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Desayuno en El Sully

Hace años que tomo el desayuno en el Café Sully, aunque a veces también almuerzo, en verdad lo que me gusta es desayunar. Empecé a hacerlo desde que llevaba a mi hija pequeña a la Maternal, y entonces tomaba mi cafecito sentada allí, mientras contemplaba a los paseantes, abrigados, que corrían hacia sus trabajos. Yo también debía correr al mío, entonces, regresaba de prisa, mientras escribía en mi mente escenas cotidianas de las mesas en El Sully: Amigos que se despedían, parejas que sonreían, mujeres solitarias, igual que yo, hombres acariciando sus móviles.

Esta mañana despedí a unos amigos en El Sully, eran ellos los que regresaban a Nueva York, donde viven desde hace veinte años o más. Exiliados, claro. Juntos reflexionamos brevemente en todos estos años transcurridos fuera de nuestra tierra, y sacamos en conclusión que de alguna manera, el saldo ha sido muy positivo. Hemos vivido y prosperado en libertad.

Mientras bebía mi jugo de naranja natural, un café crema, y paladeaba unas tartines con mantequilla y confitura de miel, pensé que ahora nos volvía a tocar otra separación. Ellos se iban -tomaron el avión horas más tarde-, aunque es probable que regresen en el verano. E incluso que se queden dos meses. Yo esperaré. Y después de verlos unos días, me tocará irme de vacaciones, todavía no sé a dónde. La vida está hecha de esto: Lecturas comentadas, viajes contados, y separaciones para volver a encontrarnos, con el fin de hablar inevitablemente de lo mismo, y de aportar siempre mayor cariño, mayor ternura, mayor melancolía.

No sé si podré otra vez abrir mi cuaderno en una de las mesas de El Sully, y escribir algún poema o fragmento de novela; no sé, ni siquiera si consiga abrir la computadora y revisar mi correo, conectada al Wifi del restaurant. Estaré demasiado inmersa en el recuerdo de los ausentes. De estos amigos que se levantaron, me dijeron adiós dulcemente, y a quienes volveré a abrazar en el verano, a pocos meses… Cuando falten entonces pocos meses para el invierno.

Eso es la vida, lamentar el tiempo transcurrido, celebrarlo en la lejanía, y beber el café tibio de la añoranza.

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Una respuesta a “Desayuno en El Sully”

  1. LIBORIO dice:

    El tiempo es un gran amigo cuando lo atesoramos en el recuerdo. Siempre podremos recuperar el rostro de los que amamos, la frase que nos acunó el corazón con su bálsamo de dulzura, el instante tierno en una mirada, el gesto amoroso de un abrazo o una mano amiga sosteniendo la nuestra. No lamentes nunca el tiempo transcurrido, porque es una experiencia acumulada y un recuerdo enrededado en nuestra alma y pensamiento. Nunca podremos remontar la corriente en el río de nuestras vidas, volviendo a la agilidad de nuestra juventud, pero sí podremos ‘conversar’ con las ‘presencias’ que animaron nuestras vidas y volver a repasarlas como una película en technicolor (y puede que hasta la emoción que nos embargó una vez, volvamos a sentirla con idéntica intensidad).

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