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Cambio de cabeza

Sbado, 29 Agosto 2009

En los hospitales cubanos se teme muchísimo a los “cambios de cabeza”, que es una suerte de brujería en la que a un enfermo grave le pueden cambiar la cabeza por la de uno menos grave (en el sentido brujero del término), a través de una palera, o de un palero. Los “cambios de cabeza” hacen que el enfermo grave cambie su destino por el que tiene cura, así, el que muere será este último, y el de extrema gravedad se salvará.

Si yo hubiera podido, habría hecho un “cambio de cabeza” entre Michael Jackson y Fidel Castro, para que el primero continuara cantando, y para que el segundo acabara ya de dejar tranquilo al mundo, que es de lo que se trata, y dejara de mascullar de una vez y por todas.

Acabo de leer que en youtube ha aparecido un video donde una forma humana, que apenas se distingue, lo que se ha querido identificar como una imagen del rey del pop; entonces se ha desatado la locura de que pudiera estar con vida como Elvis Presley, que es probable que lo estuviera bastante hasta hace poco, porque Elvis… ¿qué edad tendría ya Elvis?

El caso es que Castro está vivito y jeringando, el video lo acaban de sacar en todas partes, y también, ¡cómo que no!, en youtube. Debo ser de las pocas que no vio el video, no sólo no tengo ganas, es que ya no puedo sonármelo ni en pintura, y es que cuando lo veo me dan ganas de convertirme en Dexter, el médico legal de la serie televisiva, que además de ser médico legal, es un asesino que sólo asesina a gente mala, a los cabrones que se merecen estar más del lado de la tumba que de la rumba.

Yo si fuera palera haría unos cuantos cambios de cabeza, y si fuera Dexter, ¡ay si fuese yo Dexter!.. En mi neceser escondido junto al aparato del aire acondicionado, guardaría unos cuantos cristalitos embarrados de gotitas de sangre fresca.

Mala noche

Sbado, 24 Enero 2009

He pasado otra mala noche, últimamente duermo menos de lo poco que ya dormía. Estuve viendo hasta tarde los episodios de Dexter, el asesino que tras meterle un jeringuillazo en el cuello a su víctima, prepara todo un aséptico escenario de crimen, mata, corta en pedazos los cuerpos, los envuelve en nylons y ¡cataplún! a la bahía de Miami. Dexter sólo asesina a aquellos que han escapado a la justicia, o sea a criminales que no han pagado su falta. Dexter es un justiciero, pero también es un asesino. Sobre todo es eso, un asesino, simpático, sexy. A su madre la hicieron pulpa cuando él contaba apenas cuatro años, y un policía lo halló dentro de un contenedor, sentado en un mar de sangre, la de su madre, cortada en pedazos a su lado. El niño lloró durante días, sin comer, sin beber, con el cadáver de su madre como única compañía, de ahí el trauma que su padre adoptivo, el policía amante de la madre que era informante, tuvo que encaminar hacia el lado justiciero.

Después de varios capítulos de Dexter, intenté leer los libros que me miran recelosos desde los estantes. ¿Me leerás o no me leerás? Preguntan desde sus lomos. Algunos les prometí leerlos, y releerlos, pero lo segundo no lo hice aún. No dormí bien después de este diálogo intenso con los habitantes mudos de mi biblioteca.

Me puse a escribir, pero tampoco di pie con bola. Hoy me desperté dispuesta a dar un paseo. Me desperté es mucho decir, porque nunca me acosté. No pegué ojo. Bajé temprano a la calle. Sentada en un café mañanero me puse a hojear los periódicos. Es increíble lo mal que leo la prensa en el papel, acostumbrada a hacerlo en internet. Pedí un café en el Sully Fontaine, pero los dueños han cambiado y ahora está estos que se creen que van a colonizarlo a uno con sus salsitas y chistecitos banales. A veces dan ganas de ser Dexter, de sólo tener que aguantar a alguien mal educado.

Abrí uno de esos libros inusitados, de los que ya yo creía que no leería nunca, y de súbito todo dentro de mí cambió. Pagué mi consumo, me mudé con ligereza a otro lugar más solicitado, limpio, y de buenas maneras; por cierto, más barato. Y allí eché la mañana, casi terminé el libro.

Al rato me fui a la primera boca del metro. Y ahora estoy aquí, cercana de un mercado de domingo, acabo de comprar legumbres, frutas, pan, leche. Escribo esta nota en un café próximo al mercado, y enseguida vuelveré al metro, a casa. Prepararé algo para almorzar, luego me pondré a leer. Un domingo en calma, prometo que esta noche intentaré dormir.