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Explota el propano

Mircoles, 7 Enero 2015

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“Presidente, o me deja sancionarle o me voy”. En su habitual estado volcánico, Louis Van Gaal amenazó al presidente José Luis Núñez porque el caso Rivaldo le había agotado. Sucedió en diciembre de 1999, cuando la estrella brasileña del Barça acababa de ser informado que recibiría el Balón de Oro y había decidido ir de gallito con su entrenador. Bajo ninguna circunstancia, Rivaldo jugaría de extremo izquierdo en el partido liguero de Vallecas porque se había hartado de los planteamientos férreos del holandés. El cuerpo técnico y algunos compañeros como Figo o Kluivert intentaron convencer al media punta brasileño para que rectificara, pero prevaleció su tozudez. Van Gaal consideró la negativa como un acto de indisciplina y le dejó fuera de la convocatoria contra el Rayo. Al día siguiente, Núñez y su entrenador se reunieron en el Camp Nou, y Van Gaal le dijo que no iba a tolerar “caprichos de niño” por mucho Balón de Oro del que pudiera sacar pecho.El desencuentro protagonizó la trama de aquellas Navidades en la Ciudad Condal y Rivaldo evitó meter otra cerilla en el inflamable vestuario rechazando más días libres de lo habitual para las vacaciones de fin de año en su país. Después de Reyes, Núñez comunicó al jugador que estudiarían seriamente aumentarle el salario en su próxima renovación pero, a cambio, le insistió en que no fuera tan rebelde con Van Gaal por el bien del equipo.

Los decibelios de los chismorreos en Can Barça llegaron a un nivel tan ensordecedor que Van Gaal, conminado por el club, aprovechó una rueda de prensa rutinaria para activar el protocolo de mentiras. “Hablé con Rivaldo y no hay ningún problema (…) Todo el vestuario está unido para intentar ganar todos los títulos (…) ¡Felicidades! Os habéis reído mucho inventando en el tema de Rivaldo”. Meses después, el Barça fue cayendo en todas las competiciones como fichas de un dominó y Van Gaal, oteando el tsunami que se aproximaba, se despidió de los periodistas al son de “¡Felicidades, lo habéis conseguido!”. Rivaldo ganaba un pulso demasiado latoso en el tiempo y José Luis Núñez se despedía de la presidencia por el desgaste de las críticas de la grada, la prensa y esas pequeñas peleas de vestuario que fueron esquilmando su último proyecto. “Había demasiada tensión”, comentó Núñez años después en una entrevista en TV3.

“Había que rebajar la tensión”. Coartada de parvulario que ha usado Josep María Bartomeu para convocar elecciones. El soci las pidió a gritos el día que Sandro Rosell dio la espantada; necesitaban a un presidente electo, no de cartón piedra. Pero los cenáculos periodísticos del Barça ya murmuraban entonces que el flamante presidente tenía fecha de caducidad: la que dictara Leo Messi. Descontento con la gente de traje y corbata de la  planta noble del Camp Nou, el crack argentino intuye que la directiva filtra a la opinión pública basura sobre él. El ‘Tata’ Martino fue un obsequio generoso de parte de Rosell, pero la familia Messi sabía que su fichaje exprés apenas duraría una temporada por la “falta de sintonía con la cultura culé”. Es decir, que Martino era un ente ajeno y extraño para el universo Barça.

Y de Martino a Luis Enrique, la solución (según Zubizarreta) a la dejadez del vestuario y la pelea de egos, empezando por el ‘10’ argentino. “Soy un líder”, espetó Luis Enrique en una de sus primeras comparecencias públicas en julio. Lo supo Francesco Totti, gurú físico y metafísico de la Roma, cuando decidió subirse al ring con Luis Enrique en su única temporada en Italia, y lo ha terminado por entender Messi, capataz del rancho desde que Guardiola lo abandonó. En el trasfondo, irá apareciendo Joan Laporta. La carta maestra del próximo entrenador quizá decida presidentes, pero el barcelonismo olvidará la due diligence del ex presidente a tenor de este desastre de proporciones bíblicas. Al fin y al cabo, la clave del éxito en el Barça es controlar el propano. O, dicho políticamente correcto, “rebajar la tensión”. O, hablando en plata, seguir dispensando a Messi trato de faraón. Rivaldo ganó su pulso a Van Gaal, ¿qué suicida cree que el argentino no se impondrá a Luis Enrique?

A Van Gaal le falta libreta

Lunes, 18 Agosto 2014

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Otoño de 1996. El Fútbol Club Barcelona firma un precontrato con Louis Van Gaal para que sea su próximo entrenador que marque época. Cruyff fue despedido ese año y el presidente José Luis Núñez y su brazo ejecutor Joan Gaspart encargaron a sir Bobby Robson una transición sin jaleos. Fue el gran año de Ronaldo, aún lejos de ser recordado como el ‘gordito’, y Van Gaal habló personalmente con Gaspart para exigirle que el delantero brasileño sería la piedra angular de su proyecto. Necesitaba un equipo con el jovencísimo crack para que el Camp Nou entendiese que había vida más allá del ‘cruyffismo’. Sin embargo y dado el éxito sobrecogedor de la manada de búfalos (así describió Jorge Valdano a Ronaldo), los agentes del brasileño llamaron a la puerta del despacho de Núñez para pedir una renovación: había un club italiano que no tenía reparos en poner en un nuevo contrato tantos ceros como se le antojaran al futbolista. Gaspart fue cediendo a las pretensiones de Alexandre Martins, el poli malo de las negociaciones de Ronaldo, pero la jugada había sido pergeñada con premeditación: Ronaldo sí o sí jugaría en el Inter de Milan. Como un producto de marca, se trataba de exportarle a la entonces mejor liga de mundo.

Van Gaal miró con perspectiva el tira y afloja entre Ronaldo y la directiva, y calló hasta que la rescisión se hizo oficial. Quería esperar el momento decisivo para explicar al club que sin un crack el Barça seguiría vagando en esa transición posterior a su compatriota y a la vez archienemigo. Núñez y Gaspart tuvieron que aflojarse la corbata de la presión asfixiante del entorno de Ronaldo y, con el fin de evitar otra discusión eterna, atendieron a la primera queja del flamante entrenador holandés: en una maniobra relámpago depositaron los 4000 millones de pesetas de la cláusula de Rivaldo. El Depor se quedaba compuesto y sin novia, y, ahora sí, Van Gaal podía trabajar a gusto con su libreta.

Ed Woodward es el vicepresidente ejecutivo del Manchester United y quien atiende las peticiones de su nuevo técnico. Los reporteros del United cuentan que es un teléfono pegado a un hombre y “que se vaya preparando después de la derrota ante el Swansea”. El relevo de Sir Alex Ferguson se encareció con el despido de David Moyes y, como medida de choque, el segundo sucesor tampoco quiere ser devorado por el mito. Su United asombró contra el Real Madrid en la gira estadounidense pero se ha estampado en el debut en Old Trafford. Las imágenes de televisión del pasado sábado fueron demasiado elocuentes: Van Gaal no hacía más que escribir con saña en su libreta secreta, como si estuviera pintarrajeando el batacazo contra el Swansea. Un garabato por aquí, otro por allá; si hubiera un periodista que publicase las páginas de la libreta del sábado, sería digno del Pulitzer. Sin embargo, no hizo falta intuir cómo dibuja sus perturbaciones sobre el papel: “Sí, podríamos hacer más fichajes”, anunció tajantemente en rueda de prensa.

Al Manchester le urge ese Rivaldo que no pueden asumir ni Rooney, al que hay que motivar a cucharaditas, ni Van Persie, que todavía busca el partido de su vida. No obstante, Van Gaal tampoco pide un Eric Cantona que ponga a cien al vestuario, su lista de peticiones no es tan exagerada: Ángel Di María por delante de cualquiera, un central con empaque como el alemán Hummels, el polivalente centrocampista Kevin Strootman y, por si cae, el capricho de Edinson Cavani. Woodward le prometió cien millones para gastar, pero de momento el United se está construyendo en formato ahorro. Todavía no ha llegado ninguno de estos candidatos y puede que se les espere toda la temporada, pero Van Gaal sabe que los cambios de ciclo requieren cambios drásticos: “A Mister Robson le cambiaron el Barcelona en apenas unas semanas sabiendo que entrenaría un año”, suele contar Van Gaal a su gente de confianza. Lo lleva diciendo desde que pidió a Rivaldo en aquel verano de 1997. Él no es uno más, pero tampoco sueña con la inmortalidad de Ferguson: simplemente necesita un par de sus elegidos para que no traspapelar la libreta.