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Del pánico y otras veleidades.

Sube el telón. Estoy en París, quince años después todavía no me lo puedo creer. Vivo frente al banco, en el que se reunieron en la primera línea de la novela de Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet, en el bulevar Bourdon. Hace frío soleado y antes de leer la prensa y que se me eche a perder el día con las malas noticias, prefiero salir a caminar a orillas del Sena. Pero sigue haciendo mucho frío, aún a mediodía, y me interno en el Barrio Latino. De pronto me quedo sola en un impasse, en un callejón sin salida, y me digo que no hay nada más parecido a este espacio físico que mi mente en algunas ocasiones en las que Cuba me invande entera con sus cincuenta años de dictadura.

Vuelvo sobre mis pasos, entro en una galería, lo único que me interesa, cada vez más, es el arte, perderme en la textura de los dulces e inclusos sensuales, o sombríos sueños del pintor.

-Es una pintora -me señala la galerista.

Lo había advertido, por un matiz, los ojos del ser extraño que pintó, son demasiado redondos, le hizo pestañas muy largas como letras góticas, y por detrás del olor a pintura, a trementina, surge un delicado perfume a orégano, comino, culantro, estragón. Las pintoras sazonan los cuadros, los cocinan. igual que las novelistas las novelas.

Creo que me gustaría comprar ese cuadro. La galerista es tan amable que me aconseja otro más hermoso, según ella, y a mejor precio. No tengo mucho dinero, no tengo dinero, subrayo, pero éste es el que me gusta. No importa, lo sé, subraya, son tiempos difíciles. Nos miramos tristemente.

Termino de ver la exposición. Voy a salir, y ella me detiene, espere, musita, voy a consultar algo con la pintora. Marca un número de teléfono, habla en inglés con la mujer que vive en la otra punta del mundo.

-Siena sería muy feliz si usted se llevara el cuadro, páguelo cuando pueda, sólo me tiene que dar la dirección, su teléfono… -La mujer me mira con ojos húmedos.

-Le agradezco infinitamente, vendré por él, pero cuando pueda pagarlo. Mientras tanto, si lo ha vendido usted antes, también eso me hará muy feliz.

Sonreímos, nos abrazamos.

Salgo de la galería, el aire gélido acaricia mi rostro. Llego a casa, sorprendo a mi hija de quince años pintando un cuadro, muy parecido al de Siena, con menos maestría, pero en la misma onda. Abstracto y cariñoso, el azar.

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