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Alianza

Chicharito y Dios. Cada vez que habla de las cosas buenas que le suceden, se las atribuye a Dios. “Dios está conmigo, lo sé, y me ayuda, me ayuda lo que puede”. Dios, para Chicharito, no es omnipotente, pues ayuda lo que puede. “Sin él, soy poca cosa”. Respeto y admiro a quienes creen, a quienes tienen creencias.

¿Existe Dios? ¿Quién lo sabe, acaso lo sabe alguien? El Papa Francisco dice que “se sabe que no es Dios, no se sabe que es Dios”. Napoleón, entre agnóstico, ateo o no se sabe qué, como Voltaire, sostenía que si Dios no existiese, habría que inventarlo. Dios es un invento de los miedos del hombre, se ha escrito también. Al margen de todo este metafísico rollo sobre Dios, lo cierto es que el hombre es miedoso, si no siempre, sí alguna vez.

-Yo, cuando me siento triste o deprimido o pesimista, a pesar de mis dudas, entro en la iglesia y le hablo a Dios. Le digo: “Dios, échame una mano, como a Maradona”. Me alivia, me alivio. A veces me ayuda, sí, de verdad.

Esta confidencia me la ha hecho un político, socialista, amigo mío muy querido, que presume en los “medios” de agnóstico. La política es así: promete y no cumple, o disfraza sus sentimientos. Vaya usted a saber. Pablo Iglesias, que me hace gracia –sólo eso-, cada vez que habla como político parece Dios: dispone de soluciones para todo; con él en la Moncloa, España sería el Paraíso Absoluto del Bienestar.

-¿Crees en todo lo que dice? –me preguntan a veces.

- No. Pero me divierte la seguridad con que dice lo que dice.

Pablo Iglesias no es Dios, pero predica bienaventuranzas.

-Como si fuese Dios.

-Algo así. De donde se deduce que el hombre y la mujer, el compañero y la compañera, necesitan creer en algo o en alguien.

A Chicharito le va bien su alianza con Dios.

-Gracias a Dios- decía ayer- estoy disfrutando. Jugaré en el mejor club del mundo donde me pongan, donde Dios quiera. Mi ilusión es jugar el mayor número posible de minutos.

No dice partidos, sino el mayor número posible de minutos. Divina sencillez la sencillez de Chicharito. ¿Envidioso? Nada. ¿Celoso? Tampoco. Cree en él porque cree en Dios: así de simple.

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