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La eterna “situación irreversible” del Valencia

Mircoles, 18 Diciembre 2013

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La guadaña alcanzó a Djukic. Su soga estaba preparada desde el momento que salió Braulio y llegó Rufete a la dirección deportiva. La directiva sospechó del serbio desde el principio a sabiendas que la plantilla quizá era la menos competitiva  de los últimos tiempos (y más con la venta del killer Soldado). El presidente Amadeo Salvo lo vio demasiado claro, ¿la razón? La de siempre: “una situación irreversible”. Sin embargo, los desencuentros entre Valencia y sus entrenadores comenzaron su edad moderna con la salida de Rafa Benítez. Dos ligas no fueron suficiente recompensa para una grada que, por fin, presumía de un equipo a la altura de la oligarquía de nuestro fútbol. Aquel Valencia de Rafa ganaba por su contundencia táctica, pero su opinión pública exigía un juego que compensase pagar una entrada en Mestalla. Benítez tuvo que aguantar pitos aunque, al menos, nunca escuchó ese famoso ‘¡vete ya!” que sentenció a Carlos Parreira, Jorge Valdano o el mismísimo Hector Cúper, quien metió al Valencia en dos finales consecutivas de Champions contra todo pronóstico.

El italiano Ranieri, simpático para la afición por su socarronería en su primera etapa,  también fue purgado durante segunda versión porque emular a Benítez se convirtió en un auténtico marrón para cualquier entrenador que osara a entrenar en Valencia. Por supuesto, tampoco escapó del cabreo de la afición. Y Quique Sánchez Flores, que cumplió al dedillo el cometido de mantener al Valencia en Champions, también pasó por el cadalso. Tardó en escuchar el sobrecogedor ‘¡vete ya!’, pero en su tercera temporada una victoria (encima, victoria) pírrica contra el Valladolid hartó a la gente. El entonces presidente Juan Soler tenía la escopeta cargada y aprovechó una goleada del Sevilla en el Pizjuán para ejecutar al entrenador. Sólo se habían disputado nueve jornadas y el Valencia era cuarto en la clasificación, pero la directiva ya había preparado el terreno de la enésima “situación irreversible” justificando que a Quique “le había superado el descontrol del vestuario”.

Hubo un personaje que ni se inmutó por las críticas, y mucho menos por las continuas pañoladas. El Valencia de Ronald Koeman sufrió una debacle deportiva en Liga que no se recordaba desde el descenso del 86. El técnico holandés exprimió la confianza de la directiva hasta el punto de defenestrar a dos vacas sagradas como Albelda y Cañizares. Y consciente de que su etapa en el club era cuestión de meses, conquistó la Copa contra el Getafe y se rió de todos (directivos, jugadores y aficionados) diciendo que el Valencia “tardaría muchos años en volver a ganar un título”. En el caso de Koeman, la afición fue poco dura porque aguantó a un déspota que había rajado de todos menos de sí mismo. Entre tanto baile de entrenadores, el que menos balazos recibió fue Unai Emery, que cumplió escrupulosamente su misión: meter al Valencia en Champions cada año. Pero su obsesión permanente quedó reducida a una frase: “Intentamos que los pañuelos de la gente vuelvan a los bolsillos”.

La temporada pasada Mauricio Pellegrino también caminó al borde del abismo nada más aterrizar en Valencia. Fue elegido a dedo por el presidente Manuel Llorente y en poco rato se dio cuenta que el proyecto con el que se le convenció ni tenía nombres ni hombres comprometidos. Su despido sucedió por un calentón del presidente, curiosamente después de un 2-5 contra la Real Sociedad en Mestalla, partido en el que la grada reventó los oídos del presidente al grito unánime de ‘Llorente, vete ya’ y ‘Los jugadores no sienten los colores’. Pero la bala de la “situación irreversible” estaba preparada en el día de su adiós. Al menos, ésa fue la explicación del entonces director deportivo, Braulio Vázquez. Siempre la misma situación y siempre con pocas ganas (o talento) de darle la vuelta. 

Así es la Champions

Jueves, 10 Marzo 2011

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“El Barça siempre gana por los árbitros”. Modo ironía activado en las palabras de Mascherano. Ayer MARCA y AS matizaron la victoria del Barcelona; coincidieron en que fue justo vencedor (faltaría más cuando el Arsenal ni se atrevió a chutar) pero recalcaron la contribución de Massimo Bussaca. Quizá la expulsión de Van Persie sí fue rigurosa, pero si un equipo sale con dos líneas de cinco tíos obsesionados en el que el balón no pase, tarde o temprano el fútbol de billar le acaba machacando. Porque emular la proeza táctica del Inter del año pasado se antojaba quimérico y así fue: ni el Arsenal sabe defender a la italiana ni el Barça se dejaría engañar por otra argucia corrosiva para la Champions, La majestuosidad de la competición a veces queda empañada por apuestas grotescas como la que, inopinadamente, propuso Arsene Wenger. Esperaba de él algo más alentador; en su defensa entiendo que sin Walcott el contraataque se devalúa, pero el concurso de Cesc, Van Persie y la nueva esperanza británica Wilshere presagiaban un Arsenal guerrillero. No fue así o, más bien, no pudo ser.

Me gustó mucho una metáfora del maestro Xabier Azkargorta en el último programa de El día después, “no es que el Barcelona canse al rival, es que es la pelota la que acaba con la lengua fuera”. El ex entrenador vasco atinó a la perfección: con una posesión del 75 por ciento es fácil que hasta los espectadores acaben mareados de tanto seguir el balón. Y ése es el gran valor del Barcelona: por encima de los títulos, este equipo ha creado una marca imborrable ya en los anales de la historia. Sí,  el Arsenal salió cobarde y, aunque se hubiera puesto chulo, se habría llevado el bofetón. La única imputación que le achaco es su actitud chirriante, no en vano el Arsenal es el mejor pregonero del balón al pie en Las Islas, es la idea de Wenger. ¿Abjuró de su estilo?  Puede, pero es que el Barça es infinitamente superior por talento de grupo y por Messi, a quien hay que exigir un mundial definitivo, pues parece que el resto de torneos le quedan chicos.

No obstante, la Champions es traicionera. Ganarla requiere determinación, la que tuvo el Oporto de Mourinho en 2004; fidelidad a un estilo, el del Inter de Mou del año pasado; dominio del tempo de la competición, como el que tuvo el Madrid del 2000 cuando eliminó al Bayer habiéndole ganado uno de cuatro partidos; osadía, la que puso el Liverpool en la legendaria remontada de Estambul 2005; oficio, la gran cualidad que tenía mismamente el Milan; suerte, la del Barça en Stamford Bridge con el gol antológico de Iniesta o todas juntas, como la de otro Barça, el de Ronaldinho, o el Madrid de Zidane. La Champions no obedece a la lógica y por ello es tan amada. Hay campeones que han sabido exprimir alguna de las citadas cualidades y perdedores que se han ido a la lona con su juego de salón: el Milan de Capello (1993), el Ajax de Van Gaal (1996) o los ‘galácticos’ de Queiroz (2004). La presente edición nos deja en cuartos invitados inesperados, por de pronto Shakhtar, Tottenham y Schalke. Los primeros tiran mucho de bloque y recuerdan al Dinamo de Kiev, sólo que sin Shevchenko; el Tottenham alardea de fútbol puro británico, además de abrillantar a la bala Bale y al gigantón Crouch, aunque anoche se defendió descaradamente a la italiana contra el Milan, y dicen que el Schalke es el más facilón, pero la segunda juventud de Raúl y el entusiasmo de seguir pasando rondas les ha  colocado en el siguiente escalón.

Precisamente, el Schalke pasó porque se desenvolvió mejor que el Valencia en el barro, porfió en trabajar en toda las partes del campo y dejó a Emery sin recursos.  Al Valencia le hacen falta figuras para aspirar a la élite: Aduriz pudo sentenciar por dos veces, aunque es verdad que la eliminatoria no ha evidenciado un Schalke superior. Pero ha competido mejor que el equipo ché y de ahí el premio. No obstante, los compis de Raúl son muy dóciles y no se espera de ellos mucho más recorrido. Además, como dijo Paco González en Tiempo de Juego, el Schalke “no parece muy alemán”…”hace años los alemanes salían a arrasar los primeros diez minutos”. Cierto, el folclore germánico ha cambiado y en su insistencia por la modernización ha perdido esa aptitud guerrera. Pero ahí están, uno en cuartos y el Bayer con todas las de ganar para tumbar al vigente campeón. Así es la Champions.