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El insólito Gabriel Calderón

Domingo, 6 Abril 2014

Dos goles de penalti del Barça al Betis. Gabriel Calderón, sin embargo, acabado el partido, felicitó al árbitro Iglesias Villanueva:

-Sinceramente –dijo a los periodistas el técnico bético-, creo que el árbitro controló la situación. A pesar de los dos penaltis que nos pitó en contra, sólo me queda felicitarlo”.

Gabriel Calderón. Argentino. Cincuenta y cuatro años. Calva inteligente, mirada dulce. Origen humilde.

-Leer es otro modo de estudiar.

Lucha entre la pasión y la razón.

-La pasión confunde. La razón, no. Yo procuro razonar todo lo que veo, hago y vivo.

Ha aprendido también a querer.

-En el Betis, como jugador, viví años de felicidad (entre 1983 y 1985). No los he olvidado, ni los olvidaré.

Para él, la memoria es “el baúl de los recuerdos” amables y dulces.

Que un entrenador de fútbol sea como Gabriel Calderón no es sólito. Pero él ha visto, vivido y metabolizado mucho fútbol.

-El trabajo del árbitro es trabajo muy difícil. Yo no podría ser árbitro. Lo he pensado muchas veces. En el banquillo, el entrenador vive la presión y la ansiedad de ganar. El árbitro vive la presión y la ansiedad de no fallar, de que el público no le sea hostil, de que los jugadores no le engañen, que tampoco le engañe la vista.

Celebraría el casi imposible descenso del Betis. Me gustaría el milagro de la permanencia del Betis por él, por Gabriel Calderón. En un país –el nuestro- donde no todos somos iguales ante la ley. En un país donde vivimos o “padecemos” –todavía- una “medieval” democracia de aforados (“gracia o merced” que naturalmente no existe en las “verdaderas” democracias: Inglaterra, Estados Unidos y Francia, entre otras). En un país de intolerantes y viscerales ideológicos (me remito a las tertulias políticas de las televisiones, tan inaguantables por viscerales e intolerantes), existen seres como el insólito Gabriel Calderón.

Escribió no sé quien que “aunque toda sociedad está basada en la intolerancia, todo progreso estriba en la tolerancia”.