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De librerías

Hoy estuve de librerías. Me detuve en el estante de las novelas, y vi y elegí varios autores que comenzarán conmigo la aventura del otoño. Luego fui al estante de poesía: poca poesía, mal, muy mal, por los editores. Aunque no sé si después de Arthur Rimbaud, René Char, y Henri Michaux, quedarán poetas en Francia.

Entre una cosa y otra busqué mis libros, siempre busco mis libros, cosa de sentirme algo segura. Algunos títulos había, hay que darse con un canto en el pecho de que todavía queden títulos publicados desde el 2009 en una librería de barrio. A veces me pregunto si no será que el librero, que es sumamente bondadoso, los tiene guardados, y cuando me ve venir los coloca de manera atildada para satisfacer mi ego, y de paso, me embulle y le compre otros títulos. Es lo más probable.

Luego me tiré hacia los títulos latinoamericanos. Allí estaba el libro de Ingrid Betancourt, se llama algo así como Incluso el silencio tiene un final: Même le silence a une fin, lo que resulta un título bastante raro en francés, y en español. Seguí de largo, no me interesa la señora Betancourt desde que después de estar más de seis años cautiva de las FARC salió en un concierto en París -dedicado a ella, y no a los demás rehenes- diciendo que ella perdonaba a los narcoguerrilleros. Allá ella, yo no perdono a ningún criminal.

No es que se me haya aguado la tarde, de tajo, o de cuajo. Es que no sé cómo se puede poner en un mismo estante una novela de un escritor verdadero, con un libro donde lo que más agradecemos es justamente el final, con silencio. Pero yo hace rato que me fui del parque en relación a lo que hay que entender de este mundo.

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