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Tàpies en el Palazzo Fortuny, en Venecia

Martes, 11 Junio 2013
En Venecia no hay taxis, o los taxis son los vaporettos, embarcaciones pesadas y lentísimas; a través de sus ventanillas vas contemplando la ciudad dorada, sepia, terracota, suspedida encima de La Laguna. En los vaporettos se confunde uno con mucha facilidad, y confundiéndose y perdidos es como mejor se aprecia la ciudad de los canales. En Venecia también se camina como loco, todo es por pies, de un lado a otro, trafucándose también en ese bellísimo laberinto humano, que si al Rialto, que si a la Piazza San Marco, que si al Gran Canal… La vida transcurre a su verdadero ritmo, y no al compás de internet, cuya conexión además es una pérdida de tiempo, porque a veces la consigues y otras “tampoco casi nunca”.

No hay nada como perderse en Venecia y reencontrarse más tarde en el Café Florián, o en La Rivetta, el restaurante preferido del pintor cubano Roberto García York, donde hay que reservar con un mes de anticipación, o sentarse en la Terraza del prestigioso Hotel Danieli a comtemplar el Lido, allí donde ocurrió Muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann y la película basada en la novela de Lucino Visconti. O deambular como en una novela de Terenci Moix.

Es mi quinta visita a Venecia y jamás me ha abandonado en ninguna de las ocasiones anteriores. ni en ésta, la sensación de que la redescubro, porque invariablemente se descubre algo por primera vez en cada vez.

Para llegar al Palazzo Fortuny tomé no sé cuántas callejuelas y atajos, finalmente una señora muy amable, vestida como para un almuerzo veraniego dominical, me condujo hacia la Calle de los Abogados, y de ahí ya pude encontrar más fácilmente el extraordinario Palazzo Fortuny donde se exhibe dentro de la 55 Biennale una expo dedicada a Antoni Tàpies y su colección personal de obras de artistas amigos y objetos. No les contaré más para no romper la sorpresa de aquellos que pretenderán visitarla y seguramente la visitarán. Pero no pueden perdérsela, Tàpies era todo corazón y razón, manos y memoria, y palabras, ¡palabras justas! Lo que en la pintura no siempre se agradece.