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Archivo de Octubre, 2008

El escritor silencioso.

Jueves, 9 Octubre 2008

Empecé a leer a Jean-Marie Gustave Le Clézio, reciente Premio Nobel, en el año 1985 con Le chercheur d’or, en Gallimard, lo leí directamente en francés. Su lectura fue impactante, y desde entonces seguí a este autor que posee todo lo que me gusta de un escritor. Una obra coherente, humana, muy personal, pero sin ser ombliguista. Una obra maciza y aún así, me atrevería a añadir que pura en su limpieza, en su transparencia.

Aparte su obra, de la que soy una admiradora; me gusta la persona que es Le Clézio, y fíjense que escribí “la persona” y no el “personaje”. Le Clézio es una persona tranquila, un  escritor que habla de manera sencilla, sin extravagancias, pero que tiene cosas que decir, y las dice con los ojos puestos en la vida. Apenas lo vemos en los programas televisivos, no vive en Francia, y sus entrevistas suelen ser muy escogidas y sabias. Ni una palabra de más ni una de menos. Y luego están esos silencios, valiosos, ampliamente cubiertos con las palabras justas de las que está hecha su obra.

Hace unos meses conversaba con mi editor francés y me preguntó qué escritor francés admiraba, no dudé un segundo, le di el nombre de Le Clézio. Creo que es un hombre que sabe lo que dice y por qué lo dice, y no necesita presentarse como si fuera el nuevo dandy o, por el contrario, el último pordiosero de la literatura universal.

Es sencillamente un hombre grande, que escribe en silencio, y publica también en silencio, para un público lector que lo ama en silencio. Raro amor silencioso en estos tiempos vocingleros. Pero es así, y no quiero hablar más… que nada se diga… salvo el silencio, agradecido y vibrante.

Ocho veces sí.

Jueves, 9 Octubre 2008

Acabo de regresar de una proyección privada de la película 8. Es la película que forma parte del proyecto Ocho veces sí, en donde participo como escritora. Los gobiernos habían planificado que para el 2015 se irían a solucionar múltiples problemas que aquejan a la humanidad, pero al paso que vamos, no erradicaremos ni uno.

Entonces se creó este proyecto, ocho puntos de urgencia en la que nos comprometimos a participar para que el mundo vaya un poco mejor.

LDM Films presentó hoy, a los organizadores del proyecto, editores y escritores que participamos en él, la película dirigida por:

1.- Abderrahmane Sissako. Tema: Reducir la extrema pobreza y el hambre.
2.- Gael García Bernal. Tema: Asegurar la educación primaria para todos.
3.- Mira Nair. Tema: Promover la igualdad de sexos y la autonomía de las mujeres.
4.- Gus van Sant. Tema: Reducir la mortalidad infantil.
5.- Jan Kounen. Tema: Mejorar la salud de la madre.
6.- Gaspar Noe. Tema: Combatir el SIDA, el paludismo y otras enfermedades.
7.- Jane Campion. Tema: Asegurar un medio ambiente durable.

Como les expliqué en post anterior, el proyecto incluye un libro de relatos donde participamos ocho escritores:

Zoé Valdés
Björn Larsson
Taslima Nasreen
Moussa Konaté
Vénus Khoury-Ghata
Philippe Besson
Alain Mabanckou
Nikki Gemmel (bajo reserva)

Llego a casa y me pongo a leer la prensa. Me entero de que el artista británico Marc Quinn hizo una escultura en oro macizo titulada Sirena, y que se inspiró en Kate Moss. Kate Moss me cae mal de gratis, la pobre, igual es buena gente. Pero ni la veo tan bonita, además tiene un ojo en el ser y otro en la nada, como decía Guillermo Cabrera Infante de Jean-Paul Sarte y su bizquera. Y no creo que se ejemplo de mucho menos, más bien lo contrario.

A veces me gustaría ser un samurai, y como la cieguita Ichi, con el sable, partir esculturas en dos. Tanta hambre y tanta necesidad en el mundo y todavía la gente sigue mandándose esa clase anónimos. ¡Puaf, vomito!

Ver el proyecto 8 Fois Oui y 8 La Película.

Seguro de muerte.

Lunes, 6 Octubre 2008

Los escritores escribimos siempre sobre el mal, es la primera frase que me inspira lo que ha dicho mi admirado Juan Manuel de Prada en su última o penúltima conferencia; ¿es ésto el resultado de: porque nada bueno nos ocurre, porque el mal nos hechiza, o porque sólo nos queda el mal, como a Ingrid Bergman y a Humphrey Bogart les quedaba París? Los escritores escribimos sobre el mal, no sólo de ahora para luego, sino de toda la vida. En el mal hay un candor, que el bien no tiene. El mal es como el mar: bello y peligroso, engañoso, diría mi madre. Y a todos nos fascina lanzarnos a ese cuerpo líquido que nos traga, nos enturbia o nos lava, nos mece, y nos lanza a las profundidades del silencio.

Yo siempre intento escribir sobre el bien, pero termino haciéndolo sobre el mal. En mi caso el mar, perdón, el mal, tiene nombre y apellidos. Ya se lo imaginarán, pero no vamos a nombrarlo, que muerde, aún en su agonía infinita, que lo hace eterno. Eterno, fíjense qué pequeña diferencia, porque inmortal él o Él, siempre se ha creído que es.

Yo soy buena en la vida real, en la literatura me someto a mis demonios, que son, afortunadamente, numerosos, y tenebrosos. Es la razón por la que tal vez algunos suplementos culturales no hagan ni siquiera un escupitajo de reseña de mis libros, porque aunque los periódicos están llenos de noticias venidas del más allá del mal, en las páginas culturales todo es como muy bueno, pinky, goloso, y de una ñoñería apabullante.

Hará unos días alguien me preguntó, como quien no quiere la cosa, si tengo seguro de vida (estaría pensando en matarme). Le dije que no, que lo mío es un seguro de muerte, como todo el mundo, o perdón, como el común de los mortales, o perdón, de los escritores, que somos iguales que los demás, pero con ínfulas.

Pero tú, dime una cosa, insistió el otro, ¿escribes para hacer soñar a la gente? De inmediato le respondí: No, escribo para despertarlos. Que ya para dormirnos tenemos la cosa aburrida diaria. Y como diría Calderón de la Barca: “los sueños, sueños son”. La vida es una novela, escribió Marcel Proust y Alain Resnais hizo una película con el tema, años más tarde.

El otro se fue cabizbajo, y yo de lo más contenta de haber sido tan geeeeeneeeeeeerooooooosaaaaa, ¿o degenerada?

A “Dior” gracias.

Viernes, 3 Octubre 2008

Estamos en temporada de desfiles de modistos que presentan sus creaciones para la Primavera-Verano 2009, en este París raro, entre lluvioso y soleado al final de la tarde. Las pasarelas se repletan de rostros archiconocidos, pululan las divas y los divos, y los famosos salidos de la nada más notoria andan con el pelo suelto y el pecho inflado. Ya me aburren no pocos de lo mismo. Parecen todos triunfadores, da arqueadas, y si pones cara de fracaso, aunque sea por broma, te entierran vivo.

No sé por qué, debe ser un trauma pendiente de resolver, pero siempre que me invitan a una pasarela de costurero célebre, me entra el mismo dolor de estómago que cuando estaba en la primaria y tenía examen oral. Pero igual que en la primaria es obligatorio asistir, porque en París nadie dice que no a una invitación para un desfile. Y claro, acepto invariablemente aunque tenga que embutirme en uno de esos modelitos artificiales para mi avanzada edad. En estos desfiles nadie es viejo, o al menos nadie parece que pasa de los treinta. Todo el mundo se ha operado, menos yo y las azafatas de veinte años. Incluso hasta las escritoras han caído en el bache de las operaciones; hace poco vi una que se rehizo los párpados, la nariz, el pecho, el trasero, además de inyectarse bótox hasta en las pupilas, las que se ha teñido con unos lentes verdes. No la reconocí, tuve que pedirle que me recitara de memoria un pasaje de su última e inmetible novela, para poder acceder a la información, porque ante este tipo de pirueta estilística, ya no sé si me encuentro delante de una muñeca computarizada o un ser humano.

Total, que me vestí, me maquillé, me colgué mi veintiúnico bolso Dior del hombro, y salí echando para las pasarelas. En el día a veces te tocan dos, y hay que correr de taxi en taxi, espolvoreándote el rostro en el interior, mientras el taxista, en pleno ramadán te regala unos versos coránicos, donde la mujer debe ser maltratada con un cepillo, para llegar como una puerta (lisa y sin brillos), y no como una puerca, a los salones dorados.

Aunque acomodada en mi puesto, bastante excéptica, es la posición a adoptar, porque si pones cara de maravillada te vuelves transparente, aquí lo indiferente y lo excéptico es lo que está a la moda, por no decir, las caras de palo constipado. Pues así estoy, a punto de estallar en mi vestido negro del año pasado, un Narciso Rodríguez, hundida en un asientico de esos en los que no cabe un hueso de una nalga de cualquier famosa famélica, a la espera de que se enciendan las luces y aparezca la colección de las colecciones, la megaultrasorpresa de las sorpresas, lo último en los muñequitos.

Estoy a punto de bostezar con la boca estreñida entre las manos, además para los desfiles hay que levantarse supermegahipertemprano, cuando aparece la primera modelo. Una chica que parece que irá a romperse a medio camino, con guantes blancos, vestido también pavorosamente blanco,  altísimos tacones blancos, la cabeza adornada con un sombrero de fieltro blanco, ondeado, imitando la onda del pelo de un peinado de los años veinte.

Se suceden las maniquíes, y recobro el entusiasmo, sin apenas enterarme, aplaudo embebida, ferviente, de que otra vez me haya seducido la inacabable fábula de John Galliano. A Dior, gracias. O quise decir, a Dios, gracias.