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Banquerías

Viernes, 28 Octubre 2011

Una mujer llegó a su Banco, iba demasiado pálida, llevaba noches sin dormir de tanto trabajo acumulado y que ella había querido sacar robándole horas al sueño. El banquero, tras una larga discusión, le pidió que firmara un seguro de vida, por si le pasaba algo. Ya le estaba anunciando la muerte, solamente porque la vio algo desmejorada. Ave de rapiña, y para colmo ave de mal agüero. Segura estoy que con los hombres no se habría comportado de semejante modo.

Otra llegó a la misma oficina, llevaba varios días con la cuenta en rojo. El banquero le metió tremenda descarga, la regañó delante de todos, por nada saca una regla de madera y le pide que extienda las manos para pegarle. Yo observaba desde mi esquina.

Entonces le tocó el turno a un hombre, iba desarreglado, con ojeras, avanzó cansado, fue incluso mal educado, no dio los buenos días y se sentó antes de que le pidieran que lo hiciera. Sin embargo, el banquero se deshizo en sonrisas, apretones de manos, palmaditas en la espalda, genuflexiones y hasta carantoñas.

Lo peor fue cuando llegó esa mujer enferma, de cáncer, y el banquero sin chistar le cerró todas las cuentas. Y hasta la observó receloso, de medio lado, atravesado, como si estuviera mirando los ojos vacíos de una calavera. Además de banqueros, enterradores.

No sólo son los culpables de la crisis, y no se quieren enterar. Además se han convertido en los esperpénticos espantos del mundo actual. Y nadie los bota del trabajo a cajas destempladas, tal como ocurriera, por ejemplo, con cualquier trabajador que haya arruinado, no sólo al mundo, sino a su empresa.

Oro y sal

Sbado, 30 Julio 2011

El oro sube, me advierte una amiga mía. El dinero no valdrá nada. Será el oro lo que tendrá más valor. Si tienes joyas de oro guárdalas, porque con la crisis ya verás cómo aumentará, continúa. Otra, sin embargo, me aconseja que venda ahora lo que tengo en oro, que es el buen momento para hacerme de unos billetes.

Yo no tengo mucho oro, la verdad. Pero me gusta el oro, siempre me ha gustado. De mismo modo que también me gusta el dinero, nunca lo he negado. El que diga que odia el dinero es porque es un mentiroso y un comemierda. Pero, bueno, hay gente que va por ahí, haciéndose los que encuentran que el dinero ensucia, y toda esa bobería.

Mi amiga continúa con que todo se acabará: el dinero, los bancos; y nada más existirá el oro. Y yo sin un lingote, ¡qué digo! Incluso sin un lingotito miserable. Sólo poseo unas cuantas prendas, y nada como para ver el arcoiris encima de mi cabeza.

¿Será verdad lo que dice ésta, que se acabará el dinero? Me pregunta otra amiga desesperada, porque ella si que no tiene nada de nada en oro. Nunca le ha gustado el dorado, siempre se ha comprado joyas de plata, sin más.

Me quedo enfurrada ante semejante burrada, aunque no puedo impedir inquietarme. ¿Y si de repente tambien pierde el valor el oro? ¿Volveremos a la sal?