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Sin palabras

El preso escribió una carta, plegó la hoja en dos, la introdujo en un sobre amarillento. La puso a un lado. Cogió un trozo de alambre de púas que había conseguido que otro preso le pasara y se cosió la boca. Al primer pinchazo sintió un dolor insoportable, enseguida un ardor en toda la cara, un calor abrasante. Cuando iba por la mitad de la boca la cara empezó a hinchársele, tanto, que los ojos se le cerraron y no pudo abrirlos más.

En medio de la oscuridad sentía los goterones de sangre caerle desde la barbilla al pecho, y sin embargo continuó, puntada a puntada. Al terminar intentó mover la lengua, y se dio cuenta que ahora su lengua ahora era como él mismo: un trozo de carne viva apresada entre cuatro muros.

Desde el año 2003 se encuentra en una celda castrista, tapiada, donde corre el agua el día y la noche, y los pies siempre los tiene cubiertos de agua. No le permiten ver la luz del sol. Enterrado vivo, ese es el concepto.

Mientras tanto, el mundo no se entera. Los presidentes del mundo libre firman contratos de generosidad con el dictador que lo ha encerrado a él y a sus colegas, que mantiene a su familia aislada, agredida. Mientras tanto, la Unión Europea levanta las restricciones, Obama también, sin querer ver que esas restricciones se impusieron justamente para condenar la represión y el encarcelamiento de 75 personas en la Primavera Negra.

Juan Carlos Herrera Acosta, periodista independiente, preso político, se cosió la boca con un alambre de púas, en denuncia contra las torturas físicas y psicológicas de las que ha sido objeto. Herrera Acosta cumple una condena de veinte años por el simple “delito” de informar.

Esperemos que el mundo no lo abandone.

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