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Sentada enfrente, mirándome a la cara

Sentada enfrente, mirándome a la cara está el personaje de mi próxima novela; se queja constantemente de esa manera tan sólida, tan particularmente repróbaba. Me quiere, dice, toda para ella, en una entrega febril, astuta, vibrante. La aparto cerrando los párpados. Pero se me instala, terca, en el círculo más íntimo de la pupila, y se mece en ese aro gris.

Me ha traído a un hombre, y a mi madre, fallecida un 5 de agosto de hace 8 años. Mi madre prepara platos exquisitos, se limpia las manos en el delantal, me llama “niña mía”, y sonríe como sólo lo hacen las madres en los sueños.

El hombre es bueno, como sólo son los hombres en los sueños. Yo estoy media desnuda, y le encajo un tenedor en el costado. No sangra, afirma que no le ha dolido nada. Posee un automóvil de lujo con el que pretende seducirme. Pero a estas alturas ya no me atrae nada de eso; de hecho, jamás me atrajeron los automóviles de lujo, aunque los hombres buenos sí.

Este es un hombre soñado, narizón, siempre me gustaron los narizones, es trigueño, de piel dura, y brazos perfectos. Habla poco, y lo que dice suena como en un disco antiguo, y no le creo nada de nada. Me invita con sus amigos a un sitio en el que -está seguro- nunca yo hubiera puesto los pies sin su ayuda, a una nube. No acepto. Prefiero que vengan todos a mi humilde casa, a cenar junto a mi madre, que está sola, y con mi hija, que no para de reírse.

El hombre intenta besarme, lo aparto, otra vez aprieto muy fuerte los párpados, y me dice que le gusto tal como estoy, con mis 50 años. Vaya cosa, vaya cosa, esta de inventarse personajes.

Sentada enfrente, mirándome fijo, sigue impasible la dama de mi próxima novela. Yo.

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