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No es otro cuento chino

Mircoles, 21 Enero 2015


Jingxin Li es una periodista china que habla perfectamente español. Su talento para hablar y escribir en nuestro idioma escasea en un país de más de 1.300 millones. Y el gigante inmobiliario Wanda lo supo cuando le contrató el año pasado para sus proyectos internacionales educativos. Ella conoció una vez al flamante accionista del Atlético de Madrid, Wang Jianlin, en una reunión empresarial donde hacía de intérprete y su impresión es que, como buen amante del fútbol europeo, todavía sueña con apadrinar una promesa china que en un futuro pare las rotativas de los grandes diarios deportivos europeos. Li fue contratada por el grupo Wanda para instruir a niños chinos en conocimientos de fútbol: palabras tan manoseadas como ‘gol’, ‘fuera de juego’, ‘chut’ o ‘regate’ fueron repetidas una y otra vez por alevines y cadetes que hoy forman la primera escuela del Atlético de Madrid en China. Ella se encargó del trabajo teórico y varios entrenadores pusieron en práctica esos conceptos con los chavales. Y el magnate Jianlin supervisó personalmente todo el proceso: desde las clases en español de Li en Pekín hasta la llegada de los canteranos a España. Concretamente, ahora hay noventa en nuestro país: treinta en Madrid, treinta en Valencia y otros tantos en Villarreal. Li vive ahora en Barcelona y trabaja en el portal de noticias generalistas Sina.net, también propiedad de Wanda, que no sólo se dedica a la adquisición de inmuebles, sino que también ofrece hostelería, espectáculos como cine y teatro, y posee un grupo audiovisual importante.

“Hablar de Wang Jianlin en China es como hablar de Amancio Ortega en España”. Jingxin Li ha filtrado innumerables noticias del grupo Inditex para el mundo chino. “La noticia impactaría igual si Zara (Inditex) invirtiera en un equipo tipo Guangzhou Evergrande o Beijing Guoan”. El Evergrande ha sido campeón asiático con Marcelo Lippi de entrenador y ahora lo dirige Fabio Cannavaro; el Guoan tiene inquilino español en el banquillo, Goyo Manzano. Quizá la serie animada de Oliver y Benji no sea tan ficticia para Jianlin, obsesionado con moldear un crack chino que compita en las grandes ligas europeas. Y para un empresario tan metódico que nunca arriesga con sus operaciones, el primer paso es educar a las generaciones venideras desde la infancia. De ahí que se haya implicado tanto en persona con la cantera china del Atlético. La compra del 20 por ciento de acciones del club colchonero, o sea 45 millones de euros (en realidad alcanza los 50), sólo es el comienzo de las grandes experiencias que le esperan a Miguel Ángel Gil Marín. El consejero delegado llevaba tiempo negociando un acuerdo con Jianlin porque, tras batir otros mercados emergentes, Wanda ofrece al Atleti la oportunidad de entrar en el selecto club de los ricachones europeos. “De momento son 45 millones, pero dicen que irá invirtiendo más y más en los próximos años”, cuenta Li por conversaciones telefónicas con colegas especializados en periodismo económico.

Jianlin tanteó la Premier sin convencerle las presas disponibles, en concreto el Southampton de Ronald Koeman, y el histórico pero modesto Sheffield Wednesday.  No debió ver negocio en estos clubes y, después de un flirteo con el Valencia antes de que llegara a las manos de Peter Lim, se ha decantado por invertir en el Atlético de Madrid. El Partido de las 12 contó esta semana que las intenciones del multimillonario chino (fortuna 101 en la revista Forbes y cuarto hombre más poderoso de su país) son comprar a la larga la totalidad del club por una cifra aproximada a los 200 millones; es decir, la parte que correspondería a Gil Marín (52% del accionariado) y Enrique Cereo (20%). Lógicamente y hasta que las inversiones no generen riqueza, Jianlin arrastrará la permanente sospecha de la masa social atlética. El miedo a lo desconocido. “Con Wanda metido en el Atlético, a nadie le sorprenderá en mi país que el Atlético tenga más publicidad que el propio Leo Messi, icono futbolístico de las grandes ciudades”. Li no es la única que cree que Jianlin tiene la llave para que algún día, cuando Hacienda y el Atlético resuelvan la vasta deuda, Gil Marín o el propio dueño de Wanda actúen por una vez como Florentino Pérez y extiendan un cheque con interminables ceros por una estrella de relevancia mundial. “Si el Manchester City o el Paris Saint Germain tienen dueños extranjeros, ¿por qué no el Atleti?”. Buena pregunta que se responde con miedo y demasiada dudas a tenor de los extravagantes casos de Dimitri Piterman, el indio Alí Syed o el amago de estafa de un grupo inversor árabe en el Getafe.

“Wang Jianlin nos ha convencido por su seriedad”. Primeras palabras del presidente Cerezo tras rubricar el acuerdo la pasada madrugada en China. Emilio Gutiérrez, hombre fuerte de Gil Marín en el club, habrá suspirado de alivio: por fin una ‘pequeña’ ayuda para encontrar vías de explotación comercial en China y el Sudeste Asiático. Jingxin Li lo tiene claro: “Wanda controla la mayoría de las salas de cine en todo el territorio chino y con lo que les gusta el cine, los goles de Fernando Torres aparecerán más veces antes de las películas que en la propia televisión”.  Harto de estar siempre cuadrando balanzas de pagos para rascar un millón de una venta y regatear otro de un fichaje, Gil Marín necesitaba este acuerdo de magnitud estratosférica. Quizá sea el principio del fin para el consejero delegado, pero en apariencia es el comienzo de la multinacional Atlético de Madrid S.A con acento chino mandarín.

 

 


 

 

 

 

 

El incunable de Enrique Cerezo

Jueves, 22 Diciembre 2011

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El mausoleo de entrenadores del Atlético vuelve a abrir sus puertas. La cabeza de Goyo Manzano, especial para coleccionistas que no pudieron conseguirla en 2004, quedará exhibida en una vitrina dentro de pocas horas: es obvio porque ha perdido dos de las tres vidas que le concedió el club después de los ominosos veinte minutos ante el Espanyol. Y como anoche la afición salió del campo encabronada por enésima vez, urgía sofocar otro motín popular; así que Enrique Cerezo, quien sabe si teledirigido por la dirección de comunicación del club, fue forzado a hacer la tournée por las radios. Su coartada fue la de siempre: ellos (Gil Marín y el presidente) ponen el dinero y esta vez no han escatimado gastos “para hacer un equipo campeón”. Tal argucia no funcionó con Luis Enrique, quien prefirió la aventura romana, ni con Caparrós, que intuyó que al Atlético no le seduciría su filosofía de trabajo lenta pero provechosa…o sea que, por descarte, Caminero tiró de rango y entre tanta incertidumbre eligió a Manzano. Con un descaro ya muy típico en este club, Cerezo sólo pronunció una frase durante la presentación del entrenador el pasado junio…”buenos días y buenas tardes a todos”, le falto añadir el buenas noches de Jim Carrey en El Show de Truman. Salió a la palestra en calidad de presidente y posó delante de las cámaras esperando a que terminase el suplicio. El propio Manzano le había pedido un esfuerzo para retener a alguna estrella…pero el Kun ya había pataleado para largarse y a Forlán le horrorizaba el panorama, más cuando su sublime Copa América evidenciaba que no pintaba nada en Madrid, si no era para el Real.

Cerezo adelantó que el club tomaría decisiones drásticas, o sea, otro ingenuo al banquillo para comerse un marrón más. Pero cuando le apuntan a él directamente, le sale la vena folclórica…”¿Por qué no me voy? Llevo 18 años en este club y no se me ha pasado vender mis acciones”. Jesús Gil soltaba crochets más contundentes, pero también más respetados que el eterno discurso grouchiano de su predecesor; si el tema versaba sobre cambios en el banquillo, se le ocurría decir…”para mí, echar a un entrenador es como tomar una cerveza. Puedo echar a veinte en un año. Hasta cien si hace falta”. Así, sin titubeos ni ambages. En cambio, la estrategia de Cerezo nunca ha sido tan exagerada, pero sí mucho más incongruente; tan pronto pide “respeto por Manzano que es nuestro entrenador” como, dos días después y quizá pensando que no tendría largo alcance, espeta en una radio argentina que Simeone es “amigo y siempre ha estado presente en el club”.

El Atlético vendió el último doblete (Europa League y Supercopa) como el punto de inflexión para recuperar la grandeza mancillada por pésimos proyectos, jugadores verbeneros y una intervención judicial que, incluso, algún accionista oteaba de lejos. Quique Sánchez Flores engendró un equipo competitivo que no tuvo continuidad de títulos, pero al que ni Gil Marín ni Cerezo tampoco se esforzaron en dársela. Como siempre, lo más importante eran ellos y cualquier decisión deportiva quedaba supeditaba a las sucesivas aprobaciones del presupuesto del club: si llegaban copas, mejor, si permanecía el ostracismo, pues igual de bien.

Al menos, la entidad consiguió fingir su caché hasta no hace mucho: en concreto, 2005. Entonces, Carlos Bianchi fue el elegido para acabar con la sangría de entrenadores; sus cuatro Libertadores, tres Intercontinentales y un palmarés único en Argentina fueron el reclamo publicitario que usó el Atlético para anunciar que todavía podían traer a los mejores del mundo. La puesta de largo de Bianchi, en junio de 2005, fue una retahíla de loas. El propio Cerezo presumió de haber traído entrenador de prestigio internacional y confesó que, de una vez por todas, tenían “grandes esperanzas en el entrenador para lograr éxitos”. Poco tardó Bianchi en percatarse de los extraños mecanismos de su nuevo club. Al principio, justificó que llevaría tiempo amoldar a los jugadores a su sistema y después se rindió…”hay que cambiar jugadores o el esquema, porque algo no funciona”; después, entendió que sus jefes no aguantarían su estilo demasiado tiempo y tras un desastroso empate ante el Alavés con varios goles encajados de cabeza, sugirió que “a lo mejor había que fichar a Michael Jordan”. Al final, los resultados le fueron adversos y en enero de 2006 toda la ilusión del proyecto más ambicioso y mediático de la década se fue al garete…”Siempre hemos tenido fe en Bianchi, pero lo mejor para el Atlético es que no continuara”. Otro capítulo imperdible del incunable de Enrique Cerezo.