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El gallo vuelve a ser de pelea

Sbado, 19 Marzo 2011

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Centenario, lustroso y de noble linaje…el Real Madrid-Tottenham ha agitado el distrito londinense de Haringey, desacostumbrado a visitas tan protocolarias como la que le brinda la Champions en sus cuartos de final. Allí, en el estadio de White Hart Lane (‘la senda de los venados blancos’) Harry Redknapp ha rememorado retales gloriosos del que fue club de moda en su megalópolis durante la década de los sesenta y pinceladas de los ochenta.  De las primeras fechas, el inolvidable Jimmy Greaves metió al Tottenham en la elite británica con dos FA Cup y una Recopa con goleada incluida al Atlético de Madrid de Collar y Adelardo (5-1 en 1963). Otro genio fue el volante argentino Osvaldo Ardiles, quien llegó a ganarse el amor de su afición con un gesto insólito: durante la Guerra de las Malvinas (abril-junio 1982) y en plena temporada, Ardiles estuvo a punto de hacer las maletas para siempre por la muerte de un primo suyo que era teniente coronel; la situación política era tan tensa que durante un Tottenham-Leicester los vítores de ‘England, England’ por parte de la hinchada rival fueron sepultados por un estruendoso ‘Argentina, Argentina’: White Hart Lane profesó devoción infinita a un tío que no titubeó para respaldar públicamente a su país en el conflicto bélico. Ossie, apelativo cariñoso de Osvaldo, participó en la legendario final de la UEFA del 84, el penúltimo gran título del Tottenham.

Porque en el pintoresco barrio de Tottenham aún recuerdan la copa inglesa del 91. Con Terry Venables en el banquillo, un equipo de ensueño liderado por el majestuoso Gary Lineker y el inefable Paul Gascoigne venció al Nottingham Forest en Wembley. Y eso que Gazza, ya famoso por hacer virguerías con el balón y la cerveza, se rompió el ligamento a los quince minutos y tuvo que celebrar el título desde el hospital. Por cierto, que en aquel partido el sustituto de Gascoigne fue Nayim, el ceutí que puso patas arriba Zaragoza con una parábola imposible en la Recopa del 95 ante el Arsenal.  Aquella instantánea de Wembley fue el último gran episodio del Tottenham, porque los noventa y los albores del siglo XXI han sacudido a un club condenado al ostracismo y, lo que es peor, a la mofa del Arsenal, su eterno enemigo. Desde Highbury y, sobre todo, desde la llegada de Arsene Wenger  el histórico equipo de la clase obrera ha sacado pecho y se ha regodeado de los ominosos años del rival de los estamentos acomodados. Porque, sin llegar a ser los pijos de Londres (tal asignación corresponde al Chelsea), de siempre se ha dicho que el Tottenham alardeaba de un estilo exclusivo ante sus vecinos. No obstante, el recelo histórico entre los Spurs y los Gunners se enmarca dentro del folclore futbolístico: cada partido engalanaba el norte de Londres con tabernas abarrotadas y barriles de cerveza por doquier. Lástima que el Arsenal se haya mudado al Emirates. 

En medio de las recientes penurias del Tottenham, Juande Ramos le hizo un pequeño guiño con la Carling del 2008, pero para una entidad con tanto pedigrí no es suficiente. Por eso, esta temporada está siendo especial: la clasificación para la Champions del año pasado fue el amago de una idea esperanzadora para una afición harta de tantos fracasos. Y este año está siendo el de la confirmación, quizá no en títulos pero sí en el escaparate mediático. White Hart Lane ha asistido a la irrupción del gran émulo de Roberto Carlos: Gareth Bale. Sus galopadas por la banda izquierda y sus centros calibrados al milímetro son una credencial más que tentadora para que el Tottenham saque una buena tajada este verano. Madrid y Barça coleccionan sus mejores actuaciones en vídeo…habrá que ver quién negocia mejor. Por de pronto, el Madrid podrá tener referencias de primera mano con el duelo de cuartos. Pero no sólo Boom Bale pasea el gallo del escudo con honor: de sus autopases y regates se está aprovechando el gigantón Crouch, quien por fin ha encontrado en el lateral galés el socio perfecto para rapiñar todo lo que se mueve por el área. También ha vuelto a escena Van der Vaart, que ha encontrado en Londres las sensaciones que perdió en el Bernabeu. Y, al margen, Mourinho habrá ordenado seguimiento especial al escurridizo Aaron Lennon, apododo el ‘correcaminos’ y  al croata Modric, el último prodigio de la depauperada escuela balcánica. Es obvio que el mister Redknapp ha sabido ensamblar todos estos talentos en un nuevo Tottenham, diferente a las rémoras de las dos últimas décadas. Éste sí tiene futuro o, al menos, garantiza emoción para una hinchada olvidada. El gallo vuelve a ser de pelea.