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Vino gran reserva Clarence Seedorf

Jueves, 16 Enero 2014

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Cuando Lorenzo Sanz fichó a Fabio Capello en su primera aventura madridista de 1996, el técnico italiano le puso varios nombres encima de la mesa con uno como máxima prioridad. “Estoy muy orgulloso de haber satisfecho el encargo de nuestro entrenador”, comentó el ex presidente a los reporteros para anunciar el fichaje de un interior derecha holandés de 21 años y fuerte como un roble, de los que gustaban a Capello. Clarence Seedorf acababa de fichar por el Real Madrid por la nada despreciable cantidad de 600 millones de pesetas, los que Sanz tuvo que desembolsar a la Sampdoria. El padre del futbolista espetó al presidente que “el Madrid no imaginaba lo que acababa de comprar”. Seedorf siempre ha venerado a su padre hasta el punto que nunca le estará lo suficientemente agradecido por prestarle unos zapatos tres tallas más grandes que la suya en su debut con los juveniles del Ajax de Amsterdam. Aquello no fue más que el prólogo de una carrera exitosa por Europa, levantando copas de Europa por todo el continente. No en vano, recién retirado, sigue presumiendo de ser el único futbolista de la historia con Champions en tres clubes diferentes.

Seedorf ejemplifica la madurez de cualquier jugador que nació humilde (su familia de Surinam tuvo que emigrar a Amsterdam para seguir adelante) y soñó convertirse en ídolo de masas. En Madrid rindió, ganó títulos y se adaptó rápido a la cultura española, sobre todo, con la gastronomía. Muchas veces ovacionado por el Bernabéu y otras sospechoso de cierta apatía, su talento sí gozaba de unanimidad absoluta. El problema de grandes clubes como el Madrid, sobre todo éste, es el desgaste de la exposición mediática. Aquella invención periodística de ‘la Quinta del Ferrari’, formada por Suker, Mijatovic, Panucci, Roberto Carlos y el propio Clarence, perjudicó en exceso al holandés. Si se marcaba un partido sensacional, era el gran Seedorf; si fallaba un puñado de pases o no corría a defender una jugada, entonces no era más que otro ‘Ferrari boy’. John Benjamin Toshack tomó nota y le quiso purgar desde el principio. El galés ordenó a Lorenzo a Sanz venderlo en el verano del 99 y días después de que en un amistoso de pretemporada en Compostela aficionados madridistas gritasen ‘Seedorf, si; Toshack, no’, la respuesta del presidente fue demoledora: “Oficialmente, el Madrid no vende a Seedorf aunque venga el representante de San Pedro”. Toshack, cegado por su obsesión de sacarlo de la plantilla, había ignorado la única petición que le hizo el holandés, una recomendación táctica: que le pusiese en el centro del campo para crear juego, no arrinconado en la banda derecha. El tira y afloja duró hasta Navidades, cuando Sanz acabó aceptando la oferta del Inter de Milan por casi 4.000 millones de pesetas. Ciertamente, con dos Champions en el zurrón, no era un P.VP. exagerado.

En el Inter Seedorf tan sólo fue una pieza más en la torre de Babel que había construido el presidente Moratti. En un vestuario con argentinos, uruguayos, brasileños, colombianos, franceses, croatas, serbios, turcos, eslovacos y hasta el español Farinós, el entendimiento no fue fácil. Seedorf intuía que el Inter preparaba cada año proyectos etéreos que no iban a ningún lado. Así que no dudó en cambiar de acera para jugar en el Milan. Una frase de Carlo Ancelotti durante esta semana resume la influencia de Clarence en el club milanista: “Seedorf fue mi jugador. Un futbolista con gran personalidad que tiene la capacidad de conocer todo en el mundo del fútbol”. Otro buque insignia como fue Andrea Pirlo nunca escamita elogios cuando le preguntan por su ex compañero: “He jugado con genios del balón, portentos físicos que se mueven sin balón, pero nunca, nunca con un solo futbolista que sea tan bueno con y sin pelota”. La etapa de Seedorf en Milan recuerda a unas palabras de Cristiano Ronaldo en COPE: “Doy el 120 por cien como profesional”. Ése, exactamente, es el elixir de la eterna juventud del todo terreno holandés. Y, precisamente, el Bernabéu pudo contemplar su motor turbo diesel en un Real 2 – Milan 3 de Champions de 2009. Un buen puñado de periodistas escribió en sus crónicas que ese Seedorf bien podría haber jugado en el Madrid de Florentino.

Milan era la ciudad propicia para celebrar los fastos de su despedida. Pero a Seedorf siempre le ha picado la curiosidad del fútbol brasileño. Tan desmedido es su amor por la cultura carioca que, en una entrevista en El País durante los días previos a la fatídica Champions de Estambul, el entonces centrocampista del Milan confesó que de niño había llorado con la eliminación de Brasil a manos de Francia en el Mundial del 86, pero no porque cayera la canarinha, sino por el lamento de Zico, uno de sus grandes ídolos de la infancia. En otra entrevista posterior con el mismo periódico, pudimos comprobar la versión reposada y madura de Seedorf: “¿La final contra el Liverpool? No es que nos relajáramos seis minutos, fue obra del destino”.

El Botafogo ha tenido el honor de escribir el epílogo del Seedorf con botas. En año y medio su huella tiene un valor incalculable: que fuera nombrado mejor extranjero del campeonato brasileño es sólo una medallita más; la hazaña ha sido liderar un vestuario en pleno proceso de formación, con chavales que escuchaban atónitos al cuatro veces campeón de Europa. La gente sólo ve los 90 minutos que dura el encuentro, pero antes de eso paso mucho tiempo conversando con ellos, haciéndoles preguntas…Fuera del campo hay que plantearles los asuntos de manera más pausada, con la idea de que reflexionen y crezcan”. Es Seedorf ‘el maestro’, el mismo que adora una afición en la que algunos padres han bautizado a sus hijos con el nombre de Seedorf. Y no es broma. Por cierto, ha ganado cuatro Champions pero las estadísticas enumeran cinco, la del Madrid del 2000 en la que participó en la primera fase. Nunca le pillaréis en un renuncio,  él siempre contará cuatro, por méritos, porque son las que él se ha ganado. Un hombre de fútbol ha vuelto a Milan, el mismo que Botafogo perdió como futuro entrenador. Veintidós años de fútbol le han dado el aroma de un vino gran reserva. El Milan no tiene más que disfrutarle…el resto vendrá rodado.

Messi para todo y todos

Mircoles, 23 Octubre 2013

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El Barça de Guardiola creó una dinastía a la vez que provocó una maldición. Cualquier otra versión nunca sería tan perfecta, como mucho igual; ésa es la penitencia que acompañó a Tito Vilanova y de la que tampoco ha podido escapar el ‘Tata’. El ‘tiqui-taca’ perdura, aunque sin las revoluciones de antaño; los ataques se han vuelto estáticos, posicionales como en balonmano, pero el balón sigue siendo el condimento. Es el equipo de siempre con un tono más macilento y, por eso, quienes no simpatizan con los azulgranas entienden que la afición pida el caviar beluga de antaño. Tampoco el Milan invitaba a un festival made in  Circo del Sol, pero el fútbol es tan traicionero en sensaciones (no es frase de Valdano) que el Barcelona, sin haber perdido aún, deja un poso de insatisfacción, mientras que el Madrid, dicho con ordinariez, sin dar una patada a un bote le ha metido chicha a la Liga. Sin embargo, en Can Barça la hoja de ruta no debe sufrir tachones; más que nada, porque ellos y el Atleti la tienen más claro que nadie.

San Siro volvió a engañar al Barcelona con un Milan simplón, con una propuesta futbolística de ‘tabula rasa’, y en el que sus dos sorprendentes estrellas quemaron toda su popularidad en Madrid. Kaká se delató en veinte minutos, el tiempo que tardó en aclarar al madridismo que no eran tan pufo como presumía; Robinho nunca llegará a ser aquel “mejor jugador del mundo” que aspiraba en el Manchester City, y al menos no ha perdido el sentido del humor: le sigan gustando las filigranas aunque parezcan un vacile. Y eso que este Milan ya no es aquel equipo de geriátrico de hace años con Gatusso, Inzaghi, Pirlo, Zambrotta, Dida y compañía. No, ahora tiene dos brasileños en busca de una segunda juventud, y un buscabroncas como ídolo de masas, que no es otro que Balotelli. Pero las dos generaciones tienen un punto en común: se encienden siempre que les visita el Barcelona por presión popular o, simplemente, para no manchar todavía más la pobre imagen del Milan de los últimos tiempos. Le hacen a los culés la vida tan imposible que parece que San Siro les sigue imponiendo. Extraño para un Barcelona que ha conquistado el mundo, y varias veces.

Pero la conclusión con el Barça siempre es la misma: empate o pierda, oscurezca su juego o lo haga rematadamente mal, sigue siendo el favorito por talento y Messi, quizá primero por el argentino. De él  está contado todo, bueno casi: ya no necesita arrollar al resto a base de hat tricks, le basta una sola aparición para reclamar su puesto más alto en el olimpo. Así se forjan los cracks, aunque a éste no le haga faltan apariciones esporádicas y decisivas. Es más, Messi sigue siendo el termómetro de su equipo, y eso es demasiado peligroso, porque quién no recuerda las dos últimas semifinales de Champions. Neymar puede asumir galones, pero aún necesita presumir de heridas de guerras como San Siro. En definitiva, si el Barça está bien, Messi y el resto; de lo contrario, sólo Messi. 

Kaká y el síndrome del regate

Lunes, 2 Septiembre 2013

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“El Madrid ya tiene a su cerebro para los próximos cinco años”. No fue el sueño de una noche de verano, sino el convencimiento de un directivo del club, cuya reflexión en el día que Kaká disfrutó de una presentación interplanetaria era unánime en la planta noble del Bernabeu. Florentino había trazado su hoja de ruta: Cristiano acapararía el star system y Kaká sería el chip prodigiosos de un equipo construido para empezar una dinastía, aparte de vender camisetas y enriquecer al club con patrocinios a diestro y siniestro. El brasileño también había nacido para jugar en el Real Madrid, sólo que su mente nunca entendió qué demonios significaba el dichoso latiguillo de ‘postureo’ del presidente. Y como les sucede a todos esos monstruos que llegan a un club y les cuesta coger el tranquillo, el caso de Kaká requería paciencia….para marcar goles, darlos, inventar cabalgadas como la que asombró a Old Trafford y, en definitiva, poner patas arriba al Bernabeu. Las primeras alarmas se encendieron a los pocos partidos, cuando los resúmenes de televisión todavía no habían captado las mejores jugadas del Balón de Oro, exceptuando un golazo fuera del área al Atlético en un derbi del Calderón.

Salvando las distancias, que a la postre nunca existieron, Kaká sufrió el mismo ‘síndrome del regate’ que padeció Steve Mcmanaman. El extremo del Liverpool llegó gratis al Madrid con un buen saco de vídeos en el zurrón sobre sus espectaculares correcalles por la banda; uno, dos, tres y hasta cuatro peones era capaz de esquivar Macca en Anfield. Eso gustó tanto a Lorenzo Sanz, que no dudó en ponerle un sueldo estratosférico de 800 millones de pesetas limpios para hacer olvidar a Míchel, el último gran extremo natural de Chamartín. Pero Mcmanaman empezó a ver fantasmas en su debut en casa: el rival, el recién ascendido Numancia, regates y subidas totales por la banda: cero. Empezó a sonar el runrún de que el inglés no era el mismo, de que se la había olvidado regatear. Quizá ese miedo escénico que describió Valdano tenga carácter retroactivo para ciertos jugadores del Madrid y Kaká, por asombro que parezca, también se ha contagiado. Su caso es para estudiarlo desde el diván de un psicólogo: las piernas del brasileño no recibían la orden de la cabeza. El diagnóstico cada vez era más evidente: falta de autoestima y pocas ganas de creer en sí mismo. En cuatro años resulta incomprensible que, dicho simplonamente, a un Balón de Oro se le haya olvidado jugar el fútbol.

Los 67 millones de su fichaje respetaron su caché entre la prensa y la afición durante los primeros años. Pellegrini le puso de titular porque, sencillamente, habría sido una blasfemia tirar por el váter todo ese montón de dinero. Los técnicos se escudaron en una paciencia estoica para esperar el renacimiento de ese Kaká cuya salida provocó el desconsuelo de miles de plañideras milanistas desconsoladas. Pero fue Mourinho quien se postuló como el mesías salvador del jugador; anunció que le recuperaría hasta que se dio cuenta que era una causa pérdida. Kaká había perdido su magia por ciencia infusa y la mofa de mayor pufo casi de la historia tenía ya un eco imparable. El club se resignó a malvenderlo, pero el pequeño gran inconveniente es que ningún equipo del mundo podía pagarle la morterada anual de diez kilos. Además, la maldición de Kaká provocó una reacción en cadena que ha implicado a su otro gran fichaje contemporáneo, Cristiano. El portugués pidió hace un año un aumento salarial; su excusa era justa porque cómo era posible que ambos cobraran aproximadamente lo mismo y sus méritos estuvieran a una distancia de miles de galaxias. Sin embargo, faltaba la explicación más buscada, la de el máximo responsable. “Kaká nos ha hecho ganar mucho dinero, es un activo amortizado”, dijo Florentino Pérez a principios de la pasada temporada. Era lógico que el único subterfugio del presidente fuese el empresarial, por algo el Madrid es una multinacional. Camisetas, todas las mundo; actos publicitarios, una lista interminable. Sólo falló el fútbol, un detalle que a veces no importa demasiado en este Madrid. Ayer el Milan no pagó ni un céntimo por él, así que la lectura lógica es que el Milan, ansioso por seguir ese modelo de glorias olvidadas, le debe un favor al Madrid…o un marrón.

La penúltima de Ronaldinho

Jueves, 1 Agosto 2013

“Eres un hijo de puta por haberte dejado ir y robarnos el placer de verte seguir jugando en el Barça”. En tono cariñoso pero con todo el sentido demoledor del mundo, Guardiola dio a Ronaldinho la extremaunción. Porque, advertido por Laporta, el nuevo entrenador sabía que debía extirpar ciertos cánceres del vestuario para recuperar los anhelados valors y, desde luego, la fumigación debía empezar con el brasileño. Pocos meses antes de la defunción de Rijkaard, el ex presidente Joan Gaspart emprendió una defensa a ultranza del crack azulgrana: “Ronaldinho no está acabado ni mucho menos. Sólo hay que enderezarle”. Sabias palabras aunque nada prácticas, porque el gurú presidencial, Johan Cruyff, ya había inclinado el pulgar hacia abajo: Dinho ya había dado lo mejor de sí en Barcelona y sería mejor recordarle por haber levantado al Bernabeu con aplausos que por su última fotografía sin camiseta, la de la silueta ensanchada. Cruyff sugirió a su amigo Laporta que a un mes vista para acabar el calvario liguero que culminó con el paseíllo azulgrana al Madrid, la directiva debía moverse rápido para hacer un buen negocio con el otrora ídolo de masas en Can Barça.

“Espero triunfar en otro sitio donde me quieran”, espetó Ronaldinho en una entrevista con O’Globo y en medio de la riada de ofertas que llegaban a los despachos de Barcelona. El entonces director deportivo, Txiki Beguiristain, se entusiasmó con la oferta del Manchester City por 31 millones, pero el jugador prefirió el Milan, un equipo que había jugado tres finales de Champions consecutivas casi por inercia y donde no le faltaría amor, ni de Adriano Galliani, enloquecido el día que comunicó por teléfono móvil a Berlusconi que “¡ya estaba cerrado, estaba cerrado!”, ni del propio primer ministro italiano. Ambos pecaron de pardillos, creyendo que el talento de Ronaldinho afloraría simplemente frotando la lámpara; tardaron en comprender que el problema de su flamante estrella era más de diván de psicólogo que de piernas. Y, precisamente, Milan no era una ciudad acostumbrada a la vida monacal; al contrario, albergaba las fiestas más selectas para gente demasiado adinerada y, por supuesto, él lo era con sus amistades peligrosas. Después de una primera temporada mediocre en Italia, Dinho no tuvo al lado ningún tutor que le obligase a enclaustrarse en casa para dejarse la vida en los extenuantes entrenamientos del Calcio; todo lo contrario, se rindió a los encantos de la noche lombarda y de otras ciudades próximas en avión. En octubre de 2009, después de un nefasto comienzo liguero, el diario L’Equipe publicó que Ronaldinho se había corrido una juerga en París con amigos, chicas y litros de champán. Hasta ahí todo correcto, dada la vida disoluta del jugador. Pero la noticia no fue la fiesta parisina en sí, sino que al día siguiente debía jugar contra el Atalanta a las tres de la tarde, horario típico de fútbol italiano. Fue entonces cuando Berlusconi ejerció de líder y le sugirió jurar delante de todo el vestuario de Ancelotti que se tomaría en serio la temporada.

Los niños y a veces los genios irreverentes espabilan mediante guantazos; Ronaldinho no fue una excepción. Sin el físico adecuado para las filigranas de otros tiempos, se dedicó a jugar y con la receta de las asistencias, colocó al Milan en la pelea por el título contra el Inter de Mourinho. Ronnie terminó máximo pasador del Calcio, por lo que había un mínimo resquicio para seguir creyendo en su causa. Sin embargo, sufrió un mazazo duro: el seleccionador nacional Dunga fue demasiado escéptico y decidió no convocarle para el Mundial de Sudáfrica. Rápidamente, la torcida brasileña, que había entendido los esfuerzos hercúleos de su ídolo por recuperar su versión fantástica, se movilizó contra el entrenador. Pero Dunga no cambió de opinión a pesar de la presión social, a lo que Ronaldinho respondió con un desafiante: “Un día te callaré la boca a ti y a otros muchos”.

Pues tres años ha tenido que esperar para vengarse de todos sus críticos, que no sólo se habían frotado las manos para atizar a Dinho en su declive milanista sino también durante su controvertida etapa en el Flamengo, en la que el club llegó al límite dantesco de anunciar un teléfono de emergencias para todos los aficionados que viesen o tuviesen pruebas de que Ronaldinho había estado de fiesta. Desde luego, Brasil no era el país idóneo si el mediapunta pensaba resetear su vida. Pero, al final, no han hecho falta ni consejeros aduladores ni psicólogos con ínfulas de sabios filósofos, sino un club humilde, el Atlético Mineiro, con un entrenador más sencillo aún, Cuca. A él se abrazó Dinho la noche que conquistaron la Copa Libertadores y a él agradeció “reencontrarse como futbolista”. Sin duda, y con el permiso de Neymar, el Mineiro ha sacado a la palestra al mejor jugador de los últimos tiempos que compite allí. Ahora tiene 33 años, nunca recuperará su figura estilizada, pero sí ha encontrado lo más importante: aquella sonrisa con la que nos deleitaba mientras hacía las veces de ilusionista con un balón. Quizá esté viejo, pero el seleccionador Scolari deberá pensárselo dos veces antes de anunciar la lista del Mundial. “Decían que estaba acabado”, soltó después de abrazarse a Cuca. Es obvio que todos cometimos la torpeza de darle por muerto, aún le queda otra jugada.

Ancelotti, el fútbol y los placeres de la vida

Martes, 25 Junio 2013

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“No estoy preocupado por mi puesto, pero no sé hasta cuando Roman Abramovich mantendrá la paciencia. Obviamente ahora no estará feliz: yo tampoco lo estaría”. Muy pocas veces un entrenador de alto nivel y salario estratosférico se resigna a describir su cruda realidad sin poner objeciones ni excusas baratas. Y en el caso de Carlo Ancelotti, sus declaraciones suelen ser francas y creíbles, dada su apariencia bonachona y afable. No es un tipo que caiga mal al público; al revés, en París aprendió rápido el francés y suele hablarlo para bromear con los periodistas que siguen al Paris Saint Germain. Si Fabio Capello siempre ha alardeado del carácter de Clint Eastwood en El Sargento de Hierro, Carletto busca momentos de hilaridad para cortar la tensión. Así lo demostró en su última rueda de prensa de Champions, cuando en medio de la tormenta de rumores que colocaban a Mourinho en el banquillo parisino, ironizó sobre una información de L’Equipe que aseguraba que el portugués había enviado al PSG vídeos sobre el Barça, su rival en los pasados cuartos de final. “Todavía estoy esperando los informes del portugués”. Las risas en la sala de prensa contagiaron incluso al avinagrado delegado de la UEFA.

Es vox populi que Florentino Pérez exige unos requisitos imprescindibles en su permanente casting de entrenadores: dominio de egos en el vestuario, palmarés trufado de títulos y, sobre todo y a tenor de los últimos tiempos, ser buen relaciones públicas (facultad importantísima dada la guerra de obuses entre Mourinho y la prensa). Desde luego, Ancelotti no va a perder el tiempo en enfrascarse en un fuego cruzado contra los periodistas porque, como suele decir, “mi primer hobby es el fútbol y el segundo, disfrutar de los placeres de la vida”. No obstante, hay aficionados que no entienden su filosofía, como por ejemplo, una socia del Chelsea que no consintió que el propio Ancelotti se sentara en su asiento de Stamford Bridge durante un partido del equipo sub-18. “Entiendo el enfado de la señora, va con el cargo”, explicó el técnico italiano cuando le preguntaron por la anécdota. Ocurrió durante su segunda temporada en Londres, en la que no ganó ningún título.

Ancelotti no ha sido novedoso en los despachos del Bernabeu. Su nombre sonó con fuerza en los últimos tiempos de su primer mandato, cuando el galacticidio devoró a Queiroz, Camacho, García Remón, Vanderlei Luxemburgo y López Caro. Pero las exquisitas relaciones entre Adriano Galliani y Florentino impidieron el fichaje del entonces entrenador milanista. Allí todavía es venerado por una hinchada que vivió días de vino y rosas con dos Champions y, en el extremo opuesto, una catástrofe de proporciones bíblicas: la increíble derrota de Estambul contra el Liverpool de Rafa Benítez. Su obsesión siempre ha apuntado a la Champions, tal como le gusta a Florentino; de ahí que su bagaje en el Calcio haya sido un solo campeonato en casi una década. Pero los tiffosis van más allá y le agradecerán eternamente tres gestos: haber pulido al mejor jugador italiano del siglo XXI, crear a un Balón de Oro y regalar al público un futbolista que ha antepuesto el Milan a su propia vida. Porque, primero, nada más fichar por el Milan en 2001 pidió a Galliani el fichaje de un media punta desorientado del Brescia. Ancelotti intuía que en ese chaval melenudo de 22 años había talento para moldear un centrocampista único en visión de juego y pases calibrados. No se confundió y Pirlo relevó a Del Piero como el mejor de los últimos tiempos. Sin embargo, para madurarlo, necesitaba un escudero, un perro de presa que permitiese a Pirlo lucir su talento liberado de los molestos marcajes al hombre que tanto se estilan en el Calcio. Y ahí entró en juego Gattuso, un bulldog que ha llorado con cada derrota rossonera y se ha extasiado con las victorias. El Milan o la vida, ésa ha sido siempre la disyuntiva de Gattuso y, evidentemente, San Siro le tiene en un pedestal por sus huevos, ni más ni menos.

El último milagro de Ancelotti lo resume a la perfección el propio técnico en una de sus biografías autorizadas, Preferisco la Coppa, Vite, partite e miracoli di un normale fuoriclasse (Prefiero la copa, vida, partidos y milagros de un crack normal): “Me habían dicho de un chavalín en Brasil, muy bueno, pero al cual no conocía. Por su nombre parecía un predicador. Se trataba de un fichaje a ciegas, lleno de buenas palabras. Pero necesitaba hechos…Kaká llegó a Malpensa y me llevé las manos a la cabeza: gafas, repeinado, cara de buen tío, sólo le faltaba una cartera con la merienda y un libro. Habíamos fichado a un estudiante universitario. Bienvenido al Erasmus de Milan”.  Así describe Carletto su primera imagen del futbolista nodriza del Milan durante un buen puñado de años, hasta que Florentino extendió un cheque de 66 millones de euros. Unos párrafos más adelante, el entrenador se rinde al sentido común: “Con el balón en los pies era monstruoso. Dejé de hablar porque, simplemente, no me salían las palabras. El testigo de Jehová era en realidad un tío que hablaba con el Señor”. Cuentan que Ancelotti quedó prendado de él con un lance inolvidable: en uno de sus primeros entrenamientos, Kaká pugnó un balón con Gattuso y éste, al ver que lo perdía, le dio un empujón terrorífico. El brasileño continuó la jugada y el potro italiano simplemente se resignó diciendo ‘¡A tomar por culo!’. Kaká había pasado su bautismo de fuego.

En su primera temporada en el Chelsea, Ancelotti tuvo el mismo ojo clínico con Sergio Ramos como lo tuvo con Pirlo. Pidió a Abramovich su fichaje porque le consideraba el futuro central de Europa. Se había encaprichado del lateral madridista y lo quería a toda costa para juntarlo con John Terry en el centro de la zaga. También demostró paciencia y mano abierta con Clarence Seedorf a quien rescató del Inter para obsequiarle con la última gran oportunidad de su vida. El holandés se lo agradeció con una forma física de ciencia ficción que alcanzó hasta la treintena. Y otros a los que considera amigos son Drogba y el Pippo Inzhagi; su devoción por ambos quedó revelada el año pasado, cuando se metió en camisa de once varas opinando del fracaso de Fernando Torres en el Chelsea: “Drogba es un excelente futbolista y es como Inzhagi en el Milan: devora a cualquier competidor. Simplemente es así y ahora Drogba devora a Fernando Torres”. A veces la franqueza le pierde pero, a estas alturas, Ancelotti no va a cambiar su carácter ni sus gustos melómanos ni gastronómicos (suele acudir a restaurantes con estrella Michelín o que la aparenten). ¡Que se vayan preparando el Zalacaín, De María y Txistu! Llega Ancelotti. 

Ancelotti, nuevo gentleman en el Bernabeu

Lunes, 29 Abril 2013

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“No estoy preocupado por mi puesto, pero no sé hasta cuando Roman Abramovich mantendrá la paciencia. Obviamente ahora no estará feliz: yo tampoco lo estaría”. Muy pocas veces un entrenador de alto nivel y salario estratosférico se resigna a describir su cruda realidad sin poner objeciones ni excusas baratas. Y en el caso de Carlo Ancelotti, sus declaraciones suelen francas y creíbles dada su apariencia bonachona y afable. No es un tipo que caiga mal al público; al revés, en París aprendió rápido el francés y lo suele hablarlo para bromear con los periodistas que siguen al Paris Saint Germain. Si Fabio Capello siempre ha demostrado su apariencia de Clint Eastwood en El Sargento de Hierro dentro y fuera del campo, Carletto busca momentos de hilaridad para cortar la tensión. Así lo demostró en su última rueda de prensa de Champions, cuando en medio de la tormenta de rumores que colocaban a Mourinho en el banquillo parisino la próxima temporada, ironizó sobre una información de L’Equipe que aseguraba que Mou había enviado al PSG vídeos sobre el Barça, su rival en cuartos de final. “Todavía estoy esperando los informes del portugués”. Las risas en la sala de prensa contagiaron hasta al avinagrado delegado de la UEFA.

Anoche Joseba Larrañaga anunció en El partido de las 12 que Ancelotti será el entrenador del Real Madrid la próxima temporada. Ya hay acuerdo pero todavía no está firmado. Es vox populi que Florentino Pérez exige unos requisitos imprescindibles en su permanente casting de entrenadores: saber dominar los egos de un vestuario, lucir palmarés, mantener un prestigio acorde a la imagen del club y, sobre todo y a tenor de los últimos acontecimientos, ser buen relaciones públicas (facultad importantísimo dada la guerra de obuses entre Mourinho y la prensa). Desde luego, Ancelotti no va a perder el tiempo en enfrascarse en un fuego cruzado contra los periodistas, porque, como suele decir, “mi primer hobby es el fútbol y el segundo, disfrutar de los placeres de la vida”. No obstante, hay aficionados que no entienden su filosofía, como por ejemplo, una socia del Chelsea que no consintió que el propio Ancelotti se sentara en su asiento de Stamford Bridge durante un partido del equipo sub-18. “Entiendo el enfado de la señora, va con el cargo”, explicó el técnico italiano cuando le preguntaron por la anécdota. Ocurrió durante su segunda temporada en Londres, en la que no ganó ningún título.

Ancelotti no es ninguna novedad en los despachos del Bernabeu. Su nombre sonó con fuerza en los últimos tiempos de su primer mandato, cuando el galacticidio devoró a Queiroz, Camacho, García Remón, Vanderlei Luxemburgo y López Caro. Pero las exquisitas relaciones entre Adriano Galliani y Florentino impidieron el fichaje del entonces entrenador milanista. Allí todavía es venerado por una hinchada que vivió días de vino y rosas con dos Champions, y una catástrofe de proporciones bíblicas; la increíble derrota de Estambul contra el Liverpool de Rafa Benítez. Su obsesión siempre ha apuntado a la Champions, tal como le gusta a Florentino; de ahí que su bagaje en el Calcio haya sido un solo campeonato en casi una década. Pero los tiffosis van más allá y le agradecerán eternamente tres gestos: haber pulido al mejor jugador italiano del siglo XXI, crear a un Balón de Oro y regalar al público un futbolista que ha antepuesto el Milan a su propia vida. Primero, nada más fichar por el Milan en 2001 pidió a Galliani el fichaje de un mediapunta desorientado del Brescia. Ancelotti intuía que en ese chaval melenudo de 22 años había talento para moldear un centrocampista único en visión de juego y pases calibrados. No se confundió y Pirlo, hoy en la Juventus, relevó a Del Piero como el mejor de los últimos tiempos. Pero Pirlo necesitaba un escudero, un perro de presa que le permitiese lucir su talento libre de los molestos marcajes al hombre que tanto se estilan en el Calcio. Ahí entraba en juego Gattuso, un bulldog que ha llorado con cada derrota rossonera y se ha extasiado con los éxitos. El Milan o la vida, ésa ha sido siempre la disyuntiva de Gattuso y, evidentemente, San Siro le tiene en un pedestal por sus cojones, ni más ni menos.

El último milagro de Ancelotti lo resume a la perfección el propio técnico en una biografía suya, Preferisco la Coppa, Vite, partite e miracoli di un normale fuoriclasse (Prefiero la copa, vida, partidos y milagros de un crack normal): “Me habían dicho de un chavalín en Brasil, muy bueno, pero al cual no conocía. Por su nombre parecía un predicador. Se trataba de un fichaje a ciegas, lleno de buenas palabras. Pero necesitaba hechos…Kaká llegó a Malpensa y me llevé las manos a la cabeza: gafas, repeinado, cara de buen tío, sólo le faltaba una cartera con la merienda y un libro. Habíamos fichado a un estudiante universitario. Bienvenido al Erasmus de Milan”.  Así describe Carletto su primera imagen del futbolista nodriza del Milan durante un buen puñado de años, hasta que Florentino extendió un cheque de 66 millones de euros. Unos párrafos más adelante, el entrenador se rinde al sentido común: “Con el balón en los pies era monstruoso. Dejé de hablar porque, simplemente, no me salían las palabras. El testigo de Jehová era en realidad un tío que hablaba con el Señor”. Cuentan que Ancelotti quedó prendado de él con un lance inolvidable: en uno de sus primeros entrenamientos, Kaká pugnó un balón con Gattuso y éste, al ver que lo perdía, le dio un empujón terrorífico. El brasileño continuó la jugada y el potro italiano soltó un “¡A tomar por culo!”. Kaká había pasado su bautismo de fuego.

En su primera temporada en el Chelsea, Ancelotti tuvo el mismo ojo clínico con Sergio Ramos como con Pirlo. Pidió a Abramovich su fichaje porque le consideraba el futuro central de Europa. Se había encaprichado del lateral madridista y lo quería a toda costa para juntarlo con John Terry en el centro de la zaga. También demostró paciencia y mano abierta con Clarence Seedorf a quien rescató del Inter para obsequiarle con la última gran oportunidad de su vida. El holandés se lo agradeció con una forma física de ciencia ficción hasta haber cumplido la treintena. Y otros a los que considera ‘amigos’ son Drogba y el Pippo Inzhagi; su devoción por ambos quedó revelada el año pasado, cuando se metió en camisa de once varas opinando del fracaso de Fernando Torres en el Chelsea: “Drogba es un excelente futbolista…Pero es como Inzhagi en el Milan: devora a cualquier competidor. Simplemente es así y ahora Drogba devora a Fernando Torres”. A veces la franqueza le pierde pero, a estas alturas, Ancelotti no va a cambiar su carácter ni sus gustos melómanos ni gastronómicos (suele acudir a restaurantes con estrella Michelín o que la aparenten). ¡Que se vayan preparando Zalacaín, De María y el Txistu! Llega Ancelotti. 

De repente un Milan de película

Jueves, 21 Febrero 2013

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Christian Abbiati jamás habría imaginado observar al Barça con los brazos en jarra y sin inmutarse. Sí, suena a locura si enfrente está el mejor equipo de la faz de la tierra, pero ni George Lucas, ni siquiera el gran Spielberg, habrían imaginado a un Milan tan de película. De repente, San Siro evocó de una tacada las grandes noches de Arrigo Sacchi, su sucesor Capello y, por supuesto, de ‘Carleto’ Ancelotti. Sobre todo, porque,  por encima de todos, el gran triunfador de la noche (y casi de la temporada) fue Massimiliano Allegri, quien hizo oídos sordos a su jefe Berlusconi y dejó que Messi se liara en la telaraña rojinegra que hiló durante la primera parte. Naturalmente, el caché del  entrenador italiano ha aumentado un doscientos por cien: es el reconocimiento a la victoria táctica sobre el Barça. Y desde luego, los periodistas españoles nos merecemos un buen capón porque entre las semanas de pasión o vía crucis que le esperan al Madrid y las pisadas de este Barcelona rey de los hunos, nadie se había interesado en la habitual mediocridad del Milan; eso no vendía.

Pero el éxtasis de la Champions ha metamorfoseado a un Milan que en los últimos años abandonó el geriátrico (Gattuso, Zambrotta, Nesta, el eterno Seedorf…) y soltó a la fuerza a su baluarte Kaká para fichar clase media sin perspectivas extraordinarias, empezando por el propio Allegri, un entrenador prometedor que ha demostrado lo que realmente se llama talento ganando títulos, por de pronto un Scudetto. La lección al Barcelona, pase o no a cuartos, ya le ha abierto muchas puertas. Pero la gracia del técnico de Livorno es mantener competitivo a un equipo zarrapastroso que en navidades deambulaba por el Calcio sin apenas opciones para la Europa League. Anoche, dos de esos fichajes intrigantes confirmaron que el instinto del Milan no está del todo atrofiado. El Shaarawy aporta una virtud que San Siro temía no encontrar con la salida de Ibrahimovic: intimidación. Y aunque carece de la portentosa presencia del sueco, este italiano de padre egipcio y cresta histriónica se pega carreras de treinta o cuarenta metros para poner en jaque a las defensas; además, no le falta regate ni disparo y, sobre todo, algo que no sobra en Italia: gol. Sin embargo, tal como dice Carlo Laudisa de la Gazzetta dello Sport, si Kevin-Prince Boateng se sale, entonces significa que el Milan ha funcionado. Y vaya si el alemán acabó exultante: marcó su gol, descubrió las vergüenzas del corajudo Puyol (¡qué huevos le echa siempre!) y dejó atrás a un Jordi Alba infranqueable toda la temporada.

Pero no todo son malas noticias. Allegri no es un purista del fútbol italiano y sabe que un catenaccio sin reservas sería un suicidio en el Camp Nou. El 2-0 es la prueba irrefutable de que el Milan no puede supeditar la vuelta a lanzar una moneda al aire: el cuantioso botín le permite sestear con la pizarra táctica. Así lo hizo anoche, con una defensa ultraconservadora en la primera parte tirando rápidas contras, y un generoso esfuerzo físico en la segunda que permitió al Milan sitiar el campo palmo a palmo, también en gran parte por el exhausto Barça. ¿La clave del derrumbe físico? Una lectura simplona pero decisiva es el estado de Sergio Busquets, ¡qué razón tenía Guardiola cuando vertebró al equipo en torno a un chaval recién horneado en La Masía! Pero más tiene Del Bosque, que no tuvo recato en decir que si fuera futbolista le gustaría ser Busquets. Obviamente, a expensas de cómo respire el centrocampista, la mayor de las perogrulladas es que el Barça necesita a Messi porque, simplemente, sin él pierde sus superpoderes.

En definitiva, todos aquellos ingenuos que intuíamos un trámite en el Camp Nou, hablando en plata, toda la prensa salvo rara excepción, esperamos con la misma expectación de Old Trafford la versión épica del Barcelona. Lo advirtió Roura en la previa y lo certificó Piqué después del partido: “Veníamos como favoritos y se ha demostrado que no somos tan buenos”. Magnífico indicio para empezar a motivar el día D, ése en el que Barça debe ganar por fútbol y no por mística.

 

 

 

 

 

 

La terapia sueca de Ibracadabra

Jueves, 15 Noviembre 2012

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El seleccionador sueco Erik Hamrén desveló en una entrevista con la BBC que su cargo, “afortunada o desgraciadamente” dependía de los caprichos de Ibrahimovic: “Lo que menos necesita Suecia después del fiasco del Mundial es mano de hierro. Así que le he pedido a Zlatan que lidere a su país a su modo”. El drama de no haberse clasificado para Sudáfrica 2010 había dejado muy tocado a una selección que nunca volvió a ser la misma después de la disolución de aquella magnífica generación formada por el talentoso Brolin, los goles de Dhalin, la habilidad de Kennet Andersson y el excéntrico portero Ravelli. Ellos dejaron boquiabiertos al mundo entero en el Mundial de Estados Unidos del 94 y parecía imposible que el fútbol sueco sacara un émulo capaz de repetir una gesta de tal magnitud. Quizás Ibrahimovic no se ha haya hecho futbolista para contentar a su nación; sus irreverencias como jugador demasiado adinerado han chocado con la férrea disciplina con la que algunos entrenadores han intentado meterle en cintura; por ejemplo, el ex seleccionador Lars Lagerback, que dejó el cargo en 2009 con el remordimiento de no haber sacado la mejor versión de Ibra, pero con el orgullo de haberlo castigado con merecimiento: sucedió en 2006, cuando Zlatan y dos compañeros llegaron tarde al hotel en una concentración contra Liechtenstein. Entonces, Ibra dijo (y seguirá pensándolo) que “a un astro no se le trata así”.

Por eso, Hamrén tuvo claro desde el primer momento su carta de intenciones: agasajar a su estrella sin atarle en corto; sólo “a su modo” jugaría feliz sin caer en el hartazgo o “falta de motivación”, razón ésta por la que dejó temporalmente la selección en 2010. La terapia de Hamrén parece que ha funcionado, aunque no haya cosechado resultados prácticos. Suecia cayó en la ronda de grupos de la última Eurocopa, pero Ibrahimovic patentó su liderazgo y sacó su vena más existencialista: “nos han echado, pero estoy contento porque no todo es ganar”. Cierto, ni siquiera sus paisanos le exigen objetivos ambiciosos, se contentan con ver algún espectáculo de magia de Ibracadabra. Y como son esporádicos, sería muy arriesgado perderse un partido de Suecia por la que pudiera liar su delantero centro. Ni la inocencia de un niño de colegio podría admitir que se pueden marcar goles de chilena…¡desde fuera del área! Pero cuando Ibra ignora su ‘yo’ pasota y cansado del mundo, los dibujos de Oliver y Benji no son tan ficticios como nos hacían creer de pequeños. Pocos minutos después de su antológica actuación contra Inglaterra, el eterno meta Isaksson le recordó la credencial con la que Ibra se presentó en el Milan, después de huir de Guardiola: “Soy como el buen vino, mejoro con los años”.

Al ex entrenador francés Luis Fernández no le parece exagerado que un jeque pague a Ibrahimovic un sueldo de catorce millones de euros natos: “Mientras no le saquen de su lujoso mundo, no dará problemas”. En el Ajax exigió un Mercedes-Benz para ir a entrenar; su primer despilfarro en la Juventus fue un Ferrari Enzo y, como desvela en su biografía, “un jugador de élite a veces tiene que disfrutar sus éxitos”, es decir, que se cogió una borrachera de espanto el día que su compañero de la Juve, Trezeguet, le obligó a brindar con vodka (horas después apareció sobado encima del váter de su casa). El día que aterrizó en Paris para firmar por el PSG, no tardó ni un minuto en sacar su descarada chulería: “No conozco a ningún jugador de la Liga Francesa, pero todos ellos saben quién soy yo”. Si la declaración la hubiese escupido Cristiano Ronaldo, le habrían disparado por tierra, mar y aire. Pero Ibra es diferente: es así, y al que no le guste, peor para él.

Desde juvenil se creyó un futbolista con ínfulas de estrella de rock y así se lo transmitió a Arsene Wenger cuando éste quiso hacerle una prueba en el Arsenal…”Yo no hago audiciones”, aclaró el sueco cuando empezaba a despuntar en el Malmö, el equipo de sus ciudad. Y el seleccionador Hamrén, que le conoce al dedillo, se propuso instruirle en un curso de motivación, ya que en el césped Ibrahimovic no necesita aprender conceptos nuevos; tampoco enseñarlos porque, sencillamente, nadie más puede repetir sus virguerías. Así que su seleccionador le da rienda suelta y, cuando queda satisfecho, le da una simple palmadita en la espalda. Y es que Ibracadabra no necesita palmeros a su alrededor, él se considera la hostia porque, como dijo una vez, “si me hubiera dedicado al taekwondo, seguramente habría ganado varias medallas olímpicas”. No es un farol, practicó artes marciales con pocos años.

Trabajo sucio pero glamuroso

Mircoles, 4 Abril 2012

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El gran Arrigo Sacchi espetó en COPE, en la previa del Barça-Milan, que su corazón estaba con los italianos, pero que amaba aún más el fútbol bonito. Por ello, el ex entrenador del mejor Milan de todos los tiempos se debió ir a la cama satisfecho, porque el Barça no se traicionó a sí mismo y tampoco el Milan, en su versión trasnochada (¡ojo Javi Clemente!), que al tiempo es la que lleva ofreciendo varios años. Los rossoneros han intentado modernizarse rejuveneciendo su mausoleo de viejas glorias, pero ni Ibrahimovic, Pato, Boateng, Robinho o Thiago Silva (ausente en la eliminatorio) le han conferido al equipo el caché necesario para codearse en la élite de Europa. Y, precisamente, ahí se llega con méritos tan contundentes como el del Barcelona: cinco semifinales de Champions consecutivas. Da lástima comprobar cómo todo un líder del Calcio se ofusca cuando tiene el balón en los pies: ni sabe cómo jugarlo ni tampoco tiene intención alguna, a pesar de contar con portentos de la talla de Clarence Seedorf, al que, incluso el Milan, le queda pequeño para sus asombrosas dotes.  Ha cumplido treinta y seis años pero sus facultades son de veinteañero, y quizás no sea un disparate confesar que este Seedorf sabría hacer de fiel escudero de Xabi Alonso…¡o al revés!

El bloguero Borja Pardo escribió una vez que Sergio Busquets debutó en 2008 siendo ‘el hijo del portero’ y al cabo de los años al peculiar ‘Busi’ le han terminado conociendo como ‘el padre de Sergio’. Vicente Del Bosque le rindió un tributo grandioso durante el Mundial de Sudáfrica diciendo sin rubor que “si fuera futbolista, le gustaría parecerse a Busquets”. No acapara portadas porque cualquier gesto de Messi es trending topic mundial ni suele ser cómplice de los prodigios que inventan Xavi e Iniesta, pero les gana a todos en las notas finales: Busquets siempre saca sobresaliente y apenas baja al notable, porque de lo contrario al Barça le afectaría en exceso. Ha convertido el llamado ‘trabajo sucio’ en una tarea glamurosa y se le ha reconocido, más si cabe que a antecesores tan dignos como Makelele en el Madrid galáctico. Sería la pieza final que ansiaría Mourinho, por delante de laterales derechos, Agüeros o interiores incisivos como David Silva o Mata. El Barça está tensado con un cable que Busquets mantiene firme para que, por una parte, Piqué y Puyol no se encuentren de bruces con una invasión enemiga y por otra,  Messi y los chicos se dediquen a la alquimia sin necesidad de mirar atrás. Ése es el secreto no revelado de este Barcelona.

Y si encima llega al Camp Nou un equipo italiano y en pocos minutos tira a la basura todo el oficio granjeado en años, la eliminatoria está garantizada. En la época de Sacchi o durante los noventa era impensable que un italiano pecara de ingenuo: podía rendirse por la superioridad del rival o por un despropósito, pero nunca por pardillo. Por eso, cuesta creer que Nesta, un central de largo kilometraje, agarrara la camiseta de Busquets con tanto descaro. Y quizás él piense que toda la culpa no es suya, sino de la patente de corso con la que los árbitros de su país le dejan actuar a sus anchas. Nesta se equivocó y sus compañeros también: en vez de lanzarse como posesos al árbitro holandés Kuipers, debieron dar de collejas a su compañero hasta la extenuación. Así, con todo,  el Barça no descubrió nada nuevo que contar salvo Busquets, el Milan sí sugirió demasiadas lecturas y todas del mismo género: el fútbol italiano ha vuelto a pegársela y lo más aterrador es que su liga decadente y oxidada no atisba un resucitador.

 

 

 

 

San Siro les devolvió la gloria

Mircoles, 23 Noviembre 2011

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Corría el minuto 56 de partido en San Siro y el Barcelona seguía sin encontrar resquicio alguno en la defensa pétrea del Milan. El mister Ancelotti había construido un fuerte con Nesta y Stam de pilares y cementado con la argamasa de Gattuso. El objetivo único y exclusivo del Milan era cegar a Ronaldinho, dadas las bajas de Deco y Messi, y esperar una contra de Shevchenko o un balón rapiñado por Gilardino. Durante la semana previa, el antecedente fatídico de la Champions de Atenas 94 había retumbado en Barcelona hasta el punto que Rijkaard prefirió emular las intenciones italianas renunciando al fútbol jovial que le había colocado en semifinales.

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