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Alemania vintage

Martes, 21 Junio 2016

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Thomas Müller no es el mejor futbolista del mundo, pero sí es el mejor del mundo en lo suyo”. Jupp Heynckes habla en muy contadas ocasiones y cada discurso suyo llena auditorios. Van Gaal brindó a Muller su primera oportunidad y fue Heynckes quien disparó su meteórica carrera. Salvando las distancias, el media punta de la Mannschaft tiene cierto aire a Raúl González: su carrera es antiestética, su disparo no intimida y el regate es poco escurridizo. Pero siempre está ahí: rematando centros imposibles, abriendo en canal defensas de hormigón e inventando pases en medio metro cuadrado. Müller es el perfecto ‘falso nueve’, lo supo Guardiola y le imitó hábilmente Joachim Löw desde el pasado Mundial de Brasil. Las míticas selecciones del ‘Torpedo’ Müller, Klinsmann, Bierhoff o Klose han evolucionado hacia una coctelera en la que el propio Thomas Müller, Özil y Kroos han desengrasado un estilo tan mecanizado.

Alemania no juega al ritmo de Iniesta, pero de vez en cuando saca a pasear aquella apisonadora que destripó a Brasil en la mayor humillación del fútbol contemporáneo. Su fútbol suena muy vintage, con delantero centro, y no necesita galimatías tácticos para despistar al rival. El juego alemán del pim, pam, pum perdura por los siglos de los siglos. Dice Bernd Schuster, cuya renuncia a la selección todavía es considerada un sacrilegio en el país, que “Alemania es el Real Madrid de Eurocopas y Mundiales”. Quizá tenga razón, porque manejan el tempo de las competiciones como nadie y callan a su prensa crítica cuando se acaba el fogueo. Se sobreexcitan con pesos pesados y, como Muhammad Ali, eligen al boxeador del momento para decir ‘aquí estoy yo’. A pegada es imposible ganarle porque Löw confía ciegamente en la estructura metálica que empieza por Neuer y sostiene Khedira, el pivote innegociable del seleccionador. El ex madridista mantiene el don de la apariencia, paquete para España y un ídolo en su país. Es la diferencia entre ensayar con alevines una genialidad de David Silva, y la querencia germana por los trotones en las escuelas.

El efecto dominó de la infantería alemana provoca que Toni Kroos juegue sin corsé. En la Mannschaft Khedira desatasca cañerías y Krooos copia a Xabi Alonso. Sin mirar de reojo a su defensa, el madridista coloca pases de cuarenta metros y luce ese putt tan tan característico en su pierna derecha. Löw no traicionó la costumbre patria por tercera vez: del falso nueve contra Ucrania y Polonia, hoy hizo caso a la opinión pública colocando un boya en el área, Mario Gómez. Cualquier club de la Bundesliga construye su plantilla a partir de un delantero centro y un francotirador. Por eso, Guardiola fue un genio incomprendido. Alemania volvió a ser Alemania. 

Y no fueron diez goles de milagro

Mircoles, 9 Julio 2014

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“En esta Alemania jamás habría renunciado a jugar”. Fue la reflexión socarrona de Bernd Schuster pocos minutos después de la masacre del Mineirao. El legendario centrocampista teutón no quiso jugar con su país un amistoso contra Albania en 1983 porque coincidió con el nacimiento de su hijo y la rebeldía le costó la expulsión eterna. “En este equipo, hasta yo con mi edad me divertiría”, lo dice un sabio que, a estas alturas de su vida, ya lo ha visto todo en el mundillo del fútbol. O casi todo. Paco González acertó con el titular de la noche: “Esta goleada es la madre de todos los partidos de la historia”. Pasarán los siglos y el repaso más soberano que se haya visto en un Mundial todavía escocerá. Devolver una bofetada de tales proporciones bíblicas requeriría una Copa del Mundo en Berlín y otra goleada a la inversa, pero a tenor de la cabezonería del seleccionador Luis Felipe Scolari (ni un amago de dimisión), queda Brasil de hormigón para rato. De repente, el fútbol repartió papales distintos y el mítico Brasil del setenta fue imitado palmo a palmo por una Alemania jugona de tiqui-taca. Vamos, un Bayern de Guardiola en toda regla.

El espíritu Neymar, con David Luiz enseñando a todo el Mineirao su camiseta, se esfumó en un chasquillo de dedos. Lo que tardó Joachim Löw en descuartizar a la canarinha de pies a cabeza. El entrenador alemán siempre ha confiado en Khedira y aún se sorprende de la condición de paquete con la que la prensa española trata a su panzer preferido. Con la camiseta nacional, Khedira hace de Makelele y Özil al mismo tiempo (siendo más decisivo incluso que el ‘besugo’); o sea, un cóctel más gustoso que Fernandinho y Paulinho juntos, cuyo tacto por el balón sabe a suela de zapato. Pero Scolari quería morir con sus principios y, aunque se atornille al banquillo por muchos años, jamás habrá visos de jogo bonito. Sus ideales son músculo, mamporros y Neymar. Quizá tenga que atenerse a esta promoción en la que sólo el barcelonista divierte como un malabarista; no obstante, todavía quedan dispersos por ahí Ronaldinho, Robinho, Kaká y Lucas Moura, éste el gran ausente.

Con ellos tampoco habrían ganado nunca a Alemania pero sí habrían aportado algo de show. Como el que hizo, por ejemplo, Toni Kroos, fichaje inminente del Real Madrid. Guardiola no ha contado con él por su predilección hacia Thiago y eso que gana el Madrid. Es un pelotero de los que habría engatusado hasta al propio Alfredo Di Stefano: pisa el balón, medita la mejor jugada, y siempre encuentra un pase decisivo o un disparo a media distancia que busque las cosquillas del portero. Anoche encontró las de Julio César. Kroos vale para construir fútbol y volatilizarlo al contraataque, estilo preferido de Cristiano y Gareth Bale. Opinión diferente merece Schweinsteiger: su edad le ha reconvertido en un Paul Gascoigne con mentalidad germana.  Vertebra la columna de la selección y gambetea en un metro cuadrado, no le hace falta más. Como tampoco a Miroslav Klose, que ha dejado atrás a Ronaldo Nazario en goles mundialistas cazándolos por tierra, mar y aire. En cualquier generación alemana no puede faltar el delantero tanque por antonomasia; Klose aglutina varias camadas juntas y siempre ha sido necesario. Merece una despedida triunfal de Brasil.

El lloro desconsolado de David Luiz no fue inesperado. Sin Thiago Silva y Neymar, o con ellos, se barruntaba un epílogo cruel. Desde luego, Scolari jamás habría desactivado el martillo neumático de Löw. Y si éste no hubiera ordenado bajar el pistón, la goleada podría haber merodeado los diez goles. Habría bastado que Özil hubiese recuperado aquella versión que llegó a dejar boquiabierto al Bernabéu. Quien sí lo haría y un porrón de veces es el Raúl González Blanco de la Mannschaft. Él es Thomas Müller, antiestético corriendo, regateando y chutando, pero siempre delante del gol. Sin tener nada, lo tiene todo: oportunista como Raúl, infatigable en el esfuerzo, presiona por todo el césped olisqueando el balón. Su carácter arrollador lo ha transmitido a un equipo que pisotea y pisotea al rival hasta dejarle aplastado. Le da igual que sea en el nido de Brasil o en un partido de sábado por la tarde contra el Werder Bremen: su obsesión por el gol es de diván de psicólogo. Por eso, Alemania es el país más competitivo que ha existido siempre y, por eso, tenían que ser ellos los que firmaran la mayor vergüenza de la historia centenaria del fútbol. En el futuro ya no bastará que gane Brasil: o fabrican nuevos Zicos, Romarios y Ronaldos, o la torcida brasileña dejará de excitarse con el fútbol. De cualquier modo, siendo Scolari el comandante, la masacre no habrá terminado.