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El show de Truman

Jueves, 28 Enero 2016

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El Real Madrid quiso fichar a Leo Messi hasta en tres ocasiones. Lo desveló anoche El Partido de las 12 en plena efervescencia del ¿caso? Neymar. Noticias del pasado cuyo morbo nunca caduca. En los cenáculos madridistas siempre se ha comentado que el Florentino Pérez le dijo a Cristiano Ronaldo en su despacho que si estaba “triste” (¿recuerdan?) y quería irse, pusiera el dinero en tesorería para traer a D10S. Leyendas quizá no tan ficticias. El mejor jugador del mundo nunca deslizó una mirada cómplice al Madrid; una negativa tan tajante que reafirma su compromiso con el Barça. El de Neymar espera su fumata blanca, pero no merengue. La estrategia de Wagner Ribeiro, agente del futbolista, huele a guión de Alfred Hitchcock: enciende el ventilador, esparce el estiércol, no niega la mayor y espera que el Barça acepte un buen estacazo por la renovación. El entorno del brasileño negocia el futuro del próximo Balón de Oro y con ese caché comenzaron las gestiones. En la planta noble del Bernabéu disfrutan con palomitas los cuentos asombrosos de Spielberg y el miedo que pueda provocar la sombra alargada de Luis Figo. Y entre la guardia pretoriana de Pérez nunca dirán de Neymar otro never, never, never. Y menos cuando creía tenerlo atado en Brasil con reconocimiento médico incluido meses antes de dar el sí quiero a Sandro Rosell.

Y mientras Neymar calla, esperando firmar un cheque en blanco en Can Barça, la página web del Madrid no publicará comunicados oficiales hasta que Cristiano Ronaldo reaccione. Un golpe de billar a tres bandas donde Ribeiro simpatiza con Florentino desde el fichaje de Robinho y pretende hurgar en la tesorería culé. Si fuese por el representante, Neymar sería blanco; si fuera por el padre de Neymar, su hijo sería blanco; pero los jugadores casi siempre acaban donde quieran, excepto Falcao. Tratándose de intermediarios brasileños, las partidos de póker suelen alargarse demasiado por faroles que no van a ninguna parte. El mejor ejemplo sigue siendo Roberto de Assis, hermano y agente de Ronaldinho, quien en el verano 2012 convenció a tres clubes diferentes para fichar a Dinho. Y al igual que el ex azulgrana en el Camp Nou, Roberto sacó la magia y tuvo engañados a dos clubes que creían haber fichado al crack. El tercero en discordia fue el Atlético Mineiro, que realmente le contrató.

Entre el Real Madrid y Neymar no hay contacto, ni por vía oficial ni de barra de bar. Porque antes de acometer la macro operación de la historia, 190 millones + I.V.A (no se olviden), Cristiano tiene que ser declarado transferible y ceder todos los honores al brasileño. Primer problema. El segundo tiene origen galés, también está en el club de los tres dígitos y oposita para ser la Isabel Preysler de la jet set.  Sólo hay una, como sólo un líder en el Madrid. Un despilfarro de tales proporciones obligaría al club blanco a montar un Show de Truman en torno a Neymar. Él sería el protagonista permanente de la taquicárdica actualidad blanca, desde que se cepilla los dientes por la mañana hasta que se pone las pantunflas y el pijama. Pagar por O’ Rei Neymar a toca teja el presupuesto entero del Atlético de Madrid no suena a bendita locura; servidor sí lo habría hecho, si los tuviese, por aquel Ronaldo Nazario que se salió del firmamento en el Barça de Bobby Robson. Pero es sólo una opinión. Neymar ha madurado en el Barça y no cometerá alta traición. Eligió jugar allí y allí ganará su Balón de Oro. O no.

Pintando Giocondas

Domingo, 20 Diciembre 2015

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“La última Gioconda la pintó Guardiola”. César Menotti atajó de golpe el creciente debate de barra de bar insinuado desde Barcelona. ¿Pep o Luis Enrique? Los títulos casi les dan empate técnico (el Athletic lo desigualó con la última Supercopa), pero el fútbol atrinchera a los puristas (menottistas, y bielsistas son los maestros filósofos) contra el ataque directo, sin delicatessen (en el Bernabeu mourinhistas, en el Calderón cholistas…). Luis Enrique es una versión híbrida apta para ambas tendencias: sin ensayar el baile de salón con el que el Barça maniató al Santos de Neymar en 2011, su secuela no está obsesionada con empujar el balón en el área pequeña. Al contrario, se esfuerza tanto en el contraataque como en combinaciones escurridizas al primer toque. ”Cualquier atajo es perfecto para chutar a portería”, insisten desde el cuerpo técnico del asturiano. Julio Maldonado ‘Maldini’, que de dinastías futboleras sabe un rato (tiene toda la historia del fútbol digitalizada, TODA) cree que sólo una dupla ficticia formada por Messi y Ronaldo Nazario superaría a la MSN. Y siendo tan escrupuloso en sus análisis, la osadía de ‘Maldini’ quizá no sea tan exagerada.

Michael Schummacher acabó peleando contra su leyenda en Ferrari; a Roger Federer le pesó tanto la hegemonía, que llegó un momento en el que no ganar títulos suponía fracasar. Este Barça intenta superar su propia barrera del sonido y el primer reto, como dice José Mari Bakero, es romper la maldición de la Champions: desde el Milan total de Arrigo Sacchi, ningún club ha podido repetir dos Copas de Europa consecutivas (1989 y 1990). El villano más peligroso de los azulgranas es el Real Madrid más inconsistente de los últimos tiempos: de la Champions de Lisboa a subirse a la barca de Caronte en tiempo récord. Todo sucede a la velocidad de la luz en el Madrid, ése es el problema que nunca sufre un Barcelona que da tiempo a sus proyectos, moldeándolos según la ideología de Cruyff. Unos como alumnos aventajados (Guardiola) y otros un poco más díscolos (Luis Enrique). Sin embargo, la génesis prevalece y salvo excepciones forzadas y precipitadas como el ‘Tata’ Martino, la idea es ejecutar rivales con elegancia, como un fino esgrimista con florete. No a cañonazos en pleno ambiente discotequero, como suele ocurrir en el Bernabéu.

Messi, Neymar y Luis Suárez. Tres estrellas, tres amigos que suelen cenar en familia. Alves es el alma de las fiestas, tan querido por todos que su felicidad pesó demasiado para no largarse rajando; Piqué, el liante del grupo y tan amado entre sus huestes como odiado entre tantos otros con sentido común; Mascherano, ‘jefecito’ sobre el césped y en la calle. Son la pandilla de amigos que cualquier directivo querría. Sin guerras civiles, sin malos rollos. La última vez que hubo una colisión de egos en Can Barça, Eto’o y Ronaldinho se declararon el fuego cruzado y el proyecto de Rijkaard se resquebrajó para siempre. A Luis Enrique le salvó el puesto su vestuario porque entendió que con Messi no cabían broncas. Sus buenos y nuevos amigos, ‘Ney’ y Luis, se sienten su guardia pretoriana, saben quién es el D10S. Y como las armonías son perecederas, el Barça juega en una época para la posteridad. Como el Brasil del 70, como el Dream Team, como Pep.

 

 

La ilusión del Circo del Sol

Mircoles, 25 Noviembre 2015

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Disneyland en el Camp Nou. Del miedo de “sobrevivir hasta enero sin Messi”, este Barça se ha metido por méritos propios en la tertulia que más apetece al soci culé: ¿Rijkaard, Guardiola o Luis Enrique? A bote pronto, Pep pintó el perfeccionismo y el holandés una juerga continua que empezó y acabó Ronaldinho. El fútbol con Luis Enrique no escanea el campo palmo a palmo, ni marea el balón en versión delicatessen; el suyo también es de salón, pero con un toque más vertical. El que le pone Neymar y sus regates o ‘elásticas’ de Rivelino; el de las ráfagas eléctricas de Messi o el del martillo pilón de Luis Suarez, de oficio ejecutor. Tres fenómenos que salen al campo con la misma ilusión con la que llevarían a sus hijos al Circo del Sol; tres amigos que a menudo cenan en familia; y dos guardias pretorianos que saben cómo rendir pleitesía a su César. Es la gracia de un Barça programado en modo rodillo, “para divertirse atacando y defendiendo”, como dijo Rakitic anoche. Vino la Roma a morder el segundo puesto del grupo y en quince minutos quedó reducida a un guiñapo, un muñeco de pim, pam, pum. Y no porque bajara los brazos como el Real Madrid en el clásico, simplemente porque delante tenían al Djokovic del momento, que te barre por tierra, mar y aire. Ése es el Barça de Luis Enrique.

Si el fútbol son estados de ánimo (Valdano dixit), el Barça es campeón; si el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre gana Alemania, entonces el Barça es muy germano. Y como citó Renato Cesarini tan brillantemente (a él se le debe el concepto de ‘zona Cesarini), “el futbolista es como un caballo. Si uno lo monta bien, lo respeta y obedece. Pero si usted no sabe apretarle bien los tacos, lo bellaquea y por ahí lo tira”. El Barça ha aprendido a mimar su juego, primero acorazándose en retaguardia sin distracciones estrepitosas. Piqué ha sabido separar sus provocaciones del fútbol, Vermaelen acabará siendo el central por el que mató el incomprendido Zubizarreta, y Dani Alves, sin llegar a la explosividad de la era Guardiola, se irá motivando entre tanta euforia. Sin un coladero en la defensa, emerge el gran Busquets de siempre, al que le ha costado coger ritmo a la temporada. Albañil de vocación, a los puristas les da rabia que la FIFA no le haya elegido en el mejor once del año. Tipos como él, Makelele y próximamente Casemiro son imprescindibles para comerse marrones. Porque detrás del fútbol hay mucho trabajo sucio y pocos jugadores son los elegidos para pringarse en el barro. Que se lo pregunten al seleccionador alemán Joachim Löw, que reservó la titularidad al lesionado Khedira para el Mundial de Brasil. El resultado fue incuestionable.

El contraste entre institución y primer equipo es alucinante. El club afronta juicios, debe cuidar a estrellas imputadas y lidiar con los castigos de la FIFA. Sin embargo, el vestuario vive una realidad paralela reducida a una pelota y dos porterías. Son exageradamente buenos, pero sólo presumen en el campo; juegan a velocidad de crucero pero tienen un manual de emergencias, por si se repite otro drama de Anoeta de género apocalíptico. Y así es metafísicamente imposible que este Barça se empotre como el Madrid de Carlos Queiroz. Aquellos merengues también jugaban como los ángeles y en febrero se les regaló el triplete. Pero Luis Enrique no desgasta al mismo once partido a partido, y en enero recibirá a Arda y Aleix Vidal. Oro y mirra para el banquillo. Las expectativas son tan planetarias que da miedo. Y no es una hipérbole. 

‘Tú me completas’

Viernes, 20 Noviembre 2015

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“Messi no sería tan bueno sin Cristiano Ronaldo”. Ni Ayrtor Senna habría forjado su leyenda sin aquellos encarnizados duelos contra Alain Prost a trescientos kilómetros por hora. Como tampoco Sebastian Coe tendría eco mundial sin su duelo mediofondista con Steve Ovett. El inolvidable Mickey Goldmill abofeteó a su pupilo Rocky Balboa para decirle, a continuación, que nunca sería un verdadero campeón si no tumbaba a Apollo Creed. Un peso pesado del vestuario del Real Madrid suele comentar que, durante la época de Mourinho, las rabietas de Cristiano llegaban al extremo de tirar la servilleta al suelo en plena cena de concentración, con Messi haciendo diabluras por televisión en ese instante. Su rivalidad no le permitía distracciones, porque si su némesis se marcaba un hat trick, el portugués se exigía a sí mismo otro saco de goles. Por orgullo propio o espacio en las portadas, quizá ambas. Xavi Hernández es la CPU del fútbol: administra datos y los interpreta. Siempre hay que escucharle. Y cuando dice que “Messi no sería tan bueno sin CR7”, le añade la dosis de épica que necesita ese duelo de pistoleros.

El último Balón de Oro inmortalizó el grito simiesco de Cristiano delante de un Messi ensimismado, preocupado por sus famosas arcadas y el bajonazo físico provocado por una lesión mal curada. El reto para D10S (entonces, no tanto) estaba en el horno. Muhammad Ali, denostado en Estados Unidos y con la licencia de boxea revocada,  encontró su Rumble in the jungle en el Zaire con 32 años. Enfrente, el mejor boxeador del momento, George Foreman, siete años más joven. La moraleja del combate fue que el veterano Ali volvió a subirse a un ring para retar al que más pegaba.Y ganó. Con Messi sucedió lo mismo esta temporada: del infierno al cielo, de la crisis casi apocalíptica de Anoeta a la final de Berlín para dejar claro que sólo había un numero uno. Y un numero dos, claro. Jorge Valdano dice que los estados de Madrid y Barça son cíclicos. Cuando uno sube, el otro baja. No hay pedestal suficiente para los dos. Es la esencia de Cristiano y Messi; cada uno se motiva a costa del otro. El portugués no esconde que juega para ser el mejor del mundo, y así se lo cree; Messi nunca deja titulares tan ególatras, pero siempre tiene a CR7 en la recámara. Al fin y al cabo, la posteridad discutirá si Messi fue mejor o no que Cristiano por títulos y récords pulverizados. Y ahí de momento va por delante.

Tú me completas, le dice el majestuoso Joker de Heath Ledger a Batman. Las comparaciones siempre odiosas y que tanto nutren al periodismo, han colapsado las tertulias televisivas y radiofónicas, las charlas de barra de bar. Nadie habla de Messi sin mentar a Cristiano y viceversa. Y si, de repente, el hijo del madridista es fan confeso del archienemigo de su padre, la trama vale para una película. O dos, porque salió la de Messi, sin Messi, y poco tiempo después Cristiano, con Cristiano de superestrella. Dos rodajes diferentes para dos caracteres diferentes. Porque al público le gusta que Cristiano sea chulo y soberbio; de lo contrario, sería un CR7 de pega. Igual que ese Messi que apenas habla para el cuello de su camisa, revienta partidos a su antojo con un descaro que no se recordaba desde Maradona. Pero uno siempre con el otro.  

 

Messi: “Quién soy yo para felicitar a Maradona”

Domingo, 13 Septiembre 2015

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Fue un 30 de octubre, cumpleaños de Diego Armando Maradona. El Barça había jugado ese fin de semana y Leo Messi todavía no era titular en el once de Frank Rijkaard. En la entrevista posterior en Barça TV le preguntaron si había felicitado al ‘Pelusa’ y su respuesta titubeante, al cuello de su camiseta, fue: “No, me da vergüenza”. Los periodistas del canal azulgrana se rieron por la timidez de un juvenil al que los focos de las cámaras le intimidaban. Su cara tradujo lo que nunca se atrevió a decir: “Quién soy yo para felicitar a Maradona por su cumpleaños”. Ni su padre, Jorge, ni Josep María Minguella, responsable de traerle desde Rosario a La Masía, habrían inventado una película de Spielberg en la que Messi llegara a ser el epicentro del fanatismo argentino. Y con el mismo ruido mediático y popular que Maradona. Uno es el mítico 10 que detuvo el mundo durante los 10 segundos más bestiales que recuerda la historia de los mundiales, y él es D10S en el cielo y en la tierra. Cada día más arriba que abajo.

“Lo sabemos tú, yo y el vecino: Messi es el mejor del mundo”. Ivan Rakitic tardó media temporada en hincar la rodilla ante la evidencia. Quizá demasiado tiempo si aún tenía sospechas. Saltó al césped del Vicente Calderón andando, relajado tras la emoción de su segunda paternidad. Su socio Neymar había hecho justicia a las intenciones del Barça; sólo faltaba un último chispazo eléctrico. Poco importa que Messi esté cansado o que no haya entrenado, las aguas se abren a su paso y, en su caso, no suena a hipérbole. Con Messi las crónicas apenas cambian, si acaso habría que pedirle a Valdano otra patente verbal como con ese “futbolista de dibujos animados” llamado Romario o “la manada de búfalos” que provocaba Ronaldo, que no Cristiano. Precisamente, el portugués del Real Madrid también subió a la estratosfera con cinco goles que trituran las estadísticas históricas del club. Es una guerra de dos mundos, el suyo y el de Messi. El primero arrasó en Cornellá y el argentino nos recordó que al fútbol juegan diez y luego (o antes) está él. Sigue sin admitir comparación.

Messi pactó con Luis Enrique no jugar de inicio. Hábil maniobra del entrenador, que evitó otra crisis apocalíptica como la de Anoeta. Pero la clave de que no haya estallado ninguna pelea de egos en el vestuario la desveló Neymar en la entrevista a Canal Plus a pie de campo: “¿Cómo no voy a dejar a Messi que tire la falta?”. El brasileño, probable futuro Balón de Oro cuando Messi y CR7 dejen de rifárselos, asume el reinado de su compañero, igual que Luis Suárez. Y sea tirano o comprensivo, en Madrid dirán lo primero y en Barcelona lo segundo (nuestro queridísimo periodismo de dos caras), el Barça necesita a su D1OS. Es la razón por la que demasiada gente se preocupa por qué un depredador que supera a Raúl González en la mitad de partidos sólo ha ganado una liga y una Champions en seis años. 

El mejor es Messi; y el segundo, Messi lesionado

Jueves, 13 Agosto 2015

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“El mejor del mundo es Messi; y el segundo, Messi lesionado”. Sin trampa. Lo dijo Jorge Valdano en Mundo Deportivo durante la temporada del ‘Tata’ Martino, en la que D10S fue acribillado entre lesiones musculares y arcadas esofágicas. Todo se reducía a un bloqueo físico que le arrastraba por los campos sin reprís ni oxígeno para el ritual del zigzag explosivo. Necesitaba cambiar hábitos, empezando por los alimenticios. “La base de mi mejoría en la pista ha sido mi nueva dieta sin gluten”, confesó Novak Djokovic en una entrevista posterior a su victoria en Wimbledon del año pasado. El ‘Kun’ Agüero fue advertido por Javier Aguirre en el Atlético de Madrid que las pizzas y los litros de Coca-Cola acabarían con su prometedor carrera. El delantero del Manchester City, precisamente compañero de habitación de Messi en las concentraciones albicelestes, se tomó en serio la amenaza. Y la estrella azulgrana, amante de asados criollos y pizzas de queso, entendió que sólo la disciplina espartana en la mesa le podía devolver la jugada estratosférica del Getafe. El Messi anterior al Mundial de Brasil llegó a sospechar de sí mismo y el debate, por supuesto, llegó a la calle: ¿aceptar al nuevo Messi en un par de metros cuadrados y olvidarse para siempre de su fulminante centro gravitatorio? Su apatía en el césped no exigía un diván de psicoanálisis, sino una nutrición de élite que le facilitase el carburante necesario para recuperar la velocidad perdida. Su gol copero al Athletic esquivando un bosque de piernas ha dado la razón a Guliano Poser, el nutricionista que le ha dicho sí a la verdura, no a la pasta, sí a la fruta de temporada y no a la carnes de barbacoa.

Messi ha aprendido a dosificar su voltaje. Ya no es aquel canterano que desgastaba el pegamento de su bota izquierda para regatear hasta al utillero; ahora corre por el centro sin malgastar ni una de sus diminutas zancadas. Le sucede como al brasileño Ronaldo, que puso patas arriba al Camp Nou con una “estampida de búfalos” (Valdano dixit) que el fútbol no ha vuelto a presenciar, y años después reculó debido a esa rodilla reconstruida con un puñado de tornillos. El Ronaldo del Real Madrid esprintaba veinte o treinta metros, ya no engullía el campo de mitad hacia arriba. Le recomendaron que, aparte de los pies, jugara con la cabeza, y no sólo en sentido literal. Desde hace un tiempo, Messi es el mejor goleador y el mejor asistente. Un don tan descomunal podía valer para más cosas que perforar porterías. En el arte del regate no hay sucesor a la vista, y él mismo se ha postulado como un pasador de época. En corto o en largo, no importa cualquier balón que pone con visión 3D le mete en un debate sano en el que aparece por activa y por pasiva Michael Laudrup. Pongámonos en pie.

No admite comparación con nadie del presente. Ni siquiera Cristiano Ronaldo, que en ese ciclo de subidones y bajonazos, le toca sufrir en estos instantes. La Supercopa europea es un relleno más en su sala de trofeos que seguramente no desempolvará en la vida, pero ha dejado la enésima reverencia: Messi regatea, golea, asiste y lanza misiles inteligentes a balón parado. Su pegada no atraviesa las redes que arrancaba de cuajo Roberto Carlos, ni dibuja la trayectoria perfecta de Ronald Koeman y ni siquiera está tan envenenada como la de CR7. Sin embargo, algún misterio tiene su parábola de dentro afuera que despista a los porteros. Beto se tragó una y no vio la otra, y Courtois podrá excusarse ante una falta imposible que Messi le colocó con escuadra y cartabón en un Atlético-Barça. ¿Entonces por qué braman los argentinos contra un jugador? La respuesta la tiene Valdano: “Él solo carga a sus espaldas con la demanda entera de un país”. Y no es una hipérbole.

Kun Agüero, galáctico sin galaxia

Mircoles, 17 Junio 2015

“Es el mejor jugador en un metro cuadrado y punto. A Agüero no hay quien le gane cuando tiene que zafarse de dos o tres jugadores en un palmo de terreno, ni siquiera Messi, que necesita más recorrido para accionar sus prodigiosas quiebros”. La osadía del maestro Menotti fue repicada este miércoles por Olé, el diario deportivo con más solera de Argentina. Kun anestesió a Uruguay con un cabezazo versión Hugo Sánchez y, de paso, agitó el mercado europeo, tan huérfano de nombres galácticos este verano. Es el único nombre por el que pelearía media élite, entre ellos un Real Madrid sin una superestrella en la recámara. Sin embargo, ni Ferrán Soriano, CEO del Manchester City, ni Txiki Beguirstain, director deportivo, tendrán que obsesionarse este verano mirando sus teléfonos móviles cada cinco minutos: el blindaje que firmó el Kun hasta 2019 con su actual club le permite unas vacaciones relajadas, sin portadas de tabloides británicos apuntando al Bernabéu ni su nombre en boca de intermediarios tiburones que llaman a los clubes ofreciendo aire.

Agüero dejó de ser rebelde cuando acabó su pataleo en el Calderón. Fichó por el City seducido por un buen fajo de petrodólares y sin perder de vista la sección de chismorreos. Pero han pasado los años y Agüero no se ha movido; al contrario, es ídolo de masas en el Etihad (honor compartido con Yaya Touré) y brazo ejecutor de la ‘albiceleste’. Porque si Messi es medio Barça o casi entero, en Argentina no es tan estrella de Hollywood. El hincha argentino más pasional todavía no puede presumir de D10S; los culés sí le reverencian en los altares. Por eso y de repente, reaparece en la palestra Kun Agüero. “Cuando acabe la hegemonía de Messy y Cristiano, entraremos en los tiempos de Neymar y Agüero”, espetó Jorge Valdano en una entrevista a ESPN. Quizás los del ‘Kuncito’ llegan tarde porque sólo él y esa bola en los grilletes llena de pinchazos musculares saben cuánto tiempo podrá seguir regateando piernas en una cabina de teléfono. Como dice mi compañero Paul Tenorio, “fichar al Kun es como haber rechazado a Pamela Anderson en los 90 y decirle ahora que sí, que palante. O sea, mola…pero te perdiste lo mejor”.

Javier Aguirre defendió al Kun a capa y espada durante su pubertad rojiblanca…”Para vestir la camiseta del Atlético se necesita algo más que 18 años. He hablado con mucha gente que le entrenó en Argentina y da la sensación de que tiene posibilidades ilimitadas”. Ésa fue la respuesta del entonces entrenador rojiblanco al escepticismo de la prensa española, que no entendía por qué un fichaje de 23 millones de euros apenas jugaba un puñado de minutos cada domingo. El técnico mexicano ejerció de psicólogo con Agüero; no en vano, todavía era un adolescente al que su PVP le pesaba como una mancuerna de gimnasio. Aguirre no quería encontrarse con otro caso Robinho; es decir, un talento sin pulir con ínfulas ‘maradonianas’. Por eso, desde su llegada en el verano de 2006 el mejicano fue de cara con él y con su padre: “Kun puede aprender mucho de Fernando Torres. Le irá observando en los entrenos”. La causa común se intuía quimérica: hacer del chaval un gran futbolista y quizá, sin distracciones, engrandecer al Atlético. Precisamente, Aguirre fue testigo de la paciencia que exigía macerar a un adolescente que bebía litros de Coca-Cola, y engullía pizzas y hamburguesas como si fuera una hormigonera. Al final, el sacrificio tuvo su éxito: el entrenador colocó a Agüero en el paseo de las estrellas hollywoodiense. Ya se ha encargado él de darle brillo.

El Barça de Foreman…el Barça de Ali

Martes, 9 Junio 2015

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George Foreman fue invitado por el ex presidente del Barcelona, José Luis Núñez, al palco del Camp Nou en un derbi catalán de noviembre de 1992. El club había garantizado al ‘Gran George’ un espectáculo parecido a sus combates en el MGM de Las Vegas: nada más y nada menos que presenciar en formato televisión al Dream Team de Cruyff en su momento más sublime. El Barça goleó al Espanyol por 5-0 en su enésima versión del Circo del Sol, protagonizada desde el lanzador Ronald Koeman hasta el trapecista Hristo Stoitchkov y con actuaciones estelares de un malabarista llamado Pep Guardiola y la infinita creatividad del funambulista Michael Laudrup. Justo antes de abandonar el estadio, a Foreman le preguntaron si ese soccer que había aplaudido desde su butaca se asemejaba más al del ‘Bombardero de Tejas’ (es decir, el suyo) o a la técnica acuñada por Cassius Clay de flota como una mariposa y pica como una abeja.  La respuesta del legendario boxeador no fue tan contundente como sus directos: “cualquiera vale porque sólo jugaba un equipo”.

Gerard Piqué escupió en Berlín una palabra prohibida en el vademécum de La Masía: el regusto por el CONTRAATAQUE. El Barça descubrió en la final su génesis del triplete: la estética del billar en el primer gol a la Juve y la contra escurridiza para la anestesia total. Odiando las comparaciones, Guardiola murió en la noche del Chelsea sin traicionar sus principios: toque, retoque y sobar el balón hasta desgastar su cuero. Casi siempre le valió, casi. Había un plan incomparable, el problema fue que carecía de plan B. Al Barça de este Messi (la figura de Luis Enrique ni se asoma) nunca se le catalogará en la colección ‘davinciana’. Ahí Cruyff y Pep acaparan la estantería. El flamante tricampeón es una reminiscencia del gran Pep, pero dotado de una cuchilla tan afilada como el Madrid de Mourinho. Tiqui-taca y pim, pam, pum agitados en una coctelera. El resultado es un elixir made in Barça. Y como sucede con el secreto de la Coca Cola, el fútbol necesitará tiempo para reencontrar un equipo que haya arrasado como Atila. Lo acabó haciendo en una Liga regalada por el Real Madrid y en la Champions aniquilando a los campeones de las grandes Ligas.

Xavi Hernández confesó en una entrevista en El País Semanal de diciembre que “el pasado había que olvidarlo”. Fue su respuesta a las sospechas ensordecedoras sobre Luis Enrique. Su caducidad se iba a precipitar tanto como la del Tata Martino porque ni los resultados eran explosivos, ni la sintonía con el vestuario tenía el buen rollo de Ancelotti, Mister Carletto en los círculos privados de los futbolistas merengues. La bronca de Navidades entre Leo Messi y su técnico descompuso a la plantilla, incluidos todos los familiares que escucharon el reguero de insultos que ambos se cruzaron. Los ecos de la bronca y el Madrid de las 22 victorias intuían un futuro inmediato apocalíptico: un segundo año en blanco (con todo el retintín del mundo) habría devuelto al club a la época de los horrores de Gaspart. Fue entonces cuando Luis Enrique supo abrirse a su psicólogo de cabecera y escuchar al mismo vestuario que había intentado dirigir con mano de hierro o, más bien, de chatarra. Es decir, que Messi necesitaba cariño o, al menos, la paz de los hippies: centrarse en su mundo de la pelota sin nadie que le taladrase con órdenes incómodas. Y si al mejor jugador del mundo le apetece hace diabluras, todo lo demás puede esperar. Absolutamente todo. 

Messi, sin Maradona

Lunes, 1 Junio 2015

Maradona o Messi, la gran pregunta.

Charles Barkley, comentarista estrella de la televisión TNT en los partidos de la NBA, propuso la pasada semana el debate más popular entre los mitómanos: ‘¿Se puede comparar a Lebron James con Michael Jordan?’. Hasta la fecha ni siquiera Kobe Bryant había opositado para romper el tabú que Air Jordan se inventó en el preciso instante que anotó la canasta decisiva en la cara de John Stockton. El pasado sábado en el Camp Nou, en medio de la efervescencia copera, Javier Mascherano comentó a los periodistas que en un futuro podrá contar que él jugó con Leo Messi. Y aún siendo amigo personal, la reflexión no parecía impostada ni oportunista. Cualquier jugador del Athletic, preguntado por el prodigio ‘maradoniano’ del primer gol, respondía que es el mejor del mundo para evitar cualquier remordimiento de conciencia. Una perogrullada que  ya no admite ni la sombra de Cristiano Ronaldo. Dijo Menotti en el documental de Álex de la Iglesia, Messi, que “el fútbol se detiene y acelera a sus pies”. Su gol de época es la prueba de que el algodón no engaña. Incluso, otro mito como José Ángel Iríbar se quedó pasmado cuando el argentino “taló el bosque de piernas de los defensas del Athletic”. En otro tiempo habría pasado Messi o el balón, pero no los dos (Óscar Ruggeri dixit). Claro que en otro tiempo hubo un barrilete cósmico que bailó a media selección inglesa sin una trilladora por medio.

Es el debate del momento: Maradona o Messi. Y como el periodismo se nutre de comparaciones odiosas porque publicar que Leo es simplemente buenísimo no llama la atención, intentamos ensuciar la grandeza de los clásicos. Maradona es uno de ellos, el único que ha puesto patas arriba un Mundial con un gol estratosférico y otro con la picardía de Dios; el único que ha convertido a un Nápoles mediocre en campeón indiscutible. y en un Calcio que durante los ochenta era el Hollywood del fútbol. Genialidades a borbotones que gustarán más o menos que las de Messi, pero al fin y al cabo irrepetibles. Cada una de fabricación artesanal, como el gol del sábado. Carlos Bilardo, seleccionador argentino en Italia 90, recordó que con un “Maradona enfermo, Argentina llegaba por lo menos a semifinales”. Lo mismo le sucedió a Messi en Brasil, la última vez que el mundo se decepcionó con la versión apática y tristona del barcelonista. Ni una sonrisa ni un amago de chispa, el último campeonato del mundo sufrió la cara de Buster Keaton con la que Messi se arrastraba por los campos (Keaton fue uno de los grandes humoristas de siempre que jamás sonrió en una de sus películas porque así lo estipulaban sus contratos.). Pero un dietista italiano y el orgullo herido por toda la batería de tomahawks lanzados desde la prensa, han provocado su metamorfosis.

Messi vuelve a acelerar como antes, sólo que ahora escoge los momentos de la foto, los decisivos. Su radio de acción no abarca treinta metros; le basta con un palmo de césped porque sabe que se regatea a cualquiera en una cabina de teléfono. Aquel Messi que arrasaba con un egocentrismo típico de Cristiano Ronaldo, hoy ha comprendido que su talento le da para parecerse también a Michael Laudrup. LLanero solitario y mejor compañero de equipo, ésa es la patente que Maradona nunca consiguió. Y, por supuesto, el tiempo. La estrella azulgrana apenas ha pegado un par de petardazos; en dos años se cumplirá una década desde que sacudió la bola del mundo con un hat trick al Real Madrid. Allí jugaban Ronaldinho y Samuel Eo’o, pero ninguno tan dotado como ‘la pulga’. Precisamente, el brasileño de la eterna sonrisa nunca siente vergüenza cuando alardea de que él fue el primero en descubrir al Messi de hoy. Y tiene razón porque los agradecimientos del argentino son interminables. ¿Messi o Maradona? Elegir uno es mentir a la gente.

 

 

Luis Enrique no era el protagonista

Lunes, 18 Mayo 2015

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“Como dijo Valdano, Messi lesionado sería el segundo mejor jugador del mundo”. Quizás entonces no habría primero. Josep María Bartomeu certificó la verdad innegociable que el barcelonismo quería escuchar: el Barça es Messi y éste es el Barça entero. Hacía demasiado tiempo, desde la plenitud de Maradona en Nápoles, que un futbolista no detenía o aceleraba el fútbol por capricho. El cataclismo de Anoeta, descrito por cierta prensa con drama apocalíptico, fue la prueba de que el algodón no engaña: gana cuando él quiere, el resto cuando puede. El Barça hizo examen de conciencia a principios de año: necesitaba la versión más bestial de su D10S para remontar la temporada y no estrellar el Titanic contra otro iceberg. Aquel Messi meditabundo, ausente en el limbo y que agachaba la cabeza por las famosas arcadas rebobinó al delantero puñetero de siempre, el mismo del que Iker Casillas decía “otra vez me la ha vuelto a liar”. En el vestuario es el capo di tutti capi porque todos se encomiendan a él, incluidos Neymar y Luis Suárez. Su séptima Liga es un detalle más en el currículum, el gol al Atleti es la rendición de esos incrédulos que todavía usan la coartada de que Messi no ha levantado una Copa del Mundo. Si mete el cuerpo en formol, puede que Rusia 2018 aún le rinda pleitesía.

Cuesta creerlo pero el Barcelona ha tenido un final de temporada balsámico. Desde Anoeta tan sólo sufrió una hora de fútbol contra el Real Madrid y la remontada del Sevilla en el Pizjuán. Simples gajes del oficio. La imagen de un Luis Enrique exultante, poseído en la celebración del Calderón es la recompensa a los palos de su paso por Roma, las dudas de Vigo y, sobre todo, la tensión de alto voltaje que sufrió con Messi. El técnico asturiano entendió que no podía imitar a Guardiola: él no era el protagonista. Y cualquier acto de chulería o gesto de Clint Eastwood en el Sargento de hierro podría haber activado una bomba de neutrones, lo último que le faltaba a un club que podría ser empapelado por la justicia. Sin embargo, Luis Enrique no es como el Del Bosque que, según las malas lenguas, arengaba a sus ‘galácticos’ con un “salgan y jueguen como saben”; llegó el pasado verano con un librillo en el que el primer mandamiento rezaba ‘rotaciones’. El cabreo de los cracks venía estipulado en el contrato. Messi, Neymar y Luis Suárez han fruncido el ceño más de una vez, pero hoy el Barça da las gracias por una puesta a punto de escudería ganadora. Todos han disfrutado de minutos, incluidos Bravo y Ter Stegen, seguramente ambos los porteros más en forma en España.

Y luego está Xavi Hernández. Octava Liga en su sala de trofeos y una leyenda detrás de proporciones bíblicas. Si el pasado sábado Anfield retumbó en un estruendoso aplauso con la despedida de su mito Steve Gerrard, el Camp Nou vivirá el homenaje de su último histórico contra el Depor. Todavía queda la final de Copa, pero el campeón se ha brindado un trámite perfecto para despedir a su CPU de la última década y media. Queda un puñado de minutos para que el soci disfrute de sus últimos pases trazados con escuadra y cartabón, como sus cejas. Luis Aragonés, padrino futbolístico del centrocampista, explicó una vez la inmensidad oceánica de su aventajado alumno: “Sí, Iniesta ha marcado el gol de nuestra historia, pero no se olviden que Xavi es el más importante de esa historia”. Bien lo supo Guardiola cuando copió al ‘Sabio de Hortaleza’ y cogió la muestra completa de aquel Xavi de Viena. ¡Que le disfruten en Qatar!