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Miriam Gómez: Cubana, esposa de Guillermo Cabrera Infante, actriz. (1ra parte).

Domingo, 3 Junio 2012

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Miriam Gómez en un anuncio publicitario de la época en que fue actriz, en La Habana.

Muchos de los que han leído a Guillermo Cabrera Infante ignoran cuánto se apoyaba el escritor en los consejos y hasta en las bromas de su mujer, la que fue actriz de teatro y de cine, reconocida en Cuba antes de su exilio definitivo en 1965. Miriam Gómez, infatigable lectora de poesía, amante del cine y profunda conocedora, observadora minuciosa, no sólo fue la esposa que hizo todo y más de lo que podía para que el escritor pudiera crear, escribir, y curarse de una penosa enfermedad mental, fue además una musa bastante particular, porque no piensen ustedes en la musa tradicional, no, Miriam Gómez fue la musa que en muchas ocasiones ofrecía la idea, y no solamente estaba detrás de la idea, sino que la inventaba. Y también la que en largos períodos aportó la manutención de la casa y siempre el amor sin una queja. El amor, sobre todo el amor.

Para los que los conocimos como pareja eternamente unida nos cuesta creer que Guillermo Cabrera Infante no esté junto a ella. No esté físicamente, porque espiritualmente está, en toda esa armazón de libros que es el esqueleto de su hogar londinense. Es la razón por la que mientras disfruto de una vieja película en blanco y negro de los años dorados de Hollywood, o una del cine mexicano, en la sala de su casa, puedo sentir que Guillermo sigue oyéndola decir las ocurrencias que sólo Miriam puede decir entre un diálogo y otro aparecido en la pantalla, referidas a la historia de la película. O quedarnos atrapados ante un análisis político, o la traducción de un poema que ella ha hecho de mil maneras, semejante a un rompecabezas, sólo por el deleite de releer los versos en su mayor pureza y perfección posibles.

Guillermo Cabrera Infante era un hombre de un gran gusto, refinado, con un gran sentido del humor, un humor de ilustre caballero cubano y de lord inglés. Miriam Gómez es una mujer de una inteligencia natural, de muchísima intuición, y de un olfato también muy refinado. Ambos eran tal para cual, inteligentes y cómicos, seres luminosos. Dos personas que se amaron tanto que todavía su amor perdura en cada una de las palabras y de los gestos que Miriam Gómez hace a diario al evocar a Guillermo, en honor al escritor, por amor a su otra mitad. Cuando le pregunto qué es lo que ella es verdaderamente: ¿la esposa, la actriz? Responde sin vacilar: La cubana, la esposa. Lo de actriz quedó muy al principio, o en la obra del autor de Cuerpos Divinos, y de la mayoría de sus novelas donde ella es figura real y onírica.

ZV: - ¿En qué lugar de Cuba naciste y cuándo te mudaste a La Habana?

MG: -Nací en Taguasco, es un pueblo que está entre Jatibonico y Zaza del Medio, yendo por la carretera central, cerca también de Sancti Spíritu, es el último pueblo de Las Villas, pero como todo eso lo han cambiado ya no sé dónde queda mi pueblo, lo que tampoco me interesa, porque yo sigo con mi mapa de las seis provincias, tal como era cuando nací. Era un pueblo muy alto, se veían todos los demás pueblos aledaños. Era muy fresco, en invierno había escarcha, y los niños salíamos a jugar a pisar la escarcha, era muy rico pisar la escarcha helada. Era un pueblo muy distinto, y muy unido; nos ayudábamos unos a otros.

Yo vengo de una familia obrero-campesina. Mis hermanas trabajaban separando el tabaco, en la temporada de la ‘escogida’. Éramos ocho hermanos. Mi papá se murió cuando yo tenía dos años. Después de mí nació otro hermano. Mis hermanas trabajaban en la ‘escogida’ –como ya dije-, ellas podían ser como mi madre, las mayores tenían edad como para serlo. También trabajaban en tiempo de recogida de tomates, porque ese pueblo mío era muy agrícola. En temporadas de tabaco se apartaba todo el tabaco, se despalillaba. El tomate y el tabaco iban casi todo para Estados Unidos, porque Cuba les vendía esos productos agrícolas. Los tomates de esa zona eran buenísimos, entonces ellas apartaban tomates de primera y de segunda, ése era el trabajo de mis hermanas.

“Vinimos” para La Habana en el año 1952, yo tenía doce años. Nací en el año cuarenta con la Constitución. Para mí fue una ventaja enorme, porque por ejemplo, durante  la ‘escogida’ a mis hermanas mayores tenían que llevársela a mi mamá al campo para darle la teta, en mi caso no fue así, porque los derechos que nos dio la Constitución a las mujeres y a los obreros fue increíble. Por ejemplo, mi mamá pudo ir a la casa a darme el pecho, le dieron una canastilla magnífica y una nueva cuna. Todos mis hermanos nacieron en una misma cuna que hizo mi papá que era carpintero. Mi papá era muy buen carpintero; entonces él iba a diferentes lugares, y un día se fue a Lengua de Pájaro, un pueblo al extremo de Oriente, en lo que se llamaba Altos Hornos. Allá fue a hacer casas, y se cayó desde un primer piso, y se mató, cuando yo tenía apenas dos años. Imagínate, mi mamá se quedó con ocho hijos, casi todos menores. Y estas hermanas mayores fueron fantásticas, mis hermanas han sido mi orgullo, han trabajado toda su vida. Tengo una hermana que tiene casi ochenta años y sigue trabajando, en una tabacalera en Miami, a ella le gusta ese trabajo, y la pasa muy bien. Así que vengo de una familia obrero-campesina, tabacalera por que han trabajado en el tabaco de toda la vida. Aunque la gente crea que soy extraña, que parezco extranjera por mi forma de hablar, pero todas mis hermanas hablan así como yo, porque así hablábamos la gente de antes en Cuba, en todas partes, articulábamos mejor.

Mis hermanas mayores empezaron a mudarse para La Habana, primero se fueron ellas, y empezaron a trabajar en la fábrica H.Upmann, como ves, siempre en el tabaco. Aunque no en la fábrica H.Upmann de hacer tabacos, sino en el relleno de los cigarrillos que iban para Estados Unidos. A ese cigarrillo se le echaba miel, se le echaba de todo…

ZV: -Entonces sabes mucho de la cosecha del tabaco y de su fabricación…

MG: -Sí, como yo sabía y sé tanto del tabaco, para Guillermo fue fantástico, porque en Holly Smoke él puso la boca y el paladar, porque él fumaba el tabaco, pero casi todas las explicaciones las supo por mí y por mi familia, por mi tío tabaquero, que siguieron trabajando en lo mismo en Miami, y que le explicábamos cómo se hacían los tabacos, las diferentes mezclas. Me refiero a la parte técnica, porque a la parte literaria claro que él fue recolectando información y toda se debe a su talento de escritor, desde luego. Pero la parte técnica, de los nombres y los materiales, se los dimos mi familia y yo, puesto que de eso sabíamos y sabemos un mundo.

ZV: -¿Cómo fue tu llegada a La Habana?

MG: -Cuando me tocó el turno a mí de llegar a La Habana, como siempre, tuve muy buena suerte. Todas mis hermanas tuvieron que viajar, las pobres, en autobuses, y en esas guaguas que se llamaban del Galgo, pero a mí me llevó el médico del pueblo, que iba para La Habana, y me ‘trajo’ en un carro del año, último modelo, viajé de lo más cómoda. Siempre fui una niña muy nerviosa, estaba muy asustada, aunque él era mi médico, un médico que adoro, tanto, que tengo su foto al lado de mi cama. A él lo mataron en tiempos de Batista, aunque era batistiano. Estaba encargándose de hacer las primeras clínicas. Pero por un problema de un muchacho, estudiante, que había hecho algo en La Habana, y que fueron a buscarlo, porque lo pidieron, y que regresó al pueblo, figúrate, él empezó a matar, y a tirarle a los soldados del pueblo, que imagínate, esos soldados no mataban ni a una mosca, esos soldados tenían ahí a su familia y todo.

Entonces como él era un médico excelente y un hombre magnífico, él se llevó al muchacho herido. Y lo mataron, así fue que lo mataron en el camino. Es por eso que aunque él fue una víctima de la dictadura de Batista después no pudieron convertirlo en héroe, y eso que era un verdadero héroe, porque se trataba de un médico que, por salvar a un paciente, inclusive estando en contra de lo que estaba haciendo el muchacho, lo llevó de Taguasco a Sancti Spíritu, y allí lo mataron. Alguien avisó, en medio de la pasión ésa, alguien avisó en el pueblo, diciendo que iba este muchacho, y los soldados los esperaron y dispararon y los mataron. Ya nosotros vivíamos en ese entonces en La Habana, no sé muy bien cómo fue la cosa, pero sí sé que fue terrible, porque además él era de lo más batistiano; le habían encargado hacer clínicas para los campesinos, y él estaba en eso; era muy humano, muy buena persona. Por eso no ha sido nunca un héroe de la revolución, porque aunque, el pobre, lo mataron los de Batista, él cayó así en el campo sin haber hecho nada más que ayudar a un joven. Era un hombre excelente.

Como te decía, fui con él para La Habana, yo nunca había visto el mar, nunca en mi vida. A la altura de Matanzas, hicimos una parada en la Bahía de Matanzas. Bajamos, y vi una cosa que era para mí como un lago enorme ahí, y le pregunté a él que qué cosa era éso, que me dio mucho miedo. Porque era una cosa que tú mirabas y no veías el fin de aquello, le pregunté, y me explicó que aquello era el mar. Yo pensaba que era un lago, él me dijo: “No, es el mar. ¿Tú nunca has visto el mar?”. Le dije no, no, no. Nos acercamos entonces, pero yo tenía un miedo enorme, porque, ya te digo, yo era una niña muy nerviosa. Y ese miedo al mar siempre se me ha quedado. Al mar yo lo veo de lejos, pero no me gusta dormir cerca de él, ni nada por el estilo.

Cuando llegué a La Habana, al contrario de Guillermo, para mí fue un desencanto, porque yo creía que La Habana era lo que yo veía en las películas: esas casitas de California, casitas muy bonitas con sus jardincitos… Y me encontré con esa ciudad que acabo de volver a ver en esa película de Meche Barba, yo veo muchas películas mexicanas porque tengo un amigo en Miami el pintor y escritor Chago Rodríguez,  él me manda películas mexicanas y yo le mando las de aquí, difíciles de conseguir en Estados Unidos. Él me mandó Ambiciosa, de 1952, con Meche Barba, el solar que aparece en esa película es el solar que se hallaba detrás de la Compañía de Teléfonos.

Yo llegué para vivir por primera vez a la calle 10 de Octubre. Llegué a La Habana en julio del 1952, casi toda la película pasa en La Habana, y me impresionó mucho, como me impresionó esa ciudad tal como aparece en la película. Era muy distinta de lo que yo esperaba. La Habana que se ve en esa película es única, y esa fue La Habana que tanto me impresionó. Nunca he visto una ciudad más bella que ésa, llena de automóviles. Yo le tengo miedo a los automóviles, me daba miedo cruzar las calles, pero toda la ciudad era de una gran belleza. Nunca pensé que La Habana fuera tan alegre, tan llena de vehículos, y de luces. Nos encontrábamos muy solas mis hermanas y yo, porque siendo del campo siempre estuvimos acostumbradas a esa ayuda de los vecinos que se da en el campo.

En La Habana no conocíamos a nadie. Para pasear nos íbamos por El Paseo del Prado. El Prado para mí fue increíble, había orquestas de mujeres por todas partes, las últimas orquestas de mujeres que quedaban, era algo inimaginable. Nos íbamos a pasear, y mis hermanas eran muy bellas, con unos cuerpos tremendos, muy altas; todo el mundo tenía que ver con ellas, porque éramos una familia muy distinta. Mis hermanos medían 6,4, mis hermanas 5,9, 5,8, con unas estaturas increíbles, yo iba con ellas, con doce años, y fue para mí inolvidable pasear por La Habana con mis hermanas. Después, como ellas empezaron a tener enamorados, novios no, porque ellas fueron de esas mujeres que solo tuvieron un solo novio y se casaron con el único novio, pero las invitaban los enamorados a bailar, y salían a bailar, y entonces yo iba con ellas de chaperona. A los doce años ya me metían en los clubs, había un club donde yo no veía nada. Allí me llevó una prima que vino del campo, y tuve que acompañarla, porque en esa época cogían a las niñas de doce y trece años para cuidar a las hermanas mayores, y entonces yo iba con ellas, me sentaba y las veía bailar. Como veníamos del campo debían bailar delante de mí para que viéramos que no pasaba nada, que se portaban bien, si no se portaban bien no las dejaban salir más.

ZV: -¿Cuándo decides ser actriz? ¿Siempre te gustó la actuación?

MG: -Yo en el campo recitaba. En el campo las escuelas eran increíbles. En mi pueblo había la escuela de allí, del pueblo. Pero en los alrededores existían esas escuelas llamadas rurales, que eran escuelas hasta una edad, escuelas primarias. Después iban a las escuelas del pueblo. La escuela del pueblo tenía unas maestras magníficas, y entonces en Cuba era obligatoria la educación, tenías que ir a la escuela. No había que llevar lápices, ni libros, ni libretas. En mi pueblo, pequeño, campesino, nos daban los libros. Los libros se guardaban en un escaparate. No había que pagar los libros, ni pagar las libretas. Nos regalaban las libretas y los lápices. Los libros se dejaban en la escuela, los lápices y las libretas podías llevarlos a la casa. Nos daban también el desayuno. Había cuatro aulas. El desayuno que nos daban nos hacía sudar, le metían gofio, leche condensada, leche evaporada, vitaminas. 

Ya desde la escuela quería ser actriz. Veía las revistas y quería ser actriz. Al lado de mi casa había un hotel en donde se hospedaban montones de actores y actrices, y artistas. Cuando iban en días de fiestas tenían que entrar por mi casa porque el hotel estaba cerrado y entonces entraban a mi casa los artistas, y yo los veía como grandes personajes. Después cuando llegué a La Habana, y que me hice actriz, me di cuenta de que eran unos pobres muertos de hambre, pero que en el pueblo, como venían con ese halo de ser actores, como Candita Quintana, pues significaban mucho. Todos ellos hablaban con mi madre, y le decían: “Ay, qué casa más grande usted tiene”. Teníamos una casa grande, pero era una casa muy modesta, de esas de cuartería, pero comparada con las de La Habana era una casa grande. Cuando llegamos a La Habana fue terrible, porque tuvimos que instalarnos en un apartamento con una sola habitación donde dormíamos todos; fíjate que un día llegó un ratero y no pudo entrar, y se robó unos plátanos que había en un balcón, porque no había forma de entrar, dormíamos todos en una sola habitación, la única de todo el apartamento, y mis hermanos medían seis pies, todos éramos muy grandes. Nos llevábamos el apartamento completo armando catres. Al mudarnos a La Habana se acabó la casa grande, y la gente que te conocía, y aquello de que si no tienes algo el vecino te lo presta. Ahí ya no, vivíamos todos en ese apartamento, que era muy agradable, pero éramos muchos. Al tiempo mis hermanas empezaron a casarse y fuimos siendo menos, hasta que nos quedamos mi mamá y yo solas, con mi hermano pequeño.

En La Habana me anoté en la escuela Gonzalo de Quesada, yo lo conocí porque cuando llegué a La Habana él todavía vivía. La escuela estaba en la calle 28 o 26, al lado de la plaza del Vedado. Era una escuela muy agradable, me tocó una maestra muy buena, los maestros en Cuba eran fantásticos. Esa maestra nunca se me olvida, era una loca de la poesía, nos daba poemas para aprendernos de memoria, poemas muy bien escogidos, de Bécquer, Quevedo… A ella le gustaba mucho cómo yo los decía. Vivía al lado, y se daba cuenta de la familia que yo tenía, que era una familia modesta. Entonces un día me dijo: “Miriam, tú debes ser actriz”. Ella ya había tenido otras alumnas que se hicieron actrices y se sentía muy orgullosa de ellas. Me indicó dónde tenía que ir, y fui a la Escuela Municipal de Arte Dramático de la calle 23, tenía 15 años. Sólo aceptaban muchachas con 16 años cumplidos, pero hice una gran amistad con esa maestra, con su niño, el niño de ellos me quería mucho, y como ella siempre insistía en que tenía que ser actriz, pues me apoyó. Yo estaba loca por ser actriz, pero no tenía idea de adónde ir, ella me dio las coordenadas y el impulso. Una de mis hermanas también insistía, porque ella siempre quiso ser locutora, y no pudo. Es mi hermana Nena.

Guiada por esa maestra fui, yo era muy tímida. También era muy alta y delgada, altísima para la media en Cuba. Allí me hicieron un examen, lo pasé, cuando dije la edad me dijeron que tenía que tener 16 años, pero que me iban a aceptar, y así empecé. Allí iba a diario, pero por el día debía asistir a la Escuela Normalista, a una beca, porque mis hermanas querían que fuera maestra. Yo no quería ser Normalista, yo quería ser actriz; entonces mis hermanas de todos modos querían que yo hiciera algo aparte, que trabajara o tomara clases de secretariado, porque ellas pensaban que ser actriz solamente era una locura, que eso no me daría dinero, que como yo no conocía a nadie no iba a poder vivir de la actuación.

Empecé en Secretariado, trabajaba además por el día en la misma fábrica de mis hermanas. Salía corriendo del trabajo para la escuela pública de Secretariado, que era gratis. Hice Secretariado durante un año, por las noches. Exigían tres años, pero solamente hice uno porque yo odiaba verdaderamente la máquina de escribir. Para mí la máquina de escribir era como la máquina de coser. Mis hermanas cosían. Para mí las máquinas de escribir y de coser eran la tortura. Al mismo tiempo empecé la Escuela de Arte Dramático, que quedaba enfrente, terminaba ahí y me iba corriendo sin comer. Allí conocí a mucha gente, a muchos compañeros que después se hicieron actores, e hicieron una carrera posteriormente fuera de Cuba, como Carlos Casio, que ha sido el magister de Ballet de la Ópera de Viena. En fin, montones de gente que han hecho carrera de actores en muchos lugares del mundo, aunque también otros muchos se quedaron en Cuba.

Enseguida empezaron a buscar actores para obritas y en el segundo año me necesitaron en el teatro, aunque antes ya había hecho montones de cosas en cantidad de lugares, haciendo pequeñas obras. A veces necesitaban probar los lugares para hacer películas y pedían actores, o futuros actores, para hacer las pruebas de locación. Así fue como conocí a Orlandito Jiménez Leal, cuando él apenas contaba 14 años; yo tenía, como ya dije, 15 años. Orlando era camarógrafo desde los doce años o algo de eso. Orlandito era el camarógrafo de prueba de las locaciones. Allí fui para hacer grupo, o sea de extra, pero el hombre me llamó: “No, no ven tú, tú harás el papel principal”. Yo me acerqué muy cortada, porque estaban mis compañeros, pero de ahí tuvimos que ir al sur de la capital, después a un solar en la calle Reina a filmar, hice unos pequeños pasos de Lope de Rueda, en el Palacio de Bellas Artes, y de pronto me ofrecieron un papel en el Grupo Las Máscaras, me aprobaron, hice Orfeo desciende de Tenesse Williams, que en el cine se llamó Algo Salvaje en el lugar, película protagonizada por Marlon Brando con Anna Magnani; y tuve mucho éxito.

ZV: -¿Cómo conociste a Guillermo Cabrera Infante?

MG: -Ya yo había conocido a Guillermo, que no tuvo nada que ver con que me dieran ese trabajo en esa obra porque Guillermo ni siquiera conocía a esa gente. Pero el día 3 de marzo del año 1958 fui al cumpleaños de una de mis hermanas, en Luyanó, y regresaba en el autobús, para las clases de Arte Dramático. Debía bajarme de la guagua en 23 y 19. El autobús pasó frente a la revista Carteles donde trabajaba Guillermo, y ahí se subió él. Entonces, figúrate, ese hombre no me dejaba de mirar, y yo pensé que era un loco porque a mí me caían todos esos locos detrás.

Adonde quiera que iba, como que era tan alta y tan blanca me hacían ofertas. Los otros días una amiga, Mariposa, me recordó que en Bélgica estábamos en una peluquería de una española donde se me acercó un hombre y me ofreció ser modelo, y le dije que no. En La Habana yo iba por la calle y la gente me ofrecía trabajos y cosas de esas de modelos; hasta creían que era extranjera, porque era muy alta y muy delgada, me vestía distinto, me comportaba diferente. Porque quería ser actriz, y era distinta, no lo sé; tal vez porque me reunía con otro tipo de gente.

ZV: -Pero tengo entendido que en La Habana fuiste modelo

MG: -Sí, sí, unos días antes de conocer a Guillermo los mejores modistos de La Habana me habían ofrecido trabajar con ellos. Yo no tenía ropa ni nada. Te digo que pertenecía a una familia muy pobre. Para ir a la Academia tenía que vérmelas negras. Como Guillermo cuenta en Cuerpos Divinos yo no tenía ropa ni nada, y entonces un amigo mío que me quiso impresionar, y empezó a hacerse músculos, era muy delgado. Creyó que yo no lo quería, que no quería saber nada de él por su delgadez, y empezó a hacer musculatura; entonces los pantalones blues jeans y sus camisas dejaron de servirle y me los regaló, él vivía frente a mi casa. Con esa ropa me pasaba la vida, con la suya, vestida así, porque yo no tenía nada. Esa manera de vestirme me hacía diferente. Pero me causaba algunos problemas, porque al vestirme de esa forma no solamente tenía a los hombres detrás, sino que tenía también detrás a montones de muchachas lesbianas. En La Habana, en la época ya las lesbianas eran muchas. Las mujeres en Cuba en esa época eran bastante libres, pero muy medidas, no desmedidas. Eran muy independientes.

Por estar vestida tal como te digo, y que era en defensa a mi pobreza, pues se creaba una confusión, creían que yo era un boy, un garçon manqué. Recuerdo que la hija de Alejandro Lugo -muy amigo mío, esa niña que era ya una jovencita se confundió, porque su padre pasó en su automóvil con ella, y me saludó de lejos, y ella exclamó; “¡Ay, papi, pero qué muchacho tan bonito, nunca he visto a un muchacho más lindo que ése, ¿por qué no me lo presentas?!”. Y él la detuvo: “Pero ¿qué muchacho? ¡Si ésa es una muchacha!”. Y así era, porque como me vestía de esa forma pues creaba confusión.

ZV: -Miriam, ahora que hablamos de la sexualidad de aquella época, algunas personas creen que en Cuba hubo persecuciones contra los homosexuales antes del año 1959. Como hemos hablado tú y yo de eso, algo me has contado…

MG: -No, no, no, qué va. En Cuba no había para nada ese tipo de persecución gubernamental que hubo después. Había una tremenda libertad, yo quiero decirte que viví una juventud divina. Pero había eso sí, decencia. Con los hombres en Cuba no se podía salir así como así, porque cuando aceptabas algo de un hombre, venías a ver y estabas en la puerta de una posada en el pugilateo con él, o antes bajándote del automóvil, fajándote dentro del automóvil, para que no se aprovecharan. Yo nunca aceptaba invitaciones, pero tenía muchos amigos homosexuales que eran muy libres, y que nunca tuvieron problemas de ningún tipo. Frente al Hotel y Cabaret Capri había un lugar para gente bien, homosexual, al que podía entrar cualquier tipo de personas. Se llama Saint-Michel. Ese era mi lugar, el Saint-Michel, allí me pasaba la vida con todos mis amigos homosexuales, oyendo música, porque existían esas maquinitas con música, era un lugar muy libre. Jamás oí que se llevaran preso a alguien.

Inclusive a última hora ya de Fulgencio Batista los terroristas (los revolucionarios) ponían tantas bombas que nadie salía a la calle, entonces ocurrió un problema en la calle, creado por unos homosexuales, y se los llevaron presos. El jefe de la policía de La Habana, cuando se enteró, dijo: “Pero, ¿cómo? ¡No me toquen a las locas que son la alegría de La Habana!”. La frase es muy conocida, se hizo célebre. Claro, la única gente que creaba alegría en las calles, en un país en el que la gente tenía miedo salir, porque salías y podías arriesgar que las bombas te cortaran las piernas, podías perder los brazos… Ponían una bomba y te mutilaban para siempre, o te mataban. La gente no salía para no complicar la cosa, por miedo. No iban al cine porque en los cines ponían bombas y te acababan, incluso entre ellos mismos hubo muertos de esa manera. Eran locos, unos terroristas. Mucho de esos terroristas ahora viven en el exilio. En aquella época algunos tenían un sistema de terrorismo que era llevar la bomba encima, amarrada con un cordel, y llegaban al lugar previsto, se detenían, soltaban el cordel y ahí dejaban la bomba, y al pobre que venía detrás lo hacían pedazos

ZV: -¿Tú querías un cambio como el que ocurrió en Cuba, o pensabas en otra cosa? Pensabas en el cambio que la mayoría reclamaba, o sea, igual que el resto de los cubanos, una democracia, volver a la democracia y al respeto de la Constitución, ¿o también se hablaba de Revolución Cubana como proyecto?

MG: -No, no, no, esto fue todo un engaño. Esto fue una mentira. La mitad de la gente se quedó en el camino. Porque este hombre, Fidel Castro, y su hermano Raúl Castro  fueron liquidando gente. Nunca nadie pensó que eso iría a ser así. Este hombre es diabólico, fue destruyendo gente. La gente quería democracia en Cuba. Es cierto que mucha gente era muy racista, y Batista era negro. Batista hizo una cosa muy mala, que fue romper la Constitución, que eso nunca debió de haberlo hecho; porque al hacerlo le dio entrada a este señor. Porque este señor era un gánster, y todo el mundo lo conocía como gánster.

Eso es otra cosa, yo llegué a finales de julio del ‘52 a La Habana, Batista acababa de dar el golpe de estado, en marzo. A veces se oían tiroteos y eran los gánsteres peleando unos con otros. La gente que usaba armas eran estos delincuentes… Los terroristas que antes fueron gánsteres y luego fueron llamados revolucionarios.

(Continuará en una 2da parte).

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Miriam Gómez por Hermán Puig.