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Miami de noche.

Llegué a Miami al atardecer, después de haber pasado diez horas y pico en el avión de American Airlines, luego de la elección presidencial de Barack Obama. Miami festejó como cualquier otra ciudad estadounidense, tal vez más discreta, aunque no fue el caso en el ambiente cubano; donde todo se festeja discutiendo, aunque esta vez las discrepancias se llevaron con cordura, sin manoteos, sin desgarramientos particulares.

El voto cubano decidió una vez más, y en esta ocasión nadie podrá echarles en cara la pérdida de la Florida, en otro artículo para este mismo periódico me extiendo mucho más sobre el tema.

Aunque hace dos días que no duermo no estoy cansada, paseamos en el automóvil hasta la playa, se nota la crisis en las tiendas y en los negocios, pero Miami se ve más joven, es una ciudad que se levanta, a lo lejos pareciera una nueva New York, con rascacielos y una luminosidad que le extrae a las aguas un sabor entre salobrón y dulce.

Miami se ha ido a dormir temprano, mañana habrá que empezar, con nuevos bríos, pero a lo mismo, bróder, a lo mismo, al trabajo que es lo que es.

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