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Entradas con etiqueta ‘Herta Müller’

El corazón, la bestia, y Herta Müller

Domingo, 24 Abril 2011

Todavía me encuentro en Miami a donde vine a presentar mi última novela: El Todo Cotidiano, publicada por Planeta, y que saldrá próximamente editada en Francia, bajo el título de Le paradis du néant, en J-C Lattès.

Ahora mismo escribo esta columna después de haber terminado de releer La bestia del corazón, novela de la rumana Herta Müller, laureada con el Nobel 2009; cerré el libro y me lancé a la piscina, a pocos pasos desde donde ahora escribo. Mis sienes martillaban: “el comunismo es la misma porquería en todas partes”. Hemos vivido lo mismo, idéntica inercia, los mismos suicidios o asesinatos, el mal que carcome desde lo más recóndito. La ignominia abrasiva.

La bestia del corazón acecha, incluso en el exilio, la bestia del corazón te deja tirada en el suelo con un pedazo de manzana en la boca. Te descubren muerta, atarugada con la manzana roja, igual que la abuela de La bestia del corazón. Luego andaremos siempre hurgando en los estómagos para indagar si la abuela devoró realmente la manzana y aquel era el último trozo, o si alguien la ahogó a propósito con una manzana roja que no le correspondía, que no iba destinada a ella, y que por supuesto no había residuos de ella en su estómago.

¿Para qué seguir soñando con Cuba? Si todo lo bueno que fue Cuba está aquí en Miami, concentrado, o disperso por el mundo. ¿Para qué continuar con la pesadilla de Cuba, o es que vamos ahora a abandonar Miami, y los que la hicieron van a dedicarse a rehacer Aquella Isla desdichada?

No sé, no sé… Sólo sé que la bestia del corazón acecha, y que no deberíamos permitir que alcanzara estas costas blancas, ni sus aguas esmeraldas, ni las almas límpidas. Porque todo lo que toca esa bestia del corazón inducida por el castrocomunismo, lo ensucia, lo maltrecha, lo mata.

Escritura de paisaje

Lunes, 5 Julio 2010

Hacía años que no escribía con el mar Caribe de fondo, ya casi lo había olvidado.

Acostumbrada a escribir con el invierno como escenario, me doy cuenta de que la prosa no es la misma con el mar de fondo, con ese mar verde esmeralda, tibio y espumoso, que regala frases bullentes, párrafos a borbotones, palabras danzantes. Yo necesito del mar, me doy cuenta cuando lo tengo delante; a veces, por necesidad, lo olvido.

No se escribe igual frente a un río, o con una montaña haciendo barrera entre el cielo y la escritura. Aunque, nunca he conseguido escribir más de dos frases bajo un paisaje nevado.

Con el río, rielar aristotélico, sin embargo, las palabras se sueltan demasiado pensativas, demasiado esenciales y trascendentales.

El mar lava, aísla, solea, y obsequia a la escritura de un cierto atrevimiento, digamos que es insolencia, de un abigarramiento de aromas, que permite al lector viajar, soñar, sumergirse en la aventura del placer literario.

La montaña se siente demasiado, podría asegurar que incluso su pesantez se presiente, y se posa en la escritura aplastándola, igual que si un elefante se acostara encima de una hormiga.

Sin embargo, en algo coinciden el mar y la montaña, ofrecen una inquietud distinta, la de hundirse en lo más profundo, o la de elevarse a lo más inimaginable. Yo prefiero el mar al cielo, el viaje a la claridad de las arenas que el trayecto hacia las esplendorosas nubes.

Sándor Márai es, por ejemplo, un escritor marítimo. La melancolía teje un oleaje de frases vividas e históricas en su prosa. Herta Müller es una escritora de mar, igual, de un mar interior, que se bambolea en su cabeza, y el agua se desborda como de una pecera. Louis-Ferdinand Céline es un escritor de montaña. Marcel Proust de río, de uno muy especial, del Sena.

Economía y literatura

Mircoles, 14 Octubre 2009

Dos premios Nobeles han llamado poderosamente mi atención, seguramente sabrán de cuáles hablo debido al título de este post. Efectivamente los premios de Economía y de Literatura. El primero compartido entre Elinor Ostrom y Oliver E. Williamson, el segundo a Herta Müller. Sin embargo, por mucho que he buscado sus rostros en las cubiertas de las revistas femeninas en los estanquillos de la prensa, no las he visto, y bastante poco en las portadas de los periódicos. Y eso que son dos mujeres de vidas y experiencias profesionales muy distintas, pero sumamente interesantes en el caso de ambas.

Se ha hablado más del precipitado Nobel a Barack Obama, entregado con carácter preventivo, que los premios a estas dos señoras, cuya trayectoria resulta indiscutible.

Herta Müller no sólo es una gran escritora; es una mujer cuya historia personal ha trascendido de alguna manera a su literatura, que perdió familiares en la Segunda Guerra Mundial, después vivió los horrores del comunismo, sacrificó mucho de su vida para entregarse al trabajo y a la investigación literaria durante años, en silencio. ¡Admirable!

En cuanto a Elinor Ostrom, su trabajo en teorías sobre el papel de las empresas en la resolución de conflictos y sus análisis de cómo las transacciones económicas se realizan también en el seno de la familia, de las asociaciones, y no sólo de las empresas, en los momentos en los que vivimos resultan sumamente alentador.

Es una pena que el trabajo de estas mujeres sea bastante desconocido para el gran público, y que la prensa y las editoriales no contribuyan, como ellas lo merecen, a que sean reconocidas, leídas y plebiscitadas, como en el caso de Obama, y su Nobel de la paz.

Jineteo

Viernes, 9 Octubre 2009

El jineteo es algo muy común entre el rastrojo de intelectuales -o de los que se hacen llamar de este modo- que quedan en Aquella Isla.  Voy a contarles un ejemplo:

Tartuffe Mandril lleva varias décadas en el exilio, sin embargo, trabaja para el castrismo desde su más oculta ambición: devenir alguien, cualquier cosa importante. Es la razón por la que Tartuffe Mandril toma el metro y se va a oir una conferencia de LaMujerQueLeRobaLosEscritosASuMadre. Termina la intervención y Tartuffe se dirige con la lengua afuera y los colmillos salivosos a rendirle pleitesía a la conferencista. Se hacen amigos, porque son de la misma especie. Ambos han tenido que jinetear para poder existir.

Tartuffe le presenta a LaMujerQueLeRobaLosEscritosASuMadre a Cabeza de Quimbumbia, una cacique venezolana nacida en Washington y criada con el trapo negro en la cabeza, allá por los desiertos árabes. Tartuffe Mandril instica a LaMujerQueLeRobaLosEscritosASuMadre a que se haga amiga de Cabeza de Quimbumbia, de este modo podrá tumbarle algo, un collarcito de fantasía, un vestidito dorado, un no sé qué y un qué sé yo… Se hacen la foto. Cabeza de Quimbumbia posa como si ella fuera la princesa quebrada. La otra, delante del espejo, con el collar de fantasía que acaba de jinetear colgado al cuello, y las manitos en el mármol como garras de tiñosa.

Tartuffe Mandril se cree en el cielo, la otra piensa que está en el mismo centro del dinero de París. La única que sabe por experiencia que todo aquello es puro jineteo y banalidad de la baratucha es Cabeza de Quimbumbia. Ella aspira, en realidad, a otros elementos: al Matriarcacicado.

Después de esta anécdota, tomé el metro, me sumergí en la lectura de Herta Müller, y llegué a la luna.