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El Valencia de Mongolia

Viernes, 26 Agosto 2016

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El Valencia Club de Fútbol desapareció en el instante que Amadeo Salvo vendió su alma al diablo. Ahogado por sus acreedores, sin vender Mestalla y con el nuevo estadio paralizado, el ex presidente tomó el único atajo que le ofrecieron: convertir un club con solera en una empresa de compraventa de jugadores. De repente, el universo Jorge Mendes engullendo una ciudad como una tormenta de arena; de repente, un multimillonario singapurés comprando a distancia un juguete roto para emular a los dueños ricachones de la Premier. El mejor agente del mundo inaugurando oficinas en Monaco y Valencia,  bazares para comprar jugadores anónimos con ínfulas de estrella y vender a diestro y siniestro sentimientos y pasiones. Porque no importa el nombre, sudar en el césped o haber jurado amor eterno a la ‘terreta’. Paco Alcácer queda como el enésimo proscrito de un club que soñó (y logró) incordiar a Barça y Madrid, y que desde hace demasiado tiempo es una torre de babel de empleados que trabajan para cobrar a fin de mes. Paco siempre quiso levantar las Ligas de David Albelda y recolocar al Valencia en el mapa, pero nunca imaginó que su casa acabaría convertida en una multinacional de importación y exportación. La operación se hizo pública hace pocos días, pero Mendes y Peter Lim la habían ejecutado con antelación; el Barça rastreaba un delantero de refresco y el nuevo Valencia rapiña billetes como un buitre. Podría jugar el campeonato de Mongolia y en la calle nadie se habría dado cuenta. No surgen manifestaciones espontáneas, no hay cabreos, sólo indeferencia, resignación ante un dueño marciano que ha ganado una subasta.

A Lay Hoon, brazo armado de Lim, le aconsejaron ganarse a las masas. Su discurso populista estaba precalentado en un microondas: ‘Paco Alcácer no está en venta’, cuando el santo y seña de la afición ché ya tenía su asiento reservado en el vestuario del Camp Nou. A Pako Ayestarán le prometieron un bloque pétreo, sin fisuras, y él creyó a sus jefes: no está en condiciones de exigir al estilo Fabio Capello porque nunca ha dejado de ser itinerante. Su banquillo huele a carnaza para tiburones, los que se preparan para escuchar las futuras llamadas de Mendes. Vendido André Gomes (55 millones) y Mustafi (41 al Arsenal), la coartada del Fair Play Financiero no necesitaba la venta de su goleador. Lejos del fervoroso Mestalla, aquello es ahora una nave industrial desmantelada porque cualquiera que salga a la calle y pregunte por un par de futbolistas del Valencia se va a llevar una desagradable sorpresa. Si acaso, Parejo, el tristón ex capitán que deambula por el campo sin entender por qué no le dejaron irse al Sevilla; ¿Gayá? Sí, sonó para el Madrid, pero renovó y desde entonces es una sombra de sí mismo. De la noche a la mañana, a ese Valencia que peleaba con el Atlético por el tercer puesto de España en la década de los noventa le sometieron a una transfusión sanguínea. En el pasado fue el Valencia de Lubo Penev,, de Mijatovic, del mismo Albelda y Mendieta, de David Villa….había estrellas para cada generación.  Alcácer se marcha a escondidas, sin una última ovación y con el lloro desconsolado de tropecientos niños que hoy habrán roto su póster de la pared: no lo planeó así pero su carrera es más importante que seguir en esta sociedad ANÓNIMA. En el sentido más literal de la palabra.

El Lobo de Wall Street

Sbado, 23 Julio 2016

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31 de agosto de 2015. Quedan doce horas para el cierre de los fichajes. Jorge Mendes cuelga una llamada en uno de sus tres o cuatro teléfonos móviles desde una terraza de Montecarlo y dice a la gente que le rodea en ese instante: “Acabo de hacer el negocio del verano”. Instantes después, el Manchester United anuncia el fichaje del delantero del Mónaco, Anthony Martial, por 50 millones de euros…¡más otros 30 en variables!  Mendes no es el representante del jugador francés pero su intermediación fue vital para gestionar el capricho de Van Gaal. Quizás sea el único representante, junto a Mino Raiola (Pogba e Ibrahimovic), que puede desfilar por la alfombra roja de Hollywood con las ínfulas de Cristiano Ronaldo o Leo Messi. Se siente una estrella del celuloide porque su ego sí extiende cheques que su bolsillo puede pagar. Pero durante este verano apenas teníamos noticias de su universo, donde la gente trajeada nada en billetes verdes, hasta que el Barcelona soltó la bomba el pasado jueves. André Gomes jugará de azulgrana y no de merengue porque, primero, James Rodríguez, también de la factoría Mendes, se ha declarado intransferible y, segundo, Luis Enrique pidió a su directiva un sustituto para Iniesta que también simule a Rakitic.

Las mentes más retorcidas, las que están en primero de Jorge Mendes y repitiendo, están convencidas de que el Madrid nunca quiso a Gomes; fue una estrategia pergeñada por el agente para inflar el P.V.P. del media punta. La ecuación era demasiada simple: el Valencia necesitaba liquidez y, consciente de que ningún club pagaría a toca teja los 65 millones de la cláusula de Gomes, accedió a cobrar 35 millones + 20 en cláusulas de colegio + 15 en objetivos más importantes. Maquillaje perfecto para un Barcelona que evita el efecto de otro tsunami Neymar. Mendes sabe de boca de Florentino Pérez que el Madrid nunca ofertaría 40 o 50 millones. Y esto es información, no opinión. El nuevo fichaje culé nunca ha estado ni frío ni caliente en la planta noble del Bernabéu porque ese “estamos enredando” que ayer confesó FP a Zidane en Canadá alude al pez gordo de Raiola. Es un secreto a voces que irrita al amigo y casi hermano de Cristiano.

Mendes es un vendedor nato, así de simple. Su pose ejecutiva recuerda a la de Jordan Belfort, el insaciable broker interpretado por Leonardo Di Caprio en El Lobo de Wall Street. Es de esos comerciales que te ofrece un bolígrafo, te habla de sus ventajas, y acaba vendiéndote el estuche entero. Esa virtud la lleva explotando desde que empezó con vallas publicitarias de un equipo de la segunda ‘B’ portuguesa al mismo tiempo que gestionaba un videoclub. Y en una discoteca de su propiedad conoció a Nuno, un portero que pasó sin pena ni gloria por Depor y Osasuna, pero que como entrenador clasificó al Valencia en la Champions antes de que dimitiese por clamor popular. Sus gestiones se han estudiado en la Universidad de Boston, tarde o temprano llegarán a Harvard y miles de yuppies de Wall Street pagarían barbaridades por un máster suyo de negocios deportivos. Es un vanguardista del mercado capaz de montar una oficina itinerante en Valdebebas con toda una corte de representados, poner patas arriba al Monaco con un puñado de llamadas telefónicas desde una terminal de aeropuerto o convencer por pesadez a Joan Laporta dentro de un coche para fichar a la entonces promesa del fútbol portugués, Ricardo Quaresma. Tal es su influencia que Florentino Pérez se negó a fichar a Falcao en el verano de 2014  porque de lo contrario, “tendría que dejar la presidencia a Mendes”. Literal.

Cuando ser segundo es de segundones

Jueves, 6 Noviembre 2014

Un peso pesado del vestuario del Real Madrid contaba que la obsesión de Cristiano Ronaldo con Messi era casi enfermiza. “Durante la época de Mourinho, si estábamos viendo un partido del Barça durante la cena en una concentración, Cristiano torcía el gesto cada vez que el argentino marcaba un gol”. No sólo le importaba ganar, también tenía que ir un paso por delante en esa comparación de colosos que alimentamos en la prensa como jugosa carnaza. “Quiero ser el mejor de siempre”, a pecho descubierto el portugués ha aclarado delante de las televisiones que nació futbolista para intentar acabar como leyenda; si es la más recordada de todas, mejor aún. En una conversación informal durante su etapa en el Manchester United, Cristiano fue cazado diciéndole a su compatriota Nani que la Premier League no vería un futbolista igual que él. Entonces, sonaba en tono irónico pero con los años y conociendo un esbozo del carácter de CR7, quizá lo dijese muy en serio.

Jorge Mendes, representante y guardia pretoriano número uno de Cristiano, sorprendió en El partido de las 12 asegurando que el jugador es “el mejor deportista de todos los tiempos”. De repente, mitos como Muhammad Alí, Usain Bolt o Michael Jordan tirados por un sumidero. En el documental Super agente Mendes, sobre la vida del mejor agente del mundo, aparecen imágenes que evidencian por qué Cristiano sólo piensa en mejorar, en superarse a sí mismo y perfeccionar sus dotes genéticas que, en su caso, parecen robóticas. Aurelio Pereira, cazatalentos del Sporting de Lisboa y descubridor de la estrella merengue, presume de la voracidad de su antiguo pupilo: “En la academia del Sporting Cristiano se enfadaba cuando perdía a los dardos contra las chavales más mayores. Tanto es así que se puso a practicar solo en sus ratos libres y de la noche a la mañana todas las clavaba en el centro”. Es una pequeña muestra de su fijación por ser el mejor. Y cuanto más rápido, mejor, pensó Pereira cuando en uno de sus primeros partidos, un cadete sugirió al infantil Cristiano que no jugara tan al límite. “Ponía las mismas ganas en un campo de arena embarrado con catorce años que un clásico contra el Barça en el Bernabéu”. Ésa es la clave de un ambición que adquiere partido tras partido proporciones bíblicas.

Usain Bolt reveló en una entrevista durante los pasados Juegos Olímpicos de Londres que “él y sólo él” se pone sus desafíos. Y sabe cuándo y cómo atacarlos. Cristiano tiene esa madera porque, como dijo Luis Aragonés, sólo le vale “ganar, ganar, ganar y volver a ganar. Y ganar, ganar…”. Sus principios se desploman si no es el más adelantado porque “ser segundo es de segundones para Cristiano”, según Nuno Luz, el periodista portugués que mejor le conoce. Sí, Cristiano no necesita palmeros, su motivación sale de dentro, y por eso la palmadita en la espalda del presidente Florentino, lejos de atontarle, le pone en guardia: ser el “digno heredero de Di Stéfano” implica una responsabilidad simplemente bestial. Una vez Sir Alex Ferguson le comentó que acabaría levantado al exigente público de Old Trafford; la respuesta literal de Cristiano fue “Vale, pero cuéntame a fondo quiénes han hecho historia aquí”. Es su manera de decir que les superaría a todos.

Cristiano Ronaldo, dos Balones de Oro

Mircoles, 13 Noviembre 2013

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Las alarmas se encendieron en la concentración de la selección portuguesa. Cristiano Ronaldo no se entrenó con los demás, ni siquiera apareció al trote por los campos del cuartel general en Óbidos. Las mentes más aviesas intuían una lesión debido al hermetismo informativo del vestuario: los futbolistas se negaron a hablar con los medios, y de una posible lesión se pasó a la estrategia del despiste. Cualquier plan vale para desestabilizar al enemigo, en este caso Suecia, en una eliminatoria fatídica. Pero nada más lejos de la realidad: Nuno Luz, uno de los periodistas más prestigiosos de Portugal, con contactos que llegan hasta Mourinho, Jorge Mendes e incluso el propio Cristiano, aclaró en COPE que el crack madridista siempre se ejercita en solitario un par de días al inicio de cada convocatoria. El Mundial pende de un hilo y, en un equipo que suele jugar al borde del precipicio, Cristiano se ha convertido en un semidios para su país. “Sus sensaciones son las de la nación entera; si juega mal, Portugal perderá, porque es imposible que Ibra y él lo hagan mal a la vez. Uno de los dos fallará”, dice Manuel Saves,, de la televisión nacional RTP.

Cristiano está disfrutando del momento más excelso de su carrera. Golea en un Madrid que atisba mejoría y de repente le han escaquetado un marrón, el marrón. La prensa portugués le está vendiendo como un mesías que debe liderar a una Portugal subida a su chepa. La gloria será sólo suya y la derrota también le saldrá cara: “pérdida de crédito y, lo más crucial para el jugador, quizás el Balón de Oro”, dice Nuno Luz. El madridista está obsesionado con el galardón, pues compite en cada partido para reclamarlo ante periodistas y seleccionadores, o sea, los votantes. Tan importante y cerca está el de este año, que Mourinho ha confesado a la revista France Football que CR7 es el mejor jugador que ha entrenado en su vida. Es vox populi que ambos acabaron ignorándose la pasada temporada, por eso la declaración suena a un plan de comunicación preparado por Jorge Mendes, representante de ambos. El morbo está servido porque los periodistas ya estamos buscando la reacción de Cristiano. Si el supuesto plan Mendes sigue su ejecución, el madridista devolverá los elogios a su ex entrenador, más que nada, porque también él está metido en la carrera por ser el mejor entrenador del mundo.

La lesión de Messi le debería apartar de la disputa por el trofeo dorado, así que la eliminatoria Portugal-Suecia no es una simple repesca. Cristiano se juega dos Balones de Oro: el más inminente le obliga a ganar a Ibra, de lo contrario Ribery tendrá argumentos suficientes para defender su candidatura. ¿Quién querrá votar a un goleador cuyos goles no han dado ni un solo título? Y peor aún, el de la próxima temporada. Los últimos seis mundiales casi han influido demasiado en el ganador: en Italia 90 el campeón alemán Lothar Matthaus; en Estados Unidos 94, Stoichkov en calidad de sorprendente semifinalista y campeón de Liga con el Barça; en el 98, Zidane y su Mundial; en Corea y Japón 2002, la reaparición a escala mundial (nunca mejor dicho) de Ronaldo; en Alemania 2006, el inesperado Cannavaro, y en 2010 Leo Messi, no por méritos en Sudáfrica (eliminado en cuartos) sino por récord de goles y la Liga.

Cristiano no ha levantado copas y un batacazo en la repesca sería el empujón final al ostracismo. Sin embargo, hay otra interpretación del Balón de Oro a favor del portugués y que chirría en un título individual al fin y al cabo: Ronaldo puede acabar el año natural en más de setenta goles y desde que fichó por el Madrid, su promedio supera el gol por partido. No es que sea una estadística más, sino un dato demoledor que, simplemente, no está bien vendido a los votantes del Balón de Oro. Porque, desde luego, a los participantes de África, Asia y Oceanía, entre otros, lo que les llega es el marketing de cada futbolista. El nombre de Ribery queda eclipsado por el de Cristiano o Messi, sobre todo porque ni el equipo más perfecto del momento, el Bayern, suena tanto como Madrid y Barça. Todo son estrategias y el Madrid ya ha activado la suya: la de volver a tener al mejor del mundo en sus filas.