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Entradas con etiqueta ‘Luis Enrique’

Benditas rotaciones

Jueves, 12 Febrero 2015

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Charly Rexach aventuraba en verano que Messi, Neymar y Luis Suárez “divertirían al soci tanto como Ronaldinho”. Y la opinión pública, que rescata de la hemeroteca cualquier exageración para añadir carnaza, agotó la frase en tertulias y columnas de opinión. La derrota de Anoeta dejó a Rexach casi como un blasfemo y con la credibilidad por los suelos. Se rieron de él hasta que Messi convenció a Neymar y Luis Suárez de que sí era posible otro Circo del Sol; no al estilo samba, ni al tiqui-taca, pero igual de letal y con jugadas de baile de salón. La goleada en San Mamés dejó un poso extraño en Can Barça: el equipo ‘traicionó’ su forma de ser amamantada en La Masía, disfrutando del cuchillo al contraataque, inventando goles de pim, pam, pum. ¿Le suena? Pregunten a Mourinho: su fútbol no gustaba nada, quizá ahora no tanto. Luis Enrique siempre ha tenido en consideración a su colega portugués; por eso, una palabra retumba en su cabeza entrenamiento tras entrenamiento, partido tras partido: pragmatismo. Y apenas le preocupa que su Barça se ponga la capa vampírica para alimentarse de la sangre del rival del turno o amague con imitar al gran prodigio que creó Guardiola, caso que todavía no se ha dado.

El Barça metió pie y medio en la final de Copa lamiendo el reguero de sangre que fue dejando el Villarreal, impecable en actitud y desastroso en errores de escuela de alevines. Musacchio seguirá siendo un central extraordinario a pesar de fallar por tierra, mar y aire. A él le debe el Barça dos de sus tres goles. Y porque Neymar se olvidó de meter la baraja en el sombrero de copa, sino estaríamos contando una orgía goleadora. Los azulgranas no acribillaron a balazos a Asenjo pero el peligro que provocan sus tres genios de arriba asusta tanto como tres velociraptores que atacan a la misma presa desde posiciones diferentes. Messi tiene patente de corso para correr y bajar andando, con arcadas por medio (otra vez). Pero da igual: el gol siempre llega. Y Luis Suárez recuerda mucho en el Camp Nou a Raúl González Blanco en el Bernabéu: cuando falla, lo hace con estilo y la grada le aplaude. Su vaselina del centro del campo terminó por excitar a una afición ansiosa porque reviente el saco de goles. Claro que en el Liverpool era la estrella exclusiva, el Mijatovic del Valencia por decir algo, y en Barcelona debe respetar las jerarquías. Si Messi y Neymar actúan de malabaristas, Suárez es fiel a sus orígenes: luchador charrúa que siempre va al choque y se deja la vida en el intento. El robo de balón en el primer gol le convierte en ese delantero peleón que Simeone reclama a la secretaría técnica para afilar sus plantillas.

Los palos que ha recibido Luis Enrique desde el cataclismo de Anoeta sólo han sido comparables a los del amigo de la prensa Louis Van Gaal en sus años pletóricos. Al asturiano le han incordiado por abusar de las rotaciones y no tener un once fijo en mente. Paradojas de este dichoso deporte, hoy le aplauden su atrevimiento a cambiar todo el esqueleto de un día para otro. Busquets dio paso a un Mascherano que revivió el coche escoba que le dio fama en Liverpool. Y quién le iba a decir a Rafinha que a estas alturas tendría más suerte en el Barça que su hermano Thiago, el bueno de la familia. A expensas de que algún jugador revele en un futuro (me temo que muy a largo plazo) quién mató a Laura Palmer en ese vestuario, Luis Enrique se siente demasiado fuerte, aunque él lo niegue y con el beneplácito de Messi, por supuesto. Este Barcelona vuelve a pulsar las sensaciones que el resto de rivales temían: puede pegarse las bacanales romanas que se le antojen. Anoche, sin necesidad de grabar el partido para el recuerdo, sentenció al Villarreal sin remangarse las mangas. Y son esas malditas rotaciones que se han vuelto benditas las que mantienen al equipo con piernas de Usain Bolt, mientras Ancelotti intenta motivar a un Madrid extenuado y sin saber en qué estado cruzará la meta. ¡Qué cosas!

Explota el propano

Mircoles, 7 Enero 2015

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“Presidente, o me deja sancionarle o me voy”. En su habitual estado volcánico, Louis Van Gaal amenazó al presidente José Luis Núñez porque el caso Rivaldo le había agotado. Sucedió en diciembre de 1999, cuando la estrella brasileña del Barça acababa de ser informado que recibiría el Balón de Oro y había decidido ir de gallito con su entrenador. Bajo ninguna circunstancia, Rivaldo jugaría de extremo izquierdo en el partido liguero de Vallecas porque se había hartado de los planteamientos férreos del holandés. El cuerpo técnico y algunos compañeros como Figo o Kluivert intentaron convencer al media punta brasileño para que rectificara, pero prevaleció su tozudez. Van Gaal consideró la negativa como un acto de indisciplina y le dejó fuera de la convocatoria contra el Rayo. Al día siguiente, Núñez y su entrenador se reunieron en el Camp Nou, y Van Gaal le dijo que no iba a tolerar “caprichos de niño” por mucho Balón de Oro del que pudiera sacar pecho.El desencuentro protagonizó la trama de aquellas Navidades en la Ciudad Condal y Rivaldo evitó meter otra cerilla en el inflamable vestuario rechazando más días libres de lo habitual para las vacaciones de fin de año en su país. Después de Reyes, Núñez comunicó al jugador que estudiarían seriamente aumentarle el salario en su próxima renovación pero, a cambio, le insistió en que no fuera tan rebelde con Van Gaal por el bien del equipo.

Los decibelios de los chismorreos en Can Barça llegaron a un nivel tan ensordecedor que Van Gaal, conminado por el club, aprovechó una rueda de prensa rutinaria para activar el protocolo de mentiras. “Hablé con Rivaldo y no hay ningún problema (…) Todo el vestuario está unido para intentar ganar todos los títulos (…) ¡Felicidades! Os habéis reído mucho inventando en el tema de Rivaldo”. Meses después, el Barça fue cayendo en todas las competiciones como fichas de un dominó y Van Gaal, oteando el tsunami que se aproximaba, se despidió de los periodistas al son de “¡Felicidades, lo habéis conseguido!”. Rivaldo ganaba un pulso demasiado latoso en el tiempo y José Luis Núñez se despedía de la presidencia por el desgaste de las críticas de la grada, la prensa y esas pequeñas peleas de vestuario que fueron esquilmando su último proyecto. “Había demasiada tensión”, comentó Núñez años después en una entrevista en TV3.

“Había que rebajar la tensión”. Coartada de parvulario que ha usado Josep María Bartomeu para convocar elecciones. El soci las pidió a gritos el día que Sandro Rosell dio la espantada; necesitaban a un presidente electo, no de cartón piedra. Pero los cenáculos periodísticos del Barça ya murmuraban entonces que el flamante presidente tenía fecha de caducidad: la que dictara Leo Messi. Descontento con la gente de traje y corbata de la  planta noble del Camp Nou, el crack argentino intuye que la directiva filtra a la opinión pública basura sobre él. El ‘Tata’ Martino fue un obsequio generoso de parte de Rosell, pero la familia Messi sabía que su fichaje exprés apenas duraría una temporada por la “falta de sintonía con la cultura culé”. Es decir, que Martino era un ente ajeno y extraño para el universo Barça.

Y de Martino a Luis Enrique, la solución (según Zubizarreta) a la dejadez del vestuario y la pelea de egos, empezando por el ‘10’ argentino. “Soy un líder”, espetó Luis Enrique en una de sus primeras comparecencias públicas en julio. Lo supo Francesco Totti, gurú físico y metafísico de la Roma, cuando decidió subirse al ring con Luis Enrique en su única temporada en Italia, y lo ha terminado por entender Messi, capataz del rancho desde que Guardiola lo abandonó. En el trasfondo, irá apareciendo Joan Laporta. La carta maestra del próximo entrenador quizá decida presidentes, pero el barcelonismo olvidará la due diligence del ex presidente a tenor de este desastre de proporciones bíblicas. Al fin y al cabo, la clave del éxito en el Barça es controlar el propano. O, dicho políticamente correcto, “rebajar la tensión”. O, hablando en plata, seguir dispensando a Messi trato de faraón. Rivaldo ganó su pulso a Van Gaal, ¿qué suicida cree que el argentino no se impondrá a Luis Enrique?

El problema es el pasado

Domingo, 14 Diciembre 2014

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Pep Guardiola jamás habría imaginado una distancia tan sideral entre el prodigio que él dejó y cualquier Real Madrid. En una conversación con su mano derecha, Manel Estiarte, durante su último año en Can Barça, el entrenador le comentó que “el modelo fabricado por Cruyff y moldeado por él tendría larga vida con o sin títulos” si nadie lo rociaba con gasolina. Han transcurrido dos temporadas y media, y el barcelonismo recurre con nostalgia a la final de Wembley de 2011, en la que el mundo presenció el último gran monumento al fútbol. Para un público tan acostumbrado al Circo del Sol, es duro asistir ahora a funciones de teatrillo de barrio. Lo sufrió en sus carnes Sir Bobby Robson cuando aceptó el encargo de comerse el marrón de la era post Cruyff e incluso al propio Guardiola, de quien el Camp Nou murmuró justo en su inicio que el banquillo dejado por Rijkaard le quedaba demasiado grande. Luis Enrique fue entrenador por Robson y Rijkaard y compartió vestuario con Guardiola. Pero ni siquiera en esa amalgama de ideas Luis Enrique puede ser encasillado.

El Getafe fue la enésima prueba de que el algodón no engaña y, a falta de veneno, se asoma una crisis galopante de estilo. La inspiración divina de Messi a veces se queda a pulgadas del gol y contagia a todo el equipo. Ni siquiera Iniesta, experto en sacar conejas de chisteras, se desmarca de esa extraña vulgaridad que arrastra su equipo. “Ni ellos mismos se reconocen”, comenta uno de pesos pesados del Dream Team. Leí un tuit fantástico ayer que decía que este Barça es un homenaje al New Team de Oliver Atom de Campeones, la famosa seria animada de los noventa. Y sí, da la impresión que si Messi no reclama el papel  de Oliver o su archienemigo, Mark Lenders, el resto juega al nivel del tuercebotas Bruce Harper.

Para el exquisito paladar del socio culé, ya no se trata de golear sino de volver a la génesis del balón que ha distinguido al Barça en eso de més que un club. “No podemos vivir del pasado”, es la cruda realidad que explica el capitán Xavi en una entrevista en El País Semanal. Las comparaciones, aparte de ser odiosas, suelen ser psicosomáticas en determinados vestuarios. Y el del Barcelona no es una excepción. El problema es el de siempre: por dos veces (Cruyff y Guardiola) el club se ha encontrado con un modelo perfecto en estilo, arte, jugadores y cantera. Ver al Barça era divertido, así de simple. Es la conclusión que les atormenta desde que Pep exigió a Sandro Rosell el despido de Piqué, Alves, Cesc y Villa, los que a su juicio iban a provocar inestabilidad futura.

Luis Enrique ha ido a pecho descubierto con sus ideas: a Xavi le retuvo sin la garantía de la titularidad; a Deulofeu, la joya de La Masía, le echó por vago y a cualquiera que se rebrinque, no tendrá inconveniente en cantarle las verdades del barquero. Las suyas, claro. Pero, aunque no lo confiese delante de las cámaras, es consciente que entrena a un Barça de Hacendado que podrá gustar más o menos, pero que no merece el gasto de un capricho. Quizá el asturiano necesite la manoseada coartada de la adaptación; el inconveniente es que ni Barça ni Madrid toleran la paciencia. Es ganar o a la calle. O, al menos,  intuir un futuro grandioso (como pasó con Rijkaard en su primer año con Ronaldinho). De momento eso tampoco sucede. 

¡Beckham, feo, feo!

Domingo, 7 Diciembre 2014

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Luis Enrique no pudo ocultar su sonrisa irónica cuando le preguntaron por los diecisiete aficionados expulsados del Bernabéu. “¿Sólo diecisiete? Si se echa por insultar nos quedamos solos”, espetó el técnico asturiano. Lo dice el enemigo público numero uno del madridismo, que ha aguantado insultos, mofas y broncas en todos los idiomas cada vez que pisaba la capital. Él no se tapó los oídos como Luis Figo la noche que el Camp Nou le reventó los tímpanos al grito de ‘Judas’. Entonces, la sensibilidad con la homofobia y el racismo no era la misma: los ultras también se zurraban entre ellos y las aficiones más animosas nunca se cansaban de hacer vudú verbal a determinados jugadores. Por ejemplo, Mijatovic, ídolo de Mestalla que encendió a toda Valencia cuando pasó a ser proscrito. En cambio, Eto’o casi se larga antes de tiempo de un Zaragoza-Barça porque se cansó que parte de La Romareda le cantara “yo soy aquel negrito del África tropical…”. A Míchel no le gritaron ‘negro’ pero su tocamiento de genitales a Valderrama se hizo demasiado famoso en Primera División. Y, como ahora, también Liga y Federación se reunían a todas horas para fingir intolerancia. Presumían con los brazos cruzados mientras la UEFA se hinchaba a multar a diestro y siniestro por emular gritos simiescos o, simplemente, llamar stupid a alguien.

La Liga, o sea Javier Tebas, ha decidido denunciar al Madrid porque varios seguidores cantaron desde la grada “Messi subnormal”. No hace demasiado tiempo el viejo Atocha recibía al Real Madrid con todo el ‘cariño’ del mundo, cuando los equipos visitantes saltaban al campo en fila de a uno. Así se empezaban a calentar los partidos. Y el encargo no sólo partía de las aficiones más radicales. El Bayern de Munich, en concreto Effenberg y Oliver Kahn, provocó la ira de varios anfiteatros del coliseo blanco durante aquellas guerras europeas entre madridistas y bávaros. Y en los derbis sevillanos, el cruce de ‘piropos’ juraba odios y muertes. “La salsa del fútbol”, solían decir muchos directivos como coartada para suavizar cualquier investigación que propusiera el Comité Antiviolencia. Quién no recuerda aquella pancarta gigante en Anoeta que rezaba ‘Atlético, Gil y Bastión, asesinos’ en respuesta al asesinato del aficionado donostiarra, Aitor Zabaleta. En aquel partido Jesús Gil no estuvo presente pero sí su vicepresidente Lázaro Albarracín, que fue advertido de la pancarta una vez empezado el juego. Antiviolencia propuso una multa a la Real y la sanción económica fue irrisoria. Quizá esta semana, con los nervios a flor de piel, las denuncias por insultos habrían empapelado toda la fachada de un estadio. El efecto acción-reacción ya se ha producido: la LFP denunciará al Madrid por los gritos contra Messi y  el propio club ha localizado y expulsado a los que motivaron los cánticos.

Tebas necesitaba extirpar el cáncer y ha abierto al enfermo en canal. El baremo es muy sencillo: cualquier agresión verbal será punible. Y a la espera de que los jefes del tinglado organicen el enésimo cónclave, supongo que la próxima reunión servirá para crear el código de conducta. Habrá demasiada letra pequeña, porque hay tribuneros sobreexcitados desde el pitido inicial y otros más tranquilos que, de vez en cuando, pierden la compostura soltando ‘burros’; ¿también las caerá un paquete? Habría que preguntar a la afición del Cádiz hasta dónde puede llegar su guasa porque, con su habitual gracejo, cantaron a David Beckham en 2003 un desternillante ‘feo, feo’. Estos días, en pleno clima marcial, el Madrid ha actuado rápido en aras del compromiso contra los aguafiestas del fútbol. Pero no olvidemos que fue Joan Laporta quien conquistó la presidencia del Barça prometiendo cargarse a los Boixos Nois. Dicho y hecho. Ni siquiera las amenazas de muerte amedrentaron al ex presidente. Les invito a ver en youtube las imágenes de los incidentes de las bengalas de los Boixos en el derbi catalán de Montjuic de 2008; la cara de Laporta era todo un poema y sus palabras a Dani Sánchez Llibre (en catalán) no tuvieron desperdicio mientras las bengalas caían como proyectiles desde la grada superior: “Por esto me he cargado a esta gentuza”.

Barça, como el resto de los mortales

Lunes, 1 Diciembre 2014

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“Ganamos como el resto de los mortales”. No es un comentario soberbio, sino la reflexión medio en broma medio en serio de una leyenda del barcelonismo. Ahora comenta en Bein Sport y, como el Barça actual, también sufrió un “bajonazo” de estilo: del primer toque de Cruyff a golear por lo civil o lo criminal con Bobby Robson. Esta voz autorizada en Can Barça cuenta que el Camp Nou les llegó a pitar instantes después de que marcaran el sexto gol al Valladolid en un partido liguero. El Barcelona de Luis Enrique sigue siendo un niño probeta experimentado partido a partido; y sí, ahora gana como el resto, remangándose la camiseta en el fango. El 0-1 de Mestalla es de los resultados imprescindibles en su videoteca si el Barça acaba ganando la Liga finalmente. En un combate de boxeo, habría ganado con un directo decisivo a la lona, pero a los puntos habría perdido porque el Valencia no mereció ese sopapo en el último suspiro. Marcelino, entrenador del Villarreal, se quejó hace unos días que estaba “hasta los cojones de jugar bien y perder”; Nuno no fue tan gráfico pero pensó lo mismo cuando Busquets ejecutó a Diego Alves después de una parada con la cara made in David Barrufet.

Casualidades de la televisión (o no), Cuatro emitió a la misma hora del Valencia-Barça una entrevista en profundidad con Cruyff en  la que repasó su vida con anécdotas, unas conocidas y otras inesperadas. Preguntado por una visión simplona del fútbol, el holandés respondió sin vacilar: “En un partido sólo hay un balón, y si lo tengo yo, mando yo”. Luis Enrique no comparte esa idea de que la mejor manera de defender es tener la pelota; sus partidos de alta alcurnia tienen pinta de ser carruseles de ida y vuelta en los que Claudio Bravo tiene mucho que decir. Sucedió en Paris donde jugó y cantó Ter Stegen, en el Bernabéu y, por supuesto, ante un Valencia preparado para una nueva instrucción en Europa. Y eso que la alineación del asturiano chirrió cuando el club anunció a Busquets y Mascherano en el centro del campo. Demasiado hormigón para un estilo afiligranado de pases rápidos y milimetrados. Guardiola fió su éxito al método de escuadra y cartabón de Xavi Hernández; ahora tiende más al típico Madrid (no éste) que gana pegando más duro. Del ‘’flota como una mariposa y pica como una abeja’ de Muhammad Alí al puñetazo seco de George Foreman.

De momento Luis Enrique necesita llenar el saco de goles y aguantar los palos del estilo. Con Messi reactivado y Luis Suárez olfateando el área, sólo le falta cuadrar el sudoku, el asunto más difícil. Hasta que lo consiga, las comparaciones seguirán siendo odiosas. Y más, con un Madrid en plan avasallador que no perdona ni una y va directo contra el récord de Frank Rijkaard. Dieciocho victorias son palabras mayores, pero aquel Barça las hizo fáciles sacudiendo a cualquier rival con un máster acelerado de fútbol estético impartido por el gran Ronaldinho, cuyo ímpetu fiestero le privó de ganar un puñado de Balones de Oro. Entonces era un Barça que levitaba sobre el césped, aunque tampoco es la idea que ansía Luis Enrique; él nunca echaría la bronca que Guardiola le pegó a Schweinsteiger por disparar fuera del área antes de intentar meterse con el balón hasta la cocina. Cuestión de estilos, pensará el asturiano; falta de tacto, dirá Cruyff. 

Luis Suárez, el monstruo de Kevin Keegan

Mircoles, 29 Octubre 2014

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Diego Torres publicó en El País el sábado pasado que varios directivos de la planta noble del Bernabéu disuadieron a Florentino Pérez de fichar a Luis Suárez en verano. “Un delantero de ochenta millones no sólo tiene que marcar goles”, comentaron los ejecutivos, según el periodista. Daban a entender que el club necesitaba a Benzema o una versión aproximada del francés, lejos del típico delantero como Falcao, que remata hasta un microondas desde el punto de penalti. Y de repente y por caprichos del calendario (o no), Luis Suárez reapareció en Madrid sin presumir de su instinto depredador, pero con maneras de ‘diez’. Comenzó en la banda derecha y desde allí soltó un pase preciso a Neymar para el 0-1. Se movió de afuera hacia adentro intentando desubicar a Pepe y Sergio Ramos; dialogó con Messi para anticiparle sus cambios permanentes sobre el tapete y demostró que retiene la delicatessen en quiebros con y sin balón. Pero evidenció que el físico todavía le traiciona, aunque se remangara para responsabilizarse de ese ‘trabajo sucio’ que tan poco gusta a los delanteros estrella.

La lectura amable del clásico para el Barça es que ya dispone de un ‘nueve’, que puede ejercer de falso, centro o al estilo Benzema. Le vale cualquier especialidad. Y, desde luego, a la vera del samaritano Messi, el uruguayo se va a mover como pez en el agua con la misma soltura que lo hacía en la pecera de Anfield. En apenas media hora telegrafió fútbol de alta velocidad, tanta que a veces ni siquiera Iniesta y Messi tenían tiempo para captar la jugada. La gente esperaba su pegada, la voracidad de Liverpool; no en vano, es el número principal de sus funciones.  Pero Suárez obsequió al mundo con un repertorio que va más allá del pim, pam, pum. A Luis Enrique no le pilló de sorpresa porque fue él, personalmente, quien detalló al presidente Bartomeu y Zubizarreta todo el manual de instrucciones que conlleva tener al delantero, y que no sólo consiste en perforar porterías.

“El público de Barcelona se va a divertir. No saben de qué es capaz el monstruo”. Sí, el mítico Kevin Keegan no engaña a nadie delante de las cámaras de la BBC: escupe la palabra monster para aludir a Luis Suárez. Sobre futbolistas multiusos, ‘Super Ratón’ Keegan es una voz autorizada: entre sus diabluras de extremo derecho y delantero centro se sacó dos Balones de Oro. Tal cual. Keegan, como Suárez, triunfó en la Premier alejado del estereotipo de imparable tanqueta goleadora. En su época, ese rol correspondió a John Benjamin Toshack. Por eso, los regates del uruguayo son una vintage de aquellas fintas del gran ariete de los setenta. Keegan cambió la idea simplona y folclórica de los inventores del fútbol, mientras que Luis Suárez no ambiciona tanto: si acaso, un recuerdo como el de Hristo Stoichkov, de quien le han dicho en Barcelona que puede aspirar a lo mismo: un Balón de Oro. Aunque no esté en la próxima edición porque la FIFA haya castigado el mordisco hasta límites insospechados. Peor para el espectáculo, se pierden al monster.

El juego del Stratego

Domingo, 26 Octubre 2014

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La última vez que el Bernabéu coreó ‘olés’ en un clásico el Madrid había ganado la Liga más fácil de los últimos tiempos ante un Barça desintegrado, que cumplió con resignación el tradicional pasillo al campeón. Fue el último derbi de Frank Rijkaard, quizá el más humillante de toda su era. Es lo que pensaron Eto’o, Ronaldinho y Deco, que ni siquiera viajaron a Madrid a presentar sus respetos. Quien sí aplaudió a cada futbolista blanco, colocado a un lado del pasillo, fue Leo Messi, entonces un pipiolo que ya advertía un futuro descomunal. Aquella goleada también fue el último gran clásico de Raúl González, que ayer cogió un avión desde Qatar para recibir en su estadio otro baño de masas. Seguro que ni el propio Raúl habría imaginado a un Madrid tan descarado con el balón y osado para pagarle al Barça con su misma moneda. La batalla de estilos fue demoledora porque Ancelotti demostró al Bernabéu que su equipo maneja todas las velocidades, aunque Xavi Hernández no quiera reconocerlo públicamente: reposa la pelota cuando necesitan un respiro y sale en estampida para pegar directos como Tyson. Este Madrid lo tiene todo y la presunta grave baja de Di María la están subsanando James e Isco corriendo de arriba a abajo a pecho descubierto.

Ni siquiera el tempranero gol de Neymar desquició a los blancos. Al contrario, espabilaron con el sopapo del brasileño y da la sensación que ese grado de masoquismo sigue sobreexcitando al Madrid. Pasan las temporadas pero el gigante anestesiado reacciona furibundo a la mínima que le incordian. Casi habría sido más oportuno para el Barça tantear el resultado hasta los momentos decisivos. Pero ni en esas habría aparecido Messi, el gran ausente del clásico; en un puñado de minutos Luis Suárez demostró estar más enchufado que ninguno de sus compañeros. Parecía que se movía con una pila duracell de un lado a otro con el fin de que Messi le pusiera un balón para engatillar a Casillas. “La clave ha sido la parada a Messi”, dijo un Piqué fallón en Canal Plus a pie de campo. Bajo esa lupa de mil lentes que le observan cada partido, el capitán volvió a encontrarse a sí mismo, primero con una parada imposible ante el argentino y, segundo, volando para despejar un misil tierra aire de Mathieu. Aquellos silbidos del derbi madrileño fueron reprimidos anoche con ese ‘¡Iker, Iker!’ que tantas ganas de desempolvar tenía la mayoría del estadio. Lástima que aún haya sectores cafres que juren odio eterno.

Cristiano Ronaldo se cabreó con razón en la zona mixta de Anfield: no era un duelo contra Messi, sino un Madrid-Barça. Y se cumplió literal. Ninguno de los dos salió como un coloso del clásico; fueron los actores de reparto quienes decidieron el resultado. Por delante de todos, monsieur Karim Benzema, al que nadie se atreverá a soltarse eso de ‘empané’. Ancelotti dio en el clavo: “Benzema no necesita marcar muchos goles”. Cierto, para eso está CR7. En este equipo, el ‘nueve’ tiene que saber hacer de ‘nueve’, ‘diez’ y cualquier número próximo. Ésa es la esencia del delantero francés porque participa en cada jugada y, sólo de vez en cuando, pisa el punto de área para poner la guinda del pastel. Si el Madrid jugara con el típico delantero centro, su estilo se haría demasiado telegráfico. Por eso, ni Falcao, ni Luis Suárez, el más apto para este equipo es  Benzema, que además sabe disparar, ¡qué cosas!

El primer gran examen del año se lo llevó el Madrid porque estudió más y mejor que el Barça. Como en el juego del Stratego, Ancelotti supo colocar más soldados que Luis Enrique en cada palmo del campo. La batalla del centro del campo fue decisiva porque el eje blanco no sólo consistía en Kroos-Modric-Isco; eran ellos más James y a veces Benzema. En cambio, el tridente Busquets-Xavi-Iniesta evidenció que es una reliquia del pasado ‘guardiolista’. ¿Qué había hecho mal Rakitic para chupar banquillo? Absolutamente nada. Y mientras Busquets no esté fino y a Iniesta le cueste sacar conejos de la chistera, Rakitic se antoja imprescindible para no sufrir migrañas. A la espera de que el nuevo Barcelona se aclare, el madridismo puede leer con placer los periódicos de hoy: seis años después, su equipo volvió a aplastar al eterno rival jugando al fútbol. Simple de decir y complicadísimo de hacer si a un entrenador le ciega la tozudez. No es el caso de Carletto.

Xavi, Giggs…mitos que se sacrifican

Lunes, 29 Septiembre 2014

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Ryan Giggs pidió consejo a Sir Alex Ferguson sobre una oferta millonaria de Estados Unidos. El Cosmos de Nueva York quería relanzar la fama que le dio Pelé en la década de los setenta y propuso a Giggs, de entonces 36 años, finiquitar su carrera en una liga de fogueo. En el verano de 2010 Giggs ya no era titular indiscutible para Ferguson, pero seguía ejerciendo de consejero espiritual en el vestuario de Old Trafford. “Eres como un mito en este club y la decisión es tuya. Pero si te quedas, seguirás siendo referente”; ésa fue la respuesta textual del técnico escocés, según el Daily Mail.  Giggs ya era todo un veterano de guerra y su frescura no era la misma que la del pipiolo que reclutó Fergie para su bautismo de fuego contra el Everton en marzo de 1991. Aceptara o no la oferta del Cosmos, la afición le seguiría rindiendo pleitesía por sus casi veinte años de incombustible servicio. Su competidor natural, el coreano Park, tenía más velocidad y, sobre todo, rapidez de piernas en aquel inolvidable zigzag que patentó Giggs en la banda de Old Trafford; sin embargo, Ferguson apostilló su charla con el galés  (siempre según el Mail) recordándole que “cerebros como el suyo no los tenía en la plantilla”.

Nunca hemos sabido si aquella conversación motivó a Giggs para seguir renovando año a año con el club de sus amores. Lo que sí comprobó todo el mundo fue la conversión del extremo galés en centrocampista organizador: velocidad por cerebro, la nueva virtud del casi cuarentón. Xavi Hernández ha reconocido delante del micrófono que le bastó una conversación con Luis Enrique para pensárselo dos veces. Catar le había  seducido con petrodólares y Estados Unidos con una liga de genios medio retirados. Incluso, él había mandado sms a su gente anunciando su despedida, pero ofertas insuficientes o la persuasión definitiva de Luis Enrique le retuvieron en Can Barça. En una entrevista reciente con Fiebre Maldini, Xavi reconoció que su nuevo entrenador le da el mismo feeling que Guardiola al principio de su primer año. Callado sin armar follón, Xavi siente que su segunda juventud pasa por competir tanto como decida el técnico. Esta temporada no sentirá las piernas pesadas como si arrastrara grilletes ni se le nublarán las ideas porque, a priori, va a jugar con cuentagotas. De momento, el mito calienta banquillo sin rechistar y, por eso, el barcelonismo le aplaude su sacrificio a la mínima que Luis Enrique le ha colocado en el expositor.

El Barça echó de menos a Xavi en Málaga a pesar de la tozudez de Luis Enrique, del que huelga decir que morirá con sus ideas. Y ese mismo equipo bailó al Granada al son del que ha sido (y lo será por décadas) mejor centrocampista de nuestra historia. Quizá vuelva al banquillo en Paris para ejercer de revulsivo o como mera comparsa, pero el lujo de tenerle en la banda esperando rascar minutos como cualquier canterano se sale del estereotipo de estrella mimada. Bien por Xavi, al que algunos seguidores de ‘La Roja’ le tomen ya por una reliquia. Juegue o no, el cerebro del gran Barça sigue maquinando jugadas por amor propio o al servicio de su majestad: el Barça, su club. “Jugar otra vez noventa minutos. Me quedo con eso”, parece que el capitán se exige a sí mismo muy poco: error. Es el punto de partida de una leyenda reciclada que pelea a contrarreloj contra el mismísimo tiempo. Y al igual que la afición del Manchester United, la azulgrana también entiende de mitos que se sacrifican y no sacrificados con permanentes juicios públicos. Pero eso es otra historia.

Una bendita decisión

Jueves, 11 Septiembre 2014

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Diciembre de 1994. Míchel se rompe los ligamentos en Anoeta y al entonces técnico merengue, Jorge Valdano, se le desmonta el puzle táctico. El equipo se queda el resto de la temporada sin los centros del mítico ‘8’ y al presidente, Ramón Mendoza, le entra el enésimo tembleque: sabe que otra Liga más sin premio pondría demasiado nervioso al madridismo. La solución de cajón es cubrir el puesto de Míchel con Rafa Vázquez y el de éste en la izquierda con Amavisca; moviendo estas piezas, la ecuación acabaría con un novato llamado Raúl González Blanco en la delantera junto a Zamorano. Sin embargo, Mendoza fichó a Valdano para aplacar al Dream Team de Cruyff con dosis de buen juego (al menos, más divertido que el estilo lento y telegrafiado de Benito Floro) y, sobre todo, tomar decisiones arriesgadas. Cuatro días después, el entrenador activa el primer plan pos Míchel en el Bernabéu contra el desconocido Odense danés.

El Bernabéu se impacienta porque el Madrid no es capaz de matar la eliminatoria contra un equipo plagado de futbolistas semiprofesionales con oficios de mecánicos y panaderos. Martín Vázquez apenas desdobla por la banda derecha y la grada sospecha que la lesión de Míchel ha maldecido la banda derecha. De repente, un error de Alkorta; a continuación, otro de Nando y el Odense revienta todas las quinielas imaginables. Las reacciones pasionales de Mendoza eran bien conocidas en el mundillo: la prensa empieza a barruntar una posible destitución de Valdano. El Madrid es líder en la Liga empatado a puntos con Deportivo y Zaragoza, pero en el vestuario cala la honda sensación de que la sombra de Míchel es demasiado alargada. Esa misma semana el Madrid vence a un insípido Oviedo pero Martín Vázquez tampoco cuaja. Días después, Valdano habla con Luis Enrique a solas durante un entrenamiento sin aclarar en público el contenido de la conversación. Y el argentino, consciente de que la siguiente alineación contra el Valladolid es la comidilla de los reporteros en la vieja Ciudad Deportiva, prefiere no ensayar con el once titular.

El Madrid viaja a Zorrilla y los periódicos colocan en sus previas a Martín Vázquez en la banda maldita. Es entonces cuando el equipo salta al césped y Luis Enrique se aproxima a la línea de cal…¡de la derecha! Sorpresa a la vista: de lateral izquierdo a extremo derecho. Luis Enrique coge un balón, sortea a un defensa y 0-1. El asturiano desangra a la zaga vallisoletana todo el partido y la herida acaba con un contundente 0-5. Exactamente el mismo resultado que en el clásico del Bernabéu posterior a Navidades. Preguntado en rueda de prensa en pleno fervor por la manita conseguida, Valdano justifica la elección de Luis Enrique como una “bendita decisión. Casi lo mejor que hemos hecho desde que llegamos al club”.

Sami Khedira ha trastocado los planes de Ancelotti hasta un límite insospechado. El que marca la fatalidad de haber perdido a Xabi Alonso en un pispás; de volver a ver a Khedira postrado en una camilla y, sobre todo, de sospechar de Illarramendi, todavía hecho un flan para partidos de alta alcurnia como el derbi del sábado. Durante estos días han salido alternativas estrambóticas: Varane en una especie de ‘trivote’, Bale en el centro del campo con Modric y Kroos…todo un mar de dudas que convierten a la que hace dos semanas era la plantilla más compensada de la historia en un once dibujado con mil garabatos. En estos momentos el técnico blanco todavía estará meditando su decisión bendita. La lógica apunta a Illarramendi, el miedo a Varane y el riesgo a Bale. Valdano también se devanó los sesos y acabó acertando con la suya. 

La imagen

Jueves, 4 Septiembre 2014

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A Juan José Millás le gusta desentrañar el lado oculto de las cosas escudriñando fotografías en El País Semanal.  Con su pluma ácida, intenta (o no) convencer al lector de cuál sería, a su modo, un mundo mejor. Por eso, en homenaje a su estilo a veces irónico y siempre agresivo, la imagen del selecto cónclave de entrenadores reunido en Nyon esta semana delata por sí mismo a cada personaje. Al más enrollado se le detecta a la legua: Jurgen Klopp nunca oculta esa sonrisa picarona de Joker, medio sarcástica medio vacilona. Disfruta del balón desde la banda del Westfalenstadion tanto como lo hacía con la pizarra magnética de la televisión alemana explicando tácticas que ningún telespectador veía en el Mundial de Sudáfrica. Debajo de él se sienta el padrino del tinglado, Sir Alex Ferguson, que seguirá acudiendo a estas reuniones para justificar su jubilación. Quizá Klopp se pregunte por qué no fue el elegido para el banquillo con más solera de Europa, aunque es más probable (sólo por la rumorología mentirosa del mercado) que mire de reojo al novato que está pegado a Guardiola.

Klopp sonó en las quinielas del Barça, que no de Zubizarreta, pero Luis Enrique es un tipo de la casa, no de La Masía sino proscrito del madridismo. Su resquemor hacia la falta de palabra de Lorenzo Sanz le ayudó a amar rápido a su nuevo club; era de cajón que tarde o temprano lo acabaría entrenando. Y como buen conocedor de la idiosincrasia culé, debía rendir pleitesía al tótem 2.0 de Can Barça; el indiscutible es Cruyff, por supuesto. Luis Enrique se acaba de sentar en la mesa de los aristócratas, aunque deja caer por sus zapatillas que su estereotipo runner y triatleta nada tiene que ver con las siluetas ensanchadas de colegas como Ancelotti o Rafa Benítez. Como los grandes generales norteamericanos, Carletto y Mister Rafa apenas tienen espacio en la solapa para más medallas; han pisado los estadios de toda Europa y el gremio les habla desde un respeto reverencial. Pueden hablar de vinos gran reserva porque ellos los han creado; Luis Enrique, en cambio, todavía no ha pasado la fase de la vendimia. Por lo visto, Herr Pep le ha servido de consigliere. Sigue siendo único y genuino por su éxito meteórico y esas ideas vanguardistas que otros de la foto aún no entienden. Descubrir una conversación táctica entre Guardiola y los otros invitados sería digno del Pulitzer; no obstante, lean Herr Pep (de ahí el apodo) de Martí Perarnau y entenderán su obsesión tremebunda por el estilo.

Míchel también es de los últimos invitados y por eso se coloca en un extremo, para no molestar. Conociéndole, seguro que ha ido más de oyente que de ponente. Emigró a Atenas para encontrar el reconocimiento que le negó España y cada año construye un Olympiacos nuevo con un puñado de euros. Su meta se parece a la original de Simeone, el gran ausente: incordiar a las grandes moles de Europa como una mosca cojonera. Y cuanto más dé la vara en la Champions, mayor será el botín en un banquillo futuro. En el otro extremo, un zorro viejo en este foro. Wenger prefiere aproximarse a Guardiola que a Ancelotti porque lo suyo es mimar el balón hasta descoserlo y fabricar promesas en cadena. El fútbol base es la génesis del Arsenal y, por eso, no habrá perdido la ocasión de susurrar a Platini que más cantera y menos cartera (a pesar de que los gunners presuman de talonario).

Unai Emery tiene pinta de vendedor en la foto; de vendedor de ideas, precisamente. Su gesto es el de un tipo agradecido por la invitación para que le tomen en serio. Y aunque la Europa League no es ninguna broma, los jerifaltes sólo piensan en  modo Champions. Emery huele a revelación, como lo fue André Villas-Boas en el Oporto. No obstante, al ex amigo de Mourinho le quedó demasiado grande el Chelsea y ésa es la sensación que planea sobre Emery. Revelación también lo fue Manuel Pellegrini cuando Riquelme estuvo a punto de meter al Villarreal en la final de las finales. Su carácter discreto le aleja de las bullas, de ahí que no lo moleste en la pose. Quizá si respondiera a la permanente guerra dialéctica de Mourinho, los periodistas ávidos de morbo dejarían de llamarle el ingeniero de caminos.