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Iker Casillas, la batalla del tenista

Domingo, 3 Agosto 2014

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“El portero está descentrado. Tiene que volver a coger las distancias”. John Benjamin Toshack todavía presume de ser el entrenador que dio la oportunidad de su vida a aquel chaval imberbe que se “comió el marrón de San Mamés”. El técnico galés aprovecha estos días una de sus últimas aventuras en un banquillo del fútbol marroquí, pero nunca pierde de vista a Iker Casillas, el novato que le solucionó (a medias) los problemas de la portería. Quizá el capitán del Madrid necesita que el viejo Toshack le recuerde cómo fueron sus primeros partidos para que vuelve a apretar los dientes como un perro rabioso: “En San Mamés pudo hacer algo más en el gol de falta de Julen Guerrero; en Grecia, también pudo haber salido mejor en un gol de córner de Olympiakos y contra el Depor en el Bernabéu no pudo atajar el disparo con efecto de Djalminha”. Anoche en Michigan el Manchester United no marcó de falta ni con efecto endiablado, pero seguro que Iker se tomó el amistoso como el punto de inflexión para su despegue. Acostumbrado a jugar a la ruleta rusa del Bernabéu durante década y media, en la que una cantada mataba un sinfín de paradas imposibles, Casillas afronta la batalla psicológica más dura de su vida (perdón, la primera fue la que acabó con las tres paradas de Glasgow 2002); es decir, o la para él o es gol, no hay compañeros para hacer las coberturas. Y el Iker de ahora no es el Iker del madridismo, ése que, según Florentino Pérez, “es más amado que el propio presidente”, tal como publicó ayer Diego Torres en El País.

Casillas meditó irse a la Premier League u a otra liga a probar nuevas experiencias. Destinos sí tenía (uno en Londres, por cierto) a pesar de la rotundidad con la que lo niega cierta prensa. Pero su militancia merengue ha pesado demasiado, sobre todo porque la ‘Décima’ no podía provocar la salida de un mito. Si él le hubiera dicho al presidente que se quería ir, entonces habrían pactado una salida en la planta noble del Bernabéu, pero no gratis, claro. Entró en barrena desde la pasada final de Lisboa y todavía no ha conseguido alzar el vuelo, para eso está la pretemporada. De momento, su mala actuación de anoche ha dado la suficiente carnaza para mordisquear el debate de la portería por cualquier costado. Es lógico: un análisis táctico del equipo probeta no interesa a casi nadie a estas alturas, sino el morbo del portero. Discutir si Casillas aguantará la presión de una próxima cantada o qué habría hecho Diego López contra el United entretiene los cenáculos periodísticos y las reuniones vecinales. Antes se trataba de que Raúl vivía del aire (‘el que no hace nada’ de Manolo Lama), continuó con que Fernando Alonso ya no era tan bueno porque no ganaba con un Ferrari y ahora apuramos si Casillas debe o no largarse.

Y como la memoria es tan frágil y las redes sociales han encendido una furibunda corriente de opinión que tacha a Casillas de portero de cartón piedra, el guardameta asistirá a su segundo juicio público en Cardiff, en la Supercopa europea contra el Sevilla. Pep Guardiola advirtió a la prensa que no era justo acribillar a su equipo si no jugaba ese fútbol de salón catalogado ya en las hemerotecas; Casillas de momento no ha visto cómo la grada del coliseo blanco baja su pulgar. Es la apasionante batalla mental que se le plantea al capitán, sólo ante el peligro, como el tenista que tiene que remontar el set. “Ahora la ha cagado otra vez, por eso, siendo Iker Casillas, todo volverá a la normalidad. Merece una despedida como la de Eric Cantona en Old Trafford”. Palabra de Toshack.

Kalashnikov encasquillado

Jueves, 27 Marzo 2014

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“Pedimos perdón a la afición”. Buscando en hemeroteca, la última disculpa pública salió de boca de Iker Casillas aquella noche fatídica de la manita en el Camp Nou, el primer clásico de la era Mourinho. Entonces, el capitán salió a la palestra y, resignado, sólo pudo articular un ‘perdón’. La vergüenza del 5-0 había chocado como un tren de mercancías contra el estado de felicidad que habían generado los primeros momentos del entrenador elegido a dedo por Florentino Pérez. Casillas tuvo que dar la cara ante los periodistas para consolar a todo el madridismo, que vio cómo el Barça le giraba la cara de un tortazo. Anoche Marcelo se apresuró a pedir perdón sobre el propio césped en la entrevista de Canal Plus; consciente de las desastrosas consecuencias que ya estaba originando el batacazo de Sevilla, el brasileño quiso adelantarse a la jugada e hincar la rodilla en nombre del equipo. Porque el Sánchez Pizjuán volvió a ser un campo maldito donde el Madrid perdió media Liga por arte de magia. La que inventaron Rakitic con la batuta de un director de orquesta y el despiadado Carlos Bacca, sustituto natural de Falcao en Colombia y que cuajaría bien en el contraataque merengue. Bacca se reivindicó como una revelación de nuestro fútbol, la estrella que necesitan equipos de clase media para excitar a su público y, sobre todo, darle cierto caché mediático a nuestra mejor liga del mundo (lo decimos nosotros). No tardará en fichar por un grande, tal como lo hicieron Bam Bam Zamorano, Suker o la ‘bestia’ Baptista.

El Sevilla no jugó mejor que el Madrid. Al contrario, se disfrazó de merengue y precisó de dos dosis letales: un gol en cada disparo. Fueron los madridistas quienes usaron un Kalashnikov encasquillado, y acabaron tan desesperados que al final sacaron revólveres para tirar a larga distancia, por si sonaba la flauta. En la liga de las sensaciones el Madrid es colista: en tres días la caverna mediática (Joan Laporta dixit) ha pasado de barruntar un torneo de dos con el Barça noqueado a echar la Liga por un sumidero y declarar el terror absoluto. Porque las victorias blancas son una cuestión de tirar una moneda al aire: la siguiente visita es Anoeta, donde se puede ganar pero también se puede palmar con creces. Ancelotti cobra por construir un fórmula uno en el que debe probar piezas; su problema es que intenta reparar averías cuando el motor ya no carbura. Quién iba a imaginar que Di María sería ahora capitán general, cuando hace unos meses desafió al Bernabéu acomodándose sus partes,. Su ausencia dejó sin reprís a un bólido que anoche habría ganado la carrera con velocidad punta. Pero como el Madrid estuvo lento, con jugadores como Bale o Benzema que, en vez de botas de fibra de carbono, parecían arrastrar grilletes con una bola de preso, el Sevilla ganó esprintando.

La ‘BBC’ ha sufrido el apagón analógico antes de concluir la temporada. Bale, a pesar de sus esmeradas estadísticas, sigue siendo un ovni en los momentos decisivos; Benzema entra y sale de su limbo con una facilidad pasmosa y Cristiano sólo revienta a los rivales cuando invoca a Hércules. Al flamante Balón de Oro hay que exigirle contraprestaciones a su recompensa, claro que como él sólo es medio equipo. O tres cuartos. La otra porción corresponde a Xabi Alonso, pero el donostiarra ha perdido el soldador que unía las dos facciones del equipo, la de la ‘BBC’ con esa defensa de hormigón la semana pasada y cartón piedra ésta. Pero Xabi no está a gusto en campo porque su socio Modric no es el mismo que tomó el relevo del lesionado Khedira. Viendo el embotamiento que sufrió la medular cuando merodeaba el área sevillista, cualquier folclórico echaría de menos a Michael Laudrup. Porque desde que el danés se jubiló, el fútbol español, ni siquiera el mundial, ha disfrutado de un clon suyo. A falta de alto voltaje, el Madrid habría necesitado anoche un Laudrup que descerrajara la defensa con un pase sin mirar. Lástima que ninguna cantera haya fabricado uno igual.

Y, por último, una oda a la ingenuidad. Escribir sobre el Madrid sin mentar la crisis pasajera de Diego López es de pardillos. Las siete plagas bíblicas que azotan al equipo no son culpa del portero de la Liga, pero cualquiera madridista siempre se acuerda de una parada imposible del ‘santo’. Quizá Casillas también hubiese encajado seis goles de siete ocasiones, nunca lo sabremos, pero cualquier mano a mano con Iker delante trae a la memoria su pie milagroso ante Robben. Manolo Lama sondeó en El partido de las 12 la posibilidad del break: si Casillas es portero para Champions y Copa, no sería inoportuno que se entrenara en Liga. Nada es descartable.

 

 

 

Ancelotti se traiciona a sí mismo

Sbado, 14 Septiembre 2013

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Manolo Lama adelantó en COPE hace unas semanas la extravagante intención de Ancelotti: un portero para la Liga y otro para la Champions. Decisión muy controvertida de quien cierta prensa había apodado ‘El Pacificador’. “Jugará Casillas el martes, así que el tema estará más tranquilo”, confirmó ayer el entrenador; ¿es que alguien se había puesto nervioso dentro del club o Carletto ha descubierto la influencia del cuarto poder? Pocos o, quizá, ningún técnico de élite estaría de acuerdo con la rotación en la portería porque nadie se atreve a hacerlo. Como dice el viejo John Benjamin Toshack, cualquier equipo debe tener “un porterazo y otro buen portero”. Ni Madrid ni Barça escapan del axioma del galés: Víctor Valdés ha marcado una época, pero Guardiola decidió gestionar el vestuario dando los minutos de Copa a Pinto, el fiel suplente, incluso hasta las máximas consecuencias, como las tres finales que ha disputado. Respecto a los blancos, Casillas siempre ha acaparado cualquier competición desde que se marchó César, exceptuando las primeras rondas coperas. El mismo Diego López cuando ascendió al primer equipo, Dudek y Adán sólo han sido comparsas durante una década. Los eternos clichés de que este puesto es el más especial del equipo y que se alimenta de regularidad chocan de frente contra la decisión de Ancelotti. Además, aflora un problema estadístico: si el Madrid llegase a las finales de Champions y Copa, Iker jugaría un máximo de 22 partidos, en contraste con las 38 jornadas ligueras que presumiblemente le tocan a Diego López. O sea, escaso bagaje para el portero que aspira a mantener la titularidad en el próximo Mundial.

Bodo Illgner, que de esto sabe un rato, tampoco entiende la decisión de Ancelotti. “El año de la Séptima empezó jugando Cañizares y, luego, el técnico Heynckes decidió cambiarnos”. Aquella decisión no fue rotatoria, sino técnica: Cañizares se marcó un gran comienzo de temporada, completó la primera vuelta de Liga y la primera fase de la Champions, pero sufrió un bajón a causa de malas actuaciones, y Heynckes le relevó por Illgner. “El portero de Liga siempre debe ser el mismo que el de Champions”, por eso el ex guardameta alemán del Madrid no entiende que Casillas juegue ahora por arte de magia y no desde la primera jornada, o que Diego López no vaya a compaginar los dos torneos. Ni siquiera Ancelotti ha osado nunca a alternar porteros: en el Parma contaba con el entonces prometedor Buffon; en la Juventus, con el consolidado Van der Sar; en el Milan, el brasileño Dida fue su guardameta, a pesar de algunas cantadas antológicas; en el Chelsea, Peter Cech era inamovible y el año pasado, en el Paris Saint Germain, Sirigu jugó toda la liga francesa y, por supuesto, la Champions. Es decir, que la decisión del entrenador blanco no obedece a un patrón suyo ni tampoco de su entrenador de porteros, Villiam Vecchi, de quien se ha dicho que en sus informes de evaluación destaca a Diego López por delante del capitán.

Volviendo a la cuestión del principio, la nueva decisión sobre Casillas y esa alusión a la tranquilidad huele a que Ancelotti se ha percatado rápido que los asuntos del portero son casi de estado en España. Y eso que desde la planta noble del Bernabeu la influencia sobre la portería ha sido nula. Casillas no es uno más, como confesó un Vicente Del Bosque leal a sus principios hasta la tumba. Prueba de ello es que el mejor Valdés del momento no jugase el partido serio de España del pasado viernes. El italiano eligió a Diego y ayer traicionó su propia decisión porque, lejos de rodar a los dos, mina la confianza de ambos. A Diego López le esperan pocos platos fuertes en nuestra liga escocesa, mientras que Iker podría sufrir su primer año profesional sin un Madrid-Barça o un derbi. “Tenemos dos grandes porteros”, presume Carletto; sí, pero en los equipos grandes al menos uno tiene que ser un poquito mejor que el otro.

Aquellos clásicos sin Iker

Mircoles, 30 Enero 2013

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César Sánchez no tardó en ponerse los guantes para el primer clásico de su vida. Había fichado en el año de la alta traición de Figo (2000) y justo antes de la primavera del 2002, el de la Décima, Del Bosque tomó una de las decisiones más controvertidas de su vida: sentar en el banquillo al canterano con mejores expectativas de la Ciudad Deportiva de La Castellana y apostar por la experiencia de César. Cierto es que Casillas no había cuajado su mejor temporada dentro del máster acelerado de responsabilidades que el encasquetó John Benjamin Toshack, pero aquel Madrid no sólo fallaba en la portería o, al menos, el revulsivo no debía estar debajo de los tres palos. Sin embargo, el actual seleccionador nacional cambió de guardameta y César se plantó en el Camp Nou con la garantía más válida de entonces: la confianza de Raúl y Hierro, los pesos pesados del vestuario de la época.

El clásico del Camp Nou no fue el mejor escaparate para que César reivindicase su nuevo patrimonio. El Madrid había controlado el partido en una exhibición portentosa de Zidane y había hecho internacional al meta Bonano mandando varias ocasiones al garete. Entonces, sucedió el peor de los fatalismos para un portero: fallo estrepitoso en la primera jugada seria. Al rato de la segunda parte, el Barcelona no pillaba a la zaga blanca en ningún renuncio, así que Xavi probó suerte desde lejos y su disparo raso se lo tragó César. Precisamente, el capitán Hierro había repetido hasta la saciedad que el Madrid necesitaba portero con sólo una credencial: parar lo poco que le tirasen. Y César no había dado la talla. Casillas desde el banquillo nunca entendió el porqué del cambio y después de la cantada de su compañero asimiló que su suplencia no era un castigo: César también jugaría los clásicos de la semifinal de Champions.

Si el gol de Xavi fue la noticia más repetida en los telediarios, la primorosa actuación de César sólo un mes después y también en el Camp Nou alivió a Del Bosque. El Madrid reventó la semifinal de Champions en Barcelona merced a una vaselina de Zidane y un contraataque ejecutado con profesionalidad por el risueño Steve Mcmanaman; pero, por encima de todos, emergió la figura de un César omnipotente para sacarle a Kulivert un puñado de goles cantados, neutralizar a Saviola en los mano a mano y anular el juego áereo de Abelardo y Cocu.  La memorable actuación de César bien valía jugar la final de Glasgow, aunque todavía quedase el partido del Bernabeu.

Más de una década después, y con treinta y tantos clásicos jugados, los blancos no podrán ceder el balón a Casillas. Si entonces Del Bosque tuvo claro que César ocuparía la portería del Camp Nou, todavía José Mourinho no ha aclarado un dilema peligroso: Adan es su portero desde que cometió el sacrilegio de sentar al capitán en Málaga por cuestiones de forma física. El portugués persuadió al eterno suplente para que no buscase otras aventuras porque le consideraba el sustituto adecuado de Casillas. Esta noche averiguaremos si Adan ha sido condenado por errores inoportunos (la expulsión ante la Real Sociedad o el gol de Mestalla) o Mou confía en él, tal como Del Bosque creyó en César después de su pifia del Camp Nou. No obstante, llega Diego López, portero de envergadura simplemente perfecta..para el técnico, claro. Entre las muchas exigencias que puso Fabio Capello para entrenar al Madrid en su primera etapa, una de las más cruciales fue fichar a un portero alto para dominar el juego aéreo; Cañizares y Buyo no le convencieron y, por eso, vino Bodo Illgner. Desde entonces, el Madrid no ha tenido ningún bigardo en la portería; así que Mourinho tiene que elegir entre el predilecto de Silvino Louro o el fichaje exprés que han traído a su medida.