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París entre bomberos y rusos.

Bajé al metro. Siempre que bajo al metro me creo que soy una protagonista de Melville o de Truffaut. Aunque la verdad, la verdad, es que me hubiera gustado ir de Marlene Dietrich a Mónika Vitti, o sea ser dirigida por Joseph Von Sternberg o Michelangelo Antonioni. Desabroché mi largo abrigo de cachemira gris plateado, con el gesto de las películas de la Nouvelle Vague, y me tiré la bufanda hacia la espalda, al estilo de Marina Vlady.

No sé si muy al estilo de Marina Vlady o no intenté ayudar a un mendigo a subir su carrito del Monoprix repleto de tarecos, por la escalera hacia el tren, pero me rechazó con un mal gesto y con el sonido onomatopéyico de quien espanta a un jabalí. Por suerte, en el horóscopo chino soy jabalí y lo entendí perfectamente. ¡Cómo estará la vida en la calle que hasta los clochards desconfían de una mujer que lleva en la muñeca un Cartier de verdad y no una copia! Así que cómo no voy a desconfiar yo, viniendo de donde vengo, del retongonal de emailes diarios rebosantes de héroes y heroínas prefabricados.

Di mi vuelta por las librerías, compré un par de libros, cuando los lea les diré. Uno sobre los poemas que garabateaba Marilyn después de meterse el coctel molotov de pastillas para poder soportar a los Kennedy y a la loca de Truman Capote, genial, pero insoportable; y otro sobre ebanistería. Como mi padre era ebanista, a mí me ha dado por eso. La que fue marimacha de niña no se cura de vieja. De niña andaba de mata en mata, o sea, nunca mejor dicho, mataperreando, ahora veo una mata, quiero decir, un árbol, y enseguida lo talo con la imaginación y prefabrico el mueble. Iba a comprar el libro de Bush, pero me dije que cuando Bush compre los míos y me mande 150 mil dólares para mi blog y 50 mil para Ars Magazine, entonces yo me ocuparé de su libro escrito por un “negro”. Y cuida’o.

Las calles estaban atestadas de policías y de rusos. Para mí que estos rusos son unos títeres que nos han mandado de algún planeta no identificado, eso mismo: unos robots rubios. Andan con el chorro de euros en las manos, siguen con la misma agresividad de cuando eran bolos en Cuba, no han dejado de apestar a grajo y a vodka y se creen los dueños del mundo. Tendrán que ponerse en la cola. Todavía no lo son, por el momento son los chinos. El Marais, sin ir más lejos, ya es de chinos apolíticos y comerciantes. Todas las chinas se han operado los ojos, todas se parecen a Hello Kitty, y las tetas van en camino.

Salgo huyendo de los rusos y me topo con los policías. “¡La calle está llena de policías!” Exclamo. “¿On vous dérange?” (¿La molestamos?) Me pregunta uno de ellos peligrosamente sonriente. Los policías franceses tienen esos dientes y esas nalgas y esos muslos apretados que ni esculpidos por Michelangelo (no Antonioni, Buonarotti)… Non, pas du tout, c’est moi qui me dérange moi-même… (« No, para nada, soy yo la que me molesto a mí misma”) Intento torpemente hacerme la chiva loca.

De buenas a primeras me doy cuenta de que no es un policía. Es un bombero. Y claro, caí en el dato porque sacó el mazo de calendarios y trató de venderme uno. Y de idiota se lo compré. No uno, dos. Incluso le insisto en que es para mi copinette Marcela. Ya llevo quince calendarios iguales, es que no me puedo resistir a un bombero francés que vende calendarios. Son tan sinceramente amables, y saben vender calendarios como nessuno. Ya me transfiguré en Mónika Vitti.

Regresé a casa con el par de libros, dos calendarios iguales y otra torre Eiffel. Ahora me ha dado por comprar Torres Eiffels, de todos tamaños. A mitad de camino me senté a tomarme un té y a comerme un chausson au pomme. Pido el chausson a la manzana, y la flacuchenta que tengo delante se voltea y me mira con tremenda cara de cura… Putain, dans cette ville manger un chausson au pomme ça deviens un délit! Exclamo exaltada. El Pestillo perfumada con Parisienne (esencia cuya imagen es la de Kate Moss, la modelo bizca, patizamba, y destetetá, pero que todo el mundo halla sexy, menos yo) se recompone, asustada, claro; estas parisinas suelen ser tremendas pendejonas. ¿O será otra muñeca rusa?

Llegué a casa, fui a darle un beso a mi hija, luego a la cafetera Nespresso. A veces lo hago al revés. Cuando mi hija está haciendo las tareas, me dirijo primero a la cafetera. Incluso como soy bastante entretenida también puedo preguntarle a Nes (yo la llamo cariñosamente por el diminutivo, no a la niña, a la cafetera), si ha terminado de hacer los deberes. Entonces es mi hija la que me rectifica: “Mamá, estás hablándole de nuevo a la cafetera como si fuera yo”.

Me puse a revisar Ars Magazine, el próximo número. Un trabajo en solitario, para solitarios.

Zoé Valdés.

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Una respuesta a “París entre bomberos y rusos.”

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