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Estantes esotéricos y vampirezcos

Jueves, 9 Abril 2009

Los estantes de las librerías son el espejo del estado en que se encuentra el espíritu humano, su sensibilidad, su inteligencia. Pues bien, llevamos años con los estantes repletos de novelas de enigmas, esotéricas, o de vampiros y de brujos. La gente parece que quiere leer sobre eso, y seguramente será muy útil para el desarrollo del gusto por la lectura, pero el espíritu, a mi juicio, anda sumamente confundido. Porque, seamos sinceros, salvo pocas excepciones, esas novelas no dicen nada, no llevan a ninguna parte, y ni siquiera podemos comprender lo que nos quieren contar. Confieso que, como dije antes, salvo aquellos novelistas que realmente poseen una formación como tal y son especialistas en el tema que desarrollan dentro de una historia; ningún otro ha conseguido emocionarme. Son libros, al por mayor, con carga de esto y de lo otro. Pero de emoción poética brindan bastante poco.

Los autores que tienen historias que contar sobre realidades ocultas, pero realidades, diarias, problemas sociales, y humanos, escasean en los estantes. ¿Dónde están los Zola, los Flaubert, los Loveira, los Galdós, los Hugo, los Stendhal, los Proust de nuestra época? ¿Alguien podría indagar en nuestra sociedad como ellos lo hicieron con la suya, a través de personajes claves de sus vidas y de su imaginación?

Con lo otro que nos tropezamos a diario es con una cierta literatura ombliguista, o sea el cuentecito en torno a sí mismo para salir del paso, y además, la transgresión de a porfía, sin ningún tipo de interés filosófico, sin élan vital. No creo que la novela haya muerto, lo comprueban escritores como Eduardo Mendoza, entre otros. Pero en estos tiempos se impone un género facilón, el género sin estilo, sin lenguaje, sin absolutamente nada que contar. El género del vacío por el vacío. Bueno, dirán ustedes, ya es algo, cierto es. Ya es lo que no es nada. No, la novela no ha muerto, ha expirado el sentido trágico, romántico y romanesque de la novela, ya es una herida considerable.

Hace tiempo escribí en estas mismas páginas que lamentaba que el libro como objeto fuera a desaparecer, y un comentarista, que conozco, porque es a su vez novelista, me ripostó añadiendo que el libro era antihigiénico, o sea el papel lo era, y que el ibook,  por el contrario, no. Lo que sucede, es que yo colecciono dedicatorias de escritores, me mola que me dediquen libros. ¿Qué hacer con el ibook y las dedicatorias, dónde irían situadas, en el espacio esencial de su caligrafía, de su firma? Bueno, tal vez con la desaparición del libro como objeto -lo que no pienso que suceda-, desaparezca también el autor que dedica sus novelas, su obra. Porque entonces no será importante crear una obra de autor, lo importante tal vez será escribir con una suerte de higiene de escritura sumamente global, aburrida, totalitaria, ascéptica, sin nigún tipo de sello individual.