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Domingo de bouquinistes

Domingo, 17 Enero 2010

Hace un sol radiante -raro en París por esta época-, y aunque sigue el frío me levanté con el ánimo de dar una caminada alrededor de los bouquinistes, que son los libreros que bordean el Sena. En sus desconchados estantes, que quedan al resguardo de los paseantes, sellados con enormes candados, cuando sus propietarios han terminado de trabajar, he encontrado yo libros estupendos. Revisando y revisando, lo primero que conseguí fue una excelente biografía de Djuna Barnes, y su libro El Almanaque de las Mujeres, además encontré el libro de fotos Niñas, con todas las fotografías que Lewis Carroll hizo de jovencísimas modelos, entre las que estaba Alice, la niña en la que se inspiró para escribir Alicia en el país de las maravillas.

Detenida en cada estante, volados encima del muro, encontré postales viejas que se intercambiaban los antiguos viajeros que iban a Cuba, así como fotos increíbles, diarios escritos a mano, amarillentos posters de Mucha, y tesoros de papel, que mientras más nos hundimos en internet más van perteneciendo a aquellos tiempos donde Gutenberg aún tenía la última palabra. Pero a mí todavía me sigue gustando más el papel, y los subrayados y las dedicatorias de los autores en los libros.

No puedo ni siquiera imaginar que un día desaparezcan los bouquinistes, esos dioses de la sabiduría a la orilla del Sena: abrigados hasta las cejas, porque hace un frío que pela, pero ellos están allí, como acorazados de la lectura; e indican amables a los visitantes qué libro está en mejores condiciones, y si la persona no posee el dinero suficiente para adquirir el libro, entonces ellos hacen descuentos inimaginables, sobre todo en los libros de arte, agotados ya en su gran mayoría en la red de librerías.

Recuerdo que, el día que cumplí 23 años vine a celebrarlo junto a los bouquinistes, no tenía un céntimo y me moría por Pluies de Saint-John Perse en una edición preciosa. Lo había leído traducido, y anhelaba poder leerlo en su lengua. Di vueltas y más vueltas y siempre caía frente a la edición de mis sueños. El librero entendió lo que sucedía, entonces, sin una palabra, extrajo el libro de la pila y me lo tendió, insistiendo en que se trataba de un regalo. Ha sido el más misterioso regalo de cumpleaños que yo haya recibido jamás, porque entre el bouquiniste y yo, no mediaron más que las meras palabras de agradecimiento, él nunca se enteró de que aquel 2 de mayo yo cumplía un aniversario de nacimiento, lejana de mi tierra, de mi madre, de mis amigos.

Al cabo del tiempo, ya de regreso a Cuba, recordaba con gran ternura aquel pasaje de mi vida, acariciaba entonces la cubierta del poemario, mientras a través de la ventana contemplaba un torrencial aguacero que desbordaba al Malecón.