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Neymar vale 57 y si no, ¡desmiéntemelo!

Mircoles, 4 Febrero 2015

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“Aquí hay un señor que ha venido a provocar”. Joan Gaspart se vio obligado a responder con disimulada furia a las preguntas de los periodistas en el antepalco del Camp Nou. Barcelona y Real Madrid habían empatado a cero, y el césped parecía haber soportado un concierto de AC/DC: mecheros, botellas de plástico, una de whisky JB, pelotas de golf y hasta la cabeza de un cochinillo. La grada había orquestado un infierno contra su Judas universal cada vez que se acercaba a lanzar un córner. Luis Figo advirtió en los días previos que, al contrario que en sus dos primeras visitas, esta vez sí se encargaría de los saques de esquina para resquemor culé. El ídolo odiado a un palmo de miles de aficionados intentando hacerle vudú. Y Gaspart sabía que si el Camp Nou se calentaba como una olla a presión, el Comité de Competición tendría suficiente trabajo para una semana. La solución era dar la cara delante de las cámaras para escupir un fingido perdón…o ganar todas las encuestas de popularidad en el barcelonismo. Eligió la segunda opción porque así se lo aconsejó su guardia pretoriana de la directiva.

Joan Laporta había salvado el match ball de la censura en el convulso verano de 2008 y, con media directiva dimitida, apostó por el novato Pep Guardiola. Fue la temporada en la que Leo Messi se reivindicó al mundo como crack único e intransferible del Barça. Y como suele derivar en este negocio, el nombre del argentino comenzó a utilizarse en campañas mediáticas interesadas o, más bien, inventadas. En una entrevista a TV3 de enero de 2009, Laporta acusó al Real Madrid de “intentos desestabilizadores” y los definió como una “lucha desigual porque el Madrid cuenta con el apoyo de las instituciones”. La respuesta del club blanco no se hizo esperar y Vicente Boluda, presidente interino por la dimisión de Ramón Calderón, amortiguó las críticas de Laporta con un ocurrente “lo que le faltaba al Estado era estar pendiente de Messi”.

Las teorías ‘gasparistas’, maceradas durante la presidencia de José Luis Núñez, y actualizadas por Laporta, han sido escritas con esmero en un incunable. Pasan los años y cada presidente recurre a esa biblia con guantes de látex para mantenerla impoluta. Es el manual de las tesis victimistas que nunca falla. Espanya ens roba o ‘los poderes del Estado’, coartadas conspiranoicas difíciles de derribar, como que Walt Disney sigue criogenizado. Hablando en plata para cualquier ciudadano del mundo, Bartomeu culpa al Gobierno de hinchar el precio de Neymar y movilizar su maquinaria para sajarle millones en impuestos no pagados. La Fiscalía Anticorrupción los cifra en 12 millones, casi 3 pertenecientes al mandato de Bartomeu. Y el montante final del fichaje, según la Fiscalía, asciende a casi cien millones. El presidente azulgrana tiene razón: “Si Neymar no hubiera venido al Barça, no estaríamos imputados ni nosotros ni el Barça”. El tsunami nunca habría arrasado la orilla si el fichaje del brasileño acaba descubriendo tantos ceros como el de Cristiano Ronaldo o Gareth Bale. ¿Tan difícil habría sido reconocerlo si el club acaba procesado?

Bartomeu no dudó en ninguna respuesta a 8TV. Ni siquiera vaciló. Soltó cada perla bien memorizada insistiendo en las más populistas, las que quiere escuchar el electorado que vaya a confiar en él: “Hemos hecho las cosas bien (…) el Madrid también presentó una oferta por Neymar (…) jugamos un partido con una senyera”. Discurso demagogo en España y populista en Cataluña. El quinto presidente imputado (Núñez, Gaspart, Laporta y Rosell también declararon por diferentes motivos) no podía autoflagelarse a cuatro meses del nuevo volantazo que va a pegar el club. Y Bartomeu no ganará porque hay demasiada basura guardada en el contenedor pero tampoco iba a declararse pardillo en la televisión catalana.  Igual que Joan Gaspart la noche del cochinillo, el actual presidente dijo lo que quería el pueblo: Neymar vale 57 y si no, ¡desmiéntemelo! 

Tristes despedidas

Sbado, 28 Abril 2012

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“No ha sido buena temporada, pero llevamos cuatro años ganando títulos”. Ése fue el escueto resumen de Johan Cruyff a TV-3 cuando le preguntaron por sus impresiones de la Liga 94-95. Fue el año de descomposición del Dream Team, con Laudrup devolviendo manitas desde el Bernabéu, y Stoichkov y Romario estudiando ofertas que les alejaran de un club en estado volcánico casi en erupción. Aquel equipo se había oxidado y, por ello, Cruyff intentó emprender un nuevo proyecto con el fichaje del joven y prometedor Luis Figo, el consolidado goleador Meho Kodro de la Real Sociedad y, sobre todo, con el mimo de una nueva generación, la llamada ‘Quinta del Mini’, liderada por el producto estrella de la La Masía, Iván De la Peña, y secundada por los hermanos Óscar y Roger García-Yunyent, Celades y Toni Velamazán. Pero la nueva remesa de canteranos, con la controversia de Jordi Cruyff en el primer equipo por decisión de su padre, no cuajó o la directiva de José Luis Núñez no quiso darle el suficiente tiempo.

El caso es que el presidente y su  fiel ejecutor, Joan Gaspart, se hartaron y comenzaron una tarea fangosa: buscar sustituto a un entrenador insustituible, que había cambiado para siempre la esencia segundona de algo ‘más que un club’. El 11 de enero de 1996, Núñez sentenció en una entrevista a El Periódico de Catalunya que “si fuera un entrenador con menos años en el Barça, no tendría dudas sobre la decisión a tomar”. Cruyff había comentado días antes a TV-3 que la directiva “tenía que aclararse porque el portavoz había apoyado al cuerpo técnico y, por el contrario, Núñez salía con amenazas”. En el mismo sentido que el presidente, Gaspart también quiso manifestar la defensa a ultranza de su jefe… ”Cruyff debe tomar nota de las palabras del presidente, cuya paciencia tiene un límite, y rectificar algunas cosas de las que dice y de las que hace, no sólo en el campo deportivo sino sobre todo en el campo de lo que es la institución“.

El desenlace sucedió el 18 de mayo: la prensa publicó que la directiva había contactado con Bobby Robson. Núñez, quizá más por orgullo propio que por los intereses del club, se había enquistado en una guerra con Cruyff sin visos de bandera blanca. Aquella mañana, el técnico holandés, enterado del rumor, llegó al entrenamiento con un cabreo de proporciones bíblicas y se reunió con sus ayudantes, Charly Rexach y Toni Bruins en el vestuario. Al poco rato apareció Gaspart para convencerles de que ignoraran las portadas de los periódicos. Pero Cruyff no aguantó más y estalló: la guerra fría de los últimos meses se había calentado demasiado y Gaspart optó por tomar una decisión irrevocable. El holandés estaba fuera del Barça y Rexach asumía sus galones en las dos últimas jornadas ligueras.

La salida de Cruyff fue el tristísimo epílogo de una época sublime. Pero la afición culé, lejos de secundar a Núñez y Gaspart, rindió tributo al entrenador más importante de la historia. Aquel domingo de mayo, el Barça recibía en el Camp Nou al Celta de Vigo, ya sin opciones por el título, y la victoria azulgrana por 3-2 quedó en anécdota. Las cámaras de televisión y fotógrafos dirigieron sus objetivos durante todo el partido a las pancartas a favor de Cruyff y, por supuesto, recogieron los gritos al unísono que coreaban el nombre del holandés. Evidentemente, él quería continuar, pues se había merecido otra oportunidad para levantar un nuevo Dream Team. Al menos, la ovación del Camp Nou, sin él presente, le convenció de que la masa social sí era cruyffista.

A Cruyff le habría gustado un adiós como el de Guardiola en el sentido de haber sido él quien pusiera el cierre. La pena es que el Barça ha pintado un emotivo adiós cuando en realidad el técnico se ha visto obligado a soltar un ‘basta ya’. El “desgaste” del que habla Guardiola es inexorable en un equipo ahíto de gloria y cuya única motivación es batir récords. Sucedió con Cruyff y su intento de resetear la plantilla fracasó; pasó con Sacchi, aunque el Milan encontró en Capello otro ganador nato. En el fútbol contemporáneo, las leyendas tienen una esperanza de vida muy corta y en un vestuario cuyo punto común es el origen, duele que un camarada tenga que prescindir de otro. Guardiola debía dejar fuera a Piqué, Alves, y dosificar a Xavi y Puyol. Una decisión necesaria pero difícil cuando se trata de gente que juega al fútbol defendiendo una causa común. Por eso, a Guardiola no le tembló el pulso cuando Ronaldinho, Deco y un año después Eto’o se vieron obligados a cambiar de aventura. Ganar no cansa pero el intento de hacerlo estresa demasiado. Ésa es la conclusión del adiós de Guardiola.

El presente es de Tito Vilanova, la mano derecha de Pep. Una decisión con sentido común que mantiene inmaculada la hoja de ruta del club. La fachada será parecida, con los retoques necesarios, y el librillo de estilo exactamente el mismo. Sin embargo, los rumores de la opinión pública puede causarle problemas al Barça: ¿tendrá Vilanova autonomía propia o la sombra de Guardiola será demasiado alargada? Ésa es la disyuntiva con la que tendrá que lidiar el nuevo entrenador. Guardiola se ha convertido, desde ayer, en otro Cruyff en la sombra.

El arte de insultar

Viernes, 9 Diciembre 2011

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“Quizás ahora los presidentes sean más inteligentes, porque nosotros siempre estábamos en primera línea de fuego”. Fue la respuesta del ex presidente Lorenzo Sanz en El Partido de las 12 al hermetismo del fútbol que incordia a nuestro periodismo deportivo. Madrid y Barça, o sea, Florentino y Rosell, apenas hablan más de lo que exige el protocolo (lo harán mañana en la comida de directivas). Pero bajando de las altas instancias, ni siquiera Mourinho ha dado su versión en la víspera del clásico; advirtió en verano que dosificaría sus comparecencias, pero no avisó que se ausentaría en el día más señalado. La reflexión de Sanz vaticina una política de comunicación cada vez más anquilosada; los clubes prefieren tirar de comunicados oficiales vía web antes de que a un directivo le dé un arrebato de vehemencia en el antepalco del estadio. Durante estos años los presidentes atienden gustosamente y con educación al micrófono inquisitorio de Mónica Marchante en Canal Plus, y justo hace una década Joan Gaspart reunió en un corrillo a periodistas con grabadora en mano para justificar que el cochinillo del Camp Nou estuvo motivado por “un futbolista (Figo) que vino a provocar”.

Lorenzo Sanz y Gaspart dominaban el teatrillo que rodeaba a los clásicos atribuyéndose el papel de folloneros: bastaba una indirecta al contrario para encender los ánimos y la respuesta del ‘ofendido’ no se hacía esperar…“¡Son unos impresentables, tanto el señor José Luis Núñez como Gaspart, que no paraban de levantarse!”, soltó Sanz a la salida del Camp Nou después un Barça 1 – Real Madrid 0 (10 de mayo de 1997). Pocos minutos después, Gaspart tomó el turno de réplica alegando que “el impresentable” era el presidente merengue, que se había ido sin despedirse, “¿qué creía, que le iba a atizar?”. Sanz recordó con nostalgia aquellos rifirrafes,  pues eran “un divertimento de niños”. Aquellos obuses dialécticos Madrid-Barcelona guardaban cierto parecido con el arte de insultar que una vez universalizaron Góngora y Quevedo: archiconocido fue el rapapolvo de Lorenzo Sanz a Núñez cuando éste se atrevió a opinar sobre las ‘prebendas’ que, supuestamente, se le concedían al jugador Fernando Sanz  por ser hijo de quien era y es…”el señor Núñez, aparte de ser bajo de estatura, me parece bajo de moral”. El dardo de la palabra se quedaba en anécdota y así lo entendían los periodistas que en aquellos tiempos preferían provocar la noticia (dando la vara a los presidentes, claro está) que estrujarla y tergiversarla como en las múltiples tertulias que bombardean los medios. Pero es lógico, Lorenzo y Gaspart contaban historias, como ahora Del Nido; las de Florentino y Rosell hay que intuirlas. En consecuencia, esta nueva corriente de mutis por el foro, sin entrevistas ni valoraciones, obliga a exprimir la creatividad del gremio. Sin los protagonistas directos, los recursos son obvios: ex presidentes, viejas glorias y demasiada interpretación. Corremos el peligro de que estas coartadas se agoten y las semanas de los clásicos deriven en ese puro chau chau del que hablaba Jesús Gil.

Sería inimaginable que Florentino exigiese a Mourinho salir a la palestra, en contraste con el protocolo de UEFA, que aplica en su decálogo ruedas de prensa obligatorias. Sin embargo, hasta en eso tiempos pasados fueron mejores: el propio Lorenzo Sanz quedó decepcionado cuando su entrenador Jupp Heynckes sugirió públicamente prudencia a sus directivos antes de un Madrid-Barça. “La línea de declaraciones la marco yo, el entrenador que se dedique a entrenar”, aseveró el máximo mandatario, quien después apostilló que le habría gustado escuchar la opinión de Heynckes sobre “lo que no le gustaba del señor Núñez o Gaspart”. Los ex presidentes sí entendían que los clásicos se animaban con carnaza para la prensa, y por ende, para el aficionado. Y así actuó Mourinho la temporada pasada, hasta que la opinión pública se echó las manos a la cabeza y convirtió los Madrid-Barça en una guerra de guerrillas periodísticas. Puede que un futuro próximo, cuando los directivos pasen el relevo, se suelten delante de un micrófono y cuenten historietas tan asombrosas como que Joan Gaspart tuvo que disfrazarse de camarero en un hotel de Miami para subir a la habitación de Ronaldo durante una concentración de Brasil y llevarle el contrato para que lo firmara. En definitiva, el fútbol progresa pero el teatrillo que alimenta los cenáculos periodísticos está en peligro de extinción; el orden se ha invertido y son los clubes los que dictan la hoja de ruta de los medios. Mal negocio para la comunicación.

Aquella manada de búfalos

Mircoles, 16 Febrero 2011

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Todavía me acuerdo de la portada del MARCA de aquel agosto del 96. Ronaldo aparecía vestido de astronauta para dar colorido a la que fue considerada primera ‘Liga de las estrellas’; su vasta sonrisa delataba que por fin iba a jugar en un país a su medida. Holanda y el PSV los aborrecía de tal manera que acabó harto de Eindhoven y del club: allí no había vida juvenil para un chico de dieciocho años ni posibilidades para un talento sobrenatural. Y desde luego, sus méritos merecían un reto más competitivo que seguir goleando los domingos al Feyenoord, Utrecht o Vitesse. A todos menos al gran Ajax de Van Gaal, por entonces muy superior al resto. Pero daba igual, Ronaldo debía cambiar su traje barato por un esmoquin de gala, de Eindhoven a Barcelona para darse a conocer al mundo. Aunque por aquellas fechas, lejos de la fanfarria mediática y la persuasión de las chequeras, a Ronnie sólo le importaban sus goles.

Y fue en Barcelona donde el presidente Núñez, previo pago de 2.500 millones de pesetas, eclipsó las grandes bazas de Lorenzo Sanz. No había terminado la Liga del ‘doblete’ atlético, cuando el Madrid ya había pescado a Mijatovic y Suker.  Las exigencias de Capello eran capitales en un Madrid reseteado, mientras que el Barça buscaba un tótem que evitara la nostalgia popular por el extinto Dream Team. Ronaldo fue el elegido pese al recelo de ciertos directivos azulgranas que no olvidaban la huida del díscolo Romario; sabían que Europa le miraba con ojitos, pero también les preocupaba que tratar al brasileño con ínfulas de divo podía volatilizar el vestuario. Al principio no sucedió así: Ronaldo se hinchó a marcar goles, a cada cual más espectacular, y todo el planeta puso una cámara de televisión en el Camp Nou para no perder detalle de su nuevo crack. Su bestialidad ante el Compostela se vio desde Siberia hasta la Patagonia; al  Valencia le horadó el muro defensivo dos veces como una tuneladora y al Depor le tumbó en una jugada que empezó el brasileño precisamente sentado en el suelo. Parecía que el Barça también le quedaba pequeño porque, aparte de goles, arrasó en todas las competiciones salvo la Liga, que perdieron en el Rico Pérez, aunque sin él. No pudo apuntillar el campeonato porque Brasil le había reclamado para la Copa Confederaciones (aquel en el que Roberto Carlos le enchufó a Barthez un misil inteligente), aunque le traía sin cuidado: sus desavenencias con Núñez y Gaspart eran evidentes porque sus goles le habían colocado en una posición ventajosa para negociar un contrato más suculento…¡y eso que había fichado por ocho temporadas a razón de 250 kilos cada una!

A tenor de los acontecimientos posteriores Ronaldo nunca debió ser tan codicioso en el Barça; habría ganado mucho más dinero y títulos si hubiese permanecido allí. La Liga española no era el Calcio, aquí podía relucir su infinito potencial cuando se le antojaba. No obstante, tampoco es descabellado pensar que habría tenido más de un rifirrafe con Van Gaal, el sucesor pactado de Bobby Robson. Pero, tal como le pasó en el PSV, se declaró en rebeldía en Barcelona y el Inter casi tuvo que hipotecarse para pagar 4.000 millones. La historia de Italia guarda dos instantáneas legendarias: la primera expresa a Ronaldo en su máximo apogeo con tres amagos y un regate inolvidable al portero del Lazio Marchiegani en la final de la UEFA 98; la otra, la del contraste y aún más famosa, fue su llorera desconsolada en el Olímpico de Roma en abril del 2000 tras romperse el tendón de la rodilla. Sus lágrimas de dolor alertaban de un retiro prematuro, pero todo lo contrario: el fútbol todavía le debía rendir un tributo muy especial.

El lejano Oriente premió el afán de superación de Ronaldo. Con una rodilla casi biónica, Ronaldo ganó su primer Mundial, postergó para siempre su recuerdo convulso de la final de Saint Denis de Francia 98, y lo más trascendental, se encontraba a sí mismo en esa ‘manada de búfalos’ que tan acertadamente metaforizó Jorge Valdano. Paradójicamente, pudo haber vuelto al Barcelona de Gaspart, pero Moratti prefirió sacarle los cuartos a Florentino Pérez en su búsqueda del tercer ‘galáctico’ tras Figo y Zidane. En Madrid pidió paciencia y, vigilando de reojo su rodilla, exigió la preparación de un soldado espartano. Más que entrenarse en el césped, hizo largos en una piscina semiolímpica como si se trataran de esprines; lógico, el Madrid le había rescatado del plomizo Inter otorgándole una segunda juventud. Su debut en el Bernabeu con dos golitos ante el Alavés no pudo ser más estratosférico. Incluso, descartó acudir a los Carnavales de su amado Río por compromiso moral: su decisión convenció a los más escépticos porque en plenas fiestas, Ronaldo clavó un hat trick en Mendizorroza. ‘El Fenómeno’ estaba de vuelta para consternación de Moratti.

Con el júbilo de la Liga del 2003 Ronaldo creyó que ya le había devuelto el favor al Madrid. Al año siguiente su talento no aflojó, pero sus distracciones extradeportivas intuían que el camino no era el más propicio para levantar la Champions que le faltaba. Los jugadores del Madrid también se habían convertido en el epicentro del papel cuché y especialmente Ronnie, que montaba fiestas al estilo Berlusconi, aderezadas de paparazzis y gente de la farándula. Los caprichos de los ‘galácticos’ comenzaron a engendrar el ‘monstruo’ con el que no pudo Florentino dos años más tarde, pero poco le importó a Ronaldo: Madrid era su ciudad perfecta y pese a algunas lesiones, ya ninguna tan grave como la del 2000, ahí quería concluir. La Copa de Europa nunca llegó y en el equipo militarizado de Capello no encajó. Eso sí, se despidió marcando dos goles en Kiev a cinco grados bajo cero. El Milan lo reclamó como una reliquia más para el geriátrico que tenía montado y desde entonces,  poco más ha trascendido del gran Ronaldo. Bueno, sí, otra lesión importante en la rodilla sana.

En el Mundial de Alemania hizo ademán de resurgir, pero se quedo en eso: un falso indicio. Ronaldo había contribuido con creces a meterle más dosis de espectacularidad al fútbol, pero su crepúsculo inexorablemente le estaba llamando. Y durante esta última época Brasil ha sido un retiro agradable hasta que anunció su retirada antes de ayer. Sin duda, una carrera sublime con un final triste y un problema sintomático de gordura. Aún así, jamás he visto un delantero igual, me atrevería a decir que ningún jugador en general. Porque sólo con él he notado la sensación de que algo tremendo se avecinaba cuando cogía la pelota….y eso que Barcelona fue su mejor temporada.

El Circo del Sol se asoma a Italia

Martes, 19 Agosto 2008

“Ronaldinho no está acabado”. Las palabras del polémico ex presidente del Barça, Joan Gaspart, allá por abril resonaron en la Ciudad Condal con aire de mofa. El brasileño había desaparecido definitivamente. Para Laporta, era una causa perdida y la afición clamaba por su destierro. En consecuencia, la cruzada solitaria que Gaspart quería emprender a favor de gaucho en el entorno azulgrana, significó que el barcelonismo se desternillara ante semejante burla. Nadie, en su sano juicio, osaría a apostar de nuevo por aquel fenómeno que una vez concibió el fútbol como una desinhibición juvenil. Su eterna sonrisa y esa obsesión compulsiva por pedir prestado un balón ora de día, ora de noche, embelesó a una hinchada que anhelaba otro ídolo. Pero los futbolistas, tan pronto son entronizados como fulminados, y Ronaldinho no ha sido caso aparte.

A Gaspart le faltó matizar que Ronaldinho no estaba acabado fuera del Fútbol Club Barcelona. Con los culés, ni ‘Dinho’ habría querido redimirse de sus vicios ni el club se habría esforzado en maquillar la de ya por sí deteriorada imagen de la estrella brasileña.  A ‘Dinho’ le faltaban nuevos incentivos para resurgir. A corto plazo, han sido los Juegos Olímpicos, y en un tiempo largo, estoy seguro que el Milan será su nuevo Circo del Sol .

La última demostración de ‘Ronnie’ ha venido de Pekín, donde Brasil ha salido escaldada de su choque con Argentina. Pero os recomiendo que veáis  los mejores momentos de la primera parte. Ése es el Ronaldinho que nunca debió desaparecer. Rapidez, inverosimilitud y precisión en estado puro. El líder de la ‘canarinha’ no cejaba en su empeño de comandar todo el ataque de su selección. ¡Qué ímpetu tan inusual en este chico! Ojalá que le dure años, aún tiene fútbol para rato y el Barça lamentará haber contribuido a la casi degeneración absoluta de un crack. No me cabe ninguna duda de que, a poco que se entone, volverá a asombrar al mundo. Quién sabe si el colofón lo podrá poner en Sudáfrica 2010 aunque lo que parece evidente es que el Calcio ha hecho un guiño muy cómplice a este brasileño ciclotímico, concediéndole una nueva y última oportunidad.

El Milan ha fichado sobre seguro, a pesar de que mucha gente barrunte la decadencia final de Ronaldinho. En cuestión de semanas, el dueño del Milan, Silvio Berlusconi, se cerciorará que la inversión del verano ha sido la suya. Basta que el nuevo ‘rossonero’ exhiba un puñado de pinceladas de su fantasía. Entonces, la maquinaria deportiva y mercadotécnica del club italiano funcionará a pleno rendimiento. Y sólo entonces, el fútbol volverá a rendir pleitesía a Ronaldinho.