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A “Dior” gracias.

Estamos en temporada de desfiles de modistos que presentan sus creaciones para la Primavera-Verano 2009, en este París raro, entre lluvioso y soleado al final de la tarde. Las pasarelas se repletan de rostros archiconocidos, pululan las divas y los divos, y los famosos salidos de la nada más notoria andan con el pelo suelto y el pecho inflado. Ya me aburren no pocos de lo mismo. Parecen todos triunfadores, da arqueadas, y si pones cara de fracaso, aunque sea por broma, te entierran vivo.

No sé por qué, debe ser un trauma pendiente de resolver, pero siempre que me invitan a una pasarela de costurero célebre, me entra el mismo dolor de estómago que cuando estaba en la primaria y tenía examen oral. Pero igual que en la primaria es obligatorio asistir, porque en París nadie dice que no a una invitación para un desfile. Y claro, acepto invariablemente aunque tenga que embutirme en uno de esos modelitos artificiales para mi avanzada edad. En estos desfiles nadie es viejo, o al menos nadie parece que pasa de los treinta. Todo el mundo se ha operado, menos yo y las azafatas de veinte años. Incluso hasta las escritoras han caído en el bache de las operaciones; hace poco vi una que se rehizo los párpados, la nariz, el pecho, el trasero, además de inyectarse bótox hasta en las pupilas, las que se ha teñido con unos lentes verdes. No la reconocí, tuve que pedirle que me recitara de memoria un pasaje de su última e inmetible novela, para poder acceder a la información, porque ante este tipo de pirueta estilística, ya no sé si me encuentro delante de una muñeca computarizada o un ser humano.

Total, que me vestí, me maquillé, me colgué mi veintiúnico bolso Dior del hombro, y salí echando para las pasarelas. En el día a veces te tocan dos, y hay que correr de taxi en taxi, espolvoreándote el rostro en el interior, mientras el taxista, en pleno ramadán te regala unos versos coránicos, donde la mujer debe ser maltratada con un cepillo, para llegar como una puerta (lisa y sin brillos), y no como una puerca, a los salones dorados.

Aunque acomodada en mi puesto, bastante excéptica, es la posición a adoptar, porque si pones cara de maravillada te vuelves transparente, aquí lo indiferente y lo excéptico es lo que está a la moda, por no decir, las caras de palo constipado. Pues así estoy, a punto de estallar en mi vestido negro del año pasado, un Narciso Rodríguez, hundida en un asientico de esos en los que no cabe un hueso de una nalga de cualquier famosa famélica, a la espera de que se enciendan las luces y aparezca la colección de las colecciones, la megaultrasorpresa de las sorpresas, lo último en los muñequitos.

Estoy a punto de bostezar con la boca estreñida entre las manos, además para los desfiles hay que levantarse supermegahipertemprano, cuando aparece la primera modelo. Una chica que parece que irá a romperse a medio camino, con guantes blancos, vestido también pavorosamente blanco,  altísimos tacones blancos, la cabeza adornada con un sombrero de fieltro blanco, ondeado, imitando la onda del pelo de un peinado de los años veinte.

Se suceden las maniquíes, y recobro el entusiasmo, sin apenas enterarme, aplaudo embebida, ferviente, de que otra vez me haya seducido la inacabable fábula de John Galliano. A Dior, gracias. O quise decir, a Dios, gracias.

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Una respuesta a “A “Dior” gracias.”

  1. A “DIOR” GRACIAS. « Zoé Valdés dice:

    […] experiencia en las pasarelas Dior este año en Zoé en el metro, en Ecodiario de El Economista. Backstage. Foto […]

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