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Dublín: Capital de escritores.

Estuve el fin de semana en la ciudad de Dublín, invitada por el Instituto Cervantes, a cuyo equipo reitero mi agradecimiento. Dublín es una ciudad que llevaba muy guardada en mi corazón antes incluso de haberla visitado. De hecho esta es la primera vez que lo hago. Pero resulta que mi bisabuelo y mi abuela maternos nacieron en esa ciudad. No tenían nada que ver con la escritura, mi bisabuelo era carnicero, y luego de una primera estancia en Cuba decidió regresar, y luego volvió, mandando a buscar a toda la familia más tarde.

Así fue cómo mi abuela llegó a Cuba, pequeñita, y ya de joven conoció a mi abuelo, nacido en China. Mi abuela fue quien me entregó mis primeras lecturas, y quien primero me habló de la ciudad de Dublín, aún cuando ella misma no recordaba nada, y jamás regresó.

Dejé la maleta en la habitación y salí a las calles dublinenses. Hacía un viento tremendo, y frío, llovía además. Al punto caí delante de la puerta de la casa de Oscar Wilde, caminé varias cuadras y me topé con la escultura dedicada a Molly Malone, que aunque no tiene mucho que ver, siempre me recuerda el monólogo del Ulises de James Joyce.

A la casa de James Joyce también dirigí mis pasos. Me emocioné profundamente frente a los objetos que usó de niño, su trajecito de marinero, sus fotografías. Y luego su cama, sus manuscritos, libros y demás enseres de escritura. James Joyce estaba allí, detrás de una mampara, pude percibir su aliento, y la elegante figura silueteada encima de una puerta.

“Dublín es una ciudad de escritores, es su capital”. Me comenta una señora, y añade que también de pintores. Dedico mucho tiempo a caminar -¿encontraré la huella de Samuel Beckett?-, me meto en un bar a beber Guinnes, esa cerveza se bebe como si te zamparas un biftec, al menos contiene la misma cantidad de proteínas. Visito la Galería Nacional, hay una muestra de grabados de Munch que valen su peso en oro, y conseguí quedarme unos minutos frente al hermoso Caravaggio que pintó el encarcelamiento de Cristo.

No puedo dejar de mencionar un cuadro bellísimo de Diego Velázquez, El Milagro de la Cocina, creo que se llama. Es una mujer negra que contempla absorta una olla que se mueve sola. Velázquez es, sin duda alguna, un relator de objetos y de sombras excepcional. Gran pintor que me conduce a otras obras, a una mujer medio dormida que yace con la mano entre las piernas, de Goya.

Salgo a dar otro rodeo y me meto en un pub, llega un joven poeta a vender sus libros. La gente los compra y él los dedica afanado en darse a conocer, lo observo conmovida.

Donde quiera sorprendo a alguien escribiendo, dentro del jardín de la Trinity University, o en unos jardines, en el interior de un café, o de una librería. La gente escribe, escribe, escribe

Vuelvo a tropezarme con la casa de Yeats, el pintor padre del poeta. Decididamente, algo de la sangre irlandesa decidió que yo me pusiera a escribir, es cosa de genes.

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