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Un fichaje con once dueños

Martes, 28 Mayo 2013

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El efecto Robinho acecha de nuevo al fútbol español. Florentino Pérez, en su obsesión desmedida de fabricar un Balón de Oro, eligió a dedo a la entonces estrella santista; quería a toda costa arrebatar al Barça su talento de rey midas para obsequiar al Bernabeu con el Ronaldinho que el Madrid pudo tener y no retuvo. Prefirió la pasta fácil, la que generaba un monstruo de la mercadotecnia llamado David Beckham Hoy, el gentleman inglés sigue siendo un icono publicitario (el Madrid fue una aventura más) y Sandro Rosell, guiándose por el mismo olfato que el presidente blanco y buen conocedor del mercado brasileño, ha entendido que la cresta de Neymar mueve media Sudamérica y que, junto a Messi, deja a Florentino sin una máquina de dinero fácil. Por de pronto, Rosell se ha asegurado el ruido mediático que provocará el debut de su rutilante estrella, una jugada difícil de contrarrestar por el Madrid ni aún fichando a Gareth Bale. Será entonces cuando los programas deportivos repitan hasta la saciedad aquel debut triunfante de Robinho en Cádiz, cuando su entrenador, Wanderlei Luxemburgo, le sacó un puñado de minutos como si fuera el truco final de la función. Un sombrero y varias bicicletas asombraron a un Florentino que se frotaba las manos intuyendo futuras tardes de vino y rosas.

Neymar no se parece en nada a Robinho, dicen desde Brasil. Si el ex madridista fue calificado desde el Santos como “sucesor de Pelé” con el consentimiento del mismísimo O’ Rei, a Neymar directamente le encasquetan un buen saco de balones de Oro. Desde luego, la corte faraónico que arrastrará el jugador, empezando por su espabilado padre, afectará a la fuerza la convivencia del vestuario: el día que una mega presentación de Nike importe más que un simple entrenamiento, el Barça tendrá un problema. Y la gente del fútbol, morbosa por naturaleza, sólo piensa que los seguimientos personalizados en el campo tanto al brasileño como a Messi les pillen en un primer renuncio: una bronca airada, una mirada desafiante, un gesto maliciosamente interpretable…cualquier acción que venda más que un pulgar hacia arriba o un aplauso fácil. Será entonces cuando los laportistas, con Johan Cruyff a la cabeza, fusilen sin piedad la gestión del actual presidente y salga el propio Laporta justificando las palabras de su gurú holandés: “Dos jefes en el mismo barco, mal asunto”.

Pero antes de que el Barcelona pinte el debut de Neymar mejor que el próximo espectáculo de El Circo del Sol, el soci quiere saber cuánto han gastado, porque si Florentino Pérez llegó a ofrecer cien millones, es sospechoso que Rosell sólo haya pagado cuarenta menos aún con preacuerdos y dinero por adelantado. La conclusión llamativa de la operación, al menos en su apariencia, es que el fútbol se ha comercializado hasta el punto (sin retorno) que los patrocinadores son los nuevos jefes de este negocio. Extraña que el Santos sólo ingrese 28 millones, dos menos que la plusvalía que se lleva la familia Neymar. Sólo Wagner Ribeiro, el verdadero crack de la operación, y la directiva azulgrana saben el verdadero PVP; pero anunciar unos cien millones aproximados sonaría a sacrilegio para un club poco dado a dispendios descomunales. Comparándolo, el serial de Robinho acabó en pecata minuta para la ingente cantidad de papel que gastó la prensa: 24 millones y a correr. Pero a Robinho le manejó el Madrid, mientras que Neymar tiene once dueños entre los que destacan Nike, Banco Santander, Unilever, Red Bull y Panasonic. Ellos decidirán si su chico franquicia cumple las cinco temporadas en Barcelona o en poco tiempo vislumbran otros mercados por Europa. Y aunque los folclóricos  y puristas se lleven las manos a la cabeza, no tardarán en comprender que esto es business y hasta el clasicismo de San Mamés se ha rendido a los tiempos modernos. Puede que también lo haga La Masía, traicionada por un fichaje más enfocado a engordar la tesorería que a continuar su esencia holandesa. Espero equivocarme. 

Las malas noticias a veces no son tan malas

Lunes, 11 Marzo 2013

“Que el Madrid no tontee en la Liga porque se puede llevar un susto”. Joan Laporta hizo leña del árbol caído después del vía crucis que sufrió el Madrid de Carlos Queiroz, cuando, de una tacada, se dejó la Copa en Montjuic y la Champions en un remate traicionero de Morientes con su Mónaco. Comenzaba el grotesco fenómeno del galacticidio que acabaría devorando a aquella constelación que mandó comprar Florentino; por de pronto, una Liga casi solventada se tornó en pesadilla a falta de once jornadas, con el Valencia a seis puntos y el Barça a una distancia sideral. La hecatombe de Mónaco se convirtió en un síntoma difícil de digerir (y reconocer): los blancos perdieron siete de los últimos diez partidos  y volatilizaron el campeonato. El capitán Raúl asumió los galones durante la tragedia y salió a la palestra para intentar calmar al madridismo: “A pesar de las últimas decepciones (Copa y Champions), no vamos a dejar escapar esta Liga”. Las palabras del siete estaban cargadas de heroicidad, pero la realidad delató un vestuario desplomado y aterrado por no haber colmado unas expectativas que la prensa describió con tintes faraónicos. El club se había encargado de vender una de las siete maravillas del mundo sin detenerse ni un instante a firmar una póliza de seguro en caso de accidente. Y el que sucedió fue demasiado aparatoso.

Tiempo después, Carlos Queiroz, ya fuera del club, diagnosticó las causas del derrumbe. Su conclusión fue que el propio Madrid “se mató a sí mismo”, exigiéndose la Copa de Europa por encima de cualquier éxito. El técnico portugués, en una entrevista concedida en Inglaterra, comentó que la eliminación de Mónaco desconectó para siempre al equipo. “La Liga ya no tenía sentido para los jugadores”, señaló con resignación Queiroz. En su intento por depurar responsabilidades y quitarse el marrón de encima, en parte tenía razón: el entrenador tan sólo era un convidado de piedra en aquella apuesta planetaria. La adulación a la enésima potencia había sedado a una pléyade de estrellas harta de aplausos y que, sin embargo, no había arrasado en títulos. El Madrid podría presumir de alinear juntos a Zidane, Ronaldo, Figo y Beckham, incluso de jugar a ratos un fútbol de fantasía. Pero el presidente sabía que los títulos o, más bien, la Champions, era la única coartada para inmortalizar su mastodóntico sueño.

El Barcelona de Jordi Roura (así será recordado al borde del cataclismo) cada vez se esfuerza más en emular al Madrid de Queiroz. Obviamente, parte de las circunstancias nada tienen que ver con el galaticidio: los azulgranas se han llevado golpes psicológicos con las noticias de Abidal y Tito Vilanova difíciles de digerir y, sobre todo, de olvidar en el césped. Tampoco el Barça se ha traicionado a sí mismo: el estilo es perenne juegue enfrente el Madrid o el Milan, quizá porque este equipo está moldeado para marear el balón en cualquier palmo del campo. Son las actitudes de ciertos futbolistas, como entonces ocurrió en el vestuario merengue, las que están dinamitando el establishment culé.

Primero, Victor Valdés reconoció públicamente y a destiempo que su futuro ya no pintaba nada en Barcelona. Desde luego, el portero se puso la pistola en la sien, pues era consciente de que cualquier cantada se la restregarían hasta la extenuación. Dani Alves era uno de los señalados por Guardiola y la salida de éste supuso un alivio, pero no una motivación para el brasileño; sigue viviendo de las rentas. Y en el incordio del nueve, Villa y Alexis sólo esperan finiquitar la temporada y encomendarse a los caprichos del mercado; entre que Messi eclipsa a todos y que ninguno de los dos  arietes han causado expectación en la grada, el club se ha dado cuenta que Neymar ahora o nunca. Y para no caer en ventajismos, estas carencias prevalecerán remonte o no al Milan mañana. En definitiva, si el Barça repite este año las gestas de Guardiola, agradecerá el mal trago de las últimas fechas. Queiroz avisó que su Madrid no se sostenía por el discurso inalterable del presidente, Sandro Rosell sabe de primera mano por dónde debe meter el bisturí. Las malas noticias a veces no son tan malas.