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Vino gran reserva Clarence Seedorf

Jueves, 16 Enero 2014

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Cuando Lorenzo Sanz fichó a Fabio Capello en su primera aventura madridista de 1996, el técnico italiano le puso varios nombres encima de la mesa con uno como máxima prioridad. “Estoy muy orgulloso de haber satisfecho el encargo de nuestro entrenador”, comentó el ex presidente a los reporteros para anunciar el fichaje de un interior derecha holandés de 21 años y fuerte como un roble, de los que gustaban a Capello. Clarence Seedorf acababa de fichar por el Real Madrid por la nada despreciable cantidad de 600 millones de pesetas, los que Sanz tuvo que desembolsar a la Sampdoria. El padre del futbolista espetó al presidente que “el Madrid no imaginaba lo que acababa de comprar”. Seedorf siempre ha venerado a su padre hasta el punto que nunca le estará lo suficientemente agradecido por prestarle unos zapatos tres tallas más grandes que la suya en su debut con los juveniles del Ajax de Amsterdam. Aquello no fue más que el prólogo de una carrera exitosa por Europa, levantando copas de Europa por todo el continente. No en vano, recién retirado, sigue presumiendo de ser el único futbolista de la historia con Champions en tres clubes diferentes.

Seedorf ejemplifica la madurez de cualquier jugador que nació humilde (su familia de Surinam tuvo que emigrar a Amsterdam para seguir adelante) y soñó convertirse en ídolo de masas. En Madrid rindió, ganó títulos y se adaptó rápido a la cultura española, sobre todo, con la gastronomía. Muchas veces ovacionado por el Bernabéu y otras sospechoso de cierta apatía, su talento sí gozaba de unanimidad absoluta. El problema de grandes clubes como el Madrid, sobre todo éste, es el desgaste de la exposición mediática. Aquella invención periodística de ‘la Quinta del Ferrari’, formada por Suker, Mijatovic, Panucci, Roberto Carlos y el propio Clarence, perjudicó en exceso al holandés. Si se marcaba un partido sensacional, era el gran Seedorf; si fallaba un puñado de pases o no corría a defender una jugada, entonces no era más que otro ‘Ferrari boy’. John Benjamin Toshack tomó nota y le quiso purgar desde el principio. El galés ordenó a Lorenzo a Sanz venderlo en el verano del 99 y días después de que en un amistoso de pretemporada en Compostela aficionados madridistas gritasen ‘Seedorf, si; Toshack, no’, la respuesta del presidente fue demoledora: “Oficialmente, el Madrid no vende a Seedorf aunque venga el representante de San Pedro”. Toshack, cegado por su obsesión de sacarlo de la plantilla, había ignorado la única petición que le hizo el holandés, una recomendación táctica: que le pusiese en el centro del campo para crear juego, no arrinconado en la banda derecha. El tira y afloja duró hasta Navidades, cuando Sanz acabó aceptando la oferta del Inter de Milan por casi 4.000 millones de pesetas. Ciertamente, con dos Champions en el zurrón, no era un P.VP. exagerado.

En el Inter Seedorf tan sólo fue una pieza más en la torre de Babel que había construido el presidente Moratti. En un vestuario con argentinos, uruguayos, brasileños, colombianos, franceses, croatas, serbios, turcos, eslovacos y hasta el español Farinós, el entendimiento no fue fácil. Seedorf intuía que el Inter preparaba cada año proyectos etéreos que no iban a ningún lado. Así que no dudó en cambiar de acera para jugar en el Milan. Una frase de Carlo Ancelotti durante esta semana resume la influencia de Clarence en el club milanista: “Seedorf fue mi jugador. Un futbolista con gran personalidad que tiene la capacidad de conocer todo en el mundo del fútbol”. Otro buque insignia como fue Andrea Pirlo nunca escamita elogios cuando le preguntan por su ex compañero: “He jugado con genios del balón, portentos físicos que se mueven sin balón, pero nunca, nunca con un solo futbolista que sea tan bueno con y sin pelota”. La etapa de Seedorf en Milan recuerda a unas palabras de Cristiano Ronaldo en COPE: “Doy el 120 por cien como profesional”. Ése, exactamente, es el elixir de la eterna juventud del todo terreno holandés. Y, precisamente, el Bernabéu pudo contemplar su motor turbo diesel en un Real 2 – Milan 3 de Champions de 2009. Un buen puñado de periodistas escribió en sus crónicas que ese Seedorf bien podría haber jugado en el Madrid de Florentino.

Milan era la ciudad propicia para celebrar los fastos de su despedida. Pero a Seedorf siempre le ha picado la curiosidad del fútbol brasileño. Tan desmedido es su amor por la cultura carioca que, en una entrevista en El País durante los días previos a la fatídica Champions de Estambul, el entonces centrocampista del Milan confesó que de niño había llorado con la eliminación de Brasil a manos de Francia en el Mundial del 86, pero no porque cayera la canarinha, sino por el lamento de Zico, uno de sus grandes ídolos de la infancia. En otra entrevista posterior con el mismo periódico, pudimos comprobar la versión reposada y madura de Seedorf: “¿La final contra el Liverpool? No es que nos relajáramos seis minutos, fue obra del destino”.

El Botafogo ha tenido el honor de escribir el epílogo del Seedorf con botas. En año y medio su huella tiene un valor incalculable: que fuera nombrado mejor extranjero del campeonato brasileño es sólo una medallita más; la hazaña ha sido liderar un vestuario en pleno proceso de formación, con chavales que escuchaban atónitos al cuatro veces campeón de Europa. La gente sólo ve los 90 minutos que dura el encuentro, pero antes de eso paso mucho tiempo conversando con ellos, haciéndoles preguntas…Fuera del campo hay que plantearles los asuntos de manera más pausada, con la idea de que reflexionen y crezcan”. Es Seedorf ‘el maestro’, el mismo que adora una afición en la que algunos padres han bautizado a sus hijos con el nombre de Seedorf. Y no es broma. Por cierto, ha ganado cuatro Champions pero las estadísticas enumeran cinco, la del Madrid del 2000 en la que participó en la primera fase. Nunca le pillaréis en un renuncio,  él siempre contará cuatro, por méritos, porque son las que él se ha ganado. Un hombre de fútbol ha vuelto a Milan, el mismo que Botafogo perdió como futuro entrenador. Veintidós años de fútbol le han dado el aroma de un vino gran reserva. El Milan no tiene más que disfrutarle…el resto vendrá rodado.

Trabajo sucio pero glamuroso

Mircoles, 4 Abril 2012

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El gran Arrigo Sacchi espetó en COPE, en la previa del Barça-Milan, que su corazón estaba con los italianos, pero que amaba aún más el fútbol bonito. Por ello, el ex entrenador del mejor Milan de todos los tiempos se debió ir a la cama satisfecho, porque el Barça no se traicionó a sí mismo y tampoco el Milan, en su versión trasnochada (¡ojo Javi Clemente!), que al tiempo es la que lleva ofreciendo varios años. Los rossoneros han intentado modernizarse rejuveneciendo su mausoleo de viejas glorias, pero ni Ibrahimovic, Pato, Boateng, Robinho o Thiago Silva (ausente en la eliminatorio) le han conferido al equipo el caché necesario para codearse en la élite de Europa. Y, precisamente, ahí se llega con méritos tan contundentes como el del Barcelona: cinco semifinales de Champions consecutivas. Da lástima comprobar cómo todo un líder del Calcio se ofusca cuando tiene el balón en los pies: ni sabe cómo jugarlo ni tampoco tiene intención alguna, a pesar de contar con portentos de la talla de Clarence Seedorf, al que, incluso el Milan, le queda pequeño para sus asombrosas dotes.  Ha cumplido treinta y seis años pero sus facultades son de veinteañero, y quizás no sea un disparate confesar que este Seedorf sabría hacer de fiel escudero de Xabi Alonso…¡o al revés!

El bloguero Borja Pardo escribió una vez que Sergio Busquets debutó en 2008 siendo ‘el hijo del portero’ y al cabo de los años al peculiar ‘Busi’ le han terminado conociendo como ‘el padre de Sergio’. Vicente Del Bosque le rindió un tributo grandioso durante el Mundial de Sudáfrica diciendo sin rubor que “si fuera futbolista, le gustaría parecerse a Busquets”. No acapara portadas porque cualquier gesto de Messi es trending topic mundial ni suele ser cómplice de los prodigios que inventan Xavi e Iniesta, pero les gana a todos en las notas finales: Busquets siempre saca sobresaliente y apenas baja al notable, porque de lo contrario al Barça le afectaría en exceso. Ha convertido el llamado ‘trabajo sucio’ en una tarea glamurosa y se le ha reconocido, más si cabe que a antecesores tan dignos como Makelele en el Madrid galáctico. Sería la pieza final que ansiaría Mourinho, por delante de laterales derechos, Agüeros o interiores incisivos como David Silva o Mata. El Barça está tensado con un cable que Busquets mantiene firme para que, por una parte, Piqué y Puyol no se encuentren de bruces con una invasión enemiga y por otra,  Messi y los chicos se dediquen a la alquimia sin necesidad de mirar atrás. Ése es el secreto no revelado de este Barcelona.

Y si encima llega al Camp Nou un equipo italiano y en pocos minutos tira a la basura todo el oficio granjeado en años, la eliminatoria está garantizada. En la época de Sacchi o durante los noventa era impensable que un italiano pecara de ingenuo: podía rendirse por la superioridad del rival o por un despropósito, pero nunca por pardillo. Por eso, cuesta creer que Nesta, un central de largo kilometraje, agarrara la camiseta de Busquets con tanto descaro. Y quizás él piense que toda la culpa no es suya, sino de la patente de corso con la que los árbitros de su país le dejan actuar a sus anchas. Nesta se equivocó y sus compañeros también: en vez de lanzarse como posesos al árbitro holandés Kuipers, debieron dar de collejas a su compañero hasta la extenuación. Así, con todo,  el Barça no descubrió nada nuevo que contar salvo Busquets, el Milan sí sugirió demasiadas lecturas y todas del mismo género: el fútbol italiano ha vuelto a pegársela y lo más aterrador es que su liga decadente y oxidada no atisba un resucitador.

 

 

 

 

Huntelaar, otro esparadrapo para la herida

Mircoles, 3 Diciembre 2008

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Ya está en Madrid Klaas Jan Huntelaar, el nuevo mesías de Ramón Calderón para el resto de su presidencia, que a buen seguro no durará mucho. El flamante fichaje del Real Madrid viene para ayudar a reconducir la mala trayectoria deportiva del equipo pero sinceramente, no es más que otro esparadrapo que intentará suturar la sangrante herida que sufre el Real Madrid. Huntelaar es un delantero de 25 años, procedente de la notabilísima escuela del Ajax de Amsterdam y calidad tiene para rato. El problema es que aún no se ha fogueado en una liga competitiva ni tampoco es Marco Van Basten, con el que algunos descerebrados le han querido comparar. Su último club, el propio Ajax, ha deambulado los últimos años por Holanda con más pena que gloria y está a años luz de aquel equipazo que deslumbró de la mano de Johan Cruyff o del excelente grupo de los De Boer, Kluivert, Finidi, Litmanen y Seedorf, que fue capitaneado por Luis Van Gaal.

La mejor credencial de Huntelaar es la más válida para un delantero: el gol. Es un depredador del área que remata todo y marca de cualquier manera. El inconveniente es que el Madrid no dispone de jugadores que pongan el balón en el área, así que Huntelaar tendrá que inventarse un socio que le asista. El ariete holandés ya fue pretendido por Calderón el pasado verano pero la gestión se quedó en un vano interés. Ahora, en el mercado de diciembre, que el Madrid se ha visto con malas cartas, es cuando ha apretado para traer al futbolista. Si Huntelaar ha querido venir esta semana, supongo que hace tres meses su deseo era el mismo. Entonces, ¿por qué fallo la contratación en verano? Porque se hizo mal, a última hora y corriendo. Y así no se va a ninguna parte.

La premura del fichaje de Huntelaar ha encarecido su precio. Pagar por un jugador no contrastado veinte millones de euros mas otros siete por incentivos es un auténtico pitorreo, al que se han malacostumbrado Calderón y Mijatovic. O, ¿quién no se acuerda de cómo entraron Higuaín y Gago? Huntelaar es un buen jugador que necesita madurar con un gran reto. Si se hincha a meter goles lo que queda de temporada, entonces sí que valdrá los casi treinta millones que ha pagado el Madrid por él.

Pero el fondo de la cuestión sigue siendo el mismo. El Madrid no ficha lo que quiere sino lo que le queda. El objetivo era Benzema y la respuesta ha sido Huntelaar, un sucedáneo malo del francés. El día que aterrice Benzema, si es que ocurre algún día, será porque el Madrid habrá pretendido a la estrella de turno. Y francamente, que así negocie el Real Madrid es cuanto menos desalentador.