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Aviones, pasajeros.

Como carneros tomamos los aviones, nos restringen el peso del equipaje, nos quitan los líquidos, nos revisan hasta el ojete de la camisa, nos toquetean, nos humillan… Todo esto para encerrarnos en un pájaro de metal y volar durante horas de una ciudad a otra. Viajar ya no es lo que era, da vértigo, no más placer.

¡Quítese los zapatos! Me ordenan, me da asco caminar descalza por donde ha dejado su huella sangrienta un pie enfermo, contraeré una enfermedad, seguro. ¡Vote usted el agua, las cremas, los perfumes! Y a obedecer, porque si no, te pueden enviar hasta a una inconfortable estadía en Guantánamo, por sospechosa.

No me gusta viajar, lo detesto. Menos a la mierda con lujo de Miami, que esta vez fue recrudeciendo poco a poco su mediocridad y al final sacó las uñas. No me gustan las ciudades nuevas nuevas, porque son a la larga, provincianas provincianas, por muy modernas que quieran aparentar. Ni hablar de la política, los programas de basura de la tele, la radio gritona. Las orgías del botox, y las soledades. Pingas zarazas y cricas babosas. Nada que sirva para ser un poco más inteligente.

He terminado dándome igual Miami. ¡Quiá, que se fastidie! Por no tener la suficiente grandeza de iniciar su lucha contra le sajornera de la mediocridad.

Aunque salvo a algunas personas de este marasmo sentimental, algunos amigos queridos, y otras nuevas amistades, como Susan y Marytrini, dos transexuales fabulosas, trabajadoras, cultas, papayúas.

En el avión, comida plástica, y todo de un gris ratonil que aterra. Afuera, nubes de un espesor poco común. Debería saltar con pértiga.

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