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Esos que escuchamos

Mi hija lleva días y noches apesadumbrada con los estudios y los controles (exámenes), al mismo tiempo se hallaba muy ocupada con un cortometraje que había filmado y estaba en fase de montaje, y que había realizado ella sola, tomando a sus amigas como actrices, que ella ha titulado Ceux qu’on écoute (Esos que escuchamos). Y que felizmente ha terminado ya.

Luna empezó muy temprano a hacer cine, desde los diez años, como realizadora, entusiasmada por su padre sobre todo. Otras de sus compañeras de escuela han tenido siempre y tienen el mismo interés por el arte. Ese interés, en algunos casos verdaderas vocaciones, la mayoría de las veces se ha visto y se ve truncado por los propios padres, o por los maestros, porque según ellos otras son las urgencias  y las necesidades del mundo de hoy. Y una de ellas, es sin duda, la obsesión con hacer dinero, con hacerse ricos, millonarios, sin que esto cueste demasiado esfuerzo.

El arte no solo constituye una vocación, es un sacerdocio, y la cultura forma parte del gran acerbo de la humanidad. Tal pareciera que a muy pocos le importara. Alejarse del “peligro” de la vocación artística ha devenido como un mantra para algunos. Artista, no, mi hijo artista sí que no.

Sin embargo, cuántas veces, en el pasado, en épocas de crisis mundiales, como las que estamos viviendo,
el arte nos ha salvado del fin.

Pero sólo hacemos como que escuchamos, no escuchamos tal como debiéramos a esos que tienen verdaderamente algo que decirnos, a los artistas.

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