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Diagnóstico de isla

Hace poco me pasó algo inusual. Me hallaba participando en una feria del libro en Francia, y se me acercó una señora, de unos cincuenta años, y estuvo esperando a que yo le firmara un libro que traía en las manos. Me confesó que no había leído nada de mí, que llevaba años alejada de la lectura, y que ahora retomaba el placer que durante años había debido abandonar. Su confesión  me resultó extraña, pero me dije que no todo el mundo puede resultar normal, afortunadamente.

Mientras yo le dedicaba el libro, añadió que ella ni sabía que Cuba existía, hasta hace pocos días, en que leyó algo en relación a Estados Unidos. Al instante pensé que esa señora tan lista me estaba corriendo una máquina, levanté la vista cautelosamente, y percibí una transparencia en la mirada que no denunciaba que estuviese mintiendo.

Pero, a ver, pregunté, dónde se encontraba usted, todo este tiempo. Puso los ojos en blanco, lejos, muy lejos, respondió, en un manicomio. Ya estoy bien, curada, subrayó.  Firmé y le devolví el ejemplar. Entonces ella me regaló un libro sobre Tumbuctú cuyo autor no recuerdo, además una foto de un señor negro que cargaba a un bebé blanco, y una carta dirigida a mí, la que leí, pero eran tantas las incoherencias que no entendí nada, aunque fingí que entendía todo, porque a esas alturas empecé a temer por mi vida.

-Cuba para mí era una isla desconocida. No existía. Ni la había oído mentar en mis sueños -volvió a la carga.

“Qué felicidad”, mascullé entre dientes mientras sonreía.

La mujer se despidió cortésmente y se perdió en la multitud.

Al día siguiente volvió, con otro regalo, un forro de libreta, y no sé cuántos marcadores. Apestaba a alcohol, su voz era ronca, y la mano carrasposa, grasienta.

Esta señora debería retornar al asilo, reflexioné. Mientras intentaba zafarme de su mano.

-Sabe, yo me volví loca en Cuba, y me internaron allá, y luego, pude escaparme, y me internaron aquí…

Y en ese instante me soltó la mano, como una garra, y se alejó corriendo.

No supe más de ella. Otra más, musité, otra persona más que quiso olvidarse de Aquella Isla. Y no lo consiguió, ni en sueños, ni en la más espantosa de las enajenaciones.

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2 respuestas a “Diagnóstico de isla”

  1. José Luis dice:

    Este relato de un encuentro con alguien que no consiguió abandonar una parte de su memoria en la isla, me ha traído a la memoria otro que representa lo contrario, el intento de la isla, aunque mejor debería decir de su régimen destructor de la identidad individual, de borrar el rastro de una persona.
    Hace unos años tropecé en un gimnasio de una localidad madrileña con un hombre de unos cincuenta y tantos años que hacía unos ejercicios de reabilitación. No se si escribo su apellido correctamente, lo pronunció como Betancur, podría ser Betancourt o Betancour. Su profesión, artista del pincel.
    Había expuesto en NY, pero antes de dejar “la isla” su firma era reconocida en los medios oficiales cubanos sobre arte.
    Como muchos de sus compatriotas, algún día habrá que hablar de ello si Zoé saca el tema, estuvo unos años cortando caña ejerciendo de esclavo estatal como todo el que se atrevió a plantearse su salida de la isla prisión. Con una particularidad, ni tenía familia cercana ni nadie que desde fuera pudiera envíar el obligado rescate (no se me ocurre nombre mejor) que cubriera su pasaje y coima al régimen. Le dejaron irse, al cabo de unos años, por aburrimiento.
    Su nombre fue borrado de cualquier lista que en la isla pueda consultarse sobre pintores cubanos contemporáneos y sus cuadros incautados por el gobierno. Borraron cuarenta años de vida. Sin familia, sólo su memoria puede dar fe de que nació, vivió y se formó como artista en una isla caribeña.
    Una hora hablando en un gimnasio mientras se suda, no da para mucho más.

  2. José Luis dice:

    Perdón por el error al escribir. Quise escribir rehabilitación y no reabilitación. Ni que el teclado fuera cubano.

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