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Guillaume Depardieu, el apasionado.

Vivió solo 37 años. Acaba de morir en París, había regresado el domingo para curarse de una neumonía contraída durante un rodaje en Rumanía. Es uno de los últimos héroes pasionales del cine. Un joven que tuvo problemas con el alcohol, con las drogas, y serios problemas de comunicación con su progenitor, el actor Gérard Depardieu.

Vivía a mil, en una moto, hasta que tuvo el accidente, sufrió 17 operaciones y le amputaron una pierna. Los seguros no querían correr el riesgo con él, por lo que le costó trabajo que lo contrataran, pero así y todo siguió luchando con empeño por lo que sabía que era lo único que podía salvarlo: el cine.

Murió el niño arisco del cine francés. Hemos perdido al Arthur Rimbaud de la gran pantalla. Un chico inteligente, chirriante, mordaz, pero que sabía hacer lo suyo: actuar, y ser rebelde.

En esas dos aristas lo recordaremos siempre. Porque no podríamos nunca más olvidar al violinista de Todas las mañanas del mundo (1991) de Alain Corneau, en esa película bordó al personaje de Marin Marais. En 1996 estrena Les apprentis de Pierre Salvadori, lo que le valió un César para la mejor esperanza masculina en actuación.

Era un niño lindo, pero jamás fue un niño de papá. Era un niño prodigio, pero se negaba la prodigiosidad como único efecto. Supo “escupir sobre sus tumbas” a la manera de Boris Vian.

Nosotros lloraremos incrédulos sobre la suya.

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