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Un parque, una mujer

Ayer caminé todo París, sin rumbo; suelo hacerlo una vez por semana, y sin darme cuenta, pasé por delante del Squaire Marie Trintignant, que queda en el Marais, frente al Sena, en la calle del Ave Marie.

Estuve en la inauguración de ese parque, que tiene la forma de pétalo de rosa, y que está sembrado de todo tipo de florecillas y árboles, acompañé a la familia y a Betrand Delanoë, el alcalde de París, quien hizo un discurso muy hermoso sobre la actriz, asesinada a manos de su compañero, el cantante Bertrand Cantat.

Los cuatro hijos de Marie, de sus matrimonios anteriores, estaban allí, sin todavía poder creer muy claramente lo que les sucedía, lo que le había acontecido a su madre, a la familia. Uno de ellos me tomó de la mano, el más pequeño, para soltármela enseguida. Entonces sentí unos deseos terribles de llorar, y aunque me contuve, mis manos y mis piernas empezaron a temblar, incontrolables.

Ayer, detenida frente al Squaire de Marie, sin atreverme a cruzar sus rejas, contemplé a varias mujeres sentadas en los bancos, pese al frío. Y me dio mucha ternura verlas, a la espera de alguien, o como si recordaran, con el sólo gesto de sentarse en un banco del parque, a la querida Marie, gran actriz, gran mujer, gran madre.

Nunca seremos demasiado desconfiadas, pensé, nunca tendremos la suficiente memoria de la tragedia… Pero de inmediato detuve mi pensamiento, y eché a andar; porque en lo único en que no nos puede ganar la violencia es en pensar de esa manera, en convertirnos es desconfiadas y rencorosas. Marie y todas ellas, muertas del mismo modo, habrían seguido amando.

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