Vicente Calderón andando, relajado tras la emoción de su segunda paternidad. Su socio Neymar había hecho justicia a las intenciones del Barça; sólo faltaba un último chispazo eléctrico. Poco importa que Messi esté cansado o que no haya entrenado, las aguas se abren a su paso y, en su caso, no suena a hipérbole. Con Messi las crónicas apenas cambian, si acaso habría que pedirle a Valdano otra patente verbal como con ese “futbolista de dibujos animados” llamado Romario o “la manada de búfalos” que provocaba Ronaldo, que no Cristiano. Precisamente, el portugués del Real Madrid también subió a la estratosfera con cinco goles que trituran las estadísticas históricas del club. Es una guerra de dos mundos, el suyo y el de Messi. El primero arrasó en Cornellá y el argentino nos recordó que al fútbol juegan diez y luego (o antes) está él. Sigue sin admitir comparación.

Messi pactó con Luis Enrique no jugar de inicio. Hábil maniobra del entrenador, que evitó otra crisis apocalíptica como la de Anoeta. Pero la clave de que no haya estallado ninguna pelea de egos en el vestuario la desveló Neymar en la entrevista a Canal Plus a pie de campo: “¿Cómo no voy a dejar a Messi que tire la falta?”. El brasileño, probable futuro Balón de Oro cuando Messi y CR7 dejen de rifárselos, asume el reinado de su compañero, igual que Luis Suárez. Y sea tirano o comprensivo, en Madrid dirán lo primero y en Barcelona lo segundo (nuestro queridísimo periodismo de dos caras), el Barça necesita a su D1OS. Es la razón por la que demasiada gente se preocupa por qué un depredador que supera a Raúl González en la mitad de partidos sólo ha ganado una liga y una Champions en seis años.