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María Schneider

Tuvo cara de ángel en una película que muchos tildaron de endemoniada, en la que supo subirse la falda mejor que ninguna otra chica de su época, de todas las épocas, y llevar sombrero con flores, en pleno invierno. Brando la esperaba en aquel apartamento de cortinas pálidas, para protagonizar una escena amorosa bastante ridícula, seamos sinceros.

Llevo días pensando en María Schneider, camino las calles de Londres y de París, evocándola, en el tren que me conduce de una ciudad a otra, cierro los párpados para mirarme en sus ojos. Más presentes que nunca.

Coincidimos en varios festivales de cine, volamos juntas de París a Bilbao, era un día gris, y ella tenía las pupilas más bellas aunque las más tristes. Yo iba oyendo su conversación con la amiga que la acompañaba, me gustaba su voz, todavía una voz de adolescente, pero ronca, fuerte, una voz como italiana. Un halo de misterio la envolvía, que no venía de ella misma, sino de aquel filme, de una música, de recuerdos ingratos.

Bertolucci ha declarado después de la muerte de María que siente mucho no haberle pedido perdón nunca por aquella película, Último tango en París. Los hombres siempre atrasados en las cosas importantes. Cuando se dan cuenta ya es inevitable. Mejor así, pero ahora ya no tendremos más a María correteando con aquella pamela por debajo del metro, entre sus arcadas, y tampoco asistirá a los festivales. Solo veremos a la María de Bertolucci en la pantalla grande, junto a Brando. La verdadera María era mucho más grande.

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