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Suéltele la correa

Domingo, 4 Septiembre 2016

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“El jamón viene con hueso, viene como viene”. Julen Lopetegui no pretende resetear la memoria de Diego Costa como la de un ordenador viejo. En el bufé de goleadores puede elegir delanteros pulcros y disciplinados, Morata, y camorreros, de esos que encabronan a un defensa hasta la desesperación. Ambos currículum son necesarios, pero Costa arrastra una telenovela de guión de Gran Lebowski. Héroe para la nación española cuando Del Bosque le eligió, la afición del Atlético agradeció al seleccionador el reconocimiento del mejor delantero sobre barro. Nadie criticó entonces que la selección más artística de todos los tiempos (con permiso del Brasil del setenta) reclutara a un ‘buscabroncas’, capaz de sacar de quicio al mismo Pepe. Sin embargo, esa versión Ronaldo Nazario de Mercadona no ha hecho más que pintarrajear la aseada pizarra táctica de la España del tiqui-taca. En Brasil le tacharon de traidor a la patria y aquí se siente un marciano incomprendido. Quizá porque no huele portería o por la extraña sensación de que, jugando en Inglaterra, le tratamos como un foráneo más, Costa viene a La Roja como el paracaidista que aterriza en Vietnam sin saber dónde está el norte o el sur. Es él contra el mundo y mientras no acierte en esas carreras de manada de búfalos, la prensa deportiva seguirá siendo el enemigo. José María García presentaba sus programas como un teatrillo con buenos y malos; en la selección el hispano-brasileño es el muñeco del pim, pam, pum, apartados ya Iker Casillas y Vicente Del Bosque. Su casa fue el Calderón y así se lo transmitió a Simeone en busca de una redención este verano, pero tres jornadas de Premier League le han bastado para sobreexcitar al ya de por sí nervioso Antonio Conte. No es asunto para el diván de un psicólogo, simplemente no encaja de rojo, como tampoco lo hizo Kaká en el Real Madrid.

Costa no causa indiferencia porque Manuel Jabois obsequió a la calle con la mejor definición que se puede imaginar de él: “Es el típico raro que amaga con la caja B de los equipos que juegan con pelota y que desnivela el partido en las cloacas”. Porque es desde el suburbio donde se motiva, con zagueros de casi dos metros que le cosen a empujones y pataditas sibilinas. El trabajo sucio tan necesario como el de Nicolas Cage en El señor de la guerra, en el que interpreta a un traficante de armas que trabaja para gobiernos que no quieren mancharse las manos. Lopetegui le necesita porque no es un mero continuista de aquel maravilloso prodigio inventado por Luis Aragonés; el carácter volcánico del jugador decidirá si permanece o en el vestuario, o el barracón, tal como lo concibe él. A Costa le quieres o le rechazas, sin término medio; no le hacen falta las pinturas de guerra de una mole de la NFL porque su pose de pelea callejera intimida hasta al propio Vinnie Jones. Y eso son palabras mayores. Pero se parte la cara por él mismo y por unos compañeros que saben lidiarle sobre un alambre. Puede mandar un partido al retrete con un escupitajo, y puede encararse con tres a la vez (antecedente en un derbi con Ramos, Pepe y Arbeloa). El mejor Costa es el rottweiler que persigue a su presa sin correa. De ahí el placer de soltar la cuerda.                                                       

De Las Gaunas al Camp Nou

Domingo, 19 Julio 2015

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14 de agosto de 2014. El Espanyol acaba de empatar un amistoso en Olot (Girona) y a la salida del vestuario, entre el escaso puñado de periodistas que se había acercado a cubrir el bolo, Kiko Casilla tiene un gesto de complicidad con Tomás Guasch: “¿El Real Madrid? Veremos qué pasa, pero por qué no”, dice con sonrisa picarona el portero ‘perico’. Es el preludio de lo que tarde o temprano le iba a suceder a un portero de La Fábrica de Valdebebas. Sus casi dos metros gustaron tanto a Fabio Capello en 2006, que advirtió a los técnicos de la cantera que le cuidaran porque tenían en sus manos al “futuro Bodo Illgner”. Sobrio, valiente en las alturas y poco ‘palomitero’, Manolo Sanchís cree que es un portero de los que se requiere el mercado actual: talludo, que domina el área chica y bastante potable en el juego de pies. Credenciales que cubren de sobra la ausencia, ¿momentánea?, de David De Gea, también del mismo corte pero con la experiencia de haber celebrado su bautismo de fuego en un estadio tan exigente como Old Trafford. Casilla ha sostenido durante varios años al Espanyol, un equipo fusilado por tierra, mar y aire, y que con otro portero quizá hubiera sufrido en la zona caliente de la clasificación. El cambio de Cornellá al Bernabéu servirá de tubo de ensayo para averiguar si Casilla tiene porvenir y no es otra promesa embalada en la caja de otras aspiraciones fallidas como Adán, Jordi Codina, Cobeño, etc.

Julen Lopetegui aclaró una vez la razón de su ostracismo en el Barça de Johan Cruyff: “Me dijeron que a Cruyff le gustaba por mis reflejos. Pero yo sabía que la sombra de Zubizarreta era demasiado alargada”. Lopetegui, santo y seña del inolvidable CD Logroñés del ‘Tato’ Abadía y Toni Polster, también llamó la atención de los ojeadores en la vieja ciudad deportiva de La Castellana. Y como a Kiko Casilla, sabía que el club riojano era inexorablemente una estación intermedia. Nunca habría esperado la llamada personal de Cruyff; fue entonces cuando la oportunidad de su vida acabó en un tormento psicológico. De Las Gaunas al Camp Nou: el cambio fue demasiado brutal. “En el Logroñés me chutaban desde cualquier sitio. Estaba caliente todo el partido. En el Barça tienes que prepararte para detener los dos balones que te llegan”. No es fácil cambiar una costumbre tan peligrosa. Fernando Hierro comentó durante la Octava Copa de Europa que el portero del Real Madrid debía estar preparado para las dos o tres ocasiones que le llegaban. Sus palabras fueron rápidamente rebatidas por una estadística demoledora: a finales de los noventa, y  ya con Iker Casillas como titular indiscutible, el Madrid era uno de los equipos más acribillados tanto en Liga como en Champions. Casillas había empezado un máster acelerado de manera fulgurante: precoz para una responsabilidad “muy jodida”, como le dijo J.B. Toshack cuando le hizo debutar.

Kiko Casilla ya ha pisado cualquier estadio que engulla psicológicamente a un portero, aunque como  rival; es decir, sin tener que justificar la hoja de quejas. En el Espanyol se ha fogueado y ha madurado tanto para que Del Bosque le tenga en cuenta. Ahora llega el momento de la verdad: cualquier parada puede pasar desapercibida, pero una cantada sobredimensiona la crónica más aséptica. La comparación con el mito saliente se hace inevitable: no es sólo la presión del Bernabéu, también el holograma de Casillas que se le aparecerá en cada fondo. Kiko es un portero serio, muy alemán para aplacar los nervios y poco amigo de excentricidades teatrales de Paco Buyo. Puede que sea lo que necesite el Madrid en estos momentos. Un personaje ajeno a toda la guerra de trincheras que ha tambaleado al vestuario blanco en los últimos tiempos. “Casilla tiene que parar, ni más ni menos. Es su trabajo”, dice César, otro ex que tardó en digerir el paso de Valladolid a Madrid. También Rafa Nadal sólo se dedica a pasar bolas por encima de la red, como tantas veces ha insistido Toni Nadal en su sobrino. Aunque al final es más que eso. Simple, pero crudo.