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Una bendita decisión

Jueves, 11 Septiembre 2014

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Diciembre de 1994. Míchel se rompe los ligamentos en Anoeta y al entonces técnico merengue, Jorge Valdano, se le desmonta el puzle táctico. El equipo se queda el resto de la temporada sin los centros del mítico ‘8’ y al presidente, Ramón Mendoza, le entra el enésimo tembleque: sabe que otra Liga más sin premio pondría demasiado nervioso al madridismo. La solución de cajón es cubrir el puesto de Míchel con Rafa Vázquez y el de éste en la izquierda con Amavisca; moviendo estas piezas, la ecuación acabaría con un novato llamado Raúl González Blanco en la delantera junto a Zamorano. Sin embargo, Mendoza fichó a Valdano para aplacar al Dream Team de Cruyff con dosis de buen juego (al menos, más divertido que el estilo lento y telegrafiado de Benito Floro) y, sobre todo, tomar decisiones arriesgadas. Cuatro días después, el entrenador activa el primer plan pos Míchel en el Bernabéu contra el desconocido Odense danés.

El Bernabéu se impacienta porque el Madrid no es capaz de matar la eliminatoria contra un equipo plagado de futbolistas semiprofesionales con oficios de mecánicos y panaderos. Martín Vázquez apenas desdobla por la banda derecha y la grada sospecha que la lesión de Míchel ha maldecido la banda derecha. De repente, un error de Alkorta; a continuación, otro de Nando y el Odense revienta todas las quinielas imaginables. Las reacciones pasionales de Mendoza eran bien conocidas en el mundillo: la prensa empieza a barruntar una posible destitución de Valdano. El Madrid es líder en la Liga empatado a puntos con Deportivo y Zaragoza, pero en el vestuario cala la honda sensación de que la sombra de Míchel es demasiado alargada. Esa misma semana el Madrid vence a un insípido Oviedo pero Martín Vázquez tampoco cuaja. Días después, Valdano habla con Luis Enrique a solas durante un entrenamiento sin aclarar en público el contenido de la conversación. Y el argentino, consciente de que la siguiente alineación contra el Valladolid es la comidilla de los reporteros en la vieja Ciudad Deportiva, prefiere no ensayar con el once titular.

El Madrid viaja a Zorrilla y los periódicos colocan en sus previas a Martín Vázquez en la banda maldita. Es entonces cuando el equipo salta al césped y Luis Enrique se aproxima a la línea de cal…¡de la derecha! Sorpresa a la vista: de lateral izquierdo a extremo derecho. Luis Enrique coge un balón, sortea a un defensa y 0-1. El asturiano desangra a la zaga vallisoletana todo el partido y la herida acaba con un contundente 0-5. Exactamente el mismo resultado que en el clásico del Bernabéu posterior a Navidades. Preguntado en rueda de prensa en pleno fervor por la manita conseguida, Valdano justifica la elección de Luis Enrique como una “bendita decisión. Casi lo mejor que hemos hecho desde que llegamos al club”.

Sami Khedira ha trastocado los planes de Ancelotti hasta un límite insospechado. El que marca la fatalidad de haber perdido a Xabi Alonso en un pispás; de volver a ver a Khedira postrado en una camilla y, sobre todo, de sospechar de Illarramendi, todavía hecho un flan para partidos de alta alcurnia como el derbi del sábado. Durante estos días han salido alternativas estrambóticas: Varane en una especie de ‘trivote’, Bale en el centro del campo con Modric y Kroos…todo un mar de dudas que convierten a la que hace dos semanas era la plantilla más compensada de la historia en un once dibujado con mil garabatos. En estos momentos el técnico blanco todavía estará meditando su decisión bendita. La lógica apunta a Illarramendi, el miedo a Varane y el riesgo a Bale. Valdano también se devanó los sesos y acabó acertando con la suya. 

La imagen

Jueves, 4 Septiembre 2014

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A Juan José Millás le gusta desentrañar el lado oculto de las cosas escudriñando fotografías en El País Semanal.  Con su pluma ácida, intenta (o no) convencer al lector de cuál sería, a su modo, un mundo mejor. Por eso, en homenaje a su estilo a veces irónico y siempre agresivo, la imagen del selecto cónclave de entrenadores reunido en Nyon esta semana delata por sí mismo a cada personaje. Al más enrollado se le detecta a la legua: Jurgen Klopp nunca oculta esa sonrisa picarona de Joker, medio sarcástica medio vacilona. Disfruta del balón desde la banda del Westfalenstadion tanto como lo hacía con la pizarra magnética de la televisión alemana explicando tácticas que ningún telespectador veía en el Mundial de Sudáfrica. Debajo de él se sienta el padrino del tinglado, Sir Alex Ferguson, que seguirá acudiendo a estas reuniones para justificar su jubilación. Quizá Klopp se pregunte por qué no fue el elegido para el banquillo con más solera de Europa, aunque es más probable (sólo por la rumorología mentirosa del mercado) que mire de reojo al novato que está pegado a Guardiola.

Klopp sonó en las quinielas del Barça, que no de Zubizarreta, pero Luis Enrique es un tipo de la casa, no de La Masía sino proscrito del madridismo. Su resquemor hacia la falta de palabra de Lorenzo Sanz le ayudó a amar rápido a su nuevo club; era de cajón que tarde o temprano lo acabaría entrenando. Y como buen conocedor de la idiosincrasia culé, debía rendir pleitesía al tótem 2.0 de Can Barça; el indiscutible es Cruyff, por supuesto. Luis Enrique se acaba de sentar en la mesa de los aristócratas, aunque deja caer por sus zapatillas que su estereotipo runner y triatleta nada tiene que ver con las siluetas ensanchadas de colegas como Ancelotti o Rafa Benítez. Como los grandes generales norteamericanos, Carletto y Mister Rafa apenas tienen espacio en la solapa para más medallas; han pisado los estadios de toda Europa y el gremio les habla desde un respeto reverencial. Pueden hablar de vinos gran reserva porque ellos los han creado; Luis Enrique, en cambio, todavía no ha pasado la fase de la vendimia. Por lo visto, Herr Pep le ha servido de consigliere. Sigue siendo único y genuino por su éxito meteórico y esas ideas vanguardistas que otros de la foto aún no entienden. Descubrir una conversación táctica entre Guardiola y los otros invitados sería digno del Pulitzer; no obstante, lean Herr Pep (de ahí el apodo) de Martí Perarnau y entenderán su obsesión tremebunda por el estilo.

Míchel también es de los últimos invitados y por eso se coloca en un extremo, para no molestar. Conociéndole, seguro que ha ido más de oyente que de ponente. Emigró a Atenas para encontrar el reconocimiento que le negó España y cada año construye un Olympiacos nuevo con un puñado de euros. Su meta se parece a la original de Simeone, el gran ausente: incordiar a las grandes moles de Europa como una mosca cojonera. Y cuanto más dé la vara en la Champions, mayor será el botín en un banquillo futuro. En el otro extremo, un zorro viejo en este foro. Wenger prefiere aproximarse a Guardiola que a Ancelotti porque lo suyo es mimar el balón hasta descoserlo y fabricar promesas en cadena. El fútbol base es la génesis del Arsenal y, por eso, no habrá perdido la ocasión de susurrar a Platini que más cantera y menos cartera (a pesar de que los gunners presuman de talonario).

Unai Emery tiene pinta de vendedor en la foto; de vendedor de ideas, precisamente. Su gesto es el de un tipo agradecido por la invitación para que le tomen en serio. Y aunque la Europa League no es ninguna broma, los jerifaltes sólo piensan en  modo Champions. Emery huele a revelación, como lo fue André Villas-Boas en el Oporto. No obstante, al ex amigo de Mourinho le quedó demasiado grande el Chelsea y ésa es la sensación que planea sobre Emery. Revelación también lo fue Manuel Pellegrini cuando Riquelme estuvo a punto de meter al Villarreal en la final de las finales. Su carácter discreto le aleja de las bullas, de ahí que no lo moleste en la pose. Quizá si respondiera a la permanente guerra dialéctica de Mourinho, los periodistas ávidos de morbo dejarían de llamarle el ingeniero de caminos.