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Palabras pintadas

Siento una inmensa ternura por los dibujos de los escritores, tal vez porque yo misma pinto, y cuando trabajo en una novela no ceso de dibujar garabatos. Mi trabajo esencialmente sale de la palabra, y cuando pinto lo que hago son palabras pintadas. Admiré y sigo admirando los dibujos de Arthur Rimbaud, los de Federico García Lorca, y los de Rafael Alberti. Aunque Alberti era más pintor, más de oficio, al igual que la niña poeta Juana Borrero. Amo la sensualidad irreverente de Jean Cocteau, su caricia en el trazo.

Se lo explicaba a una persona el otro día y me dijo que eso tenía que ver con el graffiterismo. No, nada que ver. Los graffiteros escriben, pintan. Los escritores usamos el mundo de las palabras para desvirtuar la idea preconcebida de las formas.

Cuando dibujo estoy delineando el cosmos de una palabra, no sólo la forma visual que ella contiene, sino su contenido esparcido en el universo, su caos frenético hacia el significado.

Mi abuela me contaba que antes de aprender a escribir yo tomaba un lápiz y fingía que escribía, como dibujando olas. Eso es la escritura finalmente, un mar insondable, un océano rutilante de colores, de sonidos, de silencios, de palabras pintadas en la transparencia de sus enigmas.

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