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Arte o diseño

Sbado, 27 Diciembre 2008

Resulta increíble, de un lado una galería con litografías de Matisse, del otro lado una tienda de ropa de marca (evitaré dar la firma). Una litografía del gran pintor se rebaja a 800 euros, un vestido insignificante, un trozo de chifón, con apenas un refajo de nada, y el moaré cosido por fuera cuesta el doble.

En la galería, la galerista estudia un catálogo cuidadosamente, entra un cliente, ella se para, saluda, y permite que el visitante observe con detenimiento, sin molestarlo. La galerista es una señora silenciosa, elegante, que hojea un catálogo, y seguramente el corazón le palpita ante la posibilidad de lograr una venta, pero tampoco convierte la cosa en un asunto de desparpajo de feria, sabe guardar la compostura.

En la boutique de moda, entra otra clienta, la vendedora apenas la mira, masculla un saludo. Cuando la dama pregunta por un modelo, carísimo, ella responde que no está segura que tenga la talla adecuada, con lo que, sin ninguna sutileza, la está llamando gorda. Pero la clienta insiste, ella quiere probarse un vestido, quizás talla 46. La empleada duda de que esa talla exista en el modelo italiano, refunfuña, y a hurtadillas se burla de la mujer con otra vendedora.

El cliente de Matisse pregunta a la galerista sobre algunos detalles del cuadro, quien parsimoniosamente responde con agrado.

Observo a corta distancia. Sinceramente, entre una obra de Matisse, y un trapo que dentro de unos meses pasará de moda, el doble de caro, y que ni siquiera se puede meter en la lavadora, y mucho menos no sirve más que para que lo miren a una con envidia, prefiero lo primero; porque enmarcar el cuadro, colgarlo en una pared, y ponerse a contemplarlo, es lo que realmente no tiene precio. Entre arte o diseño. Sin duda alguna, arte. Aunque a veces, el diseño es arte, pero no siempre.

Arturo Cuenca.

Jueves, 20 Noviembre 2008

En Miami sigue siendo el mismo que en Cuba, que en New York, que en cualquier parte, para bien del arte, de la cultura, de la polémica, de la política. Sigue siendo el mismo enfant terrible, e igual que en La Habana intimida a los que no entienden la febrilidad del artista, su fragilidad. Sigue siendo el mismo muchacho de pelo alborotado, de espejuelos redondos, de manos enredadas con ideas. Su atelier de pintor está en su cabeza, pinta dentro de su mente, y los colores se le desbordan por los ojos.

Arturo Cuenca es un artista exclusivo, reflexivo, y ya sabemos que la exclusividad no es cómoda para nadie, muy pocos la acogen afablemente. Vi un retrato de la actriz Lili Rentería que es una obra maestra, porque la sencillez es el canto más elevado de la perfección. No voy a decir mucho sobre ese cuadro, porque sobre el blanco nada se debe añadir. Sólo que, ahí está la actriz, está Mariana, está Lorca, y está el No del Kabuki. Arturo Cuenca es así, cuando pinta un cuadro es porque lo ha pensado medio siglo. El resto es puro cerebro. Y yo siempre apostaré por los artistas cerebrales.

Es un niño que salta la cuerda, se tira en el piso, patalea, y jamás está de acuerdo. Es un emblema raro, un paraíso perdido en la penumbra de un Miami ofuscado. En ese Miami recalentón encontré gente muy buena, muy verdadera, muy dulce, muy rebelde, indomables, certeros artistas, y también gente sencilla, de la fina raza de los nobles de corazón. Pero hallé también a los tracatanes de toda la vida, los que se debaten entre la mierda y el cielo, para citar a Arrabal. Fernando Arrabal prefiere la mierda, como yo, al lujo con mierda.

Arturo Cuenca es un país él solo, un país desbocado en el vórtice de una mano, aciclonada en sus líneas del destino. Me gustaría verlo pintar, pero sé que no lo hará nunca para un documental. Ni para los seres solitarios.

Habrá que filmarlo hablando, expandiéndose como miel, o como hiel, con ese gusto del rinoceronte de Durero. Habrá que filmarlo sacudiendo los brazos, bailando, y entonces tendremos la película de los años ochenta, con sus artistas auténticos y sus falsos fantoches. Arturo Cuenca es un ser poético, filosófico, un ser cuyo rumbo se estompa en la punta de su zapato derecho.

Discute, se emborracha, se duerme en medio de un concierto, es bueno, natural, demasiado natural, y por eso parece malo. No es dichoso, porque dice la verdad, y los que decimos la verdad debemos apartar la dicha. No existe la felicidad, ya lo adivinamos. Arturo Cuenca jamás será un resentido.

Arturo Cuenca es un ser eterno, un Basquiat con otro estilo. Debería cagarse encima de un cake enmerengado y seguir adelante, con su obra, con sus sueños, con sus gritos, y su desgano. Arturo Cuenca no come, le asquea la comida, le asquea todo lo que la carencia toca. Menosprecio de la saturación, menosprecio de la comodidad.

Arturo Cuenca es el genio de los ochenta. No le hagamos daño. Querámoslo con él o sin él. Arturo Cuenca, sigue pintando, y dejando tus huellas, en nuestros abismos.

Del pánico y otras veleidades.

Lunes, 27 Octubre 2008

Sube el telón. Estoy en París, quince años después todavía no me lo puedo creer. Vivo frente al banco, en el que se reunieron en la primera línea de la novela de Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet, en el bulevar Bourdon. Hace frío soleado y antes de leer la prensa y que se me eche a perder el día con las malas noticias, prefiero salir a caminar a orillas del Sena. Pero sigue haciendo mucho frío, aún a mediodía, y me interno en el Barrio Latino. De pronto me quedo sola en un impasse, en un callejón sin salida, y me digo que no hay nada más parecido a este espacio físico que mi mente en algunas ocasiones en las que Cuba me invande entera con sus cincuenta años de dictadura.

Vuelvo sobre mis pasos, entro en una galería, lo único que me interesa, cada vez más, es el arte, perderme en la textura de los dulces e inclusos sensuales, o sombríos sueños del pintor.

-Es una pintora -me señala la galerista.

Lo había advertido, por un matiz, los ojos del ser extraño que pintó, son demasiado redondos, le hizo pestañas muy largas como letras góticas, y por detrás del olor a pintura, a trementina, surge un delicado perfume a orégano, comino, culantro, estragón. Las pintoras sazonan los cuadros, los cocinan. igual que las novelistas las novelas.

Creo que me gustaría comprar ese cuadro. La galerista es tan amable que me aconseja otro más hermoso, según ella, y a mejor precio. No tengo mucho dinero, no tengo dinero, subrayo, pero éste es el que me gusta. No importa, lo sé, subraya, son tiempos difíciles. Nos miramos tristemente.

Termino de ver la exposición. Voy a salir, y ella me detiene, espere, musita, voy a consultar algo con la pintora. Marca un número de teléfono, habla en inglés con la mujer que vive en la otra punta del mundo.

-Siena sería muy feliz si usted se llevara el cuadro, páguelo cuando pueda, sólo me tiene que dar la dirección, su teléfono… -La mujer me mira con ojos húmedos.

-Le agradezco infinitamente, vendré por él, pero cuando pueda pagarlo. Mientras tanto, si lo ha vendido usted antes, también eso me hará muy feliz.

Sonreímos, nos abrazamos.

Salgo de la galería, el aire gélido acaricia mi rostro. Llego a casa, sorprendo a mi hija de quince años pintando un cuadro, muy parecido al de Siena, con menos maestría, pero en la misma onda. Abstracto y cariñoso, el azar.

Ocho veces sí.

Jueves, 9 Octubre 2008

Acabo de regresar de una proyección privada de la película 8. Es la película que forma parte del proyecto Ocho veces sí, en donde participo como escritora. Los gobiernos habían planificado que para el 2015 se irían a solucionar múltiples problemas que aquejan a la humanidad, pero al paso que vamos, no erradicaremos ni uno.

Entonces se creó este proyecto, ocho puntos de urgencia en la que nos comprometimos a participar para que el mundo vaya un poco mejor.

LDM Films presentó hoy, a los organizadores del proyecto, editores y escritores que participamos en él, la película dirigida por:

1.- Abderrahmane Sissako. Tema: Reducir la extrema pobreza y el hambre.
2.- Gael García Bernal. Tema: Asegurar la educación primaria para todos.
3.- Mira Nair. Tema: Promover la igualdad de sexos y la autonomía de las mujeres.
4.- Gus van Sant. Tema: Reducir la mortalidad infantil.
5.- Jan Kounen. Tema: Mejorar la salud de la madre.
6.- Gaspar Noe. Tema: Combatir el SIDA, el paludismo y otras enfermedades.
7.- Jane Campion. Tema: Asegurar un medio ambiente durable.

Como les expliqué en post anterior, el proyecto incluye un libro de relatos donde participamos ocho escritores:

Zoé Valdés
Björn Larsson
Taslima Nasreen
Moussa Konaté
Vénus Khoury-Ghata
Philippe Besson
Alain Mabanckou
Nikki Gemmel (bajo reserva)

Llego a casa y me pongo a leer la prensa. Me entero de que el artista británico Marc Quinn hizo una escultura en oro macizo titulada Sirena, y que se inspiró en Kate Moss. Kate Moss me cae mal de gratis, la pobre, igual es buena gente. Pero ni la veo tan bonita, además tiene un ojo en el ser y otro en la nada, como decía Guillermo Cabrera Infante de Jean-Paul Sarte y su bizquera. Y no creo que se ejemplo de mucho menos, más bien lo contrario.

A veces me gustaría ser un samurai, y como la cieguita Ichi, con el sable, partir esculturas en dos. Tanta hambre y tanta necesidad en el mundo y todavía la gente sigue mandándose esa clase anónimos. ¡Puaf, vomito!

Ver el proyecto 8 Fois Oui y 8 La Película.

A “Dior” gracias.

Viernes, 3 Octubre 2008

Estamos en temporada de desfiles de modistos que presentan sus creaciones para la Primavera-Verano 2009, en este París raro, entre lluvioso y soleado al final de la tarde. Las pasarelas se repletan de rostros archiconocidos, pululan las divas y los divos, y los famosos salidos de la nada más notoria andan con el pelo suelto y el pecho inflado. Ya me aburren no pocos de lo mismo. Parecen todos triunfadores, da arqueadas, y si pones cara de fracaso, aunque sea por broma, te entierran vivo.

No sé por qué, debe ser un trauma pendiente de resolver, pero siempre que me invitan a una pasarela de costurero célebre, me entra el mismo dolor de estómago que cuando estaba en la primaria y tenía examen oral. Pero igual que en la primaria es obligatorio asistir, porque en París nadie dice que no a una invitación para un desfile. Y claro, acepto invariablemente aunque tenga que embutirme en uno de esos modelitos artificiales para mi avanzada edad. En estos desfiles nadie es viejo, o al menos nadie parece que pasa de los treinta. Todo el mundo se ha operado, menos yo y las azafatas de veinte años. Incluso hasta las escritoras han caído en el bache de las operaciones; hace poco vi una que se rehizo los párpados, la nariz, el pecho, el trasero, además de inyectarse bótox hasta en las pupilas, las que se ha teñido con unos lentes verdes. No la reconocí, tuve que pedirle que me recitara de memoria un pasaje de su última e inmetible novela, para poder acceder a la información, porque ante este tipo de pirueta estilística, ya no sé si me encuentro delante de una muñeca computarizada o un ser humano.

Total, que me vestí, me maquillé, me colgué mi veintiúnico bolso Dior del hombro, y salí echando para las pasarelas. En el día a veces te tocan dos, y hay que correr de taxi en taxi, espolvoreándote el rostro en el interior, mientras el taxista, en pleno ramadán te regala unos versos coránicos, donde la mujer debe ser maltratada con un cepillo, para llegar como una puerta (lisa y sin brillos), y no como una puerca, a los salones dorados.

Aunque acomodada en mi puesto, bastante excéptica, es la posición a adoptar, porque si pones cara de maravillada te vuelves transparente, aquí lo indiferente y lo excéptico es lo que está a la moda, por no decir, las caras de palo constipado. Pues así estoy, a punto de estallar en mi vestido negro del año pasado, un Narciso Rodríguez, hundida en un asientico de esos en los que no cabe un hueso de una nalga de cualquier famosa famélica, a la espera de que se enciendan las luces y aparezca la colección de las colecciones, la megaultrasorpresa de las sorpresas, lo último en los muñequitos.

Estoy a punto de bostezar con la boca estreñida entre las manos, además para los desfiles hay que levantarse supermegahipertemprano, cuando aparece la primera modelo. Una chica que parece que irá a romperse a medio camino, con guantes blancos, vestido también pavorosamente blanco,  altísimos tacones blancos, la cabeza adornada con un sombrero de fieltro blanco, ondeado, imitando la onda del pelo de un peinado de los años veinte.

Se suceden las maniquíes, y recobro el entusiasmo, sin apenas enterarme, aplaudo embebida, ferviente, de que otra vez me haya seducido la inacabable fábula de John Galliano. A Dior, gracias. O quise decir, a Dios, gracias.

Los anticuarios del Louvre.

Martes, 30 Septiembre 2008

Ayer me fui a dar mi paseo mensual por Los Anticuarios del Louvre, y como los frecuento a menudo me doy cuenta de que su negocio marcha, quizás es uno de los pocos que marcha hoy en día. Le tenía echado el ojo a un Buda de madera maciza, antiquísimo, de los de verdad, no las copias que también pueden ser antiguas; y el Buda ya había desaparecido. “En un pestañazo”, me aseguró la galerista.

Los Anticuarios del Louvre están situados en las arcadas, hacia la derecha del Museo del Louvre, en la rue de Rivoli, y sus visitantes, felizmente para los comerciantes, no son sólo curiosos como yo, siguen siendo gente con mucho dinero y ganas de repletar la casa de bibelots y fantasías (en eso somos iguales). Los ricos árabes de la Arabia Saudí compran bastante, continúa lentamente la galerista, sus labios deleitándose en la palabra: riches. Pero esos compran al por mayor y sin conocer la mercancía, envían una especie de edecanes que les sirven de “ojo”, y de este modo se gastan fortunas.

Les agrada decorar las casas con objetos antiguos, de calidad, hermosos, pero lo hacen de manera ecléctica. Decoran al estilo brocanterie, un poco de demasiado en todo, semejante a una novela de Pierre Loti. Novelas para putas, que diría Alejo Carpentier. Sin embargo, un gran novelista ese Pierre Loti, era el más leído en los burdeles de La Habana, por la calle Colón, reinado de la prostitución. Allí había una prostituta cuyo nombre evocaba a una emperatriz, los sofás art-décos de sus salones se los disputaban los intelectuales de mayor renombre de La Habana, les fascinaba restregarse en aquella decoración abarrotada de objetos raros, en aquel ambiente recargado de chupones y chapuzas.

No sé por qué evoco ahora los burdeles habaneros mientras observo las joyas antiguas, de los años veinte, treinta… Por cierto, poseo un bello anillo que bien pudiera venderlo aquí; si la cosa, léase la economía, sigue como va, ya no serán las putas las que escribirán novelas, las novelistas tendremos que ir aprendiendo del oficio más antiguo del mundo. Sólo basta echar una ojeada a las librerías, no será nada difícil la conversión.

Las putas de La Habana eran más ricas en la época que cualquier cardióloga graduada con la revolución. No hablemos ya de las literatas.

El atelier de una artista.

Domingo, 21 Septiembre 2008

No hay nada que aprecie más que un artista me invite a su atelier, este domingo tuve la suerte de ser invitada por la pintora cubana Gina Pellón a su casa, donde ella tiene además su atelier. Gina Pellón salió de Cuba en los años sesenta y nunca más volvió, su hermano estuvo preso 28 años en la isla por problemas políticos. Gina no podía regresar. Empezó a pintar, un galerista decidió exponerla, y ella se convirtió en una de las máximas exponentes del grupo Cobra, distinguido grupo plástico creado en Europa y formado por artistas de varias latitudes. Pero he contado la carrera de esta pintora de manera muy corta, evitándoles las partes dolorosas, las necesidades que tuvo que pasar para llegar a donde llegó. Gina posee una de las obras más reconocidas de la plástica contemporánea. Pinta casi siempre a gran formato, mujeres, pájaros, caballos. Asistir a su atelier, verla trabajar, con sus ochenta años, revestir ella misma un chassis, clavetear, armar su tinglado de pinceles y colores, y observarla en plena faena es un regalo para los sentidos. Gina Pellón es una pintora de colores cálidos, sensuales, trazos prominentes en un figurativo barroco.

Llegué a su casa y había preparado un almuerzo ella misma; ahí estaban además otros amigos, el pintor Joaquín Ferrer, la escritora Isis Wirth, el escritor Jacobo Machover, Christiana Ferrer, Aïa Ferrer, el cineasta Ricardo Vega, y Luna, nuestra hija. Gina cocinó y brindó comida cubana: frijoles negros, arroz blanco, picadillo con ajíes ahumados, ensalada de aguacates y corazones de lechuga, vino francés, baguette, una tarta de frutas rojas… Los colores de la mesa brincaban en mis ojos igual que los de los cuadros, el sabor aguaba mi paladar, y la tibieza de sus temas en las obras roció mi espíritu del más suculento manjar: el de la generosidad artística.

La pintora además es poeta, escribe versos a los pájaros, a la libertad, y a las manos que trabajan para dar, no para quitar, subraya. Gina me dice que ama la vida, y ya sus manos no tiemblan, añade que siempre amó la belleza y que la halló en cualquier sitio, por muy escondida que pareciera estar. Su perro, que acude al llamado de Tenso, un nombre que le puso la pintora, porque cuando llevó al perro a casa, percibió que el animalito estaba siempre muy tenso. Hasta que ella lo apaciguó, pero ahora ya no responde a otro nombre que no sea ése; Tenso coloca su cabeza encima de mi rodilla para que lo acaricie.

Gina Pellón muestra sus cuadros recientes. Un gran cuadro en verde, con muchas caras, de mujeres casi todas, aún sin terminar. Otro que es una mujer con una cotorra en el hombro, y caballos en plena carrera acaparan varios lienzos.

Hizo sol en este domingo parisimo, muy cerca del Campo de Marte, a través de los ventanales del atelier de Gina Pellón se colaban los rayos luminosos. Y di gracias en silencio, por estar allí, en un momento tan diferente y apacible.

Ver fotos en Zoé Valdés.