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Me voy riendo sola

Me voy riendo sola, que no a solas, en el metro, rodeada de gente. Una señora, visiblemente molesta, me increpa: “Stop!”. Señora, le digo, ¿es usted un automóvil, me ve cara de automóvil a mí? La mujer más bien posee una de esas quijadas de camión, desarrolladas de tanto apretar las muelas por culpa de la mala leche, agria y cortada, que se les acumula en el cerebro. Ahora me río a carcajadas, y parece que los demás me han leído el pensamiento, que también ríen. “Es saludable reírse”, comenta una monja, que parece salida de una película de Almodóvar.

El orígen de mi primera risa es la frase que se atrevió a escribir Fidel Castro en sus “reflexiones” sobre los “indignados” en la Puerta del Sol, se preguntaba si entonces la OTAN bombardearía España, en evidente comparación con la Plaza Tahrir, pero sobre todo con Libia. No, La OTAN, como habrá visto Chacumbele I no bombardeó ni bombardeará España, porque en este país existe la democracia, más que demostrada con las votaciones de sus ciudadanos que acabaron con el PSOE y su pésima gestión, y le dieron su apoyo al PP.

Pero sobre todo me reía, porque estaba recordando cuando Roberto Martín Pérez, en el libro ¡25,448, No! de Rafael Cerrato, cuenta que Castro I le lamió las botas a Salas Cañizares, uno de los jefes grandes de la policía de Batista, no sólo le lamió las botas, lloró encima de ellas, y le rogaba, no, Salitas, por favor, no me pegues, ay Salitas… Así mismo, como el pendejón que siempre ha sido. Harto es conocido que Castro I no tiró un tiro jamás y no participó en ninguna guerra, escondido detrás de Celia Sánchez Manduley, enviaba a la tropa delante.

Pero la imagen más cómica es cuando Martín Pérez (padre) le aplaudía la cara a galletazo limpio, y Fidelita Castrada lloraba a moco tendido, mientras rogaba que lo dejara en paz, hasta que huyó como el ganso tonto que siempre ha sido.

De eso me reía yo, agarrada del tubo del metro, cuando a la Madame de quijá de locomotora le molestó mi risa. Cuando me bajé del metro dejé a todos los pasajeros riéndose a mandíbula batiente, ella sólo esbozó un gesto con la comisura de los labios, pero estoy casi segura que cinco segundos más tarde estaría doblada en dos, y no precisamente del dolor.

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